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Justicia y escándalos · Inglaterra

La escalera de Frances

Frances Colpitt, de diez años, entra como aprendiz en el taller de Esther Hibner la Mayor. En el Old Bailey, los testimonios de otros aprendices y de los cirujanos revelan privaciones sistemáticas y violencias; el jurado condena a Hibner por el asesinato de la niña, pero absuelve de este cargo a su hija y a Ann Robinson, quienes son sentenciadas posteriormente por agresión con lesiones.

Frances Colpitt ya no logra subir los escalones. La niña, de apenas diez años, intenta sin embargo fregarlos, tal como le ha ordenado la joven Esther Hibner. Se desploma sobre la madera, extenuada, sin fuerzas para continuar. Según la acusación sostenida ante el tribunal del Old Bailey, Hibner la arrastra al piso superior, la golpea con un bastón y una vara, y luego la envía de nuevo a concluir la tarea. Cuando Frances, incapaz de contenerse, mancha los peldaños, su ama le refriega el rostro y la nariz contra el suelo antes de hundirle la cabeza en un cubo de agua fría. Ann Robinson, presente en la escena, la azuza para que reanude el castigo.

El 10 de abril de 1829, Esther Hibner la Mayor, su hija Esther la Joven y Ann Robinson comparecen procesadas por el asesinato de Frances. La pequeña había sido colocada como aprendiz parroquial en casa de Hibner la Mayor, en Platt Terrace, sobre Pancras Road. Los comisarios de la parroquia de St Martin la habían entregado allí el 7 de abril de 1828 para que aprendiera el bordado de tambor. El contrato confiaba a la menor al hogar de su maestra; apenas seis meses más tarde, el trato recibido en aquella casa degeneró, a juicio del fiscal, en una sucesión metódica de privaciones y castigos corporales.

El ministerio público describe jornadas de labor que se iniciaban a las tres o cuatro de la madrugada y se prolongaban hasta las once de la noche, en ocasiones hasta las dos, y no pocas veces durante la noche entera. Los niños apenas disponían de jergón: durante las épocas más crudas, dormían directamente sobre las tablas del suelo, amparados por una vieja manta. Jamás salían a tomar el aire. La acusación opone esta extrema indigencia a las cómodas camas, las ropas y los desahogos de que disfrutaban los Hibner y sus allegados.

El alimento se hallaba asimismo severamente racionado. El desayuno consistía en una rebanada de pan y una taza de leche; cuando los pequeños «no habían merecido» esa ración, recibían únicamente unas pocas patatas a mediodía, y nada más hasta la jornada siguiente. Nueve libras de patatas debían bastar para sustentar a las doce personas de la casa. La carne no hacía acto de presencia sino una vez cada quince días. Los domingos, los niños permanecían enclaustrados en la cocina con las ventanas cerradas a cal y canto. Según la fiscalía, lloraban de pura hambre y comían a veces las sobras destinadas al perro o los despojos de carne recogidos de la pastera del cerdo.

Frances distaba de ser la única aprendiz sometida a semejante disciplina. Los menores asignados por St Martin y por otras parroquias padecían, según el fiscal, el mismo yugo de trabajo, idénticas privaciones y similares castigos. Asegura la acusación que tres de ellos perecieron a consecuencia de estos tratos. En el caso de Frances, la debilidad general se vio acompañada de úlceras en los pies; los dedos se le gangrenaron. El acusador vincula esta ruina corporal con un absceso pulmonar y una desnutrición crónica.

La fiscalía refiere además un episodio previo al tormento de la escalera: la joven Esther habría arrancado a Frances de su bastidor de bordar, arrojándola con violencia dos veces contra el piso. Cuando la madre supo que la niña yacía enferma en una habitación, se limitó a responder: «Que se quede allí». Los tres aprendices llamados al estrado confirman punto por punto la relación del fiscal, incluidos los golpes y el hambre impuesta. La causa, por tanto, no se funda en un arrebato aislado de furia, sino en la descripción de un régimen despótico que abarcaba desde el taller hasta las faenas domésticas más serviles.

El cirujano Charles James Wright describe la condición del cadáver. Declara haber examinado a Frances antes de su fallecimiento, cuando presentaba llagas abiertas en los pies y se le desprendían los dedos gangrenados. La niña expiró el 15 de marzo. Tras el deceso, Wright constató un absceso que había destruido casi por completo los pulmones, vísceras inflamadas, otras lesiones internas y múltiples hematomas. Atribuye la muerte a la conjunción del absceso y la gangrena, señalando como causas determinantes la falta de alimento y de ejercicio, así como los reiterados malos tratos. La inmersión de la cabeza en agua helada, estima el perito, pudo precipitar la afección pulmonar. Los médicos Gozna y Bellin corroboran su dictamen y consideran que semejante régimen agravó la dolencia y aceleró la muerte.

