W. F. Baumann ya había firmado como futuro duque y conde antes de haber visto un solo palmo de tierra. El sastre, cuya mano estaba avezada a empuñar la aguja, había estampado su firma al pie de solemnes promesas dirigidas a un rey al que jamás había conocido. En su fuero interno, no creía participar en un juego: se disponía a recibir casas, tierras y un título nobiliario. Una joven costurera de su taller le había persuadido de que un benefactor ruso preparaba su fortuna.
Wilhelmine Friederike Krauß entró en el taller del maestro sastre Baumann en junio de 1852. Tenía dieciséis años, era menuda y endeble, de rostro pálido, según el retrato trazado por el cronista. Baumann era asimismo de baja estatura y de salud quebradiza. Entre ambos se entabló una relación íntima; el texto precisa que no consta que llegaran a hablar de matrimonio ni de un compromiso de por vida. Semejante cercanía franqueó a la joven obrera la confianza de su patrono, si bien ello no bastaba todavía para explicar la pasmosa facilidad con la que este habría de creerla.
En diciembre, la joven le refirió que conocía a un ruso inmensamente rico, el conde Briloff. Cada noche, según decía, acudía a su lado para contar talegas de dinero. Había tal abundancia que el magnate podía encender su pipa con billetes de uno o de cinco táleros. Wilhelmine aseguró también haber hablado al conde de la penuria de Baumann, ante lo cual el aristócrata habría prometido socorrerlo.
La ayuda adoptaría en un principio la forma de una misteriosa inversión. Baumann entregaría diez silbergroschen diarios a Wilhelmine; dicha suma se añadiría a la saca de monedas que Briloff colmaba cotidianamente. Así, las pequeñas monedas engendrarían otras monedas, y la parte de Baumann crecería con el transcurso de los días. El sastre aceptó el trato y entregó puntualmente el dinero solicitado. La promesa no descansaba en contrato alguno con el pretendido conde ni en recibo firmado por este: todo gravitaba sobre la palabra de Wilhelmine.
Hacia Navidad, un nuevo favor confirió apariencia pública a aquella riqueza invisible. Wilhelmine relató que, hallándose en el mercado, el príncipe de Prusia había escuchado una alocución del conde, lo había invitado a subir a su carruaje y luego había conducido a la joven al palacio. Allí le habría obsequiado un anillo de diamantes bajo la estricta condición de no mostrárselo a nadie. A Baumann le resultaba imposible comprobar la dádiva, pues la misma prohibición de verla justificaba su ausencia.
A continuación, la joven afirmó que Briloff poseía treinta y cuatro casas en Berlín y que cedería seis a Baumann. Bastaría con que un administrador de fincas inscribiera cada transmisión ante el Kammergericht. Cada expediente requería un sello fiscal de quince silbergroschen; semejante gravamen, argüía ella, no debía recaer sobre el generoso donante. Baumann sufragó, pues, las tasas. Las donaciones se multiplicaron: según las patrañas de Wilhelmine, el sastre llegó a recibir hasta quince casas, que no podía visitar ni habitar, pero de las cuales se consideraba ya legítimo dueño.
La heredad de Neustadt-Eberswalde era aún más vasta. Briloff, según le explicaba, no sabía cómo explotarla y deseaba transferirla a Baumann. Se hacía necesario desenmarañar ciertas complicaciones jurídicas; el presidente del ministerio, von Manteuffel, varios consejeros de Estado y el tribunal municipal se hallaban movilizados al efecto. Despachos telegráficos cruzarían el trayecto entre Berlín y Neustadt. Cada pormenor tomaba prestados de la administración auténtica su léxico y sus aranceles, y la existencia misma del ministerio prestaba a la impostura un decorado que el pobre sastre carecía por completo de medios para verificar.
Wilhelmine añadió que ella misma se había entrevistado con von Manteuffel y que había recibido de él modestos presentes, tales como un frasco de esencia, una correa para la ropa y un juguete con forma de locomotora. Aquellos objetos, que Baumann podía palpar, parecían dotar de consistencia a las visitas que no le era dado contrastar. En enero de 1853, las promesas tocaron su cúspide: la joven aseguró haber cenado con el rey y que este poseía setecientas diez casas en Berlín. El soberano habría resuelto donárselas a Baumann, junto con veintitrés acres de tierra, y elevarlo a la nobleza. Incluso le habría propuesto varios apellidos aristocráticos, entre ellos el de Hohenzollern.
