A las cinco de la madrugada, una trapera observó humo salir de una ventana en la rue de Monceau. Dentro del palacete, el conserje sofocó un conato de incendio. Varios bidones de petróleo, un farol abandonado y diversos muebles forzados daban fe de una intrusión nocturna; las joyas habían desaparecido, mas el dinero en metálico casi se les había escapado a los ladrones. En las memorias de Marie-François Goron, el fuego no fue el único peligro derivado de aquel robo: uno de los hombres buscados terminaría clavando su cuchillo en el brigada que acudió a prenderlo.
El palacete pertenecía a madame Herbelin. Su sobrina, la artista Madeleine Lemaire, residía allí con ella. Goron calcula el botín en unos quince mil francos en alhajas, mientras que los asaltantes apenas habrían hallado unos sesenta francos en efectivo. Esta suma en metálico procede del relato que Duval brindaría más tarde al investigador; la tasación de las piezas sustraídas corresponde a la asentada por Goron. El contraste basta para perfilar el equívoco: los intrusos habían allanado una mansión opulenta en apariencia, sin encontrar el tesoro líquido que codiciaban.
Las joyas, sin embargo, no tardaron en circular. Un joyero de la rue Tronchet compareció ante la Sûreté después de que le ofrecieran un medallón en forma de media luna y restos de agujones que coincidían con la descripción difundida por la Office Azur, organismo que transmitía a los comerciantes las señas de objetos perdidos o robados. El vendedor fue detenido. Aquellas piezas condujeron a otros dos individuos, Didier y Houchard, quienes declararon haberlas recibido de un tal Duval, frecuentador de un círculo denominado la Panthère des Batignolles. Alegaban que este se las había presentado como halladas en la vía pública. Se trataba de descargos de acusados, no de una prueba fehaciente de su complicidad en el allanamiento.
La policía buscaba a Duval sin éxito. El 17 de octubre, el comisario Taylor practicaba un registro en el domicilio de uno de los detenidos, en la rue Legendre. Un muchacho acudió a rogarle a la dueña de la casa que bajase. Taylor hizo una seña a Rossignol, quien partió tras ella junto con Pelletier. Al pie de la escalera, divisaron a un hombre que se alejaba con paso presuroso, sin correr.
«¡Pero si es Duval!», exclamó la mujer.
Rossignol dio alcance al transeúnte y le anunció que el jefe de la Sûreté deseaba hablarle. Conforme al relato de Goron, Duval alzó el brazo de inmediato y le asestó dos puñaladas. El agente, herido, cayó al suelo arrastrando a su agresor por el brazo. Las acometidas prosiguieron durante el forcejeo. Rossignol solo logró desarmar a Duval mordiéndole la mano; Pelletier lo sujetó por el torso y dos guardias urbanos acudieron en auxilio. Condujeron al brigada a una botica, donde un médico le apreció ocho heridas. Una de ellas, en el costado izquierdo del cuello, habría resultado letal si cuatro capas de ropa superpuestas no hubiesen amortiguado el filo.
El expediente del robo mudaba súbitamente de naturaleza. El individuo reclamado por unas joyas había acometido a un agente, dejándolo al borde de la muerte. No obstante, refiere Goron que la Sûreté vio al principio en Duval a un delincuente común, y no al heraldo de una doctrina política. Tres días después de la captura, Taylor mostró a Goron una misiva remitida desde la prisión de Mazas al juez de instrucción Atthalin. Fechada el 21 de octubre de 1886, confería al ataque un sentido muy distinto del conferido por la policía.
Duval impugnaba la mención de «tentativa de homicidio» consignada en su mandamiento de prisión y sostenía haber actuado en legítima defensa. No negaba haber herido a Rossignol: justificaba el acto en sus convicciones anarquistas, asegurando que el agente se había abalanzado sobre él «en nombre de la ley». La expresión es la de Duval, tal como la reproduce Goron. No convierte la refriega en una causa de justificación legal; únicamente evidencia cómo pretendía el reo que se entendiese su proceder.
La carta desconcertó a Goron. Había oído a sus compañeros calificar la anarquía de simple pose moderna entre malhechores y reducir a Duval a la condición de ladrón y asesino. Él no compartía del todo semejante parecer. Creía percibir, bajo aquellas fórmulas provocadoras, el eco de ideas revolucionarias que ya había escuchado a antiguos camaradas. Su testimonio es retrospectivo: consigna lo que pensó entonces, al tiempo que concede al lance una trascendencia que vincularía, a posteriori, con las violencias anarquistas de los años sucesivos.
