El alarido de Karl Curio rasgó el silencio del jardín antes de que la servidumbre alcanzara a comprender lo sucedido. Regresaba de un paseo nocturno en compañía de Joseph Johann Kirchner, el pintor al que había dado cobijo bajo su techo; escasos instantes antes, ambos hombres caminaban aún hombro con hombro. Curio reapareció con el rostro ensangrentado, acusando a su acompañante de haberlo golpeado con saña. Kirchner, empero, ya no se hallaba en el sendero. Durante la vista oral, sostuvo que un desconocido se había interpuesto entre ellos; los jurados, tras escuchar las declaraciones de los testigos y de los peritos médicos, desestimaron tal versión.
La causa se abrió ante el tribunal de jurados de Viena el 18 de junio de 1888. La reputación de Kirchner había precedido a su entrada en la sala de audiencias: dibujante estimado, personalidad singular y no exenta de excentricidades, arrastraba asimismo un prolongado historial de inestabilidad y deudas. El proceso, no obstante, debía ceñirse al examen de un hecho material concreto, acaecido en un jardín de Döbling, y no erigirse en juicio moral sobre toda una existencia. Correspondía dilucidar si los golpes asestados a Curio constituían una tentativa de asesinato, si Kirchner era su autor material y si su entendimiento se hallaba perturbado hasta el extremo de eximirlo de responsabilidad penal.
Kirchner había abrazado la pintura desoyendo la voluntad paterna, que lo destinaba a la carrera mercantil. Cursó estudios en la Academia de Bellas Artes, se consagró al género paisajístico y se procuró el sustento ilustrando periódicos y revistas. En 1873 contrajo nupcias con la hija de sus antiguos patrones de pensión, a quien había empeñado su palabra de matrimonio; de dicha unión nacieron dos vástagos. Pocos años más tarde abandonó el hogar conyugal para convivir con Marianne Rössel, una viuda a la que había conocido durante una excursión campestre, si bien continuó proveyendo a las necesidades de su esposa e hijos legítimos. Sus ingresos profesionales llegaron a ser considerables, pero la carga de sostener dos casas, las mudanzas constantes y los encargos que aceptaba para luego desatender terminaron por arrojarlo a la insolvencia.
Trabó conocimiento con Karl Curio en noviembre de 1886. El rentista no tardó en invitarlo a su finca de la Hirschengasse, donde puso a su disposición dos estancias en un pabellón anexo y le franqueó asiento en su mesa. Kirchner aceptó de buen grado aquella hospitalidad, al tiempo que entablaba una íntima y secreta correspondencia amorosa con Klara, la esposa de su anfitrión. Las citas clandestinas tenían lugar en un aposento arrendado para tal fin. Marianne estaba al corriente del adulterio y se había limitado a exigir que Kirchner le reservase dos veladas semanales. Klara, por su parte, dependía económicamente de su marido: percibía de su familia una pensión destinada a los gastos domésticos, pero ningún indicio demostraba que hubiese podido disponer con libertad del patrimonio de Curio tras la muerte de este.
El sábado 14 de enero, ambos caballeros se disponían a acudir a un baile de máscaras. Kirchner se caló un gorro de piel y ocultó su sombrero de copa plegable —el claque— bajo los pliegues de su gabán; Curio se guardó un sombrero de caza en la faltriquera y se cubrió con el claque. Descendieron juntos al jardín. La senda se estrechaba al discurrir entre el arbolado. Curio tomó la delantera. En aquel recodo, según relató más tarde, recibió por la espalda un primer golpe que quebró el armazón del sombrero, seguido de un segundo impacto que le abrió una brecha en la sien; al alzar el brazo logró desviar un tercer envite. No llegó a vislumbrar al agresor, mas su pensamiento voló al punto hacia Kirchner, y emprendió la huida hacia la villa clamando su nombre a voz en grito.
Klara acudió con presteza provista de agua y descendió luego de nuevo al jardín. Lo que allí ejecutó constituyó uno de los puntos más encarnizadamente debatidos de la vista pública. La mujer aseguró con posterioridad que se limitó a llamar al jardinero e instar a Kirchner a que huyera, al paso que varios criados le atribuyeron expresiones que denotaban el deseo de que las heridas de Curio hubiesen sido de mayor gravedad. No compareció en el plenario. Una misiva remitida desde Múnich alegaba que la testigo se hallaba sumida en una severa postración nerviosa. La sala se vio obligada a dar lectura a sus declaraciones sumariales precedentes, vedada la posibilidad de interrogarla ante los miembros del jurado.
Las lesiones de Curio sanaron en el curso de escasos días. El facultativo convocado de urgencia aquella noche dictaminó que el bastón de paseo de Kirchner, provisto de un pomo de plomo, era apto para causarlas y habría resultado letal de haber mediado mayor violencia. El arma fue hallada en el jardín. Klara la exhibió acto seguido ante la servidumbre aseverando que carecía de manchas de sangre, extremo que, a su juicio, demostraba que su esposo no había sido agredido con dicho pertrecho. El detalle no disipó la controversia: ¿bastaba la ausencia de restos hemáticos en el bastón para exculpar a Kirchner, o los golpes habían sido sencillamente menos contundentes de lo que sostenía el ministerio público?