Ya no se trataba de diez silbergroschen al día. Los sellos resultaban onerosos, y Wilhelmine advertía que los asuntos de la Corona acarreaban cuantiosos desembolsos. Se afirma que Baumann desembolsó cien táleros para sellos y timbres, y que hubo de tomar prestada una suma idéntica. Varios conocidos intentaron sacarlo de su engaño, pero él los rechazó. La crónica refiere que escribió a su hermano con el arrebato propio de un hombre que se creía rescatado de la miseria para ingresar en la nobleza.
El engranaje quebró en cuanto Baumann quiso conocer el estado de tramitación del asunto. El relato de la entrevista con el presidente del ministerio, situado al comienzo del capítulo, es presentado por el autor como una anécdota popular y no como parte integrante de las actuaciones judiciales. El cimiento firme del expediente lo constituye la doble pesquisa instruida una vez que Baumann dio cuenta de sus pérdidas: una debía dilucidar si había sido embaucado; la otra, dirimir la responsabilidad de Wilhelmine. Los magistrados ordenaron examinar la capacidad de Baumann para comprender y regir sus negocios. Concluyeron que, pese a su credulidad en este trance, conservaba de ordinario su plena capacidad de discernimiento.
Krauß no tardó en confesar los hechos principales. Durante la vista celebrada ante el tribunal penal de Berlín el 10 de mayo de 1853, comenzó respondiendo con meros asentimientos de cabeza, para luego expresarse con mayor soltura. No negó las sumas percibidas. Dijo no explicarse cómo le había venido tal idea a las mientes, pero terminó admitiendo haber tomado el dinero de Baumann con el propósito de enriquecerse. Reconoció asimismo haber gastado el importe de los supuestos sellos en pasteles, golosinas y juguetes.
Baumann prestó declaración como testigo principal. Las promesas le habían parecido verosímiles, explicó, porque las muestras de la opulencia de Briloff se le habían pintado con una abundancia rayana en lo maravilloso. El pretendido conde incluso le habría enviado un lingote de oro, el cual jamás llegó a destino porque el caballo del cochero se habría espantado por el camino. Baumann aportó asimismo las declaraciones que había suscrito por adelantado para aceptar ducados y condados y jurar fidelidad a sus vasallos. El tribunal apreció así no solo una serie de pagos, sino la ponzoña del engaño obrando en el ánimo de su víctima: la escala de las donaciones aumentaba cada vez que un nuevo gasto hacía más penoso renunciar al anterior.
La madre de la joven declaró que su hija había mostrado, desde la infancia, una acusada propensión a la mentira. Este dictamen familiar no constituía prueba de cada cargo imputado. Los elementos materiales eran más sencillos: las sumas confiadas, los relatos de propiedades y vínculos reales, los timbres presuntamente preceptivos y la confesión de la encausada de haberse apropiado del dinero en su propio beneficio. El cronista consigna que el ministerio público solicitó una condena, si bien estimó la extrema credulidad de Baumann como circunstancia atenuante en favor de la acusada.
El tribunal condenó a Wilhelmine a cuatro meses de prisión y a cien táleros de multa; de no poder satisfacer dicha sanción pecuniaria, se le impondrían en su lugar dos meses adicionales de reclusión. La pena resultaba modesta a la vista de las mansiones y señoríos prometidos, pero aquellas heredades jamás habían existido en manos de Baumann. Lo que verdaderamente había mudado de dueño se reducía a las monedas de cada jornada, los derechos de timbre y el dinero tomado a préstamo para costear una transmisión imaginaria.
Los Hohenzollern no habían rubricado nada. Ningún registro del Kammergericht podía mudar las declaraciones de Baumann en título de propiedad. La causa quedó archivada con unos desembolsos, una confesión y cuatro meses de encierro, mientras el hombre que ya se había soñado duque recobraba el peso exacto de su calderilla. La promesa de una fortuna le había cabido en la palma de la mano en tanto no intentó someterla a examen.
Nota documental: este relato se basa en el capítulo retrospectivo «Wilhelmine Krautz» del Neue Pitaval, que da cuenta del proceso celebrado en Berlín el 10 de mayo de 1853. El título del capítulo consigna «Krautz», mientras que el texto OCR emplea indistintamente «Krauß» y «Kraus». El relato adopta «Krauß» como convención narrativa, sin certificar la grafía exacta de la identidad a falta de cotejo con el facsímil. El autor advierte que la anécdota inicial sobre la audiencia con von Manteuffel no procede de las actas procesales; por ende, no se expone como hecho probado. Las promesas de Briloff, del príncipe y del monarca se recogen como afirmaciones de Wilhelmine y no como sucesos verídicos.
