El cesto estaba destinado al vino. Quienes lo habían depositado en la rue des Moulins habían preservado en aquel objeto su apariencia tranquilizadora, la de una entrega que se recibe sin preguntarse si oculta una historia; tan solo habían mudado su contenido. El 28 de marzo de 1810, entre las seis y las siete de la mañana, dos transeúntes lo levantaron y vieron sangre. Acudió un comisario, mandó desatar la cuerda y París halló a un hombre cuyo regreso aguardaban sus criados desde la víspera. Se llamaba Cottentin. Su nombre figuraba escrito en el interior de su sombrero: precaución ordinaria, último servicio que le rendía aún un objeto familiar.
Las personas vinculadas a su casa lo reconocieron. Un criado, Joseph, precisó lo que llevaba consigo al salir: su reloj de repetición, su cadena de oro, una cartera con documentos y varios billetes de banco. Nada de ello se encontraba junto a él. Los oficiales de salud advirtieron las señales de un golpe en la cabeza y de un estrangulamiento. Restaba por descubrir en qué lugar había sido recibido aquel hombre antes de acabar en semejante envoltorio, y por quién. En ciertos asuntos, la pesquisa comienza por los enemigos de la víctima; en este, debía entrar en conocimiento de su mejor amigo.
Lepeley-des-Longs-Champs gozaba, en efecto, de la más absoluta confianza de Cottentin. Este acudía a visitarlo varias veces al día y le confiaba tanto su platería como sus papeles de importancia. Lepeley ocupaba desde hacía algunos meses una vivienda amueblada en la rue Neuve-des-Bons-Enfants, por encima del entresuelo y de varias plantas: una antecámara oscura, luego una alcoba. El 28 de marzo, hacia las cuatro de la tarde, el comisario lo invitó a seguirle. Apenas conducido ante el magistrado de seguridad, el hombre se adelantó. Tenía un suceso extraordinario que referir. La justicia no hubo de arrancarle su relato; le correspondería examinar su conveniencia.
La víspera, decía, Cottentin había acudido a someter a su parecer un proyecto de arreglo con sus socios. Tras una primera visita, había regresado hacia la una. Dos desconocidos llamaron entonces a la puerta, solicitaron ver a Cottentin y reclamaron el pago de deudas a las que atribuían un carácter singular. Uno de ellos lo golpeó con la culata de una pistola y luego lo estranguló; el otro mantuvo a raya a Lepeley encañonándolo con sus armas. Todo se consumó en breves minutos. Los homicidas partieron sin llevarse nada. Lepeley, consternado, había permanecido junto al cadáver de su amigo, incapaz de pedir auxilio.
Un cuarto de hora más tarde, proseguía, llegó un hombre con quien mantenía tratos de negocios, Héluin. Lepeley le mostró el cuerpo y le pidió consejo. Había pensado en avisar al comisario; Héluin lo habría disuadido. Compraron un cesto lleno de botellas, sustituyeron estas por el cadáver y organizaron su transporte. Lepeley reconocía haber sufragado los gastos. Declaraba, pues, por iniciativa propia, que se había cometido un asesinato en su estancia y que él había contribuido a hacer desaparecer a la víctima. Los desconocidos le reservaban la inocencia; Héluin cargaba con la mala determinación.
El registro de la vivienda sacó a la luz rastros de sangre sobre el embaldosado recién fregado. Las ropas de Lepeley presentaban también manchas, pese a haber sido limpiadas. Fue arrestado. Hallaron a Héluin, durante la noche, en una casa de juego. Este confirmó en un principio lo esencial de la relación, alterando no obstante un pormenor que nada tenía de baladí: era él, aseguraba, quien había aconsejado acudir a la policía. Cada cual había querido avisar a la autoridad, y cada cual había sido contenido por el otro. Su acuerdo acerca del traslado del cuerpo se sostenía mejor que su acuerdo sobre las responsabilidades.
El cesto había sido confiado a la hermana de Héluin y a su marido, los esposos Thubry, que eran porteros en la rue des Moulins. Se les había anunciado vino, que pronto recogerían con rumbo a Passy para expedirlo luego hacia Ruan. En la portería fue preciso desplazar aquel bulto engorroso para disponer la cama de los niños. Asomó la sangre. Thubry fue entonces a buscar a Héluin a la casa de juego; no quería conservar aquel depósito. Según las declaraciones recogidas, Héluin desaconsejó acudir al comisario, advirtiendo de que semejante paso los perdería. El cesto cruzó finalmente la calle, donde los viandantes lo descubrirían por la mañana.