Llegado el momento de su descargo, las tres encausadas no articulan la misma defensa. Hibner la Mayor delega enteramente su justificación en su hija. La joven Esther sostiene que los niños mienten y que tanto ella como su madre siempre los trataron con benevolencia. Robinson rechaza igualmente las imputaciones: arguye que se limitaba a secundar a las Hibner en las labores del taller y que regresaba a su domicilio cada noche a las ocho.

El barón Garrow exhorta a los miembros del jurado a no permitir que el horror del relato nuble su riguroso examen de las responsabilidades penales. Frances había sido encomendada a Hibner la Mayor, quien tenía la obligación jurídica de velar por ella. Sin embargo, la calificación de asesinato, advierte el magistrado, depende del nexo de causalidad entre los actos denunciados y el óbito. Si los malos tratos generales de la madre causaron la muerte de la menor, las otras dos deben ser absueltas del cargo de asesinato. Si, por el contrario, la inmersión de la cabeza ejecutada por la joven Esther en presencia de Robinson causó o aceleró principalmente la dolencia pulmonar, ambas mujeres han de ser declaradas culpables de asesinato y la madre absuelta.

Tras deliberar, el jurado declara a Hibner la Mayor culpable de asesinato y absuelve de este delito capital a su hija y a Robinson. La reo es de inmediato condenada a la pena de muerte. Las otras dos permanecen bajo custodia a fin de ser juzgadas en causa separada por los malos tratos y las violencias infligidas a Frances. Esta distinción reviste suma importancia: su absolución por asesinato no implica en modo alguno que se las considerara ajenas a los ultrajes cometidos.

La misma crónica da cuenta de una segunda imputación por asesinato contra Hibner la Mayor, relativa en esta ocasión a la muerte de otra aprendiz. La acusada se declara inocente. No se recaba un segundo veredicto, por haber sido ya pronunciada la sentencia capital; Pelham presenta la culpabilidad de la rea como indudable, pero los autos no registran un fallo independiente sobre este deceso. Concluida la sesión, Hibner es conducida a la celda de los condenados. Allí asegura al alcaide Wontner que no morirá en la horca y monta en cólera cuando se le deniega una chuleta de carnero.

El domingo, su hija acude a visitarla por última vez. Ambas se despiden sin derramar una sola lágrima, según consigna Pelham. Más tarde, un carcelero, alarmado por la conducta de Hibner, ordena que se la vigile en el patio. Se la halla con una herida en la garganta, tras haberse degollado superficialmente con un cuchillo que logró agenciarse. Manifiesta luego a Wontner que no pretendía quitarse la vida, sino herirse con la gravedad precisa para ganar unos días de aplazamiento. Se recurre entonces a una camisa de fuerza para impedirle que se arranque los vendajes.

El capellán Cotton le ofrece auxilio espiritual, que Hibner rehúsa con altivez: afirma conocer la Biblia lo suficiente y no precisar de intérprete alguno. Cotton insiste hasta altas horas de la noche; ella escucha sin dignarse a responder. La orden judicial fija la ejecución para el lunes inmediato. La mañana del 13 de abril, Hibner viste un sayo negro, un camisón blanco superpuesto y una cofia blanca. Poco antes de las ocho, la sacan de su celda. Al negarse a caminar, dos alguaciles la llevan en vilo. La multitud congregada al pie del cadalso la recibe con un clamor de improperios. Ningún eclesiástico la acompaña sobre la tarima. Minutos después de las ocho, se procede a su ejecución; el cronista anota que no opone resistencia y parece expirar casi en el acto.

El cadáver de Hibner es entregado a los cirujanos para su disección anatómica. Ese mismo día, su hija y Ann Robinson son juzgadas por las agresiones y sevicias infligidas a los menores confiados a su custodia y resultan convictas: la primera es sentenciada a doce meses de reclusión en la casa de corrección; la segunda, a cuatro.

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Acaba de leer el relato completo de este caso histórico. Nos inspira tres proyectos de ficción aún por escribir. ¿Cuál le gustaría ver publicado? Su voto guiará a AB Éditions.

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Las casas de aprendizaje

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El pasaje traduce la entrada íntegra «Esther Hibner, the Elder; Esther Hibner, the Younger; and Ann Robinson», comprendida entre el título del capítulo y el siguiente epígrafe corriente «Jonathan Martin», líneas OCR 11088–11297 inclusive (2081 palabras). El juicio por asesinato dio comienzo el 10 de abril de 1829; el cirujano Wright certifica que Frances murió el 15 de marzo; Esther Hibner la Mayor fue ajusticiada el 13 de abril. Pelham reseña una segunda acusación de asesinato contra la misma encausada que quedó sin fallo formal, así como las posteriores condenas de la joven Hibner y de Ann Robinson por agresión con lesiones. No se ha recurrido al cotejo de las actas originales ni del facsímil judicial.

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