El 4 de febrero de 1830, el recaudador Saunier recorría a caballo su itinerario habitual cuando divisó al cura Frilay. Lo interpeló a propósito de un encuentro anterior en el curso del cual lo había acusado de amenazarlo con una pistola. Frilay empuñó un arma, Saunier avanzó con su bastón y sonaron dos disparos sin alcanzarlo. El bastón se quebró. Frilay esgrimió entonces un puñal e hirió a Saunier en el costado. El recaudador regresó a su casa y formalizó su denuncia dos días más tarde. Ante el tribunal de lo criminal, Frilay sostendría que no había hecho más que salvaguardar su vida; los testigos y la correspondencia previa habrían de dotar a este altercado de un dilatado preámbulo.
Louis Frilay, nacido en Ruan y ordenado sacerdote en 1817, había sido trasladado tras recibir severas reprimendas concernientes a su conducta en dos parroquias distintas. A comienzos de 1825 asumió el ministerio como párroco de Saint-Aubin-sur-Scie y de Sauqueville. Trató de cerca al recaudador de contribuciones Saunier y entabló una relación adúltera con su esposa. Transcurrieron varios meses. Saunier comenzó a entrever lo que se urdía y buscó pretextos para vedarle al clérigo la entrada a su morada. No obstante, Frilay continuó frecuentando el hogar durante las ausencias del marido.
El 11 de enero de 1829, Saunier regresó a su casa tras haber percibido voces. Halló a su esposa a solas, pero abrigaba la certeza de que una segunda persona acababa de hablar. Registró minuciosamente el inmueble y descubrió a Frilay agazapado en el desván, tras unas gavillas de heno. El esposo se contuvo y exigió del párroco que reconociera el ultraje y se comprometiera a abandonar la comarca. Exigió que dicha obligación quedara consignada por escrito y debidamente rubricada. Frilay cumplió con la exigencia, reservándose no obstante, según apunta Champagnac, el propósito de faltar a su palabra.
La primera confrontación referida a continuación acaeció en Manchouville, en un camino donde Saunier supervisaba a unos operarios. El cronista la sitúa el 23 de noviembre de 1829; en su misiva al fiscal, fechada el 22 de enero, Frilay ubica el lance el 22 de noviembre. El recaudador iba a caballo provisto de una fusta; Frilay se desplazaba a pie. Saunier le advirtió que se disponía a propinarle algunos golpes. Frilay asestó un golpe al caballo valiéndose de un bastón del cual emergía una punta y buscó refugio en un sembrado de trigo. Saunier fue tras él. Frilay exhibió una pistola e interrogó sobre los reproches que se le hacían. Saunier le replicó que no había abandonado el país tal como había prometido. Frilay le contestó que era Saunier quien debió haber solicitado formalmente su traslado. Se separaron sin consecuencias inmediatas mayores.
Entre la promesa firmada y este lance, las visitas a la casa quedaron formalmente proscritas, sin que los vínculos se interrumpieran en modo alguno. La señora Saunier afirmó que había realizado denodados esfuerzos por apartar a Frilay, pero que este insistía en regresar. Podía avisarle mediante señas convenidas y sabía que el sacerdote conocía a la perfección las jornadas en que su esposo salía a recaudar. Admitió asimismo que, aun después de haberse enterado del enfrentamiento de noviembre, había continuado viéndolo en casa de Bernier. A través de estas deposiciones, la naturaleza de la relación no se calibra tanto por una escena aislada como por los encuentros reanudados, las cartas confiadas a terceros y las tentativas reiteradas de poner fin a un trato que se prolongaba a pesar de las negativas esgrimidas ante el estrado.
El 22 de enero siguiente, Frilay dirigió una misiva al fiscal del rey. En ella evocaba este encuentro, exagerando según la crónica las amenazas de Saunier, y sostenía que en adelante le resultaba imposible transitar sin armas. Afirmaba presagiar una gran desdicha, aun aseverando que solo recurriría a las armas en un caso de extrema necesidad. Otra carta, fechada el 1 de enero y destinada a Fiquet, hermano de la señora Saunier, contenía denuestos contra el recaudador y le imputaba la muerte del hijo nacido sin vida que su esposa había alumbrado el 10 de diciembre. Tal imputación emana exclusivamente de Frilay; el capítulo no aporta elemento probatorio alguno en su apoyo.
