En la primavera de 1705, el Worcester permanece inmovilizado en el puerto de Burntisland. Su capitán, Thomas Green, y sus hombres responden ante el tribunal del Almirantazgo de Escocia a una acusación de piratería. Lo que se les imputa tuvo lugar al otro extremo de la travesía: un encuentro en la costa de Malabar, un balandro armado y un navío cuyos ocupantes habrían sido masacrados. Para narrar este asalto, la acusación convoca en particular a un ayudante de cocina herido en el brazo. Afirma haber visto caer a los hombres y haber recibido la orden de guardar silencio.
El viaje había comenzado en Inglaterra bajo una apariencia comercial. El Worcester había alcanzado las Indias Orientales con treinta y cinco o treinta y seis marineros, según el cirujano Charles May. El auto de acusación describía a continuación otro buque avistado frente a las costas de Malabar: enarbolaba pabellón rojo y, al parecer, llevaba a bordo a ingleses o escoceses. La acusación sostenía que Green y sus hombres habían atacado primero dicho bajel con su balandro armado, para luego despojarlo y venderlo junto con su carga.
Los dos pliegos no distribuían a los acusados de la misma manera. El primero reunía a Thomas Green, capitán del Worcester; John Madder, primer teniente; John Reynolds, segundo teniente; Thomas Linsteed, ayudante del sobrecargo, y a varios hombres asignados a la cubierta, a la artillería o a las velas. El segundo designaba, entre otros, al carpintero Henry Keigle, a su ayudante Samuel Urline, al mayordomo de a bordo George Haines, al cocinero Daniel Stringman y a otros marineros. Una misma singladura había situado a cada uno en un puesto distinto; el proceso se disponía a dirimir si tales puestos habían determinado asimismo su grado de participación en el asalto.
Antonio Ferdinando, ayudante de cocina, relató el combate desde el balandro. Dijo que, antes de los disparos, Green, el sobrecargo Loveday y un mercader indio llamado Coge Commodo habían subido a bordo del navío extranjero, permaneciendo allí algún tiempo. A su regreso, una veintena de hombres fueron apostados en el balandro con cuatro cañones gruesos y dos pedreros. Madder se les unió a continuación. Según Ferdinando, ambos buques se persiguieron e intercambiaron fuego durante dos días. Al tercero, los hombres del balandro abordaron la nave y arremetieron contra sus marineros a golpe de hacha.
Ferdinando contó diez o doce hombres en el bajel capturado, y escasas mercancías. Aseguró que los supervivientes habían sido asesinados y arrojados por la borda, mientras que los bienes incautados se trasladaban al Worcester. Recordaba también una amenaza: herido en el brazo durante el combate, afirmó haber oído decir al capitán que lo mataría si hablaba del asunto, fuese a un blanco o a un negro. Este testimonio situaba a Ferdinando en el corazón de la escena, mas él mismo era un miembro de la tripulación llamado a declarar contra sus antiguos compañeros.
Su cuadro de los puestos de a bordo ofreció al jurado un primer reparto de responsabilidades. Haines, Bannantine, Bruckley, Wilcocks, Burn, Robertson, Glen y Taylor se encontraban, según él, en el Worcester durante el enfrentamiento. Green, Madder, Simpson, Keigle, Kitchen y Linsteed estaban en el balandro. Más adelante, el tribunal recomendaría clemencia para Linsteed, al considerarlo en tierra en el momento del apresamiento: las actas procesales no precisan en qué instante habría abandonado el balandro.
Charles May no había presenciado el ataque. El cirujano declaró haber sido desembarcado en la costa de Malabar. Una quincena de días después, oyó disparos; a la jornada siguiente, vio al Worcester en su fondeadero habitual y a otra embarcación a su popa, a pocas millas de la orilla. Su relato confirmaba que había tenido lugar un enfrentamiento y que una nave se había sumado al Worcester, pero no describía el abordaje ni la suerte de la tripulación contraria.
Otro testimonio refirió las palabras de Haines en Burntisland. Tras hallarlo sumido en la melancolía, William Wood oyó a Haines decir que resultaba asombroso que la tierra no los tragase tras la iniquidad cometida durante el último viaje del Worcester. Wood recordó entonces al tío de Madder, quien, según sus palabras, había sido hervido en aceite por intentar incendiar navíos holandeses en Ámsterdam. Haines replicó que Madder merecía tanto castigo como su tío si se supiera lo que había perpetrado durante aquella travesía. Henderson, presente en la conversación, confirmó los términos referidos. Tales palabras tenían un peso sombrío, pero seguían siendo una plática referida a posteriori, no la observación directa del asalto.
