En la mañana del 10 de julio de 1844, las puertas del tribunal de lo criminal de Auch cedieron ante una muchedumbre que las asediaba desde el alba. La crónica de Le Censeur describe bancos desbordados, los asientos reservados a las damas vueltos insuficientes y testigos a los que fue preciso recluir en otra sala. En el banquillo de los acusados tomaron asiento Euphémie Vergès, viuda de Lacoste, y Joseph-Odilon Meilhan, anciano maestro de escuela de Riguepeu. La multitud no acudía únicamente atraída por un asunto de arsénico: desde hacía meses, un rumor aldeano aseguraba que la joven viuda había heredado la fortuna de su esposo tras causarle la muerte, con la complicidad de su antiguo amigo.
Henri Lacoste había desposado a su sobrina nieta en 1841. Poseía cuantiosos bienes en el Gers; la prensa sugería que ascendían a unos setecientos mil francos, suma consignada a título de estimación y no como tasación pericial del patrimonio. Según la relación del acta de acusación reproducida por Le Censeur, un testamento había instituido a la joven como heredera de sus posesiones. Henri frisaba los setenta años, mientras que Euphémie era notablemente más joven. Aquella disparidad de edad, la riqueza, las disputas que algunos testigos aseguraban haber oído y el posterior matrimonio eclesiástico de la pareja no tardarían en urdir una trama seductora para gacetilleros y novelistas. Con todo, una historia verosímil dista de constituir una prueba.
La crisis sobrevino, siempre a tenor de la acusación vertida en el juicio, tras la feria de Riguepeu, en mayo de 1843. Al parecer, Henri regresó indispuesto y se vio acometido poco después por agudos dolores y vómitos. Los testigos ni siquiera coincidían en la hora en que principió el mal, ni en el número de noches de vómitos, ni en el estado de salud del enfermo antes del episodio. La digitalización por OCR de Le Censeur arroja a veces fechas imposibles o deformadas; nos atenemos al mes de mayo de 1843, coherente con el curso general del proceso, y orillamos las erratas numéricas. La acusación sostenía que Meilhan había dado de beber a Henri durante la feria. Diversos declarantes refirieron palabras que le atribuían, pero su recuerdo, meses después, mal podía acreditar por sí solo qué contenía aquel vaso.
Henri falleció tras varios días de enfermedad. Una primera versión pública atribuyó el deceso a causas naturales; más tarde, el rumor del envenenamiento cundió por los municipios comarcanos. El ministerio público sostuvo que Euphémie tenía interés en la muerte de su esposo al ser la beneficiaria de su herencia, y que Meilhan la había secundado. La idea de un reparto entre ambos se vio alimentada por su trato y por ciertas transacciones de dinero. Sin embargo, la prensa informaba asimismo de desavenencias entre Henri y su entorno, de una salud quebrantada, hernias y empeines, así como de su propensión a automedicarse. El presunto móvil, por lo tanto, no zanjaba ni la causa del fallecimiento ni la intervención de una mano criminal.
La orden de reabrir la fosa convirtió la murmuración en proceso judicial. Le Censeur refiere que la autoridad decretó la exhumación en 1843; la fecha precisa resulta ilegible en la transcripción consultada y preferimos no fijarla. Farmacéuticos y facultativos recogieron vísceras, tierras y restos adheridos al sudario; las muestras fueron embaladas y precintadas. Los análisis practicados en Auch arrojaron al principio un resultado incierto y, más tarde, vestigios de arsénico. Peritos parisinos de renombre, entre ellos Pelouze, Devergie y Flandin, confirmaron haberlo hallado en el hígado, los intestinos y los músculos. La tierra analizada no ofreció traza alguna. El mineral se hallaba, en efecto, en ciertas partes del cuerpo; restaba por dilucidar cómo y cuándo había penetrado en él.
Ante los miembros del jurado, la propia ciencia distó de hablar con una sola voz. Devergie sostuvo que el arsénico había sido ingerido en vida de Henri y atribuyó la muerte al veneno, descartando los indicios de una hernia estrangulada. Flandin compartió el criterio de que el arsénico había ocasionado el óbito. Otras intervenciones abogaron por una mayor prudencia: el doctor Campardon estimó que cabía sospechar una intoxicación letal sin que fuera dable aseverar su carácter homicida. El doctor Molas sugirió una posible concurrencia de causas, en tanto los peritos debatían sobre la cantidad del tóxico y las conclusiones que de ella podían extraerse. Las reseñas de prensa no reemplazan a los informes periciales completos; no obstante, reflejan la distinción capital del proceso: constatar la presencia de una sustancia, explicar el fallecimiento y demostrar un homicidio doloso eran tres operaciones enteramente distintas.