Apremiado por la justicia dos días después del asalto, el pintor refirió que un tercer individuo se había interpuesto repentinamente, había atacado a Curio y se había desvanecido en la penumbra. Describió a un sujeto de complexión más menuda que la suya, tocado con un gorro puntiagudo. Adujo haber quedado paralizado por el espanto y no haber cobrado conciencia sino a posteriori de que las sospechas recaerían sobre su persona. Con todo, redactó varias cartas de despedida, se procuró un revólver prestado, acarició la idea del suicidio e incluso sopesó dar muerte a Marianne y a su hijo común antes de entregarse al reposo. En un billete dirigido a Klara, si bien negaba la agresión, aludía a ciertas «combinaciones» que el azar habría desbaratado. Para el fiscal, tales términos, unidos al abandono del arma y a la fuga precipitada, otorgaban sentido cabal a los golpes; para la defensa, no reflejaban sino el pánico ciego de un hombre que se juzgaba irremediablemente perdido.
El móvil pecuniario dividió asimismo de modo irreconciliable a las partes. El fiscal sostuvo que Kirchner pretendía suprimir a Curio para que Klara, dueña de los caudales de su cónyuge, pudiese colmar sus necesidades financieras. La defensa replicó que aquella fortuna no pertenecía a la dama: tan solo gozaba de una asignación periódica, y nada probaba que hubiese de heredar o administrar libremente los bienes de su consorte. Kirchner admitió haber recibido de manos de su amante mil marcos y una cartilla de ahorros, mas presentó tales cuantías como un simple préstamo de auxilio mutuo. Asimismo, había aceptado una joya para empeñarla la víspera de la agresión, obteniendo por ella cuarenta florines; circunstancia que avivaba las sospechas, mas insuficiente por sí sola para acreditar el móvil de codicia esgrimido por la acusación.
En el juicio oral, el testimonio de Curio fue categórico respecto a la violencia de los golpes, mas sumamente prudente en lo tocante a la identidad del atacante: no lo había visto. La servidumbre reprodujo las ambiguas frases de Klara; Marianne Rössel evocó los arranques de celos y las ausencias de Kirchner, tan singulares en ocasiones que la habían inducido a tenerlo por enajenado. Diversos allegados lo retrataron como un espíritu generoso, escrupuloso e incapaz de causar daño a ser vivo alguno. Los médicos discreparon parcialmente respecto a sus antecedentes clínicos, pero los peritos forenses concluyeron que no padecía afección mental que anulase su albedrío en el momento de los hechos. La defensa impugnó su pericia y solicitó un nuevo dictamen facultativo, pretensión que fue desestimada por el tribunal.
El debate devino entonces en un enfrentamiento entre dos semblanzas opuestas de un mismo individuo. El ministerio fiscal descubrió en las deudas, el adulterio, la familiaridad con el bastón y las cartas una premeditación calculada, seguida de una torpe sarta de falacias. El letrado Benedikt esbozó, en cambio, la semblanza de una conducta impulsiva, los actos desesperados de un artista exhausto cuyo juicio pudo haberse obnubilado. Recordó que Curio había salvado la vida y que sus heridas revestían escasa gravedad. El jurado zanjó la deliberación mediante tres pronunciamientos: por unanimidad, declaró a Kirchner culpable de tentativa de asesinato y respondió afirmativamente a la circunstancia agravante de Tücke —que cabe traducir por ataque alevoso o pérfido—; por diez votos contra dos, desechó la hipótesis del trastorno mental.
Haciendo uso de su facultad discrecional de atenuación, el tribunal lo condenó a seis años de presidio con rigor. La acusación había impetrado una pena de diez a veinte años; la sentencia apreció como circunstancias favorables la carencia de antecedentes penales y el temperamento excéntrico acreditado por los peritos médicos. El recurso de nulidad fue desestimado. Kirchner ingresó en la penitenciaría de Stein, a orillas del Danubio, mas apenas sobrevivió unos meses a su encierro: rindió la vida el 13 de abril de 1889. Poco después, Klara Curio solicitó autorización judicial para orar ante su sepultura y erigir una lápida en su memoria.
El sumario clausura una estampa inquietante: un bastón huérfano de vestigios palpables, una víctima que no reconoció a su verdugo, una esposa que hurtó su presencia al debate público y un fallo que deslindó de manera tajante la culpabilidad moral y la demencia. La justicia resolvió ateniéndose a las pruebas sometidas a su conocimiento; los móviles recónditos de Kirchner, en cambio, permanecen indisolublemente trabados entre los alegatos de la acusación, los descargos del reo y las confidencias de sus allegados. En la umbría de un jardín nocturno resonaron tres golpes secos; ante el tribunal del jurado, fue únicamente el peso riguroso de lo demostrable lo que dictó la suerte de la condena.
