Ir al contenido
Maison BeaulieuMAISON BEAULIEUAB ÉDITIONS · GASTRONOMÍA Y ARCHIVOS HISTÓRICOS
Justicia y escándalos · Prusia

Dos hombres bajo el musgo

El 13 de julio de 1825, dos artesanos itinerantes fueron hallados asesinados en la Britzer Haide, cerca de Berlín. Los indicios condujeron a Gustav Heinrich Julius Markmann, un joven músico del regimiento de la Guardia que reconoció a las víctimas y luego confesó haberlas golpeado y despojado. Condenado a muerte por asesinato con robo, escribió en prisión una carta en la que atribuía los crímenes a una sed de sangre más que al dinero. El Pitaval recoge esta contradicción sin que ninguna fuente independiente permita dilucidar el verdadero móvil.

El 13 de julio de 1825, bajo el musgo recién arrancado de la Britzer Haide, se descubrieron primero dos macutos manchados de sangre y, poco después, los cadáveres de dos jóvenes viajeros. A escasos pasos, las huellas impresas en la arena delataban una lucha, pero callaban los nombres. Al día siguiente, en el patio de un cuartel berlinés, un músico fue conducido ante los muertos. Reconoció a sus compañeros; aún no reconoció el crimen.

La Britzer Haide, un páramo de pinos al sur de Berlín, no era una selva impenetrable: desde el camino real se distinguían con claridad los movimientos entre el arbolado. En aquel julio de 1825, esta encrucijada de paso se convirtió en el escenario de un doble homicidio cuyas razones seguirían siendo objeto de disputa.

Un guardabosques cruzaba el pinar cuando advirtió que el tapiz de musgo había sido removido poco antes. En una hondonada halló dos grandes sacos de cuero negro y un par de botas. El contenido confirmó sus sospechas: pertenecían a artesanos itinerantes que cumplían su periplo de aprendizaje. Una cartilla de viaje llevaba el nombre de Burchard, oficial panadero. Fue entonces cuando advirtió la sangre en los sacos y el calzado. El destilador de la hacienda regresó con el guarda y varios peones. A unos pasos del primer escondrijo, bajo otro cúmulo de musgo, yacían dos hombres.

Tenían los cráneos destrozados; los rostros, los cuellos y los pechos presentaban hendiduras y puñaladas. Uno de los cuerpos estaba vestido del revés, con la espalda del sayo echada sobre el pecho y los brazos metidos por las mangas equivocadas. Sobre ellos descansaban dos varas: un grueso bastón de marcha con contera de hierro, manchado de sangre y hebras de cabello rubio, y una caña. Las primeras pesquisas situaron el lugar donde habían sido ocultados los cuerpos a una decena de pasos de aquel donde se perpetró la agresión. En la arena, los investigadores observaron signos de forcejeo y arrastre, marcas profundas de botas y salpicaduras de sangre proyectadas contra los matorrales.

La autopsia, tal como la resume el Pitaval, dictaminó que las víctimas perecieron a causa de graves heridas en la cabeza provocadas por un instrumento duro y contundente. Las puñaladas probablemente les fueron asestadas en vida. El informe no resolvía la cuestión que dominaría el sumario: ¿había sido el dinero el fin de los asesinatos? En un bolsillo se halló una navaja plegable; algunas monedas habían quedado en la fosa. Una pequeña bolsa roja, descubierta más tarde, contenía papeles a nombre de Wilhelm Lange y una hachuela mellada, asimismo salpicada de sangre.

La policía no tardó en reconstruir parte del último itinerario. En la mañana del 13 de julio, dos artesanos habían sido vistos en compañía de un músico del Segundo Regimiento de la Guardia, cerca de la puerta de Cottbus. Los tres habían tomado el camino de Britz. Por la tarde, un soldado músico regresaba solo, exhausto o abrumado por el calor, llevando un fardo bajo el brazo. Un suboficial supo que el jenízaro Gustav Heinrich Julius Markmann había acompañado la víspera a dos compatriotas. Los testigos señalaron al mismo individuo.

El 14 de julio, la totalidad del regimiento formó en el patio de armas. El teniente coronel mandó salir de filas a Markmann. En la guarnición de su sable y en el talabarte se advirtieron manchas de sangre. El tambor declaró que la noche anterior había regresado ebrio y se había deshecho de varios objetos que no le pertenecían: una tabaquera con las iniciales W. L., una virola de plata de pipa y un pañuelo negro. Se rumoreaba también que portaba una bolsa con cinco táleros. A sus dieciocho años, pasaba hasta entonces por ser un soldado puntual y de conducta intachable. Ningún reproche previo recaía sobre él.

Conducido ante los despojos, Markmann vaciló al principio. Tras lavar los rostros de los difuntos, identificó a uno como Wilhelm Lange, oficial sombrerero a quien conocía desde la infancia, y al otro como Burchard, oficial panadero con quien Lange había trabado conocimiento en la ruta. Admitió haberse despedido de ellos al salir de Berlín. No supo justificar la sangre adherida a sus pertrechos. Los indicios materiales, los testimonios y los efectos hallados en el brezal lo abrumaban; con todo, en aquel primer interrogatorio, no ofreció aún un relato acabado.

