Cuando el tribunal pronunció la pena de muerte, Valazé se desplomó. A las puertas de la Conciergerie, había entregado unas tijeras a su amigo Riouffe bromeando sobre la prohibición de quitarse la vida; acto seguido, se había herido de muerte. Los gendarmes lo levantaron del suelo. El tribunal ordenó que su cadáver siguiese al resto de los reos sobre la carreta. Al salir del recinto, los girondinos entonaron al unísono el himno de los marselleses.
Eran veintiuno los que comparecían. Brissot, Vergniaud, Gensonné, Valazé, Ducos, Fonfrède y sus correligionarios estaban acusados de conspiración y de preparar la guerra civil. Champagnac los presenta como adversarios decididos de la insurrección del 10 de agosto y de las masacres de septiembre; denuncia, asimismo, que las pruebas y los testimonios fueron amañados. Semejante interpretación pertenece al cronista. Lo que narra a continuación es el desarrollo de un proceso cuyo desenlace, a su juicio, se hallaba fijado de antemano.
La Convención había ordenado el arresto de varios diputados tras los enfrentamientos políticos de la primavera y el verano. Habiendo escapado a las detenciones los girondinos más comprometidos en los levantamientos provinciales, la persecución se abatió entonces sobre sus allegados y sobre cuantos compartían su ideario. El proceso colectivo dio comienzo en otoño. En la Conciergerie, los reos eran cacheados con minuciosidad antes de cada vista. Se les despojaba de cualquier objeto susceptible de atentar contra sus días. Fue allí donde Valazé deslizó sus tijeras en manos de Riouffe ante los mismos ojos de los gendarmes, en un postrer ademán de escarnio hacia aquella precaución.
La crónica retrata asimismo un tribunal donde la identidad misma del justiciable carecía de amparo. Cuentan que un alguacil advirtió a Fouquier-Tinville de que se había conducido a un tal Gamache en sustitución de otro individuo. El acusador público habría zanjado la cuestión alegando que el error carecía de importancia, pues tanto valía el uno como el otro. Cierta viuda Maillet compareció en lugar de la duquesa de Maillé; advertida la confusión, Fouquier le habría espetado que no se abrigaba propósito alguno de juzgarla, pero que bien estaba que pasase por el trance aquel mismo día. Champagnac refiere tales escenas como muestras del funcionamiento del Tribunal Revolucionario. Para los girondinos, el cargo de conspiración venía a sumarse a un procedimiento cuyos veredictos el autor describe como prefijados.
En vísperas de la sentencia, ninguno de los encausados abrigaba ya ilusiones sobre el desenlace. Acudieron a la última sesión del tribunal con un semblante que Champagnac califica de sereno. Vergniaud había rechazado con indignación que se le equiparase con los saqueadores y homicidas de las jornadas de septiembre. Fonfrède había implorado clemencia para sus compañeros; a juicio del cronista, se hizo merecedor con ello de compartir su destino. Los dos jóvenes que se presumían menos comprometidos, Ducos y Fonfrède, resultaron condenados a la par que los demás.
El 30 de octubre de 1793 cayó el veredicto. Brissot dejó caer los brazos e inclinó la cabeza. Gensonné intentó invocar la aplicación de la ley, pero su voz quedó sofocada. Sillery, tullido, soltó sus muletas y exclamó que aquel era el día más venturoso de su existencia. Fonfrède abrazó a Ducos reprochándose ser la causa de su muerte, a lo que este replicó que expirarían juntos. Lasource arrojó una profecía al gentío: él moría el día en que el pueblo había perdido la razón; sus jueces perecerían el día en que este la recobrara.
Todos proclamaron su inocencia y denunciaron el engaño al que se sometía al pueblo. Algunos arrojaron asignados a los espectadores con la vana esperanza de incitarlos al rescate. La tentativa fracasó. Los gendarmes los cercaron y los devolvieron a las celdas. Valazé acababa de asestarse una puñalada con el arma que guardaba oculta; el tribunal dispuso que su cadáver fuese acomodado en la carreta, a la zaga de los condenados.
