El 25 de junio de 1855, el profesor Robert Christison recibió una misiva de los médicos de la señora Wooler, que agonizaba cerca de Darlington. Sospechaban del arsénico, mas sus primeros análisis no arrojaban sino un resultado incierto. Christison examinó la orina de la enferma: halló en ella el veneno. Antes de que su dictamen pudiera llegar a su destino, la señora Wooler falleció. La autopsia reveló ulteriormente la presencia de arsénico en el hígado y en otros órganos. El hecho médico quedaba así esclarecido en el preciso instante en que se abría la incógnita judicial: ¿quién había administrado el veneno?
El caso se remontaba a los primeros días de mayo. La señora Wooler, mujer de salud delicada de unos treinta y ocho años, había vomitado tras una comida habitual. Aquellas primeras jornadas quedaron mal documentadas. Su médico la visitó el 8 de mayo y constató trastornos digestivos, dolores, inapetencia y un quebranto creciente. A finales de mes, los vómitos y las diarreas se recrudecieron; la boca y la garganta se le irritaron, y el acto de tragar se volvió un suplicio. La relación de Christison, publicada pocos meses después del suceso, se sustentaba en las notas clínicas y en las declaraciones oídas durante el proceso. Él mismo señalaba las lagunas de semejante historial clínico.
En junio, el cuadro se tornó más sombrío. La señora Wooler padecía de sed ardiente, dolores abdominales, hipo y una desazón que los facultativos observaban al pie de su lecho. El pulso se le aceleró de forma alarmante. Le brotó una erupción en el rostro y en los brazos; después, sintió entumecimiento y hormigueo en las manos. Los síntomas sobrevenían por accesos, sin apartarse de su curso general. El 27 de junio, tras unos espasmos musculares que se habían vuelto casi continuos, expiró a las diez y media de la mañana. Hasta el último instante, escribió Christison, conservó expeditas sus facultades mentales.
El médico de cabecera había considerado al principio otras afecciones, en particular la tuberculosis, de la que la autopsia reveló algunos vestigios pulmonares. Sin embargo, se hallaban inactivos y no explicaban la evolución observada. El cadáver presentaba una inflamación generalizada del tubo digestivo; el intestino mostraba ulceraciones en varios tramos, el hígado estaba alterado y los riñones, congestionados. Varios facultativos analizaron seguidamente las vísceras. El doctor Henzell halló arsénico en el hígado; el doctor Taylor lo detectó asimismo en diversos tejidos y en un líquido extraído del abdomen. Christison lo había descubierto en la orina recogida en vida de la paciente. La concordancia de los médicos era absoluta: el arsénico había sido administrado en dosis repetidas.
Semejante certidumbre no incriminaba a nadie en particular. La señora Wooler residía en Burdon, en las proximidades de Darlington, junto a su esposo, un antiguo comerciante, y una reducida servidumbre. No tenían descendencia. A juicio de Christison, los cónyuges parecían profesarse afecto y ningún indicio sugería motivo alguno de desavenencia. No se vislumbraba interés pecuniario evidente ni rastro de animadversión. No obstante, la cercanía del marido brindaba ocasiones reiteradas: permanecía a su lado y la asistía al tomar alimentos, bebidas y pócimas. Durante las últimas semanas, había participado además en la aplicación de lavativas, práctica que Christison consideraba insólita en un esposo carente de formación médica.
El sumario albergaba otras sospechas. Una de las dos jeringuillas empleadas en tales curas fue declarada más tarde portadora de arsénico. Con todo, había permanecido varios días en un armario abierto, bajo la custodia de un agente policial. Una botella de solución arsenical, depositada junto a otros medicamentos, desapareció tras el deceso; nadie logró demostrar que hubiese sido sustraída por el señor Wooler. E incluso de haber estado llena en su origen, apenas contenía una cantidad harto insuficiente para explicar varias semanas de intoxicación. El marido poseía diversos fármacos de gran actividad, entre ellos sustancias tóxicas, si bien muchos procedían con verosimilitud de sus pretéritas estancias en la India y en El Cabo. No se probó adquisición reciente alguna de arsénico.
Las declaraciones testificales tampoco despejaban las incógnitas. La doncella y una sobrina de quince años habían permanecido junto a la señora Wooler; una vecina y amiga suya la visitó con frecuencia. Christison juzgaba que sus oportunidades no bastaban para explicar la administración prolongada del veneno, si bien su escrito no ofrecía una demostración pormenorizada de cada jornada. Señalaba asimismo que los facultativos no pudieron obtener una prueba química concluyente sino tras múltiples tentativas. El 23 de junio, una muestra de orina difirió de pronto de las precedentes; bien pudo haber sido sustituida por inadvertencia o de manera deliberada, sin que se identificase al autor. Al día siguiente, la orina recobró sus caracteres habituales.
