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Justicia y escándalos · Alemania

El ataúd sin muerto

En 1848, los hermanos Anton y Franz Tomascheck fingieron la muerte del segundo para cobrar dos seguros de vida. Certificados falsificados a nombre de un médico, un ataúd que ocultaba una tabla de planchar y una fosa exhumada en 1851 revelaron el fraude. En el juicio, Franz se retractó de su confesión antes de que su esposa y su hija testificaran en su contra.

A principios de 1851, llegó una delación a la policía de Berlín. Un hombre declarado muerto durante las agitadas jornadas de 1848 continuaba con vida fuera de Prusia, en su ciudad natal, y su fallecimiento no habría sido más que un simulacro urdido para cobrar indemnizaciones de seguros. Los investigadores descubrieron poco después que Franz Tomascheck, sastre de Copenhague, residía en Bohemia, cerca de Sobietusch, bajo su propio nombre. Su hermano Anton lo había hecho enterrar en Berlín. El nombre del difunto no se había ocultado; era su sepultura la que no contenía cadáver alguno.

Dos años antes, Anton ya había llamado la atención de las gacetas berlinesas. Tras quejarse por un litigio con el seguro de incendios de su mobiliario, hizo publicar una estampa singular: un hombre grotesco con un collar de hierro al cuello, acompañada de una declaración en la que se presentaba como alguien dispuesto a prestar juramento con semejante argolla. El anuncio apenas despertó una curiosidad pasajera. La policía de 1851 no se apoyó en dicho episodio para esclarecer el fraude del seguro de vida; este reapareció en las crónicas como la primera manifestación pública de Anton, sin vínculo causal probado con la denuncia posterior.

Franz había abandonado Copenhague, donde ejercía el oficio de sastre, con el propósito manifiesto de regresar a su tierra natal. Las tribulaciones de 1848 y la creciente hostilidad hacia los alemanes en Dinamarca fueron esgrimidas tanto por él como por su defensa como el trasfondo de aquella partida. Llegó a casa de Anton, en Berlín, hacia finales de octubre. Dejaba atrás mujer e hijos. Poseía asimismo dos pólizas de seguro de vida: una de mil Reichsbankthaler suscrita en Copenhague en 1845, y otra de mil libras esterlinas contratada con la compañía londinense Globe en julio de 1848. En principio, tales pólizas debían amparar a sus herederos. No obstante, ambos hermanos vislumbraron en aquel capital el remedio a sus estrecheces económicas.

La trama requería que el deceso pareciese natural y verosímil. Se eligió una afección pulmonar: Franz padecería violentos y reiterados esputos de sangre antes de sucumbir en Berlín. Un certificado facultativo atribuido al doctor Meyer describiría el fatal desenlace; las atestaciones y licencias eclesiásticas permitirían la inhumación. Sin embargo, Kunze, el practicante que atendía habitualmente a la familia de Anton, era tan solo un Wundarzt, un cirujano barbero carente de atribuciones para expedir por sí mismo el certificado de defunción preceptivo. Anton lo persuadió para que firmara en nombre del doctor Meyer y preparara la documentación destinada a revestir la muerte de autoridad oficial.

La farsa se consumó al amparo del desorden que reinaba en Berlín. El 20 de noviembre se anunció el fallecimiento; al día siguiente, un certificado lo ratificó. El día 23, a las siete de la mañana, Franz subió al tren con destino a Fráncfort. Entretanto, Anton dispuso las exequias y claveteó el féretro. El cuerpo que debía reposar en su interior fue sustituido por una tabla de planchar, virutas de madera y paja. Consigna la crónica que se introdujeron también vísceras de oca para que el hedor de la descomposición disuadiera al hijo de Anton, un niño de once años que insistía en ver a su tío por última vez, de aproximarse. Al día siguiente, Anton hizo sepultar el ataúd en el camposanto de Santa Eduvigis. El acta de acusación lo señaló como el único deudo que acompañó el cortejo en el coche de duelo; interrogado tiempo después, el sepulturero no pudo ya corroborar tal pormenor.

Los trámites burocráticos entrañaban tanta trascendencia como el propio simulacro. La primera papeleta de enterramiento quedó en dependencias policiales; la parroquia expidió luego una partida de defunción rubricada por el preboste Brinkmann, a la que se sumó un informe médico del doctor Meyer fechado el 28 de diciembre. Anton remitió los documentos a la viuda de Franz. La aseguradora londinense, suspicaz, resolvió verificar las circunstancias del óbito. Su agente, Fuchs, supo por boca de Anton que Kunze había asistido a Franz antes de que se requirieran los servicios de Meyer. Planteó entonces seis preguntas por escrito al facultativo. Kunze replicó con una minuciosa memoria clínica en la que aseguraba que la intervención del médico había resultado vana. Fuchs dio por buenas las explicaciones. Se entregaron las pólizas y se desembolsaron las indemnizaciones: mil Reichsbankthaler el 13 de abril y, posteriormente, mil libras esterlinas repartidas en cuatro letras de cambio presentadas el 10 de mayo de 1849.

