El 8 de julio de 1608, tras la cena, Pierre Romain salió de Toulouse acompañado de Gairaud, consejero del senescal, del hijo de este y de dos compañeros. Regresaron por la puerta de Arnaud-Bernard. A espaldas del colegio de l'Esquile, en un paraje desierto, cuatro o cinco hombres los aguardaban. Dos de ellos apartaron a Gairaud; los demás se abalanzaron sobre Romain y le asestaron diecisiete estocadas o puñaladas, según la relación que Guillaume de Ségla ofrecería algunos años más tarde.
Cuando el capitul acudió con premura, Gairaud ya relataba una escena bien distinta: unos desconocidos le habían arrebatado la bolsa para revolverse después contra su compañero. La relación de Ségla sitúa al consejero en el centro de un asesinato del que pronto pasaría a ser uno de los acusados. Magistrado y ponente de la causa, no entrega un atestado aséptico, sino una crónica apasionada y personal, alimentada por los debates y sus propios recuerdos. En ella se entrecruzan testimonios, hechos y comentarios; deslindarlos es la primera tarea del lector.
Un matrimonio de conveniencia, una deuda disputada
Dos meses antes, el 1 de mayo, Gairaud había mediado en las capitulaciones que unían a Romain, letrado de Gimont, con Violante de Bats du Château. Portuguesa y viuda de Sebastián Monserroso de Reines, aportaba novecientas libras procedentes del aumento de dote prometido en sus primeras nupcias. Sostenía, además, que su padre aún le adeudaba mil ochocientas libras. Romain debía regresar a Toulouse para incoar dicha reclamación.
El enlace se celebró en casa de François Esbaldit, procurador y pasante en cuya vivienda se hospedaba Violante. La mujer no tardó en reunirse con su marido y, según Ségla, lo persuadió para demandar a su padre: aquella deuda en litigio condujo a Romain a la ciudad donde hallaría la muerte.
A primeros de julio, Romain se alojó en una posada del arrabal de Saint-Cyprien antes de aceptar la hospitalidad de Gairaud. La noche de la emboscada, el hijo de este y un estudiante los acompañaron durante un trecho; Antoine Candolas se adelantó con el pretexto de hacer abrir un postigo. Según Ségla, Gairaud y Romain acabaron quedándose solos.
Los gritos del asalto alertaron a los vecinos, que dieron aviso al capitul. El cadáver fue conducido a la casa consistorial. Entre las ropas del difunto, los pesquisidores hallaron dinero, diversos papeles y el poder otorgado por Violante, amén de una súplica dirigida contra su padre. El litigio familiar viajaba con la víctima.
Relatos que no concuerdan
Gairaud aseguró haber entregado su bolsa a los agresores y haberlos visto matar luego a Romain. Pidió que se le entregase el cuerpo para darle sepultura. Ségla refiere que la justicia prendió a Esbaldit, a quien hallaron solo, anhelante y desprovisto de linterna. Esbaldit reconoció su amistad con Romain, pero negó de inicio tener noticia alguna del crimen; tras prestar declaración, fue puesto en libertad. Al día siguiente, Gairaud mandó escribir a Violante para anunciarle el óbito y asegurarle que haría pesquisar a los culpables.
La entrega de la bolsa, la petición del cadáver y la querella interpuesta podían abonar la causa de Gairaud; sin embargo, los pesquisidores advirtieron asimismo cartas comprometedoras, partidas repentinas y antiguos vínculos. En julio, los capitules ordenaron el arresto de Violante, de Esbaldit y del agustino Pierre Arrias Burdeus, dictaron providencias contra Jean Candolas y su hijo Antoine, y emplazaron formalmente a comparecer a Gairaud.
El retrato de Violante es obra de Ségla y de sus testigos, no una semblanza imparcial. El cronista transforma misivas, visitas y ademanes familiares en pruebas de liviandad y mala conducta. Semejante juicio moral rige su interpretación del homicidio, pero no demuestra por sí solo que ella hubiese ordenado la agresión.
Las sospechas contra Burdeus no tardaron en enredarse en un conflicto de jurisdicción. Tras abandonar Toulouse el 14 de julio en compañía de Candolas hijo, descendió el Garona cargado de libros, un jergón y varios baúles, para dirigirse después a Nimes. Ségla interpreta aquella partida como una huida. Burdeus y Candolas pretendieron someter su causa a la Cámara del Edicto de Castres, alegando haber abrazado la religión reformada; los demandantes impugnaban la fecha de dicha profesión de fe y el derecho de acogerse a tal fuero.
El pleito rebasaba ya los términos de un simple homicidio. La justicia municipal había iniciado la instrucción, pero el Parlamento reclamó los autos. El 4 de noviembre de 1608, el rey remitió a Burdeus y a Candolas ante el Parlamento de Toulouse. Conducidos a sus cárceles el 26 de noviembre, fueron interrogados junto a los demás encausados. Ségla manifiesta haber sido designado entre los comisarios instructores y asegura haber sometido a Burdeus a cuatro jornadas consecutivas de examen.
La prueba antes de la sentencia
La crónica da cuenta de careos, nuevas declaraciones de testigos e intensas pesquisas de correspondencia en varias villas. A finales de diciembre, no pocos magistrados estimaban endebles las pruebas; el primer presidente aplazó el pronunciamiento. Ségla afirma que nuevas cartas y deposiciones completaron ulteriormente el sumario, mas sin transcribir la totalidad de las piezas.
