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Justicia y escándalos · Alemania

Una taza de café y tres análisis

En Mengede, Gertrud Trößken muere tras una repentina dolencia. Su esposo y la sirvienta de la casa son acusados de envenenamiento; dos corrientes periciales se enfrentan sobre las trazas de arsénico, el jurado condena a los procesados y un informe ulterior conduce a la conmutación de su pena.

El 24 de mayo de 1859, Gertrud Trößken falleció en su posada de Mengede, en Westfalia, tras una dolencia iniciada la víspera. Dos días antes, había jugado a los bolos con unos visitantes y mostraba una apariencia saludable. Su deceso desencadenaría una acusación de envenenamiento dirigida contra su marido y la sirvienta Gertrud Jansen. Los médicos jamás lograron consensuar la causa de la muerte; la justicia, por su parte, acabó pronunciando la pena capital contra ambos acusados, antes de que el rey la conmutara por reclusión perpetua.

El matrimonio Trößken carecía de descendencia. Regentaban una posada, y Heinrich, que había adoptado el apellido de su esposa tras casarse en 1832, bebía en exceso según los testigos. Gertrud llevaba las riendas de la casa. En 1858, los cónyuges habían otorgado un testamento mancomunado, nombrándose herederos recíprocos. Jansen servía en el hogar desde hacía cinco años. La dueña sospechaba que su esposo y la criada mantenían una relación ilícita; varias personas declararon haberla oído quejarse de ello. Heinrich, por su cuenta, no ocultaba su anhelo de desposar a Jansen.

El domingo 22 de mayo de 1859, nada parecía presagiar la crisis. Gertrud había atendido a las visitas y tomado parte en su partida de bolos. El lunes 23, aquejada de cefaleas, se acostó. Se levantó hacia las dos de la tarde. En ese instante, Jansen y otros dos criados permanecían en el huerto; una vecina que había acudido a prestar ayuda en las faenas afirmó hallarse también allí. Hacia las tres, dos colegialas de trece años, pupilas en casa de los Trößken, encontraron al regresar de la escuela a Gertrud tendida en el suelo, junto a la escalera que conducía a la buhardilla de la sirvienta. Se mandó llamar a un facultativo, y familiares y convecinos se turnaron junto al lecho de la enferma. La mujer expiró al día siguiente, hacia el mediodía.

Los testimonios describían a una mujer que, al principio, se quejaba de dolores de cabeza y que pronto se vio incapaz de deglutir cuanto se le ofrecía. Los recuerdos diferían sobre los vómitos, su frecuencia y su naturaleza; ciertos deponentes solo habían presenciado una fase de la enfermedad. El médico de cabecera, el doctor Funke, apuntó en un primer momento a un posible ataque cerebral. Otro médico, por el contrario, atribuyó el cuadro a una intoxicación por veneno. Esta discrepancia no era una sutileza forense añadida a posteriori: sobre ella descansaría la decisión de si los hechos justificaban una condena por homicidio.

Las sospechas cobraron fuerza a raíz de la conducta de Heinrich. Poco después del óbito, cortejó abiertamente a Jansen e hizo pública su intención de contraer matrimonio. El 27 de julio, ambos comparecieron ante el tribunal para declarar sus esponsales, comprometiéndose a desposarse en un plazo de seis semanas. Los deudos de Gertrud se opusieron tajantemente al enlace. La disputa versaba asimismo sobre el patrimonio: el 1 de julio, Heinrich había traspasado la propiedad a Caroline, pariente de su difunta consorte, reservándose el usufructo de la posada de por vida. Estos actos podían alimentar la sospecha de un provecho común, mas no demostraban, por sí solos, la perpetración de un crimen.

Fue Reinhold, cuñado de la finada y relojero de oficio, quien encauzó la instrucción judicial. Declaró su firme convicción de que Heinrich y Jansen habían emponzoñado a Gertrud. La autoridad decretó la exhumación, consumada el 5 de agosto, unas diez semanas tras el entierro. La descomposición cadavérica se hallaba muy avanzada; los médicos limitaron su intervención a la cavidad abdominal. Apartaron las vísceras, las precintaron y las remitieron a Münster para su cotejo. Se advirtieron trazas ínfimas de arsénico en ciertas muestras. No obstante, los ensayos iniciales resultaron inconcluyentes, y los peritos reconocieron su incapacidad para cuantificar la dosis hallada o determinar si bastaba para causar la muerte.

El primer peritaje facultativo de fuste extrajo una conclusión cautelosa. El doctor Motten estimó que un accidente cerebrovascular justificaba el cuadro sintomático y que la exigua cantidad de arsénico no permitía aseverar que Gertrud hubiera perecido por su causa. El doctor Stricker sostuvo la tesis opuesta: a su juicio, el hallazgo del veneno en los órganos demostraba su absorción, y el rápido desenlace clínico casaba con un cuadro de intoxicación. El colegio médico provincial, convocado ante semejante discordancia, respaldó esta última postura. Dictaminó que el conjunto de los síntomas presentaba la fisonomía de una intoxicación letal y achacó la escasa dosis remanente a los vómitos referidos por los testigos.