La hermana añadió un recuerdo aún menos favorable para su hermano. Había regresado al anochecer, parecía ebrio, había mostrado un reloj de oro y dinero, jactándose de un negocio ventajoso. Le había entregado ciento cincuenta francos. Ella sostuvo que dicha suma respondía a una petición de socorro y no retribuía servicio criminal alguno. La instrucción no podía limitarse a repartir una misma culpa entre cuantos se habían acercado al cesto. Convenía esclarecer qué sabía cada uno en el momento en que abrió la puerta, movió el fardo o recibió el dinero.
El reloj había proseguido su curso. Héluin lo había dejado en prenda a un empleado de los juegos, que le prestó cinco luises. Se descubrieron carteras en el domicilio de una mujer con quien él se hospedaba; la servidumbre de Cottentin reconoció una de ellas como semejante a la de su amo. En las letrinas de la casa de huéspedes de Lepeley se hallaron las pistolas que Cottentin solía llevar consigo, llaves y un pequeño frasco del que hacía uso. Aquellos objetos no necesitaban concertarse entre sí. Su dispersión reconducía sin embargo la investigación hacia los mismos hombres, mientras que los dos desconocidos del relato inicial continuaban sin rostro.
Tras el robo se perfiló otro asunto de dinero. Cottentin atravesaba apuros mercantiles; la instrucción sospechaba que había intentado, con el auxilio de Lepeley, substraer bienes a las acciones de sus acreedores. Entre sus operaciones figuraba una propiedad vendida por dieciocho mil francos a Lepeley, si bien su valor se estimaba muy superior. La escritura hacía constar el desembolso; al no haberse efectuado este, un pagaré privado mantenía viva la deuda. Dicho documento había sido confiado a un tercero, Marguerit, quien lo entregó a la justicia tras la muerte. Es preciso guardar a este conjunto sus grados de certeza: las cuentas y el pagaré existían; el detalle de lo que Cottentin pretendía hacer con sus bienes pertenecía al terreno de la pesquisa y de sus interpretaciones.
El 19 de abril, Héluin abandonó la fábula de los desconocidos. En la declaración reproducida por la crónica, reconoció haber secundado a Lepeley. Este le habría hablado de un documento que comprometía su hacienda, el cual deseaba arrebatar a un particular. Héluin, que había perdido en el juego dinero cuya gestión le había encomendado Lepeley, se había comprometido a ayudarlo. Una primera visita de Cottentin habría hecho vacilar su resolución; un almuerzo y los ánimos de Lepeley la habrían afianzado. Al regreso de Cottentin, Héluin declaró haberlo golpeado en la cabeza con su tabaquera y haber alcanzado luego la soga con la que Lepeley lo estranguló.
Añadía que Lepeley había registrado al difunto, extraído un pliego doblado y celebrado poseer por fin el escrito codiciado. El reloj y un billete de quinientos francos le habrían sido entregados a continuación, sirviendo parte del dinero para costear el cesto. Esta segunda versión explicaba el golpe, la cuerda, los objetos sustraídos y el porte. Guardaba asimismo su conveniencia para quien la refería: Héluin se presentaba en ella como un hombre arrastrado, engañado acerca del propósito inicial y dominado por Lepeley. Su confesión era una pieza capital; no autorizaba al lector a admitir sin reservas todas sus exculpaciones. Lepeley, confrontado con estas revelaciones, las negó.
Cuatro personas comparecieron ante el tribunal de lo criminal: los dos hombres por su participación en el asesinato y el robo; los esposos Thubry por haber recibido, según la acusación, el cadáver a sabiendas. Los debates revelaron además que la platería confiada a Lepeley había terminado en el monte de piedad. El 1 de julio de 1810, tras la declaración unánime del jurado, Lepeley y Héluin fueron condenados a muerte; su recurso fue desestimado y la crónica da cuenta de su ejecución sin precisar la fecha. Los porteros fueron absueltos. Con este distingo conviene cerrar el legajo: un mismo cesto había pasado por varias manos, pero no todas sabían lo que cargaban.
