El 6 de febrero de 1855, hacia las ocho de la noche, un individuo vestido con capote militar se aproximó al polvorín de Fráncfort del Óder. El fusilero August Schröter cumplía allí su primera guardia solitaria, en mitad de unos campos cubiertos de nieve, a casi seiscientos pasos de la edificación habitada más cercana. El centinela gritó: «¡Alto! ¿Quién vive?» El desconocido no respondió. Sacó un fusil de aguja de debajo de su capote, disparó a quemarropa y huyó a la carrera por la nieve. El proyectil atravesó el vientre de Schröter. El joven soldado logró mantenerse en pie el tiempo suficiente para ver alejarse a su agresor.
El cronista de Der neue Pitaval sigue los rastros impresos en torno a la posta, pero plantea un interrogante que los documentos no resuelven con la nitidez que su narrador desearía: ¿se trataba de un crimen perpetrado para encubrir un robo, de una agresión motivada por otros móviles o de un funesto error de persona? Schröter acababa de incorporarse a filas y, según refiere la crónica, gozaba del aprecio de sus compañeros. Murió a la mañana siguiente en el hospital militar, hacia las cinco, tras haber descrito al atacante como un hombre de su misma estatura, sin poder precisar su nombre ni aventurar motivo alguno.
Los fusileros Stahr y Schubert lo hallaron cerca de las nueve, tras abandonar la garita para efectuar el relevo. Schröter les refirió el ataque; Schubert lo condujo hasta el cuerpo de guardia, mientras Stahr permanecía apostado junto al polvorín. Durante la noche, el inspector de policía Schulz acudió a examinar las pisadas. La nieve revelaba un trayecto nítido que partía del confín de la ciudad, cruzaba los campos y se detenía a quince pasos de la posta. Las huellas emprendían el regreso casi sobre el mismo eje. Tanto a la ida como a la vuelta, sorteaban una zanja anegada de agua. Allí descubrió Schulz un fusil de aguja disparado recientemente y desprovisto de bayoneta.
El arma había sido dejada pocas horas antes en el corredor del pabellón número tres del cuartel, junto a otros catorce fusiles. Pertenecía al fusilero Klimpsch, quien, aquejado de enfermedad, no había salido de su camareta en toda la velada. Su falta solo se advirtió a las seis y media. Así pues, la primera pieza material no señalaba de forma directa a un sospechoso: vinculaba el disparo a un arma sustraída en un cuartel por cuyos pasillos transitaban numerosos soldados.
El cuerpo de Schröter añadió una nueva incertidumbre. Al vestirse por la mañana, se había colgado al cuello un reloj de plata y guardado un portamonedas en el bolsillo. En el hospital, únicamente se halló entre sus pertenencias la pequeña bolsa reglamentaria con unos pocos groschen. Sin embargo, ni el reloj ni el portamonedas volvieron a aparecer. Los capotes del centinela estaban abotonados hasta la cintura, y las pisadas en la nieve no alcanzaban el punto exacto donde cayó herido. Nada demostraba que hubiese sido despojado; tampoco nada explicaba el destino de tales objetos.
El cronista conjetura que Schröter pudo haber confiado sus pertenencias a un camarada antes de entrar de guardia, lo que habría brindado un móvil al tirador. Pero ninguna prueba acredita que W— tuviera en su poder dichos efectos antes de la agresión. El título mismo —«¿Asesinato premeditado o muerte por latrocinio?»— preserva una duda que el narrador pretende luego haber despejado.
Varios vecinos habían divisado, hacia las siete, a un individuo con capote y chacó reglamentarios que preguntaba por el camino del polvorín. Llevaba bajo la prenda un fusil sin bayoneta; uno de los testigos creyó distinguir el número doce en la hombrera. Aquella pista parecía dirigir las pesquisas hacia la guarnición del duodécimo regimiento, pero unos seiscientos soldados fueron puestos en rueda de reconocimiento ante los testigos sin resultado alguno. Más tarde se exhibió a quienes habían prestado servicio en el polvorín. Edstein se detuvo ante el fusilero Eduard W—, a quien creyó reconocer, para luego retirarse sin ofrecer una descripción concluyente. Solo Edstein no podía jurar con certeza la identidad. Otros observadores hallaron similitudes en su estatura, su timbre de voz o sus facciones con las del desconocido, si bien no dejaron de señalar discrepancias.
Una revista del parque de municiones abrió una senda más precisa. El 17 de febrero se constató que faltaba un cartucho en la cartuchera del fusilero Hoffert, compañero de camareta de Schröter y de W—. Varios peritos examinaron el envoltorio de papel y la faltriquera de lona. Concluyeron que el cartucho se hallaba completo al entregarse al regimiento; la costura de la bolsa parecía haber sido descosida y rehecha con un hilo distinto. El cronista infirió que un compañero de dormitorio bien pudo haberse apoderado de la bala. Aquello introducía una munición en el sumario, pero no demostraba quién la había disparado ni el momento exacto de su sustracción.
El soldado W— se convirtió en sospechoso a raíz de un incidente ajeno. El 31 de marzo se encontraba en una taberna donde un maquinista de ferrocarril se había quedado traspuesto tras mostrar su portamonedas. W— se aproximó al gabán que reposaba sobre un tonel. Al día siguiente se halló en su morada el trozo de jamón que había desaparecido del bolsillo; el dinero no volvió a verse. El soldado alegó haber encontrado la vianda en el suelo. El tribunal lo condenó por aquel hurto, el 27 de abril, a cuatro semanas de arresto de rigor medio y a la privación de sus derechos civiles durante un año. Dicha condena constituía un hecho aislado e independiente. No probaba su intervención en la muerte de Schröter, pero pesó de forma decisiva en la narración del Pitaval y en el retrato sombrío que trazó del encausado.