Goron hizo comparecer a Duval en su despacho antes de que prestara declaración ante el juez. Lo retrata como a un hombre de treinta y seis años, consumido, de mirada extraviada, que aseguraba que la policía le había hecho perder sus empleos al indagar sobre su filiación a la Panthère des Batignolles. Esta imputación forma parte del testimonio de Duval transmitido por Goron; el capítulo no la acredita mediante autos independientes.
El diálogo registrado contrapone dos nociones del robo. Para Duval, la propiedad de los acaudalados constituía el fruto de un despojo que legitimaba una «restitución» en beneficio del pueblo. Afirmaba haber querido entregar el dinero a sus compañeros para preparar la revolución. Goron lo ataja para devolverlo a los hechos materiales: se había introducido de noche en una vivienda habitada. El recluso replica invocando el nombre de Turquais, un anarquista con el que habría concertado el allanamiento.
Según esta versión, Turquais se habría encaramado a una farola de gas, penetrado en el hotel y franqueado una ventana de la planta baja. Ambos habrían quebrado los muebles, topándose con escaso numerario y con el joyero. El bidón de petróleo habría sugerido a Turquais la idea de prender fuego; Duval sostenía haberse opuesto para no malograr la fuga. Se trata de una confesión referida por Goron, recibida al margen del proceso e inserta en un libro publicado en 1897. El texto no permite verificar la existencia real de Turquais, cuya identidad quedó, precisamente, en la penumbra.
El 12 de enero de 1887, Goron asistió a la vista ante el tribunal de lo criminal del Sena, presidido por Onfroy de Bréville. La Gazette des tribunaux del día siguiente confirma el núcleo del debate judicial: interrogado sobre la sustracción y el fuego, Duval reivindicó el delito como un acto político. El diario recoge asimismo la declaración testifical de Rossignol. Este relató que, el 17 de octubre, requirió a Duval que lo acompañara porque el jefe de la Sûreté deseaba interrogarlo; Duval se arrojó sobre él asestándole repetidos golpes. Rossignol añadió que no creía que el ademán dirigido a su rostro persiguiera herirle de gravedad. Este matiz del agredido contrasta con la crudeza del relato de Goron, sin atenuar por ello la realidad de las cuchilladas.
La vista fue borrascosa. Duval contestaba a las preguntas con arengas sobre la explotación y la revolución social; el presidente le reconvenía por apartarse de los hechos juzgados. Durante la segunda sesión, cuando el reo intentó dar lectura a un alegato por escrito y el presidente se lo denegó, se desataron clamores entre el público. Miembros de la Guardia de París irrumpieron con la bayoneta calada para restablecer el orden. Tal alboroto lo refiere Goron y aparece descrito con igual dramatismo en la prensa del 13 de enero.
El fallo no dejó margen para el equívoco. La Gazette informa de que Didier y Houchard resultaron absueltos. El jurado declaró a Duval culpable de las cuestiones formuladas, a excepción de la intención deliberada de causar la muerte; el veredicto descartó asimismo toda circunstancia atenuante. El tribunal lo condenó a la pena capital. Así, la causa judicial no dio por probada la complicidad de los dos receptadores de las joyas ni afirmó que Duval hubiera intentado matar a Rossignol. Lo sentenció, no obstante, con todo el rigor de la ley por los delitos que el jurado declaró probados.
Goron añade que Duval no fue ajusticiado. Atribuye al presidente Grévy y a la comisión de indultos la resolución de no llevar al cadalso a un hombre cuya víctima había sobrevivido. La Gazette del 13 de enero concluye con la lectura de la sentencia y nada consigna sobre la posterior conmutación; semejante extremo debe quedar circunscrito a la memoria retrospectiva de Goron, en tanto no se aporte un documento público fehaciente. Esta cautela no menoscaba la autenticidad del veredicto: sencillamente deslinda lo probado por la prensa judicial de lo aseverado por el memorialista sobre el destino ulterior del reo.
En la memoria de Goron, Duval personificó menos un complot organizado que el choque frontal de una doctrina con la justicia punitiva en el banquillo de los acusados. Acaso exagerara, al escribir en 1897, el carácter fundacional de aquel juicio; la crónica de los hechos no depende de tal pretensión. Las actas permiten reconstruir un robo nocturno, unas joyas delatadas por una circular, un arresto sangriento y un jurado que absuelve a dos encausados mientras condena a muerte al autor material. Entre el manifiesto político que Duval creyó proclamar y las cuestiones fácticas que los jurados hubieron de dirimir, cada parte parecía juzgar un crimen diferente. Mas Rossignol, cosido a ocho heridas y con vida, permanecía en el centro exacto de ambos relatos.