La esposa de Franz libró acto seguido a nombre de Anton un efecto de dos mil táleros daneses contra la banca Mendelssohn. Anton lo cobró en compañía de Ferdinand, hijo de Franz. El importe resultante de la transacción le fue llevado a Franz a Bohemia, deducidas ciertas cantidades reservadas a sufragar los gastos de la impostura. Allí debía aquel caudal auxiliar al hombre formalmente difunto. En aquel retiro, Franz prestaba dinero y vivía de los réditos. Sus capitales viajaban, mas su identidad permanecía inalterada: ni siquiera había mudado de nombre para asentarse en las inmediaciones de su pueblo natal.

Durante algún tiempo, la sociedad berlinesa recordó a Franz como a un finado. Coronas y versos conmemorativos vieron la luz en los periódicos, antes de que su memoria se diluyera en el olvido. En 1851, la delación reveló que el difunto residía plácidamente junto a su cuna. Anton fue arrestado y confesó desde el primer interrogatorio policial. Reveló la estratagema en toda su crudeza: una tumba vacía, un óbito prefabricado para expoliar a dos aseguradoras. Kunze fue detenido a su vez y admitió haber falsificado certificados, atestados y recetas bajo el nombre apócrifo de Meyer.

La policía ordenó de inmediato la exhumación en el cementerio de Santa Eduvigis, llevada a cabo en plena noche y a la luz de las antorchas. Se identificó el féretro; su cubierta fue levantada ante los magistrados y los agentes del orden. Ningún cadáver yacía en su seno. Bajo un lecho de paja y virutas apareció la tabla de planchar, revestida con un sudario y tocada con un gorro blanco, según consta en las actas. El ataúd jamás había albergado a un hombre enterrado vivo —pese a la fábula que Franz sostendría más adelante—; había permanecido desprovisto de cuerpo desde el instante mismo de las exequias.

Apresado en Bohemia, Franz ofreció al principio una versión enteramente distinta. Aseguró haber partido de Copenhague acuciado por pérdidas y reveses de fortuna, haber caído gravemente enfermo en casa de su hermano y haber despertado dentro o cerca de un ataúd tras expulsar un coágulo de sangre por la boca. Preso del pánico, habría huido a la estación de Fráncfort para refugiarse luego en Bohemia. Esta patraña del hombre sepultado en vida se desmoronó ante las confesiones de Anton y las pruebas materiales de los preparativos fúnebres. Franz acabó por admitir que aquella era su supuesta tumba y que la maquinación había sido concertada de común acuerdo con su hermano.

La compulsa de los certificados delimitó con exactitud la complicidad de Kunze. El cirujano confesó haber redactado dos falsas actas de defunción con la firma del doctor Meyer, haber compuesto la memoria médica requerida por Fuchs y haber remitido prescripciones a Copenhague. Aceptó haber percibido ocho ducados y, con posterioridad, cincuenta táleros; Anton sostuvo, por su parte, que hubo de arrancarle el primer documento tras hacerle entrega de las ocho monedas. Meyer, citado a declarar, negó todo trato con Tomascheck y declaró apócrifas las firmas que se le atribuían. Fischer, el primer comisionado de Globe en Berlín, había buscado infructuosamente al doctor Meyer. Fuchs, que asumió las pesquisas tras él, prefirió dirigirse a Kunze. El cirujano supo granjearse tal apariencia de probidad que llegó a sentarse a su mesa: había conquistado una confianza que la lectura atenta de sus propios documentos debió haber frustrado.

El juicio oral dio comienzo el 15 de abril de 1852. Anton reiteró su confesión y pormenorizó la confección de los legajos fraudulentos. Franz, por el contrario, se retractó: sostuvo que su testimonio inicial era falso y que jamás había convenido con su hermano fingir la muerte. La vista hubo de suspenderse para recabar las deposiciones de sus familiares en Copenhague y esclarecer el destino de los fondos percibidos. El 4 de septiembre, su mujer y su hija declararon bajo juramento que él mismo les había participado su designio criminal. La familia se hallaba, por ende, inextricablemente implicada en las consecuencias del falso deceso; sus palabras en el estrado desmintieron de forma irrebatible la exculpación de Franz.

Los debates procesales se centraron asimismo en la jurisdicción del tribunal y en la tipificación penal de los instrumentos adulterados. Los hechos afectaban a diversas demarcaciones: las pólizas procedían de Londres y Copenhague, Franz había sido prendido en Bohemia, mientras que Anton y Kunze eran juzgados en Berlín. Un convenio interestatal entre las cancillerías prusiana y danesa reservó a Copenhague la instrucción respecto a los parientes allí avecindados, mientras los reos custodiados en Berlín comparecían ante el tribunal local. Los magistrados hubieron de dirimir si aquellos certificados constituían instrumentos públicos falsificados y deslindar el grado de participación de cada encausado en el desfalco.

