Cuando la policía localizó a Victor-Alphonse Daumas-Dupin en Milán, este vivía más allá de los Alpes, lejos del paraje donde dos venteros habían sido asesinados. En La Croix-Verte, una taberna aislada del término de Attainville, Prudhomme y Marie Duru se habían quedado a solas con dos hombres en la noche del 24 de enero de 1829. Al día siguiente, el padre de Marie acudió a recoger un sombrero, halló las puertas cerradas y las mandó descerrajar; descubrió entonces los cadáveres. La causa conduciría a Daumas ante dos tribunales de lo criminal, pues la primera condena sería anulada por un defecto de forma. Con todo, el proceso no concluiría con la ejecución del reo: el cómplice a quien se creía muerto reaparecería en Valence, bajo otro atuendo y con otro nombre.
Prudhomme y Marie Duru regentaban la taberna de La Croix-Verte. Acababan de contraer matrimonio; él contaba veinticinco años, ella apenas dieciséis. El 24 de enero de 1829, dos hombres que debían pernoctar en el establecimiento permanecieron allí con ellos. A la mañana siguiente, el padre de Marie, yesero en Mont-Sonil, fue a buscar un sombrero que se había dejado uno de sus yernos. Las puertas estaban atrancadas. Fue preciso echarlas abajo. Duru encontró a su hija y a su yerno muertos junto a la estufa. Los muebles habían sido revueltos; faltaban dinero, un reloj y un atuendo negro completo. Champagnac describe la crudeza del escenario, pero el relato puede ceñirse a lo que produjo aquel descubrimiento: un padre entraba en la casa donde su hija había vivido y debía hacer salir de allí la justicia.
Las sospechas recayeron sobre Daumas-Dupin y Jean-Baptiste Robert, apodado Saint-Clair. Ambos eran antiguos forzados prófugos. El uno había tomado el camino de Milán; el otro burlaba las pesquisas. La policía supo que se enviaba dinero a Milán mediante cuatro nombres falsos. Retuvo durante cuatro días un giro consignado a uno de esos nombres y despachó a un agente a la ciudad. Cuando Daumas-Dupin se presentó a reclamar los fondos, el agente afirmó ser el destinatario. Daumas lo tachó de embustero; el agente le devolvió la acusación. Ambos fueron detenidos. La identidad del policía quedó pronto acreditada y se le puso en libertad; Daumas, por su parte, fue conducido a Francia.
Ante la sala de lo criminal del Sena, el 31 de octubre, el acusado no negó los hechos expuestos durante el juicio. Pretendía descargar la responsabilidad en Saint-Clair: este, aseguraba, lo había hecho todo, mientras que él se había enfurecido con su cómplice y había querido abatirlo a su vez. Sostenía que Saint-Clair se había llevado los bienes, quedándose él tan solo una chaqueta de caza y un sombrero para mudarse de aspecto. El padre Duru fue llamado a declarar. Al entrar en la sala y ver las piezas de convicción, apartó primero la mirada del banquillo donde se sentaba el reo. Su deposición devolvió ante el jurado la imagen de la casa cerrada y de los dos jóvenes adultos a quienes había encontrado muertos, a la vez que el inventario de los efectos sustraídos.
Daumas-Dupin tomó luego la palabra mediante un alegato escrito. El primer tribunal lo declaró culpable y pronunció la pena capital. El reo interpuso recurso de casación. El 17 de noviembre, un vicio de forma conllevó la anulación de la sentencia y el reenvío de la causa ante el tribunal de lo criminal de Sena y Oise, en Versalles. No se trataba de una absolución, sino de un nuevo juicio con una nueva deliberación. Los debates se reanudaron en una sala distinta, y el acusado pronunció en ella un segundo alegato. Dijo resignarse al veredicto de los jurados y les rogó recordasen que ningún porvenir le aguardaba, a sus ojos, más que la tumba.
