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Justicia y escándalos · Francia

Dos muertes en Maison-Neuve

En Parcé, Peigné y la mujer Pipelier son juzgados tras la muerte de Pipelier por arsénico; las pesquisas conducen asimismo a exhumar a la esposa de Peigné, fallecida pocos meses antes. La crónica atribuye el primer envenenamiento únicamente a Peigné y el segundo a ambos acusados; el tribunal condena a Peigné a trabajos forzados a perpetuidad y a la mujer Pipelier a veinte años.

En Parcé, la Maison-Neuve y la Faucherie solo estaban separadas por la vida ordinaria de dos familias de labradores. Los esposos Pipelier explotaban la primera granja; los Peigné habitaban la segunda. Según el acta de acusación leída ante el tribunal de lo criminal del Sarthe, Peigné acudía casi a diario a casa de sus vecinos, en ocasiones varias veces en una misma jornada. Aparentaba ser el amigo más devoto de Pipelier. No obstante, las reiteradas visitas, las murmuraciones recogidas en la vecindad y las familiaridades observadas por diversos testigos pronto hicieron sospechar de una relación íntima entre él y la mujer Pipelier.

La mujer Pipelier reconoció que Peigné estaba enamorado de ella, si bien sostuvo haber rechazado sus galanteos. La acusación contraponía a esta versión ciertas escenas relatadas por los testigos. Una mujer llamada Joubert declaró que, durante las cosechas, Pipelier le había pedido que llamara a Peigné, quien faenaba en un campo vecino. A su llegada, ella le habría arrojado nueces al rostro al labrador; este la habría derribado, reteniéndola abrazada en el suelo durante cerca de un cuarto de hora. Al levantarse, ella le habría arrojado el sombrero y embadurnado la cara. El relato no precisa qué pudo pensar entonces Joubert de semejante escena; convierte, no obstante, su testimonio en uno de los indicios invocados más tarde por la fiscalía.

Otro testigo, Pierre Corbin, joven criado de los Pipelier, refirió que, al regresar de misa un domingo, unas cuatro semanas antes de la muerte de su amo, había divisado a Peigné besando a la mujer a través de una puerta entornada. Afirmaba asimismo que solían sentarse muy juntos, rozándose las rodillas y entrelazando las manos. Semejante intimidad no resultaba desconocida para todos. El acta señala que Pipelier tenía noticia de los rumores, pero no les daba crédito y vivía en buena armonía con su cónyuge. En la casa de los Peigné, la habladuría surtía otro efecto: la esposa de Peigné, desfigurada por la viruela en 1870, se hallaba al parecer profundamente afligida por los comentarios y celosa de la mujer Pipelier. Se la veía llorar en silencio.

En agosto de 1872, esta mujer cayó enferma. Sus frecuentes vómitos se prolongaron durante casi tres semanas. El médico de Parcé, el señor Pasteau, la visitó en dos o tres ocasiones y creyó hallarse ante una fiebre intermitente acompañada de trastornos gástricos; prescribió sulfato de quinina y aceite de ricino. En su última visita, el 25 de agosto, no constató enfermedad caracterizada alguna. El 27 de agosto, según la fecha consignada por la Gazette, la enferma falleció sin agonía, como exhausta. El periódico asocia, sin embargo, este 27 de agosto a un lunes, cuando dicha fecha cayó en martes; su crónica no permite esclarecer tal discrepancia. El médico, perplejo, no comprendió aquel desenlace.

La Gazette no menciona por entonces autopsia ni pesquisa alguna. La muerte permaneció inexplicada hasta la de Pipelier. Tras el deceso de su esposa, Peigné frecuentó con mayor asiduidad todavía la Maison-Neuve. Luego sobrevino el viaje a La Flèche. El martes 21 de enero, ambos hombres acordaron acudir juntos al día siguiente: Pipelier acompañaría a su amigo al mercado y le ayudaría a guiar unos cerdos. Partieron a las tres de la madrugada. Tras separarse durante la mañana, se reunieron de nuevo para comer hacia las tres en el mesón de Grand. En el camino de regreso, hicieron una parada en Le Bailleul y bebieron un vaso de vino en la taberna de la viuda Chaumont.

Pipelier regresó hacia las nueve de la noche, quejándose de que la comida le había sentado mal. Con todo, marchó casi de inmediato a cenar a casa de Peigné. La hermana de este, la señora Godin, había preparado sopa, jamón frito y sidra. Ambos hombres cenaron con alegría. De vuelta en su hogar hacia las diez y media, Pipelier volvió a quejarse. Decía tener el corazón helado. Su esposa le ofreció una infusión preparada con antelación; él bebió un poco. Hacia las once comenzaron los vómitos, que prosiguieron durante la noche y la jornada siguiente.

El acta de acusación describe a continuación un día que la vecindad releería a la luz de la muerte. La mujer Pipelier cuidó en soledad a su marido. Peigné acudió por la mañana, y de nuevo hacia las siete de la tarde, pretextando al principio una carta que deseaba que le leyeran, regresando esta vez con su hijo y la mujer Corbin. A las ocho, al empeorar el enfermo, la señora Pipelier mandó llamar a su cuñado y a su cuñada. Estos se asombraron de que no se hubiese convocado a médico alguno. Ella respondió que su marido se había opuesto a ello; Peigné observó que ya era demasiado tarde para hacer venir al facultativo aquella noche y prometió ir a buscar al doctor Bazin a Sablé a la mañana siguiente.

