Hacia las tres y media de la tarde, tras haber esperado a que la casa quedara vacía, Saintot vio por fin marcharse a la viuda Couturier. Descendió del desván donde permanecía oculto desde la mañana, entró en el dormitorio y forzó un mueble, y luego su cajón interior. El dinero no era seguro: tan solo lo sospechaba. El allanamiento fue breve; el regreso de la mujer transformó el robo en forcejeo, y el pomo de un bastón de estoque golpeó la cabeza de una anciana de noventa y tres años. La crónica de la Gazette des Tribunaux, publicada tras la vista del 9 de junio de 1874, se abre así con una espera de varias horas y una violencia que, según el acusado, no tuvo por fin matar.
El artículo no proporciona ningún nombre de pila para Saintot. Lo presenta como un joven peón de carretero de veintiún años, nacido en Maintenon y empleado por Fourbet, carretero en Dreux. La audiencia provincial de Eure y Loir lo juzga en solitario en esta causa, bajo el subtítulo «Tentativa de homicidio. — Robo». La Gazette insiste en su corta edad y describe su apostura en el banquillo: cabeza baja, continente indiferente, semblante impasible durante los debates. Son las impresiones del periodista, no pruebas de su carácter. Los hechos que siguen provienen de la lectura del auto de acusación, y después de las respuestas de Saintot y de los testimonios reseñados.
El 14 de febrero había abandonado su trabajo. Decía que lo reclamaban en Hanches para ser padrino; el auto de acusación, tal como lo resume el periódico, refiere que deseaba más bien pasar los días de Carnaval junto a los esposos Carnis, a quienes llamaba sus «abuelos». Partió hacia Maintenon con quince francos de su propiedad y un bastón de estoque sustraído al hijo de su patrón. Según el auto, gastó este dinero en juergas los días 15, 16 y 17 de febrero. Cuando no le quedó nada, concibió el robo para saldar algunas deudas, motivo que expondrá al presidente del tribunal. La Gazette añade al relato una semblanza de conducta: trabajo irregular, embriagueces ocasionales, afición a las armas. Saintot viajaba, dice la crónica, con una pistola cargada, alegando temer un asalto y sin atribuirle mala intención alguna. Dicha mención pertenece a la semblanza trazada por el cronista; no demuestra que la pistola fuese empleada en los hechos. Hace no obstante más visible el contraste entre el objeto robado a Fourbet, el bastón de estoque, y las armas de las que el diario aseguraba que se rodeaba.
En la noche del 17 al 18 concibió el robo. La mujer Couturier era una vieja conocida a la que no visitaba desde hacía tiempo; ignoraba si poseía realmente dinero, pero lo suponía. Se introdujo hacia las ocho de la mañana en un pajar anejo a la vivienda y allí aguardó, observando las idas y venidas. El hijo salió hacia las tres; su madre, media hora más tarde. El texto nos hace partícipes de esta paciencia, no mediante un monólogo interior, sino a través del auto de acusación leído en la vista y recogido en la declaración del acusado. El tiempo transcurrido en el acecho se convierte en el hecho en torno al cual la defensa impugnará la premeditación del homicidio.
Saintot descendió entonces, penetró en la casa, forzó el armario y un cajón interior con la punta de su bastón. Colocó el cajón sobre la cama y comenzaba a contar las monedas de plata cuando fue sorprendido. Según su versión, había forzado el armario y el cajón en menos de cinco minutos. La mujer regresó en el instante en que él se guardaba el dinero en los bolsillos, según la crónica. Ella gritó pidiendo socorro por el robo, le dijo que no saldría antes de que ella hubiese comprobado si le habían robado, y le cerró el paso. El acusado admitió haberla golpeado dos veces con el pomo del bastón, para luego agarrarla del cuello y derribarla. Tras la caída, declaró, devolvió el cajón a su sitio y huyó; sostuvo que ella aún respiraba en el momento en que se marchó. La violencia le había hendido el cuero cabelludo en una considerable extensión; la crónica menciona asimismo marcas de uñas y profundas equimosis en el cuello. El periódico aventura que la dureza de los huesos y cartílagos, propia de las personas ancianas, habría contribuido a salvar a la víctima. Es la explicación impresa por la Gazette, no un dictamen facultativo que podamos asumir como propio. No cifra la suma que Saintot habría tomado, no dice si fue recuperada y no describe el destino material del dinero tras su marcha. El titular asocia, empero, «tentativa de homicidio» y «robo»: el artículo evidencia el allanamiento y la lucha, sin facilitar al lector el importe que se habría sustraído. Saintot afirmó que jamás quiso matar a la mujer. El relato no transforma esta respuesta en certeza sobre su intención: queda como su versión ante el presidente.
La viuda Couturier compareció en la vista acompañada de su hijo, quien le repetía las preguntas al oído. El diario destaca su conmoción, pero sobre todo el modo en que responde cuando el presidente le inquiere si reconoce al acusado: «¡No pido verlo!». Relató que lo había sorprendido en su armario, que lo había tildado de bribón y que había querido constatar el robo. En el suelo, golpeada y derribada, encomendó su alma a Dios; afirmó haber conservado el conocimiento suficiente para verlo registrar todavía. Puesta en presencia de Saintot, lo reconoció, según la crónica; no se ha consultado ninguna otra pieza judicial al margen de este artículo.
El doctor Lamy, médico en Maintenon, compareció a continuación para dar cuenta de las heridas que había constatado en la cabeza de la víctima. Tras un receso, el fiscal Despatys sostuvo la acusación y solicitó respuestas afirmativas a todas las cuestiones; dejó al arbitrio de los jurados la apreciación de las circunstancias atenuantes. El letrado Petit-Mangin recordó la edad de su defendido y sostuvo, según la crónica, que comparecía por primera vez ante la justicia; rebatió asimismo la premeditación del homicidio: Saintot habría aguardado la marcha de los moradores para entrar. La defensa no negaba, pues, la gravedad del ataque, pero procuraba deslindar el propósito de robar del de matar.
El presidente resumió los debates. La Gazette da cuenta a continuación de veinte años de trabajos forzados y diez de sujeción a la vigilancia, sin publicar las preguntas ni las respuestas detalladas del jurado. No precisa la cuantía del botín ni lo que fue de él; los quince francos ya se habían consumido antes del robo. El periódico relata también que, tras el careo, la viuda reconoció a Saintot y le espetó: «¡Ah, eres tú, desdichado! ¡Bien creíste que me habías matado!».