Christison no había entrado en la causa en calidad de pesquisidor. Los médicos locales le habían solicitado un dictamen pericial sobre los análisis; él aceptó con la salvedad de no ser llamado como testigo, pues rehusaba por principio intervenir en peritajes lejanos. Ofreció, no obstante, comparecer si su presencia redundaba en beneficio del acusado o del esclarecimiento de la justicia. El ministerio fiscal acabó por citarlo: era, según afirmaba, el único que había constatado con certeza la presencia de arsénico en una muestra biológica obtenida de la paciente en vida. Dicha posición explicaba tanto su autoridad como su prudencia: su relato procedía de un perito que había intervenido en los hechos, no de un amanuense imparcial.
El primer jurado del forense había dictaminado una muerte por envenenamiento sin señalar al causante. Allegados a la finada, disconformes con semejante resolución, impetraron una nueva investigación del ministro del Interior. Tras el examen practicado por los magistrados de Darlington, el señor Wooler ingresó en prisión preventiva bajo la acusación de asesinato por envenenamiento. La vista oral se inició ante el tribunal de lo criminal de Durham el 7 de diciembre y se prolongó durante tres jornadas. Christison, catedrático de medicina y toxicología, había presenciado las dos primeras sesiones; reconstruyó el resto a partir de las informaciones que le fueron facilitadas. Su artículo constituye el testimonio de un perito facultativo, no la reproducción literal de las actuaciones judiciales.
La acusación podía apoyarse en la presencia irrefutable del tósigo, el libre acceso del esposo a la enferma y una gavilla de indicios insólitos. Empero, ninguno de ellos superaba por sí solo el umbral de la inculpación. Christison reconocía que aquellos actos sospechosos resultaban extraordinarios considerados en conjunto, pero podían explicarse de forma aislada sin recurrir a hipótesis forzadas. No hallaba móvil alguno e insistía en la ternura manifiesta de los esposos. Los médicos probaban la muerte por arsénico; mas la ligazón entre el veneno y una mano determinada pertenecía a un orden de cosas muy distinto.
La defensa arremetió con vehemencia contra los médicos por haber demorado la manifestación de sus recelos. Christison consagró una dilatada parte de su memoria a esta cuestión. A sus ojos, la mera sospecha de veneno distaba de constituir una certeza, e incriminar al esposo antes de un análisis concluyente podía arruinar a un inocente o permitir a un culpable borrar toda huella. Él mismo había aconsejado aguardar indicios de mayor consistencia. Los facultativos de Darlington habían buscado confirmación en la orina; los resultados continuaron siendo ambiguos hasta las postrimerías del drama. La paciente sucumbió antes de que pudieran actuar sobre una certidumbre.
La controversia acerca de dicha dilación cobró un alcance mayor que el del propio litigio. A juzgar por la relación que Christison pudo consultar, el juez parecía dar a entender que los facultativos debieron avisar al marido al primer atisbo de veneno, o acudir a un magistrado en caso de sospechar de él. Christison consideraba funesto semejante parecer: una conjetura médica aún vacilante podía acusar sin fundamento, en tanto que una advertencia prematura habría permitido al criminal eliminar los vestigios. Su propio criterio difería en lo sustancial. Una vez convencido el médico del envenenamiento, debía, a su juicio, prevenir a la propia enferma; ella podía conocer el origen del peligro o reconocer a quien la emponzoñaba. Añadía que los galenos habían vacilado en comunicar tan terrible verdad a la señora Wooler, exhausta y al borde del sepulcro. Su circunspección no había protegido únicamente a un eventual sospechoso; había ahorrado también a la moribunda una revelación que temían infligirle sin certidumbre bastante.
El jurado absolvió al señor Wooler. Christison refrendó el veredicto y dejó escrito que era incapaz de señalar a ningún otro individuo. Afirmaba sin ambages que la señora Wooler había perecido a causa del arsénico; rehusaba transformar tal convencimiento en una acusación formal contra un marido de quien desconocía tanto el móvil como la prueba irrefutable. Entre el hecho médico y la identidad del culpable, el proceso dejaba una distancia insalvable que ni las jeringuillas, ni el frasco desaparecido, ni la asiduidad de los cuidados podían colmar. El arsénico había hablado en las entrañas del cadáver; mas no había revelado el nombre de la mano ejecutora.
