El 18 de julio de 1778, el procurador fiscal de Laval advirtió al juez de policía de que Renée Richard, apodada la Suhard, había abandonado su morada, desamparando a tres niños que estaban bajo su custodia. Debían ser conducidos a París, a la inclusa de los Niños Expósitos; hete aquí que yacían sin auxilio alguno. El propietario del inmueble, al enterarse de la fuga y de la venta apresurada de los muebles, dispuso que se prestaran a los pequeños los cuidados perentorios. El arrendatario general del condado de Laval asumió su tutela, reservándose el derecho al reembolso de las costas y a la retribución de sus desvelos. Una de las criaturas expiró poco después. En la casa desierta, la puerta había quedado abierta de par en par.
La querella inicial perseguía un delito de abandono. Sin embargo, la Suhard alquilaba asimismo una bodega subterránea, accesible a través de un angosto callejón, y aquel recinto otorgaría a la instrucción un cariz enteramente distinto. La mujer que había hecho oficio de transportar niños hasta el hospicio había dejado tras de sí vestigios que los vecinos, hasta entonces, no se atrevían a hilvanar. Para desentrañar lo descubierto en aquel sótano, resultaba indispensable comprender primero el trasiego de infantes y mujeres que durante años había nutrido aquella vivienda.
Renée Richard había nacido en la parroquia de Chelun, en Bretaña, cerca de La Guerche. Había desposado a Julien Suhard, tejedor de Laval, para luego quedar viuda. Ciertas familias le encomendaban los vástagos cuyo nacimiento convenía silenciar; ella los transportaba a París, al hospicio de los Niños Expósitos, percibiendo una retribución por cada uno. Cuando lograba reunir a varios lactantes para un único viaje, aquel arbitrio le procuraba lo suficiente para subsistir. El encargo gozaba de un destino manifiesto y de una apariencia de regularidad: entregar a los pequeños en el asilo.
En torno a este itinerario fue tejiéndose otra economía clandestina. Muchachas llegadas de los cantones circundantes, y en ocasiones de tierras lejanas, acudían al albergue de la Suhard para dar a luz y restablecerse. Después le confiaban a sus recién nacidos para que los llevase a París. Champagnac refiere que varias parturientas solían coincidir bajo su techo. El alumbramiento, la convalecencia materna y la partida de la criatura se sucedían entre aquellas paredes; lo que debía tender un puente entre las familias y el hospicio terminaba sometiendo a los niños a la exclusiva custodia de una sola mujer.
La Suhard cohabitaba con Ambroise Portier. Era tejedor, mas cuando el telar escaseaba de labor, quebraba piedras en los caminos reales o tocaba el pífano en la Casa de la Villa. Entregaba sus ganancias a la Suhard; ambos compartían mesa y lecho, embriagándose con frecuencia, según refiere el cronista. Portier había sido condenado antaño en rebeldía a galeras perpetuas por complicidad en otro asunto de homicidio; su sentencia se había ejecutado en efigie en septiembre de 1768. Había regresado a Laval años más tarde sin que nadie se cuidara de inquietarlo. La voz pública afirmaba incluso que había intentado evitar el crimen que se le imputaba. Aquel pasado esclarece la sombra de sospecha que más tarde recayó sobre su persona; empero, no demuestra su participación en los hechos reprochados a la Suhard.
En el estío de 1778, la mujer se desvaneció, malvendiendo sus enseres y desamparando a los tres pequeños confiados a su cargo. El juez se personó en la casa el mismo día en que se formuló la denuncia. A la jornada siguiente se abrió sumario. Sucedía que, la noche misma de la huida, dos vecinas habían percibido trajín en la callejuela que conducía al sótano. Hallaron allí a dos mujeres, una de las cuales acarreaba un bulto voluminoso. Un hedor fétido las puso en guardia. Las porteadoras arguyeron que los objetos no pertenecían a la Suhard y que el vicario Le Chauve les había encomendado retirarlos. Las vecinas se negaron a dejarlas proseguir su camino antes de que el clérigo fuese advertido.
Las dos mujeres fueron identificadas después como Renée Tellier, viuda de Bourdet, y su hija Renée Bourdet, esposa de Beaudouin. Declararon que habían acudido a instancias de sobrinos y sobrinas de la Suhard, quienes les habían manifestado que dos niños habían perecido en la casa y que el vicario consentiría en darles sepultura. La víspera se habían presentado en casa de la Suhard, quien inicialmente negó tener niños en su poder. Ante sus ruegos insistentes, acabó mostrándoles un diminuto aposento donde yacían dos cuerpecillos envueltos, de apariencia cercana al año de edad. Ellas los habían dispuesto en un lienzo.