A medida que la pesquisa progresaba, una sobrina de Gertrud aportó un nuevo indicio. Unas tres horas antes de la muerte, Anna Katharina Trößken intentó tomar provisiones de una alacena de la cocina; abrió un envoltorio y halló en él un polvo blanquecino, similar al azúcar molido, aunque ligeramente terroso. La sobrina preguntó a la criada qué guardaba allí. La moza le espetó que lo dejara en paz y que el asunto no era de su incumbencia. Anna Katharina declararía más adelante que aquel polvo se parecía al arsénico que le habían exhibido. El paquete nunca fue preservado para su análisis.

Otra deposición versó sobre lo acontecido en la cocina entre las dos y las tres de la tarde del 23 de mayo. Gaslauf, mancebo de botica, había acudido a cobrar una factura pendiente a Heinrich. Hallándose en la estancia, una mujer abrió la puerta de la habitación colindante y dijo al posadero: «Ya se ha bebido la taza de café». Gaslauf no alcanzó a distinguirle el rostro; creyó deducir, por su acento y entonación, que se trataba de Jansen. Heinrich reaccionó con aspereza, recriminándole no haberle avisado con premura. Jansen negó haberse cruzado con Gaslauf en toda la jornada. Aquella frase no se sustentaba, por tanto, en una identificación ocular ni en la certeza absoluta del testigo acerca de quién la había pronunciado.

Las pesquisas practicadas entre los boticarios, un veterinario y un desratizador de la comarca tampoco lograron acreditar que los procesados hubiesen adquirido o poseído arsénico. Restaban tan solo el hallazgo narrado por la sobrina y desmentido por Jansen, una frase referida por un testigo que no vio a su interlocutora y un análisis forense sumido en la controversia.

En la vista oral celebrada en Hamm los días 8 y 9 de noviembre de 1860, los peritos mantuvieron sus tesis antagónicas. Motten persistió en el diagnóstico del ataque cerebral; Stricker reiteró el del envenenamiento. El doctor Funke aclaró no haber sospechado al principio ninguna dolencia específica, mas, tras enterarse del hallazgo de arsénico en las vísceras, juzgó que el óbito obedecía a intoxicación. Los médicos propuestos por la defensa recalcaron la ausencia de pruebas directas y la fragilidad de los exámenes practicados sobre un cadáver exhumado tardíamente. Los jurados declararon a los reos convictos de homicidio, mas vacilaron ante la premeditación. En este punto, los votos se dividieron por siete contra cinco. Conforme al cronista, este desacuerdo compelía al tribunal a fijar la condena de oficio; la sala asumió por unanimidad el criterio mayoritario y sentenció a Heinrich y a Jansen a la pena de muerte.

La causa no concluyó con el veredicto. A instancias de la defensa, las autoridades recabaron un nuevo dictamen de la Diputación Científica de Asuntos Médicos de Berlín. En febrero de 1862, este cuerpo pericial censuró las conclusiones precedentes. Señaló que Gertrud ya padecía cefaleas y náuseas antes de ingerir el café sospechoso, que varios síntomas cardinales invocados por los médicos de Münster no figuraban en las declaraciones testificales y que la cuantía del arsénico jamás se había establecido. Concluyó que no existía fundamento médico-científico para aseverar que el veneno hubiese causado la muerte, ni prueba fehaciente de que le hubiera sido administrado.

El cronista afirma que este informe demolió los cimientos del fallo; hace constar, no obstante, que otros médicos, los jurados y los propios jueces continuaban convencidos de la culpabilidad de los encausados. Según las averiguaciones del cronista, la propia Diputación berlinesa habría emitido su dictamen por una simple mayoría de un voto. El 19 de agosto de 1862, el monarca conmutó la pena capital por cadena perpetua y ordenó suspender su ejecución. En septiembre, las puertas del presidio se abrieron para Heinrich Trößken y Gertrud Jansen. Habían permanecido casi dos años bajo el peso de una condena que la ciencia seguía disputando; la crónica no da cuenta de absolución alguna ni de providencia ulterior que dilucidara definitivamente la causa del fallecimiento.

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La taza servida

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

Capítulo íntegro examinado en la transcripción local: «Die Ehefrau Trößken», páginas impresas 103–157, líneas 4603–6850 inclusive; el capítulo sucesivo principia en la línea 6853. La lectura abarca las circunstancias de la muerte del 24 de mayo de 1859, la exhumación del 5 de agosto, las declaraciones testificales, los peritajes de Motten, Stricker y Münster, el proceso de noviembre de 1860, el dictamen de la Diputación Científica de Berlín emitido en febrero de 1862 y la conmutación real del 19 de agosto de 1862. Los expertos discrepan sobre la presencia de arsénico y el origen del fallecimiento; la crónica recoge el desenlace procesal sin elevar el parecer de una corriente pericial a verdad incontrovertible. Fuente disponible únicamente en OCR, no cotejada con facsímiles ni autos de sala.

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