En Shell-haven Creek, los pescadores acostumbraban a calar sus redes en un tramo del río que atravesaba las tierras del capitán William Moir. El propietario, que toleraba mal semejantes tránsitos, velaba celosamente por los límites de su finca. El 24 de marzo de 1830, Malcolm, un pescador de Hammersmith, se hizo al río con su aprendiz y otro pescador llamado Duke. Al llegar a la ensenada, arrojaron sus aparejos. Poco después compareció Moir acompañado de su sirviente Raven, cuchillo en mano, y les ordenó retirarlos.
Moir había nacido en Escocia en 1794. A los diecinueve años ingresó en el ejército británico y sirvió durante diecisiete años en tres regimientos distintos, en Francia, España y América. De regreso a Inglaterra, se estableció cerca de Londres junto a su familia; no obstante, hastiado de una existencia que juzgaba ociosa, decidió entregarse a la agricultura. En el otoño de 1829 tomó posesión de Shell-haven Farm, cerca de Stanford-le-Hope, una finca de unos cuatrocientos acres. Pelham describe este giro vital como el de un hombre de cuna distinguida devenido hacendado rural; por esa misma heredad cruzaban los pescadores atraídos por la pesca de la corriente.
En 1816, durante su estancia en América, había desposado a una joven; tras su regreso, ambos se instalaron en los arrabales de Londres. Cuando la familia recaló en Shell-haven, los tres vástagos contaban con doce, diez y siete años, según apunta Pelham. En el momento de la ejecución, el capitán tenía treinta y seis años y su esposa veintiocho. La crónica consigna estas edades al término de una reseña que se había demorado previamente en su rango social y sus vínculos; tales datos cobran otro cariz cuando su mujer acude a visitarlo en prisión y, consumada la sentencia, recibe su cadáver.
Malcolm protestó y se retiró a regañadientes. Cruzaba los pastos para dirigirse a la casa de un tal Baker cuando el capitán lo llamó de nuevo y le conminó a rodear la propiedad siguiendo el dique marítimo. El pescador profirió nuevos insultos y se quitó la casaca, como dispuesto a reñir; luego se alejó. El altercado no desembocó en el combate que el ademán parecía anunciar. Moir regresó a su casa; Malcolm y sus acompañantes se encaminaron hacia la choza de Baker.
La parada no duró más de hora y media. Los pescadores reanudaron la marcha hacia la ensenada, donde había quedado su embarcación, cruzando de nuevo los prados de Moir. Malcolm caminaba unos siete pasos por delante de los otros. Llevaba al hombro un bichero del que colgaba un cesto de patatas que le había proporcionado Davis. La crónica, que consigna estos pormenores con minuciosidad, no reproduce con claridad su réplica cuando el capitán y Raven salieron de nuevo al encuentro del grupo.
Llegaban a caballo, al galope. Moir recordó a los pescadores que ya les había vedado el paso por sus tierras. Malcolm respondió, pero los testigos no oyeron sus palabras con la nitidez suficiente para dar fe de ellas. En ese instante, el capitán extrajo su pistola e hizo fuego. Malcolm gritó que tenía el brazo destrozado y dejó caer el bichero. Moir amenazó a los otros dos hombres con correr idéntica suerte si no se retiraban de inmediato.
El herido fue trasladado a la choza de Davis. A instancias de Moir, el cirujano Dodd acudió a atenderlo; su estado era tan alarmante que parecía obligado un traslado. Pelham refiere que Malcolm desarrolló con posterioridad lo que denomina «lock-jaw» y expiró dos o tres días después del disparo. No aporta diagnóstico facultativo independiente alguno. El hombre, a quien la compilación apenas esboza en unos pocos trazos, era una figura conocida desde hacía años en esa costa; dejaba viuda y seis hijos huérfanos.
El mismo día del suceso, Moir conversó sobre su proceder con el cirujano. Lo justificó alegando que su tierra era su castillo y que obraría del mismo modo al día siguiente bajo idénticas circunstancias. Este intercambio verbal, recogido por Pelham, no convierte en testimonio judicial las palabras del reo, pero permite vislumbrar cómo explicaba el uso de su arma tras asestar la herida mortal.
La pesquisa del juez de instrucción concluyó que se trataba de un homicidio voluntario. Moir fue remitido a la cárcel de Chelmsford para comparecer en la siguiente sesión del tribunal de lo criminal. La vista tuvo lugar el viernes 30 de julio ante Lord Tenterden. Moir esgrimió la ausencia de malicia hacia Malcolm y explicó que guardaba de continuo pistolas cargadas en su morada por considerar que su vecindario estaba infestado de gentes peligrosas. Pelham relata que el jurado lo halló culpable de la acusación capital; la pena de muerte fue pronunciada según el formulario habitual.
Tras el fallo, sus allegados elevaron al gobierno una solicitud de clemencia, fundada en la eventualidad de que hubiese actuado bajo los efectos de la locura. La respuesta transmitida por Pelham estipuló que tal cuestión debió haberse dirimido durante el juicio, donde una prueba concluyente habría podido eximir su responsabilidad. El compilador añade que Moir se había negado a presentar atenuantes ante el jurado por temor a que derivasen en una cadena perpetua. Dicha apreciación pertenece al relato retrospectivo; la apelación no prosperó y la sentencia se mantuvo firme.
En la prisión, Moir asistió al oficio dominical y recibió luego la visita de su esposa, su madre, su hermana y algunos allegados, de quienes se despidió. El lunes por la mañana, hacia las siete, recibió el sacramento y se declaró resignado. Reiteró no haber albergado animosidad alguna contra Malcolm ni haber tenido la intención de arrebatarle la vida. A las nueve en punto se accionó el cadalso y murió. Su cuerpo fue entregado a los cirujanos para la disección preceptiva y, tras los trámites inherentes a la ejecución de la sentencia, restituido a su viuda para que recibiese sepultura.
La crónica hace constar que Moir contaba treinta y seis años al momento de su ejecución, el 2 de agosto de 1830, que superaba los seis pies de estatura y que se hallaba emparentado con varias familias distinguidas. El párrafo postrero regresa brevemente sobre Malcolm: tenía la misma edad que el capitán y frecuentaba aquellos parajes desde hacía varios años. El capítulo, publicado en 1891, sesenta y un años después de los acontecimientos, consagra al reo y a sus relaciones una extensión harto mayor que al pescador ultimado. No obstante, su propia narración preserva lo esencial de la escena: una primera expulsión, el regreso hacia la barca y, finalmente, un disparo descerrajado en el curso de un segundo tránsito.