Tras una hora y media de deliberación, el jurado respondió afirmativamente a las cuestiones de homicidio, premeditación y robo que le habían sido sometidas. Daumas escuchó el fallo sin mostrar la menor emoción. El 3 de diciembre de 1829 fue ejecutado en París. Champagnac refiere que guardó silencio durante los preparativos, que tuvo la presencia de ánimo de fijar la escalerilla de la carreta y que, al pie del cadalso, rogó a Dios que salvara su alma antes de entregarse al verdugo. No confesó explícitamente el crimen; interrogado al respecto, pedía que no se hablase de ello y que se olvidara el pasado.
En cuanto a Saint-Clair, la causa parecía no tener más cauce que la búsqueda. Las autoridades habían rastreado sus pasos a través del Piamonte, Suiza y Alemania, y luego hasta las fronteras de Turquía. Ciertos informes oficiales anunciaron que se había enrolado en un regimiento y que había muerto en combate contra unos saqueadores. La noticia parecía poner término a su fuga; sin embargo, no le impidió continuarla. El cronista la recoge como una muerte supuesta, pronto desmentida por un hombre que comparecería de nuevo en suelo francés.
El segundo episodio se sitúa en Valence, en 1830. En una jornada de otoño, una concurrida concurrencia cenaba en la mesa redonda del principal hotel de la ciudad. La conversación derivó hacia Lavater y las doctrinas frenológicas. Un hombre vestido de negro sostenía que los pensamientos y las pasiones imprimen huellas en el rostro y que tales signos, unidos a la configuración del cráneo, permiten adivinar las inclinaciones de un individuo. Pretendía no haberse equivocado jamás. Varios comensales le invitaron a demostrar su destreza; se prestó al ejercicio y la tertulia se mostró convencida.
Un viajero, que hasta entonces había permanecido en silencio, se negó a dar crédito a sus palabras. Declaró que los pensamientos no se leían en la cara y desafió al hombre de negro a decir quién era él. Este vaciló, pero acabó por responder que, si su ciencia era infalible, tenía ante sí a uno de los mayores facinerosos de la tierra, a un asesino. La tensión embargó la estancia. El desconocido se levantó con cólera. En ese instante, el dueño del hotel entró para anunciar el robo de una platería en un pueblo vecino y la llegada de los agentes de la autoridad, que andaban tras el sospechoso de la sustracción.
Las miradas se volvieron hacia el viajero. La cólera, refiere el cronista, se congeló cuando registraron su baúl y hallaron en él los objetos robados. Fue arrestado. Tras varios días de silencio, confesó. El hombre era Robert Saint-Clair, el cómplice de Daumas-Dupin. El relato no precisa, en esta escena, una nueva comparecencia judicial ni las consecuencias penales de su arresto; se limita a señalar que el hombre a quien los informes daban por muerto había reaparecido bajo otra identidad, siendo luego reconocido a raíz de una pesquisa abierta por un robo distinto.
La convergencia de ambos sucesos resulta singular: en la primera sala de lo criminal, Daumas había descargado las culpas sobre Saint-Clair; en la posada de Valence, este último era por fin desenmascarado, mas no por el dictamen del hombre de negro. Fue la vajilla de plata hallada en su baúl lo que desbarató el disfraz. El sistema de las fisonomías, debatido a la mesa como una ciencia capaz de descifrar las vidas ajenas, solo había producido una acusación lanzada en pleno arrebato. La prueba material procedía de otra parte: de unos objetos robados que pudieron mostrarse a los agentes.
La justicia había castigado a Daumas-Dupin por los crímenes de La Croix-Verte tras dos juicios, el primero anulado y el segundo saldado con una condena a muerte. El destino de Saint-Clair no se confunde con esa sentencia: el capítulo relata su arresto en Valence y sus confesiones tras varios días de encierro, sin detallar la pena impuesta. Entre un fallecimiento anunciado por despachos oficiales y un retorno confirmado por testigos, su periplo recuerda que un informe burocrático puede cerrar en falso una persecución. En Valence no fue descubierto por el semblante que un contertulio pretendía descifrar, sino por las pertenencias halladas en el fondo de su equipaje.