El 4 de febrero, Saunier cubría una vez más su ruta habitual de recaudación. A la altura de la cuesta de Saint-Aubin, advirtió que Frilay apretaba el paso. Le dio alcance y le recordó la pistola exhibida en el encuentro previo. Frilay desenfundó el arma. Saunier acometió con su bastón, mas los disparos erraron el blanco; uno de ellos rozó el anca del caballo. El bastón se partió al golpear a Frilay. El sacerdote extrajo entonces el puñal que guardaba oculto bajo sus ropas, aferró el capote de Saunier y le asestó varias puñaladas. La herida en el costado izquierdo resultó profunda. Saunier le advirtió que presentaría querella criminal ante el fiscal del rey. Frilay le replicó que tanto peor para él y se alejó. Saunier regresó a su domicilio.
El recaudador formuló su declaración el 6 de febrero. El juez instructor cotejó las distintas versiones que aquel ofreció del encuentro; Champagnac las califica de sutilmente discrepantes, aunque plenamente concordantes en lo sustancial. Frilay reiteraba que Saunier lo había acometido primero y que se había limitado a defenderse. El cura fue conducido ante el tribunal de lo criminal del Sena Inferior, donde el proceso judicial dio comienzo el 15 de mayo de 1830.
La señora Saunier compareció en calidad de testigo. Reconoció su relación con Frilay, si bien atribuyó la iniciativa y la coacción a una versión que disentía de la sostenida por el encausado. Declaró que su esposo le dirigía severos reproches, pero jamás la había maltratado. Negó haberse querido arrojar a las aguas fluviales y rechazó que Frilay hubiese acudido a consolarla en el ejercicio de su ministerio pastoral. Admitió que en ocasiones le hacía señas para indicarle el momento propicio para acudir, que le escribía esporádicamente y que él había continuado requiriéndola con insistencia. Confirmó igualmente que Saunier le había vedado tajantemente la entrada a la casa al clérigo.
El interrogatorio del presidente del tribunal sacó a la luz las citas secretas en casa de Bernier, donde Frilay demandaba entrevistarse con la señora Saunier. Ella computó tres o cuatro de estas entrevistas, una sola de ellas con posterioridad a su parto. Explicó que acudía con el propósito de manifestarle que aquella sería la última vez, y admitió que Frilay volvía inexorablemente a la carga. Al preguntársele si había experimentado temor ante las amenazas de este, respondió que bien sabía que no debía haber temido. Sus respuestas no convertían aquella relación en un consentimiento pleno y desprovisto de reservas; tampoco permitían deducir, por mero arbitrio, que Saunier hubiera sido el agresor en los hechos del 4 de febrero.
El proceso no podía suprimir el episodio del desván, el compromiso suscrito de su puño y letra, los dos relatos contrapuestos sobre el lance de noviembre ni los términos cruzados al borde del camino. Pero le correspondía dirimir el acto encausado: la tentativa de homicidio del 4 de febrero. El ministerio público sostuvo la acusación cuidándose con esmero, según consigna el cronista, de deslindar la conducta de Frilay de la investidura sacerdotal que ostentaba. La defensa mantuvo incólume la tesis de la legítima defensa. Los jurados declararon a Frilay culpable por siete votos contra cinco. El tribunal se sumó al parecer de la mayoría del jurado y lo condenó a trabajos forzados a perpetuidad, a la picota y a la infamante marca a fuego de las letras T. P. El capítulo refiere que escuchó la sentencia sin emoción aparente; no consta que la condena llegara a ejecutarse íntegramente.
En este proceso, las misivas y las declaraciones distan de arrojar una versión unívoca. Frilay señalaba a Saunier como el agresor primitivo; Saunier había incoado la querella tras haber sufrido una herida que no le impidió regresar por su pie. La señora Saunier corroboró el comercio ilícito y las insistencias de Frilay, pero no presenció el sangriento lance del 4 de febrero. El jurado falló sobre la cuestión capital de la tentativa de homicidio. La condena a perpetuidad y las marcas corporales ordenadas constituyen el desenlace que recoge la crónica; esta no documenta ni las vicisitudes del cumplimiento de la pena ni la ulterior muerte de Saunier.