La crónica relata a continuación cómo las declaraciones de Markmann fueron cobrando precisión. Describió un paseo hacia Britz, el rigor del bochorno, la fatiga de los caminantes y una propuesta de juego que presentó como un simulacro de duelo. Los bastones suplieron a las armas: Lange cayó golpeado, y tras él, Burchard. Markmann reconoció los golpes asestados con el pesado bastón herrado y las heridas de cuchillo. Explicó haber ocultado los cuerpos bajo el musgo y mudado de sitio las pertenencias de los muertos. En sus primeras confesiones, vinculó el asesinato al robo. El dinero le habría servido para saldar deudas apremiantes; el resto lo había disipado con premura.

Sin embargo, semejante explicación no satisfizo al cronista. Markmann no encajaba en el perfil de un criminal empedernido. Sus maestros, allegados y superiores lo describían como un mozo aplicado y de natural apacible. Abrigaba la esperanza de prosperar en la música castrense. Pocas semanas antes de los crímenes, suplicaba en sus cartas reconciliarse con su padre y animaba a sus hermanos menores a estudiar música. Aludía a ciertas deudas, pero su hermano las tenía por llevaderas y se mostraba dispuesto a socorrerlo. Esta disonancia entre su vida ordinaria y la atrocidad del acto no demuestra, por sí sola, la existencia de otro móvil.

El consejo de guerra se abrió el 7 de noviembre de 1825 ante un tribunal de soldados y oficiales de diversas graduaciones, presidido por un mayor. Markmann compareció sin grillos; enterado de su derecho a recusar a sus superiores, declinó ejercerlo. Al cabo de cinco sesiones dedicadas a la lectura de las piezas procesales y del memorial de la defensa, ratificó sus declaraciones sin añadir una sola palabra.

El auditor fiscal solicitó su expulsión del ejército y la condena a la pena de rueda quebrada desde abajo, castigo capital reservado al asesinato perpetrado con robo. Casi todas las clases del tribunal respaldaron la petición. Unos pocos tenientes abogaron por la rueda de arriba, o por elevar al rey una súplica de gracia en atención a su juventud. La sentencia se dictó por mayoría y fue ulteriormente ratificada por el monarca. En la crónica, el debate sobre la pena gira en torno a un dilema harto más estrecho que el del móvil: ¿mató Markmann para apoderarse de los bienes de sus compañeros?

En presidio no solicitó clemencia. El 18 de febrero de 1826 dirigió un escrito al predicador de la fortaleza de Küstrin. Aquella misiva, conocida por el cronista mediante una copia, mudaba por entero la explicación del crimen dada por Markmann. En ella sostenía que la penuria económica no había sido el motivo determinante. Afirmaba haber sentido durante años una sed de sangre, atizada a su juicio por la caza, y describía un impulso violento que aseguraba no haber podido domeñar. Relataba asimismo que en Putbus había intentado en cierta ocasión instigar a un músico a matar a un compañero, tentativa frustrada por la súbita llegada de otros viajeros.

Este escrito carcelario no equivale a un dictamen clínico. No convierte la acusación de robo en un error judicial, y nada en las páginas del Pitaval permite contrastar de modo independiente los recuerdos allí consignados por el reo. La carta, no obstante, evidencia una contradicción palmaria entre su primer relato en sede judicial —donde el despojo acompaña a las muertes— y su confesión tardía, que achaca la matanza a un arrebato homicida. El cronista sostiene la autenticidad del documento y lo interpreta como una revelación por fin sincera; aventura incluso especulaciones sobre la infancia, el linaje y una pretendida predisposición fatal. Conjeturas todas suyas, no de los autos que transcribe.

El hermano mayor, Johann Christian Friedrich, había sido ajusticiado en 1822 por homicidios cometidos en 1815 durante un robo e incendio premeditado en Kühlenhagen. El Pitaval emparenta ambas causas, aun admitiendo que de ello no podía inferirse una tara familiar hacia el crimen. El precedente gravita sobre la lectura del legajo sin desentrañar lo que en verdad bullía en el ánimo de Gustav.

La carta llegó a manos de las autoridades en vísperas de la ejecución. El pastor la remitió al auditor, quien concibió la esperanza de que motivara una suspensión. El comandante de la plaza, tras examinarla, rehusó demorar el suplicio: Markmann continuaba reconociendo los hechos materiales por los que había sido juzgado, y la mutación del móvil no alteraba, a sus ojos, la certeza del delito. El cronista diserta prolijamente sobre esta resolución y la oportunidad de un examen facultativo complementario; trátase, empero, de su glosa retrospectiva y no de una nueva resolución judicial.

A la mañana siguiente, Markmann recibió a los eclesiásticos. El Pitaval lo describe sosegado, departiendo sobre su familia. Consta que copió cinco estrofas de un cántico sagrado antes de ser conducido al cadalso. Su última voluntad, referida por el relator, fue que los verdugos obrasen con presteza y caridad. Fue ajusticiado en Küstrin el 21 de febrero de 1826.