El debate más enconado se trasluce en las propias palabras de Ségla. Ciertos consejeros pretendían condenar a muerte a Burdeus y reservar el pronunciamiento sobre los demás. Él y varios colegas juzgaban los indicios demasiado inciertos para dictar una pena irreparable. Propusieron aplicar la cuestión de tormento a Candolas y a Esbaldit y aguardar a sus declaraciones. Ségla distinguía las acusaciones de trato carnal ilícito, que consideraba en parte acreditadas, de la participación material en el crimen, a su juicio insuficientemente probada. Escribe no hallar contra Burdeus testigo, acto ni indicio incontrovertible de su complicidad en el magnicidio.
La mayoría acabó fallando la condena de Burdeus. El 5 de febrero de 1609 fue ajusticiado. Ségla refiere que antes de morir, bajo el tormento, Burdeus reconoció haber consentido en el designio y afirmó que Gairaud le había hablado en dos ocasiones de deshacerse de Romain. Murió declarando que su condena era justa. Semejantes palabras ocupan un lugar central en la relación, pero fueron arrancadas bajo tortura; no constituyen una deposición libre cuyo valor probatorio pueda aislarse sin reservas.
En los días sucesivos, el Parlamento dirigió sus miras contra Gairaud. A sus sesenta y seis años, y con treinta y cinco de ejercicio como consejero según Ségla, había eludido hasta entonces una condena formal. Los magistrados subrayaron su trato con Violante, su mediación en el matrimonio, sus quejas contra Romain y las flagrantes contradicciones de sus descargos. Negó haber tomado parte en el asalto, pero el tribunal ordenó someterlo a la cuestión ordinaria y extraordinaria. Tras un primer interrogatorio, nada nuevo confesó. Ségla cuenta que permaneció después cerca de un día entero sin probar bocado. El primer presidente le prometió viandas y bebida si decía la verdad; en una cámara de los porteros de estrados, Gairaud solicitó hablar a solas con el magistrado y acabó desvelando la conjura.
La sentencia en su contra fue pronunciada el 12 de febrero, con la misma pena impuesta a Burdeus. Ségla presenta la confesión como elemento decisivo. No obstante, las circunstancias pesan tanto como su tenor: fue obtenida mientras el reo se hallaba quebrantado por el tormento, debilitado por el ayuno y angustiado por la suerte que aguardaba a su hijo.
Condenas y ausentes
Antoine Candolas fue sentenciado el 13 de febrero, después de que su testimonio mudara sustancialmente bajo la tortura. Ségla consigna que acusó a Burdeus y a Gairaud, mas imploró clemencia para Esbaldit, a quien llamaba su hermano. Describió a los hombres conducidos al lugar de la emboscada y afirmó haber prevenido a Esbaldit de la llegada de Romain. El autor funde estas admisiones con las interpretaciones de los magistrados; el libro no ofrece una transcripción independiente que permita cotejar las versiones.
Esbaldit fue juzgado el 14 de febrero. La relación le atribuye el papel de intermediario: estaba al corriente del plan, había avisado a uno de los conjurados y sabía que en un principio se había sopesado el veneno. En el potro de tormento, nombró a Pradier y a dos desconocidos. Quienes fueron condenados junto a Violante no eran los agresores armados que aguardaban en la calleja. Los presuntos ejecutores materiales permanecían inalcanzables; la justicia descargaba su rigor sobre los instigadores y los allegados cuyas palabras, cartas o huidas habían sido esgrimidas en su contra.
El tribunal falló sobre Violante dos días más tarde. Ségla consigna que fue sentenciada a muerte y que los magistrados deliberaron sobre el género de su suplicio. Cuando se le notificó el tormento, se negó a confesar nada. Tras reconciliarse con Dios mediante la confesión sacramental, solicitó comparecer ante el primer presidente y manifestó, según el atestado extractado por Ségla, haber consentido en el homicidio y haber recibido un veneno que no llegó a emplear. Añadió creer que sus deudos pretendían dar muerte a Romain. Dicha declaración, recogida tras la intimación de la tortura en un marco procesal coercitivo y transmitida por el propio magistrado que defiende los fallos del tribunal, no trueca las imputaciones previas en verdades judicialmente acreditadas. Ségla añade que fue ejecutada, sin precisar aquí el día exacto.
Jean Candolas padre eludió la condena: el 21 de febrero, el Parlamento lo declaró libre de culpa y decretó su excarcelación. En cuanto a Bertrand Mealhe, letrado vinculado al magistrado ponente, se ordenó una instrucción complementaria. Estos fallos demuestran que la corte supo discernir entre las personas y graduar el peso de las pruebas.
Los hombres acusados de asestar las puñaladas no habían sido aprehendidos en su totalidad. Ségla asegura que en 1612 fue detenido Mathieu Larroque, condenado y ejecutado el día 14 de aquel mes. En el cadalso, según esta relación, confesó haber dado muerte a Romain en compañía de Pradier y de un tal Jean. Agregó que Esbaldit los había convidado a cenar la noche del crimen y que él creía de buena fe que solo se trataba de apalear a la víctima. Aquella revelación tardía, consignada por la misma pluma, reabre lo que las sentencias parecían clausurar: el abismo entre quienes el Parlamento había ajusticiado por auxilio o consentimiento y los sayones que descargaron el hierro sobre Romain en la noche tolosana.
La crónica de Ségla es a la vez relato, memoria judicial y alegato defensivo. Preserva la huella de una discordia real entre magistrados, la paciente construcción de una prueba y las confesiones arrancadas bajo la violencia del tormento; pero asimismo convierte las costumbres, la fe religiosa y la fama pública en presunciones de culpabilidad. Examinar hoy este proceso exige sopesar ambas vertientes: las resoluciones consignadas y los prejuicios de parte que moldearon su escritura.