La última noche transcurrió entre cánticos y conversaciones. Champagnac recoge aquí el relato de un historiador: Vergniaud se habría desprendido del veneno que reservaba para morir con sus correligionarios. Los penados compartieron una postrera colación. Mostráronse sucesivamente graves y animosos; Vergniaud discurrió sobre la libertad y el destino del hombre, mientras Ducos recitaba versos compuestos en presidio. Entonaron a coro himnos dedicados a Francia y a la libertad. Al día siguiente, 31 de octubre, una densa multitud flanqueaba el trayecto. En la carreta reiteraron las estrofas de la Marsellesa y, llegados a la plaza de la Revolución, se abrazaron al grito de «¡Viva la República!».
Sillery ascendió el primero. Los demás lo siguieron. En el término de media hora, aproximadamente, los veinte hombres fueron ejecutados. La relación de Champagnac muda luego de víctimas y de escenario, mas persevera en un mismo hilo conductor: el de un procedimiento político que erige la palabra, las amistades e incluso el silencio en indicios concluyentes de culpabilidad.
El 10 de noviembre, Madame Roland marchó al patíbulo, condenada por su vinculación con los girondinos. Champagnac apunta que dejaba tras de sí a una hija, mientras su esposo permanecía oculto en las inmediaciones de Ruan. Rememora la estampa de una mujer que, camino del suplicio, reconfortaba a un compañero más quebrantado. Refiere el cronista que, al pasar ante la estatua de la Libertad, se inclinó ante ella y le atribuye estas célebres palabras: «¡Oh, Libertad, cuántos crímenes se cometen en tu nombre!». Subió acto seguido al cadalso. Sabedor de su muerte, el esposo se quitó la vida en un camino vecinal, apoyado sobre el árbol contra el cual había afianzado la empuñadura de su espada.
Dos jornadas más tarde, Bailly, antiguo alcalde de París, fue ajusticiado a su vez. Su intervención durante el tiroteo del Campo de Marte, cuando dispuso la proclamación de la ley marcial, se había transformado en el motivo capital de su condena. Pretendióse llevarlo al mismo Campo de Marte, mas la muchedumbre clamó contra tal determinación. La guillotina fue trasladada a orillas del Sena. Ante su rostro hicieron ondear el pabellón rojo que en otro tiempo presidiera la casa consistorial. El anciano se vio precisado a cruzar repetidas veces el Campo de Marte para seguir el desplazamiento del patíbulo hacia el barrio de Chaillot. Durante horas, se le forzó a deambular bajo la lluvia y el frío, en medio de golpes y salpicaduras de fango. Según la crónica de Thiers recogida por Champagnac, un soldado le hizo notar que temblaba. «Amigo mío —respondió el anciano—, es de frío». Expiró muy lejos del paraje donde se había dispuesto su ejecución.
Champagnac no agota su narración en los girondinos, Madame Roland y Bailly. Evoca las sucesivas oleadas represivas, señaladamente la suerte de Malesherbes, defensor de Luis XVI, conducido al cadalso en unión de su familia. Recuerda asimismo al anciano Loizerolles, que respondió al reclamo cuando se leyó el nombre de su hijo y entregó la vida en su lugar. Episodios como este, o el de Chénier y Roucher sobre la carreta, ilustran la variedad de destinos que el tribunal segaba: legisladores, testigos, mujeres, ancianos y familias enteras.
Los prohombres del Terror acabaron, a su tiempo, sobre el mismo cadalso, resalta la crónica. Quienes habían erigido la violencia institucional fueron purgados por quienes habían compartido su poder, tan pronto como se fracturaron sus alianzas. Con todo, el juicio de los girondinos permanece en este relato como un hito singular: la acusación de complot pretendía exterminar a una facción parlamentaria entera, y los veintiún procesados marcharon a la muerte sin que fallo alguno distinguiera sus trayectorias individuales. Valazé, que legó las tijeras a su amigo, no eludió la condena. Madame Roland legó su apostrofe a la Libertad; Bailly, transido de frío, dejó su réplica para explicar su estremecimiento corporal. En ambos casos, sus palabras prevalecieron sobre la sentencia destinada a silenciarlas para siempre.