Dos cadáveres bajo el musgo, rastros de sangre en un cuartel, una causa militar que da por probado el móvil lucrativo y una carta póstuma que lo desmiente: he aquí las piezas legadas por la crónica de 1859. No brinda un acceso directo a la intimidad insondable de Markmann, y su teoría sobre una «sed de sangre» dista de ser una certidumbre médica. Deja en pie una pregunta perenne: cuando un condenado ofrece, a las puertas de la muerte, una versión inédita de su falta, ¿qué certeza puede fundar esa palabra... y qué abismos deja para siempre fuera de alcance?

De este caso podría nacer un libro

Ayúdenos a elegir nuestro próximo libro

Acaba de leer el relato completo de este caso histórico. Nos inspira tres proyectos de ficción aún por escribir. ¿Cuál le gustaría ver publicado? Su voto guiará a AB Éditions.

novela corta

El cuaderno del maestro de armas

En una ciudad ficticia del siglo XVIII, un escribiente aprendiz reconoce haber falseado el registro de un arsenal tras resultar herido un operario por un cañón de salva. El consejo de guerra lo juzga autor de un acto doloso; su maestro, que lo instó a alterar las cuentas, guarda silencio. En vísperas de su condena, el aprendiz entrega al capellán una carta donde confiesa haber mentido para salvar a su hermano, mas niega haber manipulado la pieza de artillería. Una actuaria debe decidir si reabre las pesquisas cuando cada versión exculpa a uno y condena a otro. Vote por esta novela corta para sumergirse en un drama conciso sobre la confesión, la lealtad y el rigor de la justicia militar.

Cargando votos…

novela

El agua bajo el dique

En un valle imaginario del siglo XIX, el esclusero de una presa es condenado tras una riada que devasta varios obradores. Había confesado haber abierto la compuerta para impedir que la corriente se llevara su morada; meses más tarde, escribe que pretendía proteger a los peones de un dique que ya presentaba grietas. Una joven ingeniera descubre sus cuadernos de cálculo y constata que ambas versiones pudieron ser ciertas en momentos sucesivos. Para obtener la revisión del proceso, deberá convencer a los vecinos, necesitados de un culpable para percibir sus indemnizaciones, y a un juez reacio a las confesiones tardías. Vote por esta novela para adentrarse en una pesquisa donde el móvil se transforma al compás de las pruebas y la verdad pone en jaque a toda una comunidad.

Cargando votos…

trilogía

Las cartas tras el veredicto

Tres ficciones autónomas entrelazadas por una archivera que, a lo largo de sucesivas épocas, clasifica los memoriales remitidos a los tribunales tras dictarse sentencia firme. En el primer relato, una costurera acusada de envenenar un pozo altera su declaración para salvaguardar a su hermana enferma. En el segundo, un cartógrafo confiesa haber desplazado una linde con el fin de ocultar un error de agrimensura que habría arruinado las cosechas. En el tercero, un antiguo magistrado descubre que su propio fallo descansó en un testigo que solo ansiaba proteger a un amigo. Cada protagonista habrá de dirimir si una revelación postrera basta para reabrir un proceso fenecido. Vote por esta trilogía para recorrer, a través de tres siglos, el combate entre la verdad íntima, la prueba procesal y la reparación tardía.

Cargando votos…

Un voto por caso en este navegador, modificable en cualquier momento. Los proyectos más apoyados orientarán nuestras próximas ediciones. Cómo se conservan sus votos.

Ver los demás proyectos en el Salón →
El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

Capítulo íntegro «Die beiden Markmann», págs. 199–267, consultado en Der neue Pitaval, XIX. Theil, Neue Folge, Neunter Theil, segunda edición, Leipzig, Brockhaus, 1859. La transcripción OCR local abarca las líneas maestras 9636–12775 inclusive; se excluye el capítulo sucesivo «Der Dieb als Vatermörder». El título impreso del capítulo fluctúa según la sección consultada: el encabezado OCR local indica 1815–1825, el índice 1816–1825; el cuerpo sitúa en noviembre de 1815 los crímenes del hermano mayor, ejecutado en 1822, mientras que la causa principal atañe a los asesinatos de julio de 1825. El proceso militar contra Gustav Markmann dio comienzo el 7 de noviembre de 1825; la crónica da cuenta de su pena capital y ejecución en Küstrin el 21 de febrero de 1826. En ella se expone en primer término su confesión que vinculaba asesinato y lucro, y luego una carta escrita en prisión fechada el 18 de febrero de 1826, en la que Markmann esgrime un impulso homicida como móvil. Dicha carta se conoce por copia y el cronista defiende su veracidad; no existe cotejo independiente disponible. Las hipótesis psicológicas y hereditarias formuladas por el autor distan de constituir conclusiones facultativas. El texto Fraktur digitalizado puede contener erratas; este relato se atiene a los hechos reseñados sin reproducir literalmente el texto alemán.

← Todos los 1.003 casos del Gabinete