La sentencia declaró a los tres acusados culpables de falsedad en documento público y de estafa. Cada uno fue condenado a tres años de trabajos forzados por el delito de falsedad. La estafa conllevó, además, una sanción pecuniaria; en caso de insolvencia, esta se conmutaría por cinco años adicionales de reclusión para los hermanos Tomascheck y cuatro para Kunze. A este último se le privó a perpetuidad del ejercicio de la cirugía, fue inhabilitado para todo cargo público y quedó sujeto, al igual que Anton, a ocho años de vigilancia policial tras extinguir su condena. Franz fue sentenciado a la expulsión del territorio prusiano.

En Berlín, la sepultura no guardaba más que una tabla, pero la causa no se redujo a una farsa grotesca. Compañías de seguros habían capitulado ante certificados suscritos a nombre de un galeno ajeno a los hechos; una familia había cobrado el precio de una muerte ilusoria; un niño de once años había sido mantenido a raya mediante la pestilencia premeditada de unas entrañas; Anton había dispuesto el entierro y martilleado los clavos del ataúd. Cuando sobrevino la delación, el supuesto difunto vivía a una distancia que el ferrocarril salvaba con presteza, en su propio terruño y bajo su verdadera filiación. El trecho que mediaba entre la fosa y el vivo no bastó para proteger la impostura.

Los reclamos de la argolla de hierro, impresos años atrás, habían grabado el semblante de Anton en la memoria de los lectores, mas nada atestigua que precipitaran la investigación. El hilo conductor fue mucho más elemental: una denuncia reveló que Franz seguía con vida, la policía lo localizó en Bohemia, Anton confesó y la tumba fue profanada por la justicia. En la noche, las antorchas iluminaron un féretro cuya madera aún conservaba la huella de los clavos. Levantaron la tapa y no hallaron osamenta alguna. Solo el lienzo mortuorio, la paja y la tabla: los toscos arreos de un trance que solo los papeles habían vuelto verosímil.

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Acaba de leer el relato completo de este caso histórico. Nos inspira tres proyectos de ficción aún por escribir. ¿Cuál le gustaría ver publicado? Su voto guiará a AB Éditions.

novela corta

La sexta pregunta

Una novela corta de ficción acompaña a un perito de seguros encargado de verificar un fallecimiento acaecido en una ciudad portuaria. Tras cinco respuestas coherentes de un médico, la sexta pregunta se detiene en un detalle nimio del certificado; un empleado subalterno reconoce entonces una firma que no concuerda con la original. El protagonista debe elegir entre alertar a su superior, que ya ha autorizado la indemnización, o proseguir discretamente la pesquisa. No se retoma a los Tomascheck ni su fraude. Toda la trama se libra entre despachos y cartas diplomáticas, al compás del poder de una pregunta bien formulada.

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novela

La cámara de los certificados

En esta novela histórica enteramente ficticia, una joven copista de un tribunal berlinés advierte que un mismo médico parece haber rubricado atestados en dos ciudades separadas por cientos de leguas. Oculta una copia antes de que el expediente quede archivado y emprende la búsqueda del hombre vivo a quien los legajos dan por muerto. Un hermano regresa del destierro, una viuda percibe una suma que no puede conservar y un sepulturero se niega a recordar el entierro. La trama inventa los personajes, crímenes y veredictos; erige el archivo documental, antes que la figura del detective, en el motor de una persecución a través de las fronteras.

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trilogía

Vidas de papel

Tres novelas independientes siguen el rastro de identidades forjadas mediante documentos: un marinero dado por muerto para que un navío cambie de armador; una heredera cuya fe de bautismo es canjeada en una villa fronteriza; un médico acusado de haber firmado un dictamen que jamás llegó a ver. Las intrigas transcurren en países y siglos distintos, sin retomar los personajes ni los actos de los Tomascheck. Cada investigación parte de un instrumento administrativo trivial y avanza hacia la persona que padece sus consecuencias. La trilogía sondea la distancia que media entre demostrar una identidad, narrar una historia y esgrimir un papel oficial.

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Capítulo íntegro, pp. 319–349, extracción OCR líneas 33806–35148, SHA-256 6d28bd936ad025fbfa579982aa16cbcc2050567dc943d55c89235d4b65f8c5c0. Fuente: Der neue Pitaval, Einundzwanzigster Theil, zweite Folge, Neunter Theil, 2.ª edición, 1861. Las pólizas y liquidaciones figuran en distintas divisas; un balance general aproximado de unos 10 000 táleros no concuerda con la totalidad de los importes desglosados, consignados por separado. La sentencia impuso tres años de trabajos forzados a cada encausado por falsedad documental, amén de multas conmutables por cinco años adicionales para los hermanos y cuatro para Kunze; la cuantía exacta de la sanción pecuniaria en el texto OCR resulta incierta. Franz negó los hechos en el juicio oral tras haber confesado en la instrucción; su esposa y su hija testificaron en su contra.

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