Quiso entregar su anillo, y se le respondió que ya no le pertenecía. Pocos minutos antes, de Forges cruzaba París hacia la plaza de Grève con un aplomo que conmovía a los curiosos; ante la joven a quien había rogado volver a ver, sus ojos se anegaron en lágrimas. Le ofrecía entonces el diamante que llevaba en el dedo. Mas sus bienes habían sido confiscados. El reo podía dirigir sus últimas palabras a quien tuviese a bien; respecto a la joya, la justicia ya había dispuesto su suerte.
Aquel encuentro tuvo lugar en el Hôtel de Ville el 5 de octubre de 1784, en el epílogo de un proceso que había comenzado con una sangrienta tentativa de fuga. Tres presos de la Conciergerie habían pretendido obligar a sus carceleros a franquearles las puertas. Hubo un muerto, varios heridos y, finalmente, una rendición. Los reos a quienes se conducía ya al suplicio no sólo habían intentado substraerse a la reclusión: habían empuñado las armas contra quienes los custodiaban. La escena del anillo, por conmovedora que la refiera Champagnac, no borraba la memoria de aquel primer hombre caído ante el portalón.
De Forges y Desaignes eran dos jóvenes cuyas familias, sostiene el cronista, habían cuidado con esmero su crianza. Se les describe de entrada como dominados por el afán de diversiones y hostiles a todo trabajo; tal es la semblanza moral con que reviste sus actos, merced a esa inveterada propensión de los anales criminales a hallar, ya en la infancia, cuanto el desenlace parece justificar. Sus progenitores no obtuvieron el fruto aguardado. Ambos ingresaron en el ejército, donde su conducta les acarreó diversos castigos y, más tarde, el encierro en la prisión de la Abbaye. La relación alude a una primera insubordinación sin detallar sus circunstancias.
Trasladados a la Conciergerie, aguardaban en ella que se fallara sobre su destino. Resolvieron salir antes de que recayese sentencia. Ignórase en este relato qué mano les procuró las armas y por qué conducto lograron introducirlas: dispusieron de pistolas, pólvora y balas. Tal silencio deja irresuelta la cuestión de su abastecimiento, si bien los preparativos se consignan sin titubeo alguno. Juzgando que dos hombres armados no bastarían para doblegar a la guardia, buscaron a un tercer cómplice entre aquellos con quienes compartían galera.
Fue este un soldado, cuyo nombre no figura en la crónica. Esta le atribuye la esperanza de recobrar presto la libertad y refiere que prometió acatar sus instrucciones. De este hombre apenas se conocerá su función: coligado en el designio, herido durante la refriega y conducido luego, casi expirante, junto a los otros dos. Permanece en el anonimato aun en la relación de un caso donde se recordará, por el contrario, el diamante de de Forges y la apostura que los testigos creyeron advertir en su semblante. La memoria judicial no siempre reparte con equidad sus pormenores.
El 28 de septiembre, a las nueve de la noche, los tres reclusos se presentaron ante los carceleros, armas en mano, exigiendo la apertura de la prisión. Los guardianes rehusaron ceder. Avanzaron resueltos a desarmarlos y la disputa degeneró en una refriega en la que un carcelero cayó muerto de un pistoletazo, al tiempo que otro resultaba gravemente herido. El soldado recibió asimismo un disparo efectuado por uno de sus propios compañeros. El texto no dilucida la autoría de cada tiro entre de Forges o Desaignes, como tampoco consigna las identidades de los guardianes.
La evasión había fracasado. Los fugitivos regresaron a su celda y se aprestaron a resistir. Para doblegarlos, se recurrió a una bomba cuyo chorro de agua fue dirigido al interior. No tardaron en rendirse, fueron cargados de cadenas y puestos en la absoluta imposibilidad de reiterar el empeño. A la soñada salida sucedía una reclusión aún más severa, y al juicio que habían pretendido eludir se sumaba ahora la violencia perpetrada durante el cautiverio. Los tiempos de la justicia se precipitaron: apenas tres días mediaron entre la tentativa y la primera sentencia.
El tribunal del bailiazgo del Palacio los condenó, el 1 de octubre de 1784, a ser rotos vivos en la plaza de Grève. La apelación fue sustanciada por la cámara de vacaciones, que confirmó el fallo el 4 de octubre. Al día siguiente, los tres reos salieron de la Conciergerie. El gentío se agolpaba en las calles que debían recorrer. Champagnac opone la consternación de Desaignes al sosiego de de Forges; junto a ellos, el soldado padecía el dolor de su herida y parecía ya moribundo. Este contraste de actitudes habría de colmar buena parte de la crónica, cual si a cada cual se le exigiera, amén de perecer, mostrar a la multitud el temple con que afrontaba el trance.
De Forges, no obstante, se estremeció al vislumbrar los instrumentos del martirio. Apeóse luego de la carreta con los demás y penetró en el Hôtel de Ville. Tras los interrogatorios, varias personas fueron llamadas a instancias de los reos. Entre ellas se hallaba la joven a quien deseaba volver a ver. La crónica omite tanto su nombre como la naturaleza precisa de su vínculo; el afecto que se describe no autoriza a calificarla, al socaire de la narración, de esposa o prometida. De Forges le rogó perdón por el pesar causado y le confesó cuán desgarrador le hubiera resultado morir sin mirarla una vez más.
Sobrevino entonces el ofrecimiento del anillo. Atadas sus manos, las alzó para presentar la alhaja a la joven, que se deshacía en llanto. Insistió él, y se le opuso de inmediato la confiscación de sus bienes. La sortija permanecía en su dedo, mas ya no le cabía disponer de ella. Esta negativa desató en él una cólera súbita contra Desaignes: de Forges le acusó de haberlo arrastrado a la ruina y de haberle impedido, tras el fiasco del complot, substraerse al patíbulo por su propia mano. Buscaba a su lado a un culpable. Semejantes reproches de reo no bastan, por sí solos, para fijar con certeza la exacta distribución de las culpas del crimen.
Recobró luego la compostura y pidió partir. Al cruzar por última vez ante la joven, le habló de su padre y de sus deudos, a quienes ella conocía, y se llevó las manos atadas al pecho. Champagnac hace de esta despedida el instante en que el apego filial quebranta al fin la entereza del joven. En el umbral de la estancia, de Forges volvióse de nuevo hacia Desaignes: le afeó haberle enseñado a vivir mal y aseguró que ahora le mostraría cómo se debía morir. Descendió luego del Hôtel de Ville y subió solo al cadalso, donde él mismo procedió a despojarse de sus ropas.
La crónica reseña después los sollozos y la resistencia de Desaignes, condenándolo moralmente hasta en su pavor. Fue llevado en vilo al suplicio. El soldado, anunciado junto a los tres condenados en la relación de su ejecución, carece de una escena final propia. Los anillos y las frases gallardas acapararon la atención; faltan los demás nombres. De aquel lance restan asimismo un carcelero muerto, otro herido, y aquella puerta que tres hombres creyeron poder franquear encañonando sus pistolas. Ninguno cruzó aquel umbral en libertad.
