Richard Partridge mostró un billete de cincuenta libras a los hombres que habían acudido a venderle un cadáver. Era preciso, les explicó, cambiarlo antes de poder pagarles. Bishop propuso tomar el dinero que el médico llevara encima y regresar el lunes por el resto. Partridge se negó. En aquel sábado 5 de noviembre de 1831, en el King’s College, su único propósito era retenerlos: ya había avisado a la policía. Pocos minutos después, el profesor de anatomía regresó acompañado de un inspector y varios agentes. La transacción no se llevaría a cabo.
Todo había comenzado poco antes del mediodía, cuando John Bishop y James May llamaron a la puerta de la sala de disección. William Hill, el portero, los conocía bien: ya habían suministrado cuerpos al colegio con anterioridad. Pedían doce guineas por el de un muchacho de unos catorce años. Se entabló un regateo. Partridge no estaba dispuesto a pasar de nueve guineas; May se negaba a bajar de diez. Bishop apartó entonces a Hill y aceptó el precio ofrecido. Los hombres regresaron por la tarde junto a Thomas Williams y James Shields, quien cargaba con un cesto. En su interior había un saco. May le dio la vuelta y dejó caer el cadáver sobre el suelo.
Hill advirtió su frescura y preguntó de qué había muerto el muchacho. May replicó que aquello no era asunto suyo. El portero llamó a Partridge. Los miembros estaban rígidos, los ojos inyectados en sangre; en la frente se apreciaba una marca. El cuerpo no parecía haber sido sepultado jamás. Bishop atribuyó el corte a la caída provocada por May. La explicación no bastó al médico, quien se ausentó con el pretexto de cambiar el dinero para alertar a la policía. El billete de cincuenta libras le permitió ganar el tiempo necesario. Los cuatro hombres fueron detenidos y conducidos a comisaría junto con el cadáver, el cesto y el saco.
El cirujano Richard Partridge halló sangre extravasada bajo el cuero cabelludo y, en los músculos del cuello y junto al canal de la médula espinal, signos evidentes de violencia interna. Consideró que tales lesiones eran suficientes para causar la muerte y plenamente compatibles con un golpe asestado en la nuca. El examen externo no había revelado ninguna herida que, por sí sola, hubiese bastado para segar la vida. Otros facultativos respaldaron sus conclusiones. Los dientes habían sido extraídos poco después del deceso, y más adelante se descubrió un punzón manchado de sangre en el domicilio de Bishop. Estas observaciones se presentaron durante la instrucción como indicios irrefutables de una muerte violenta. El muchacho ya no era un mero «sujeto» anónimo destinado a la disección: la policía debía averiguar de dónde procedía aquel cuerpo.
En el primer interrogatorio, los tres hombres ofrecieron versiones contradictorias. May declaró haber acompañado a Bishop para vender el cadáver; Bishop afirmó haberlo transportado desde el Guy’s Hospital; Williams sostuvo que solo se había sumado por simple curiosidad. Según una frase recogida por el superintendente Thomas, Bishop se habría descrito a sí mismo como un ladrón de cadáveres. Los agentes aún no disponían de un nombre para el difunto. Un italiano llamado Perrigalli creyó reconocer a Carlo Ferrari, un muchacho que exhibía ratones blancos por las calles. No obstante, la acusación podía esgrimir un segundo cargo: el asesinato de un varón de identidad desconocida.
La primera pesquisa del juez de instrucción no señaló a ningún culpable directo. El jurado concluyó que se trataba de un asesinato con premeditación cometido por una o varias personas desconocidas, si bien manifestó su convicción de que Bishop, Williams y May habían participado en los hechos. La policía prosiguió entonces sus pesquisas. Diversos testigos situaron al muchacho, tocado con un gorro pardo y con sus ratones blancos, en las inmediaciones de Nova Scotia Gardens. Otros siguieron el itinerario del cuerpo, trasladado desde la vivienda hasta el Guy’s Hospital y ofrecido después en distintos centros médicos. El trayecto del cesto se reconstruyó como quien traza las etapas de una ruta clandestina.
