La criada tragó la primera píldora. Quería tranquilizar al enfermo: si se negaba a tomar el remedio que le ofrecía su esposa, acaso accedería tras verla hacer lo propio. William Dazley tragó las otras dos. La muchacha cayó enferma a su vez, de tanta gravedad que se vio obligada a dejar el servicio. Su ama le reprochó haber tomado lo que no estaba destinado a ella.
Aquel gesto, recogido por la prensa de marzo de 1843 entre las declaraciones prestadas en Wrestlingworth, confiere al caso una entrada mucho más sobrecogedora que los retratos de viuda monstruosa de los que se le ha rodeado desde entonces. La criada no había sorprendido un secreto a través de un tabique. Había querido ayudar. Su confianza había servido para vencer la última resistencia de aquel a quien creía socorrer; cuando relató la escena, William llevaba ya varios meses muerto.
Los cuidados de la casa
Sarah Dazley vivía con su segundo marido en aquella aldea de Bedfordshire, donde las enfermedades contaban con sus testigos habituales: los parientes, los criados, los vecinos llamados a la cabecera, el médico que entraba y salía. Nada de todo ello garantizaba que los cuidados fueran inocentes. En una alcoba donde varias personas traían alguna cosa, se podía ver cada ademán sin comprender lo que producía su sucesión.
Otro testigo declaró haber visto a Sarah sustituir las píldoras enviadas por el boticario por las que ella llevaba consigo. El doctor Sandhill, que había asistido a William, no lo había considerado en estado desesperado. Le sorprendió saber de su muerte y quiso examinar el cadáver. Sarah se opuso; la madre del difunto, también. Resultaría cómodo retener únicamente la primera oposición para conferirle, en retrospectiva, la nitidez de una confesión. La de la segunda mujer recuerda que una misma negativa podía aunar a personas a las que no se les atribuía el mismo propósito.
William fue sepultado en el otoño de 1842. La fosa parecía destinada a encerrar con él las incertidumbres de su padecimiento. Quedaban palabras de disputa, recuerdos de medicamentos, la singular indisposición de la criada; tales elementos no componían aún, para las autoridades, el relato ordenado que más tarde presentaría la acusación. Un muerto deja tras de sí recuerdos dispersos. A veces hace falta un suceso enteramente ajeno a su última hora para obligar a los vivos a relacionarlos.
En este caso, fue un matrimonio.
Las amonestaciones interrumpidas
Sarah debía casarse con un hombre llamado Waldock. Las amonestaciones se habían proclamado ya dos veces cuando alguien previno al futuro marido de las muertes ocurridas en torno a su prometida. El relato remitido al Lord Mayor de Londres, en marzo, refiere que aquel acudió al pastor. Las versiones impresas discrepan en sus pormenores, mas coinciden en un punto: el proyecto de un tercer enlace despertó las sospechas y la ceremonia no se celebró.
Se acusaba ya más de lo que se sabía. Un primer marido y un niño habían fallecido antes que William; el rumor los congregaba bajo una única explicación. Waldock no precisaba instruir un sumario para renunciar a sus nupcias. La justicia, en cambio, debía buscar algo más que la advertencia de un vecino. Las autoridades resolvieron hacer exhumar al segundo marido y examinar sus restos.
Sarah abandonó Wrestlingworth. El inspector Blunden la siguió hasta Londres y allí dio con ella. En aquella persecución, el cambio de escenario no desvanecía el pueblo: las preguntas, los nombres, los muertos la habían acompañado hasta la capital. Compareció en Mansion House, donde debía organizarse su traslado para la investigación local. El hombre que la había detenido expuso las circunstancias de la boda malograda y de las pesquisas emprendidas.
Acababa de llegar una carta. Anunciaba el hallazgo de arsénico en los restos examinados de William. Aquel correo otorgaba de pronto un contenido material a la acusación. No determinaba, por sí solo, quién había administrado el veneno; pero impedía ya tratar la muerte como una mera dolencia cuyo desenlace el médico hubiese previsto mal.
Lo que los testigos habían visto
La instrucción reunía dos clases de pruebas que era preciso articular entre sí. Por un lado, el examen del cuerpo señalaba la sustancia mortífera. Por el otro, los testigos relataban la vida cotidiana en la casa, los medicamentos trocados, la criada que enfermó tras querer dar ejemplo. El primer conjunto respondía a la causa de la muerte; el segundo debía permitir atribuirla a una persona y a una voluntad.
El jurado del coroner concluyó que Sarah había administrado a sabiendas el arsénico a su esposo. Fue remitida ante la justicia penal. Los fallecimientos anteriores también fueron objeto de indagación, pero lo que iba a juzgarse no se confundía con toda la historia que los periódicos empezaban a propagar. Una supuesta serie hería más vivamente la imaginación que un crimen aislado; con todo, semejante fuerza narrativa no añadía condena alguna a la que un tribunal podía dictar en rigor.
En las sesiones de la corte de Bedford, en julio de 1843, los debates ocuparon una sola jornada. Presidía el barón Alderson. Se refirió una violenta reyerta entre los cónyuges, anterior a la enfermedad, y las amenazas que Sarah habría proferido entonces. Convenía ponderar aquellas palabras junto con lo demás: unos términos hostiles no son veneno, pero la acusación buscaba en ellos la intención que los análisis periciales eran incapaces de revelar.
La defensa no dejó esta construcción sin respuesta. O’Malley denunció las incoherencias del sumario con un vigor que destaca la reseña del English Chronicle. No nos compete inventarle una demostración más cabal que la preservada en los extractos consultados. Basta mantener su presencia en el relato: los hechos fueron debatidos, los testimonios puestos en duda, y el veredicto no constituyó una mera formalidad cumplida ante una acusada de antemano condenada por los legajos.
El jurado declaró a Sarah culpable del asesinato de William. Alderson pronunció la pena de muerte. La acusación relativa al niño no se examinó en este juicio, precisa la crónica de la época; no cabe, por tanto, multiplicar las condenas para alcanzar la celebridad siniestra que ya corría por delante de ella.
La última congregación
El 5 de agosto de 1843, Sarah Dazley fue ahorcada en Bedford, ante la prisión. El periódico refiere que hubo que sostenerla para conducirla al cadalso. Una multitud considerable presenciaba la ejecución. Se habló de una confesión; los despachos de prensa que la anuncian no nos proporcionan aquí un texto que permita calibrar con exactitud su tenor. Dejaremos, pues, a esa última palabra la distancia que la separa de nosotros.
El cadáver fue inhumado en el recinto de la cárcel. El proceso había comenzado en una vivienda, atravesado los caminos hasta Londres y congregado después a los curiosos ante una horca; concluía tras un muro. Quienes habían acudido a mirar se marcharon con una historia de la que por fin conocían el último acto.
Permanece, no obstante, en el principio, la joven sirvienta. Las crónicas consultadas no permiten seguir su vida tras su partida. Conservan únicamente lo que hizo para persuadir a William de que tomara su medicina. En aquel menudo ademán de bondad se había agazapado la trampa: había ofrecido su propio cuerpo como fianza de un remedio cuya índole ignoraba. Gracias a ella se había obtenido la confianza; gracias a su testimonio, esa misma confianza pudo contarse luego como una prueba.