Hacia las nueve, Peigné se retiró. El hermano y la cuñada prepararon con el vino que habían traído unas gachas que Pipelier probó. Quiso levantarse, pero se desplomó antes de alcanzar su lecho. Su mujer se acostó, dejando a los dos parientes junto al enfermo, cuya respiración era sonora. Hacia las once, su cuñada dejó de oírlo respirar y se acercó a la cama: había muerto. La mujer Pipelier exteriorizó un vivo dolor y mandó luego a su criado a advertir a Peigné de que ya no era necesario que se molestase en ir a buscar al médico.

La repentina muerte y la ausencia de médico y sacerdote despertaron sospechas. El sábado 25, los magistrados llegaron a la Maison-Neuve. El doctor Degaille, asistido por el señor Pasteau, practicó la autopsia. El tubo digestivo se hallaba fuertemente inflamado; los pulmones mostraban huellas de una intensa congestión. Los médicos juzgaron que tales síntomas bien podían ser los de un envenenamiento. El análisis químico reveló arsénico en el estómago, el intestino, el hígado y las deyecciones, e incluso sobre las ropas de cama. Peigné y la mujer Pipelier fueron detenidos el 31 de enero.

La instrucción devolvió la muerte de la esposa de Peigné al primer plano. Su cuerpo fue exhumado. Las vísceras contenían asimismo una cantidad notable de arsénico. El diario distinguía de este modo dos muertes y dos acusaciones: Peigné, en solitario, habría envenenado a su mujer; luego habría actuado con la mujer Pipelier contra el marido de esta. Tal era la tesis del acta de acusación. Vinculaba las muertes a la supuesta relación íntima y al deseo atribuido a los amantes de poder contraer matrimonio, mas no constituía todavía la resolución del jurado.

El acta refería que Peigné había rogado a la hermana de la señora Pipelier que le avisase si oía decir que la muerte de su cuñado no era natural. A quienes intentaban tranquilizarle, les habría respondido que, de ser hallado culpable, se mataría antes de ser guillotinado. A un vecino le habría dicho: «Si Pipelier se ha envenenado a sí mismo, no por ello dejaré yo de sufrir la muerte». El diario calificaba estas palabras de casi confesión; no dejaban de ser decires ajenos, y Peigné negó los hechos. Pretendía ser ajeno a la muerte de su mujer, si es que acaso hubo envenenamiento, y presentaba sus visitas a casa de Pipelier como las propias de un buen vecino.

La cuestión del veneno ocupaba un lugar preciso en la acusación. Peigné habría solicitado al alcalde un certificado para procurarse arsénico destinado, según afirmaba, a curar el ganado; el certificado le habría sido denegado. Habría pedido igualmente a un boticario, aduciendo que deseaba matar ratas. La crónica añadía que ambos hogares disponían de matarratas. La señora Pipelier reconoció en la vista haberlo comprado a un buhonero, pero sostuvo que era para exterminar roedores. Negó haber correspondido a las insinuaciones de Peigné. Ante el tribunal, este admitió el viaje y las comidas compartidas con Pipelier, mas rebatió la acusación y negó haber cortejado a la mujer de su amigo.

Los debates no disiparon la brecha entre lo probado por los análisis, lo aseverado por los testigos y lo deducido por el ministerio público al hilvanar los hechos. Los peritos confirmaron el envenenamiento por arsénico. Joubert mantuvo su deposición sobre la escena de las cosechas; Corbin había dado cuenta de la intimidad de ambos acusados; el hijo de la señora Pipelier, llamado al estrado, provocó las lágrimas de su madre. El letrado Leporché protestó al ser evocada la conversación de la acusada con el párroco de Parcé. El presidente puntualizó que este solo había repetido aquellas palabras con la autorización de la mujer Pipelier.

Todas las cuestiones fueron resueltas afirmativamente con la concurrencia de circunstancias atenuantes. Peigné fue condenado a trabajos forzados a perpetuidad; la mujer Pipelier, a veinte años de la misma pena. El fallo clausuró el proceso sin devolver a la esposa de Peigné ni a Pipelier la luz de la que carecieron sus últimos días. Fijó la condena de cada uno de los acusados y dio por probado el doble envenenamiento. En la Maison-Neuve, una muerte había despertado la sospecha de otra; en las audiencias, los médicos, los allegados y los vecinos hicieron oír sus partes de una historia sobre la cual las dos víctimas ya no podían ofrecer la suya.

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Acaba de leer el relato completo de este caso histórico. Nos inspira tres proyectos de ficción aún por escribir. ¿Cuál le gustaría ver publicado? Su voto guiará a AB Éditions.

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

La crónica se inicia con el acta de acusación para referir después los debates y el veredicto. Incrimina a Peigné en solitario por la muerte de su mujer y a ambos acusados por la de Pipelier; tales son las imputaciones de la fiscalía. El fallo recoge ambas condenas y la apreciación de circunstancias atenuantes. Transcripción ceñida a las páginas 1-2 del PDF, cotejada con los escaneos de la ENAP; página 547 deducida de la foliación, página 548 visible.

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