En el jardín de Bishop, los agentes desenterraron prendas masculinas que se asociaron con las del muchacho visto con los ratones. Sin embargo, un segundo hallazgo confirió a la causa una gravedad insospechada. En las letrinas de la vivienda que antaño había ocupado Williams se encontraron ropas de mujer ensangrentadas. Una allegada, la señora Lowe, las reconoció como pertenecientes a su hermana Frances Pigburn, desaparecida en octubre; una sobrina y una amiga confirmaron varias pertenencias, entre ellas un chal y una faltriquera de hechura singular. De un pozo, la policía extrajo asimismo un chal que la señora Lowe aseguró que era de su hermana. El magistrado consideró concluyente la identificación. Ello no significaba, con todo, que el cuerpo de Pigburn hubiese aparecido ni que tribunal alguno juzgase en ese momento aquella segunda muerte.
En el juicio de diciembre, el ministerio público expuso el caso del muchacho. El acta de acusación constaba de dos cargos: uno señalaba a Carlo Ferrari y el otro a un muchacho sin nombre. Los testigos reconstruyeron los desplazamientos de los procesados, las ofertas de venta en varios hospitales, las ropas sepultadas y los informes periciales. Se llamó a los tres reos a declarar; sus relatos volvieron a discrepar. El juez recordó a los miembros del jurado que el auto permitía emitir tanto un veredicto referido a un muchacho anónimo como un veredicto ligado a Ferrari; por consiguiente, la identidad civil del difunto no era la única cuestión que debían dirimir. Les instó a examinar primero si el cuerpo era fruto de una muerte natural y, a continuación, a determinar qué papel había desempeñado cada prisionero. Por lo que atañía a May, en particular, la prueba de su presencia durante el traslado y la venta no resolvía de forma automática la cuestión de su complicidad en el homicidio. Dicha distinción quedó fijada con claridad antes de la deliberación. El veredicto estableció la culpabilidad de los acusados en el asesinato encausado, pero no transformó las sospechas relativas a Pigburn o a otros desaparecidos en condenas judiciales.
El jurado declaró a Bishop, Williams y May culpables de asesinato. Los tres recibieron la pena capital, pero el rey concedió a May un indulto que fue conmutado ulteriormente por la deportación perpetua. Bishop y Williams, por su parte, fueron ejecutados el 5 de diciembre.
Antes de morir, ambos reos firmaron sendas confesiones en las que se atribuían la muerte del muchacho, la de Frances Pigburn y la de otro niño llamado Cunningham. Asignaban a May un papel secundario, extremo que este siempre negó. Estas declaraciones, recopiladas y publicadas por la crónica, no constituyen sentencias adicionales. El propio Pelham advierte de que los reos pudieron ocultar hechos relevantes, contradice varios puntos de sus relatos y subraya que en un principio se negaron a admitir la identidad del muchacho. El rumor popular llegó a imputarles más de sesenta víctimas; el cronista consideró incierta semejante cifra. Conviene, pues, deslindar la condena formal dictada por la muerte del muchacho, la identificación de Pigburn efectuada por sus familiares y los crímenes que los reos pretendieron confesar.
Bishop y Williams murieron ante una multitud ingente. Sus cuerpos fueron a su vez disecados y sus esqueletos quedaron expuestos en las facultades de medicina. En el origen de su detención, un portero había preguntado de qué había muerto el muchacho que pretendían venderle. La respuesta había sido que no tenía por qué saberlo. La investigación impuso esa misma pregunta a los vendedores y suscitó de inmediato otra: ¿qué nombre correspondía devolver a aquel muerto? El proceso permitió condenar a sus verdugos sin despejar jamás del todo esa última incertidumbre.
