El cochero John Giles acoge a dos hombres en el extremo de Fetter Lane. Le preguntan si conoce al doctor Andrew Clenche y luego le ordenan conducir su carruaje hasta Brownlow Street. Uno de ellos desciende y hace anunciar al médico que dos caballeros desean llevarlo a ver a una persona enferma. Clenche sale en bata y zapatillas. Uno de los viajeros le cede su asiento en el fondo del coche.
El trayecto no conduce al lecho de un enfermo. Los pasajeros ordenan a Giles que se dirija hacia Leadenhall Market y después hasta una taberna próxima a Aldgate. Preguntan por un cirujano llamado Hunt, a quien nadie encuentra, y a continuación mandan comprar dos aves de corral. Al regresar, Giles descubre al doctor desplomado contra el asiento. Lo llama y lo sacude: no obtiene respuesta alguna. Un pañuelo le ciñe el cuello; un trozo de carbón, envuelto en la tela, le oprime la tráquea. Los dos hombres se han esfumado.
Giles alerta de inmediato a la guardia. Se traslada a Clenche a una posada vecina y se intenta practicarle una sangría, pero no recobra el conocimiento. Varios testigos acuden a examinar el cadáver y apartan los efectos que lleva consigo. La muerte es certificada antes de que la investigación pueda arrojar el nombre del segundo viajero. La acusación señalará a Harrison como uno de los dos individuos, consignando al otro en el auto bajo la fórmula de «persona desconocida».
En la crónica de 1825, esta carrera nocturna se convierte en la columna vertebral de la acusación contra Henry Harrison. El juicio se celebra en el Old Bailey el 6 de abril de 1692. Harrison comparece inculpado junto a un cómplice que sigue sin ser identificado. El relato judicial no permite reconstruir cada minuto, pero hace desfilar al médico, a sus dos pasajeros, al cochero que los traslada de calle en calle y la cuestión que dividirá después a los testigos: ¿era Harrison uno de aquellos viajeros?
El móvil propuesto por la Corona se remonta a un asunto pecuniario. El doctor Clenche poseía una hipoteca sobre una casa vinculada a la señora Vanwicke y a sus hijos. Un legado de seiscientas libras había sido confiado a Rowe, quien administraba sus intereses; cuando este no pudo pagar, Clenche inició una demanda sobre el bien hipotecado. Johnson, el letrado del médico, declaró haber propuesto una rebaja de veinte libras sobre la suma debida si la señora Vanwicke saldaba el resto; ella no pudo reunir dicha cantidad. Harrison, allegado a la señora Vanwicke, se opuso a él. Un testigo refiere que puso la mano sobre su espada y acusó al doctor de haber engañado a la viuda. Otros relatan que lo tachó de «rogue» y afirmó que merecía que le cortaran el cuello. La señora Vanwicke solicitó un adelanto; Clenche se negó y le reprochó dilapidar el dinero en compañía de Harrison.
La disputa ofrece un motivo, mas no una prueba concluyente de asesinato. El sumario acumula diversas versiones de amenazas. Una inquilina oye decir a Harrison que Clenche «jamás moriría en su cama». Un empleado de la prisión del Compter refiere que hablaba de vengarse y de cobrarse la sangre del doctor. Otro testigo recuerda que habría prometido «tratarlo como jamás se había tratado a hombre alguno». Las palabras son referidas por personas distintas y en momentos dispersos; múltiples testimonios dependen del recuerdo de insultos proferidos al calor de querellas por deudas y arrendamientos.
La noche del crimen, Harrison es visto en varios puntos de la ciudad. Se había alojado en casa de los Caraway antes de marcharse el 3 de enero; al día siguiente escribe que se ausentará de la capital por una semana o diez días. Al caer la tarde, un mozo de cordel lo acompaña hasta otra pensión. Hacia las nueve, pide prestado un sayo a un hombre que lo invita a cenar. Harrison rehúsa: aduce un asunto perentorio y añade que un caballero lo aguarda en la calle. Su anfitrión lo ve llevar una capa. Horas antes, esa misma velada, un cochero oyó a dos hombres preguntar por el doctor Clenche y los guio hasta su puerta.
Ann Ashholt afirma haber divisado un carruaje detenido en Brownlow Street. Ve a un hombre enviar al cochero a buscar a Clenche y distingue sus facciones a la luz de las linternas. El médico toma asiento; uno de los viajeros se aparta para hacerle hueco. En Newgate, durante una visita a Harrison, Ashholt asegura reconocer su voz antes de verlo y luego lo identifica también por el rostro. Reitera este reconocimiento durante la audiencia. Explica que no había denunciado el encuentro antes porque su madre no quería que se entrometiera en el asunto. Una segunda mujer transmite lo que Ashholt le habría relatado tras el homicidio; no constituye, por tanto, un testigo independiente de la escena.
Los objetos y los vestigios materiales parecen también vincular a Harrison con el vehículo. El pañuelo hallado al cuello del doctor se coteja con un retazo del delantal de una sirvienta que Harrison habría arrimado al fuego mientras se hospedaba en casa de los Caraway. La joven declara que guardaban semejanza. Un joven sirviente que habría reconocido el coche cerca del mercado no comparece: la crónica asevera que abandonó su empleo tras haber sido abordado por soldados. El contenido de su interrogatorio se lee ante el tribunal, pero el texto consignado se muestra vacilante en cuanto a la identidad que atribuye a uno de los individuos.
Harrison niega haber tenido reyerta alguna con Clenche. Arroja la responsabilidad de la disputa sobre Rowe y presenta una cronología distinta. Afirma haber estado en casa de los Maccaffee, en Chancery Lane, donde habría jugado a las cartas entre las nueve y las once. El señor y la señora Maccaffee corroboran esta versión. Baker, otro jugador, dice haberse marchado hacia las diez; su testimonio queda debilitado cuando la acusación presenta una condena pretérita por fraude contra él. Harrison sostiene asimismo que salía de Londres para cobrar una deuda en Basingstoke, sin lograr aportar testigos de semejante desplazamiento.
Otro episodio enturbia la coartada. Dos hombres aseguran haber visto a Harrison cerca de la posada King's Head hacia las once, de camino a Fleet Bridge. Sus recuerdos difícilmente concuerdan con la partida de naipes en casa de los Maccaffee, pero las horas se consignan de memoria. El juez los interroga sobre las puertas de la hostería, las bebidas consumidas y las personas presentes. La acusación expone igualmente un testimonio de oídas: al día siguiente, Harrison habría afirmado que se encontraba en Kent y que la muerte del médico constituía un justo juicio divino. La misma fuente añade que se alarmó cuando alguien sugirió que el asesinato era obra de un hombre vinculado a la mujer del Compter.
Al concluir la sesión, el jurado declara a Harrison culpable de asesinato. La crónica concluye con la pena de muerte y no refiere qué suerte corrió Harrison a continuación; el proceso deja al cómplice en el anonimato. El veredicto cristaliza en torno a una disputa de intereses, amenazas referidas, una identificación tardía, un pañuelo semejante a un delantal y horarios discutidos. Clenche no pereció en mitad de un altercado público; alguien lo aisló en el fondo de un coche, lo estranguló con una tela lastrada con carbón y lo abandonó en las tinieblas. El jurado dio un nombre al condenado, pero el segundo viajero permaneció para siempre sin rostro en los anales de la justicia.