La coartada de W— descansaba en su presencia en casa de su padre, precisamente en la misma franja horaria en que el desconocido había sido avistado en el puente del Óder. En un principio, la joven sirvienta Auguste Vogel corroboró las declaraciones de la madrastra y de la hermana del soldado. Sin embargo, en una comparecencia posterior y bajo la solemnidad del juramento, puntualizó que había acudido a cenar, pero que se había marchado tras permanecer allí apenas una hora. No supo precisar la hora exacta; tan solo recordaba que había salido de la vivienda más temprano que de costumbre. El tiempo necesario para ganar el puente era escaso. Aquel testimonio debilitaba la coartada, sin situar por ello a W— en la posta de guardia.
Otras sospechas nacieron de las confidencias referidas por el fusilero Ziegler, recluido en una celda contigua tras haber sido condenado por la malversación de una pequeña suma. Ziegler aseguró que W— disertaba sobre el valor del reloj, sobre lo que el homicida habría hecho tras disparar y sobre el escondrijo donde habría podido ocultar la alhaja. Según su testimonio, también le reveló la falta del cartucho, las rutinas de Schröter y el paso de una patrulla por el arrabal. Algunas de estas precisiones fueron corroboradas por las pesquisas. Empero, el testimonio de Ziegler no era admisible bajo juramento a causa de la pena que cumplía; sus conversaciones carecían de la fuerza legal de una confesión formalmente atestiguada ante la justicia.
El relato de aquellos coloquios carcelarios se prolongó durante semanas. Ziegler sostuvo que W— había bromeado primero con la existencia de un «doble», que luego había formulado votos para que el homicida eludiese el cadalso y que, finalmente, había acabado por reconocer: «Fui yo». W— negó tajantemente haber confesado. Una convecina, la señora Schulze, había advertido al recluso de que se intentaba arrancarle declaraciones. El cronista imagina que, de no haber mediado semejante aviso, Ziegler habría obtenido una confesión terminante; mas esto no pasa de ser una conjetura editorial. Las palabras referidas, los detalles coincidentes y su palmaria falta de ratificación jurada deben permanecer deslindados.
Los careos y reconocimientos no disiparon la incertidumbre. A primeros de junio, Edstein y otros testigos manifestaron que W— poseía la estatura y la complexión del soldado del puente. Algunos creyeron reconocer la voz o el contorno del rostro; otros advirtieron que el hombre divisado en la noche mostraba un semblante más encendido, la cara más llena o el cabello más corto. Todas estas discrepancias admitían justificación, según el Pitaval: W— había padecido ocho semanas de encierro, perdiendo el color, y el pelo le había crecido. Con todo, las explicaciones del cronista no transforman tales reconocimientos vacilantes en una identificación judicialmente intachable.
El acta consigna que W— había ocultado su trato amistoso con Schröter y que no había transmitido el pésame al padre de la víctima; el fiscal militar interpretó tales omisiones como indicios vehementes de culpabilidad, si bien distaban de constituir una confesión. El padre y la hermana sostuvieron la coartada. El cronista sospecha que fueron engañados o que encubrieron a su deudo, sin que conste prueba alguna de que conocieran su itinerario real. La sentencia no admitió semejante interpretación como un hecho acreditado.
La causa se ventiló ante un tribunal militar prusiano mediante un procedimiento inquisitivo y rigurosamente escrito, que el cronista contrapone a los juicios públicos por jurados. El auditor fiscal solicitó una pena de veinte años de reclusión en casa de corrección (Zuchthaus) por homicidio. Los jueces castrenses, distribuidos en cinco colegios según sus graduaciones, desestimaron su pretensión: tres colegios frente a dos —o lo que es lo mismo, seis votos contra siete en el cómputo individual de los magistrados— pronunciaron una «vorläufige Freisprechung», la absolución provisional a la que alude el texto. Estimaron insuficientes los indicios acumulados para fundar una condena y juzgaron incompletamente esclarecido el móvil del delito. Los recursos de revisión y de nulidad reseñados en la crónica resultaron infructuosos.
Aquella resolución judicial no entrañó una declaración de culpabilidad ni una demostración de que W— hubiese sido inculpado por error. Dejó la causa en una situación incómoda: el juicio no había logrado determinar quién empuñó el arma, a pesar de lo cual el cronista porfiaba en señalar al acusado como el verdadero culpable. En el otoño de 1856, tras haber cumplido sus tres años de servicio de ordenanza, W— causó baja en el ejército regular y pasó a la reserva. El capítulo ignora si después partió rumbo a América, tal como al parecer había anunciado. Nada consta en las fuentes sobre confesiones públicas ulteriores ni sobre nuevas sentencias relativas a la muerte de Schröter.
En la noche de cellisca, las huellas condujeron hasta un fusil abandonado; la instrucción penal intentó anudarlas a una camareta, a un cartucho faltante, a un hurto menor y al testimonio de un presidiario privado del derecho a jurar. El consejo de guerra no juzgó suficiente este mosaico circunstancial. El Pitaval, en cambio, colmó las lagunas con una semblanza marcadamente inculpatoria. Leer ambos planos en paralelo no permite poner un nombre indudable al tirador: revela, más bien, el modo en que una sospecha puede urdir un relato verosímil sin alcanzar jamás la solidez de una prueba judicial.