En la audiencia, los defensores impugnaron la admisibilidad de varios testigos. Objetaron que los dos hombres negros citados por la acusación no eran cristianos, y que la deposición de Anne Seaton no podía admitirse por ser mujer. Los letrados de la Corona respondieron que los testigos se declaraban cristianos y que las reglas invocadas no se aplicaban del mismo modo a los delitos cometidos contra el derecho de gentes. Borrow resume el debate sin reproducir los argumentos pormenorizados de la defensa ni el contenido íntegro de los extractos de libros y documentos aportados.
Al debate procesal se incorporaron extractos de los libros y papeles hallados a bordo. Ni siquiera el propio Ferdinando confirmaba todos los extremos del auto de acusación: manifestaba que el Worcester había disparado contra el otro navío, pero sin abordarlo. El abordaje, según su versión, se había consumado desde el balandro. Ante el tribunal, sin embargo, comparecían los hombres de ambas embarcaciones.
Los jurados, quince en total, emitieron su veredicto por mayoría. Declararon que existía un testigo inequívoco de piratería, robo y asesinato, así como presunciones acumulativas y concordantes respecto a la piratería y al robo. Determinaron asimismo que Reynolds, el segundo teniente, se hallaba en tierra en el momento de la acción. El veredicto no repartía la culpabilidad a partes iguales: aislaba la ausencia de Reynolds y distinguía la prueba directa de las presunciones que venían a corroborarla.
El tribunal había aplazado la deliberación hasta el 16 de marzo, y postergó la sentencia al 21. Condenó entonces a catorce hombres a morir en la horca sobre los arenales de Leith, en la franja batida por las mareas, y ordenó la confiscación de sus bienes, en particular del Worcester, a reserva de los derechos reclamados sobre la carga. No obstante, recomendó clemencia para Linsteed; Reynolds resultó absuelto. Las fechas de ejecución fijadas fueron el 4, el 11 y el 18 de abril. La sentencia distribuía a los condenados en grupos. Todavía no precisaba quiénes subirían efectivamente al cadalso.
El 28 de marzo, el Consejo Privado otorgó a Haines un aplazamiento hasta el 15 de mayo, tras haber escuchado su confesión. En una misiva dirigida a la reina ese mismo día, los consejeros invocaron también las declaraciones de Linsteed. Afirmaban a partir de entonces que la víctima era el capitán Drummond, que había partido en un navío de la Real Compañía de Escocia para el Comercio con África y las Indias. Solicitaban que no se concedieran más gracias ni suspensiones salvo por recomendación suya. A sus ojos, las confesiones ratificaban la sentencia; para los reos que las habían pronunciado, abrían una escapatoria frente a la soga.
Una carta de la reina, examinada por el Consejo el 11 de abril, daba cuenta de las gestiones emprendidas por los allegados de Green: Drummond continuaría con vida en las Indias Orientales, y dos hombres de su tripulación regresados del viaje habían prestado declaración jurada al respecto. La reina remitía estos documentos a los consejeros. No obstante, dejaba a su arbitrio la decisión de ejecutar la sentencia o conceder nuevos plazos. Aquel correo portaba, por tanto, una duda sobre el presunto asesinato y, al mismo tiempo, el poder de seguir adelante con las ejecuciones.
Green, Madder y el artillero Simpson fueron ahorcados el 11 de abril de 1705. La reseña del Dictionary of National Biography atribuye su muerte a la presión del gentío y al temor a un motín popular. Los restantes condenados no siguieron el calendario prescrito: el 26 de abril, un decreto del Consejo aplazó la ejecución de Bruckley del 15 de mayo al 20 de junio. Continuaba con vida tras las tres jornadas que el compendio de Borrow señala como aquellas en que pereció casi toda la tripulación.
El 11 de abril reúne así dos acontecimientos: el examen de una carta que refiere que Drummond estaría vivo y la ejecución en la horca de tres hombres. Los legajos consultados no permiten fijar el orden de ambos hechos a lo largo de aquella jornada. Tampoco bastan para dirimir la causa en su totalidad. Dejan, sin embargo, abierta esta incógnita: ¿a qué navío habían encontrado en verdad los hombres del Worcester, y sobre qué muerto dictaron sentencia los jueces?