Interrogada sobre la existencia de otros restos, la Suhard las habría conducido finalmente a la bodega. Las declarantes refirieron que, con ayuda de una vara, la mujer extrajo de allí un fardo cubierto de varias capas y lo unió al primero. Mas cuando solicitaron del vicario Le Chauve la correspondiente inhumación, el sacerdote exigió la exhibición de las partidas de bautismo. Temía que pretendieran entregarle, bajo fes falsas, infantes muertos desde hacía tiempo. Dio aviso a la justicia. Aquella misma noche, no obstante, un hombre cavó furtivamente una fosa en el cementerio y sepultó el envoltorio.
Al día siguiente de los primeros hallazgos, se descubrieron nueve extractos de bautismo en un armario sellado. Correspondían a hijos ilegítimos nacidos en 1776, 1777 y, en su mayoría, 1778; los legajos nada aclaraban sobre el paradero que habían tenido. Se procedió a la inspección de la bodega. Los médicos y el cirujano forense comisionados al lugar hicieron remover la tierra y los restos hallados a escasa profundidad, dictaminando que los huesos pertenecían a seis cuerpos. Una excavación más honda sacó a la luz nuevos despojos, que los peritos atribuyeron a otros seis cuerpecillos. Fueron trasladados al camposanto junto con la tierra circundante a fin de disipar el riesgo de emanaciones mefíticas.
Aquellas osamentas no restituían el nombre de las criaturas. Tampoco desvelaban por sí solas la causa de cada óbito. Mas transmutaban los rumores vecinales en interrogantes judiciales de obligada resolución. El procurador fiscal formalizó querella contra la Suhard y sus presuntos cómplices. Se libró auto de prisión contra Portier por vehemente sospecha de complicidad, siendo buscado junto a ella. La guardia montada de la mariscalía acabó por darles alcance en Chelun. Hallaron a la Suhard acostada sobre un lecho de paja en casa de un particular. Portier se había agazapado en las letrinas, de donde hubo de ser extraído por la fuerza.
Las declaraciones testificales describieron la costumbre de la Suhard de albergar a varios niños simultáneamente mientras apenas acopiaba vituallas. Los convecinos aseguraban ver entrar a las criaturas sin verlas jamás partir hacia París ni ser conducidas al camposanto. Relataron que sus llantos se apagaban al cabo de pocos días. La pestilencia emanada de la bodega se había atribuido hasta entonces a las tenerías de los contornos. Aquellas memorias cobraron sentido tras las excavaciones; aisladas, no habían bastado para desencadenar las pesquisas.
Dos jóvenes que habían acudido allí a dar a luz atestiguaron que, al ausentarse unas horas de la vivienda, habían dejado en ella a varios niños vivos y que, a su regreso, dos de ellos se habían esfumado. La Suhard les habría respondido que las personas que los confiaron habían venido a retirarlos. Otra deposición sostuvo que suministraba a los infantes una infusión de adormidera mezclada con sus gachas a fin de sofocar sus lloros. Una mujer que había permanecido alrededor de tres meses en el hogar declaró haber visto entrar a más de treinta niños, asegurando que todos habían muerto mientras se hallaban en manos de la Suhard. Es este testimonio particular, y no un dictamen pericial independiente, lo que Champagnac consigna en su crónica.
La misma relación describe otro desamparo. Un cura párroco había encomendado a la Suhard a una joven enferma, entregándole el peculio necesario para su sustento y el trayecto hacia París. La Suhard la habría maltratado y desnutrido, para luego abandonarla cerca de Alençon sin una moneda. La muchacha mendigó, fue detenida por los corchetes y conducida al depósito de mendicidad de Rennes. La Suhard no sólo custodiaba niños; percibía asimismo sumas destinadas al socorro y transporte de personas desvalidas.
Refiere el capítulo que la reo confesó la mayor parte de los hechos imputados. Sometida al tormento de la cuestión, agravado hasta la aplicación de ocho cuñas, mantuvo invariablemente en sus interrogatorios que no había tenido cómplice alguno. Esta salvedad resulta capital en lo tocante a Portier: fue prendido en calidad de sospechoso, pero la crónica no menciona resolución judicial alguna contra él al término del proceso de la Suhard. Las confesiones de la reo no autorizan, por ende, a transformar al hombre que compartía su lecho en coautor acreditado.
Por sentencia del 29 de abril de 1779, Renée Richard, llamada la Suhard, fue condenada a ser quemada viva y sus cenizas esparcidas al viento. El fallo fue ejecutado el 22 de mayo siguiente. El suplicio puso término a la causa contra ella, mas los lugares no pudieron restituir ni a los niños desaparecidos ni a aquellos cuyos restos habían sido exhumados. Las partidas de bautismo atestiguaban que habían sido entregados; los testimonios, que habían sido aguardados; las excavaciones sólo devolvieron fragmentos privados de toda identidad cierta.
