En Chatham, un posadero creyó reconocer a su hermano en un viajero recién desembarcado. El desaparecido se había hecho a la mar hacía muchos años. El hombre que tenía delante, John Richardson, no disipó el error: lo acogió como quien recibe una buena nueva. Comenzaron los festejos. El presunto hermano visitó a sus flamantes conocidos e incluso cobró el dinero de una herencia legada por quienes aceptaba a partir de entonces como padres. Una familia recuperaba a uno de los suyos; Richardson recuperaba caudales.
Esta escena pertenece a la azarosa existencia que Camden Pelham le atribuye en sus crónicas criminales. El compilador amontona engaños y lances amorosos sin aportar los documentos que permitirían comprobarlos uno a uno. Sin embargo, conduce a su personaje hacia un caso bien preciso: el asesinato del capitán Benjamin Hartley durante una travesía de Turquía a Livorno. En esta ocasión, ya no se trataría de abandonar una identidad en un muelle. Un hombre iba a ser arrojado al mar, y dos muchachos abandonarían el navío para relatar lo sucedido a bordo.
Richardson había nacido en Nueva York y se había enrolado a los catorce años en el buque de su tío. Una primera travesía bastó para aborrecer el oficio. Entró como aprendiz con un carpintero, junto a quien permaneció cinco años, pero volvió a embarcar tras un idilio con la hija de su maestro. La partida se convirtió pronto, en la narración de Pelham, en su respuesta habitual a los contratiempos. Reclutado por la fuerza en Jamaica a bordo de un buque de guerra y conducido a Inglaterra, acabó sirviendo como contramaestre en el comercio del Báltico. Una carta apócrifa le habría procurado cien táleros de manos de un mercader de Riga. Ganó entonces Ámsterdam.
Allí, ocho meses pasados en compañía de la mujer de un marinero concluyeron con el anuncio del regreso del esposo. Richardson huyó con caudales y alhajas, pasó por Róterdam y regresó a Nueva Inglaterra. Jugó allí a ser comerciante y luego futuro yerno de un magistrado. Durante la segunda proclamación de las amonestaciones, siete mujeres se presentaron para oponerse al enlace. El episodio tiene visos de cuento ejemplar; Pelham lo prolonga mediante una nueva fuga, un retorno pactado con el padre de la novia, la boda finalmente celebrada y la dote arrebatada al instante. En esta biografía de cargo, el escándalo jamás lo alcanza con la presteza suficiente para impedirle la siguiente partida.
Tras otros viajes y un naufragio en las Antillas, hélo aquí de nuevo en Chatham, convertido en hermano recobrado del posadero Ballard. Este parentesco sobrevenido le abre otras puertas. Presentado a las hermanas Knowlding, se gana la confianza de una de ellas hasta obtener los títulos de su pequeña finca. Los hipoteca en Gravesend por ochocientas libras y zarpa hacia Venecia con el dinero. La hacienda queda a sus espaldas; su valor viaja en sus faltriqueras. En Venecia dilapida el fruto del fraude y marcha luego a Ancona.
El capitán Hartley acaba de desembarcar allí un cargamento de sardinas. Debe regresar a Turquía y busca un carpintero. Richardson conoce el trabajo de la madera tanto como la vida de a bordo: Hartley lo contrata. Richard Coyle sirve como segundo en ese mismo buque. La nave llega a Turquía, carga trigo y vuelve a hacerse a la mar con rumbo a Livorno. En los albores de esta última travesía, tras apenas unas leguas, estalla la conjura.
Pelham señala a Coyle como su instigador. Habría obtenido la complicidad de Richardson y de un tercer hombre, Larson, para matar al capitán y apoderarse del navío. Hacia la medianoche, durante la primera velada, los tres entran en la cámara donde Hartley descansa en su hamaca. Su presencia lo despierta a tiempo. Salta sobre cubierta y trepa a la jarcia. Richardson y Larson van en su persecución. Bajo sus pies se hallan la cubierta y Coyle; tras él ascienden los otros dos.
Hartley se arroja desde gran altura. Sobrevive a la caída y se enfrenta a Coyle, que le apunta con un trabuco. El capitán esquiva el disparo, se abalanza sobre su adversario, le arrebata el arma y la lanza por la borda. El estrépito hace surgir a varios marineros por la escotilla. Su llegada podría voltear la suerte del lance. Según la crónica, Hartley comprende por sus miradas que no moverán un dedo por defenderlo. Coyle le asesta un golpe que lo aturde. El capitán es de inmediato arrojado al mar. La fuente no refiere ni sus últimas palabras ni tentativa alguna por salvarlo.
Coyle asume el mando; Richardson pasa a ser su segundo. Una larga deliberación concluye con la elección de una escala insular para reponer provisiones. Mas, llegados a puerto, dos muchachos escapan del buque al amparo de la noche y acuden a las autoridades. Pelham no consigna sus nombres. Su denuncia basta para tornar el fondeadero peligroso para los recién encumbrados al poder. La tripulación abandona la nave y pone rumbo a Túnez a bordo de la lancha mayor.
Ante el cónsul británico, los fugitivos se presentan como los supervivientes de un naufragio acaecido cerca de Cerdeña. Obtienen socorro pecuniario. Coyle bebe y luego habla de su periplo con una ligereza que echa por tierra dicha versión. Es detenido. Richardson, en cambio, logra huir: Trípoli, Malta y más tarde Sicilia. En Mesina, un allegado del difunto capitán provoca su arresto. El mar enlaza los refugios, pero enlaza asimismo a los hombres que reconocen un apellido o recuerdan un velamen.
Nueve meses de prisión no agotan sus ardides. Richardson asegura al rey de Nápoles haber servido en otro tiempo a su padre; tal aseveración le vale la libertad, según afirma Pelham. Llega a Roma y luego a Civitavecchia. Allí es detenido de nuevo y remitido a Inglaterra. Coyle acaba de desembarcar en Londres. Ambos se encuentran bajo la misma acusación: el asesinato de su comandante.
La crónica concede a las declaraciones de los dos mozos el peso decisivo en la condena, sin reproducir sus deposiciones ni las réplicas circunstanciadas de los reos. Ambos son declarados culpables y sentenciados a muerte. Pelham contrapone el arrepentimiento de Coyle al descaro de Richardson y sitúa su ejecución en Execution Dock el 25 de enero de 1738. Tras tantos puertos donde una partida bastaba para mudar de vida, Richardson comparece al fin ante unos hombres que solo lo aguardan por una sola noche: aquella en que Hartley descendió vivo del aparejo, desarmó a su segundo y no halló ya, sobre sus propias tablas, a nadie dispuesto a defenderlo.