La defensa basó su alegato en los cuidados que Henri se procuraba desde antiguo. Se dijo que recurría a fricciones para combatir sus afecciones cutáneas y tomaba remedios secretos; se evocó la disolución de Fowler, conocida preparación arsenical empleada en medicina, sin llegar a determinarse si la había consumido en sus postreros días. Euphémie declaró que su esposo ingería una pócima blanquecina y mezclaba él mismo sus brebajes, afirmando ignorar si estos contenían arsénico. Los galenos debatieron sobre el cuadro que cabía aguardar de una dosis letal, los síntomas referidos, la absorción orgánica y el efecto de las unciones. Nada en las crónicas permite dar por sentado que la automedicación explique el arsénico descubierto; no obstante, la hipótesis fue expuesta al jurado, y valorarla exigía deslindar la conjetura científica de la demostración concluyente.
Las declaraciones sobre la vida conyugal apuntaban, de igual modo, en sentidos encontrados. Ciertos vecinos aseguraron que Henri se confesaba desdichado y amenazaba a menudo con revocar su testamento; otros afirmaron que los esposos vivían en buena armonía. Un testigo aseguró que el difunto le había confiado su temor de que Euphémie pudiera envenenarlo, aunque admitió después que tan graves palabras correspondían a una conversación anterior a la muerte. Otro refirió que el finado le había dicho en la feria que Meilhan le había instado a beber y que se sentía indispuesto. Aquella narración encajaba con la tesis acusatoria, mas no dejaba de ser la evocación tardía de manifestaciones atribuidas al muerto. Por el contrario, los peritos médicos discrepaban sobre el alcance de los signos clínicos, y los testigos presenciales de la agonía no coincidían al describir su evolución.
El expediente económico confirió mayor consistencia a la acusación, sin tornarla indiscutible. Meilhan reconoció haber recibido 1.772 francos de Euphémie, mas alegó que dicha suma reintegraba un dinero que él le había adelantado con anterioridad. Se discutió asimismo la existencia de un compromiso de pensión vitalicia de cuatrocientos francos; Meilhan lo negó y Euphémie afirmó no haberlo suscrito jamás. La parte acusadora apreciaba en ello una recompensa y un vínculo interesado. Los letrados defensores replicaron que aquellas transacciones gozaban de justificación legítima y que viejas inquinas personales empañaban varias deposiciones. El flujo monetario era un hecho tangible; su vinculación con un crimen no se desprendía de manera irrebatible.
A lo largo de las sesiones, las cuestiones relativas al honor y a la religión se entrelazaron con los debates toxicológicos. Se aireó el matrimonio contraído en una estancia privada, mediando dispensa del obispo según una epístola leída en estrados, y no en el templo parroquial. Refiere la crónica que este pormenor atizaba los corrillos en la sala, al punto de que no pocos asistentes juzgaban a la rea atendiendo únicamente a semejante circunstancia. El presidente recordó al jurado que los argumentos debían ser sopesados por su propio mérito, provinieran de donde proviniesen. La estampa retrata tanto al tribunal como a la prensa de la época: a los jurados se les conminaba al examen riguroso de las pruebas, mientras el público buscaba en la conducta íntima una respuesta más sencilla.
Hacia las postrimerías de los debates, ambos encausados declinaron añadir nada a su defensa. El fiscal había solicitado un veredicto de culpabilidad; los letrados impugnaron los cargos por separado. La crónica de la Gazette des Tribunaux, fechada el 17 de julio y encabezada «Audiencia del 14 de julio», refiere que el magistrado presidente compendió los alegatos de ambas partes, manifestando que se limitaba a exponerlos sin juicio propio. A las doce y media, el jurado se retiró a deliberar. De acuerdo con este periódico, respondió «No» a todas las cuestiones formuladas; acto seguido, el presidente dictó el auto de absolución. Le Censeur, en su tirada del 17-18 de julio, da cuenta de una vista rotulada «Audiencia del 15 de julio» y añade que un despacho telegráfico anunciaba la absolución de la viuda Lacoste y de Meilhan. Los periódicos divergen, pues, respecto a la fecha exacta de esta sesión final; el veredicto, en cambio, se halla unánimemente atestiguado en ambas publicaciones.
A la salida, la prensa describe salvas de aplausos, corrillos de discusión en la plaza y la partida de Euphémie en carruaje hacia Riguepeu en compañía de su defensor. Semejantes cuadros pertenecen a la crónica de los corresponsales. El veredicto es más escueto: el jurado desestimó cada una de las respuestas afirmativas precisas para dictar una condena. Decretó la absolución de ambos procesados, sin que ello baste para revelar de qué origen procedía el arsénico ni qué aconteció en verdad durante los últimos días de Henri Lacoste. Se halló un veneno; los médicos interpretaron sus efectos; el vecindario repitió palabras sueltas; la acusación delineó un móvil. Mas entre la realidad del indicio material y la certeza de la responsabilidad penal mediaba un abismo que el proceso no logró franquear.
