La noche del 24 de diciembre de 1861, Théophile Auphan salió de su hacienda de la Bastide-Neuve, en Gordes, linterna en mano. Un disparo de escopeta lo derribó en el patio. Fue trasladado a su lecho, donde expiró tras media hora de agonía, sin haber recibido a tiempo la asistencia del médico ni los auxilios del sacerdote a quienes habían ido a buscar. En el relato de la Gazette, esta muerte no constituye un golpe de efecto aislado: sobreviene al cabo de meses en que el enfermo se consumía lentamente, mientras quienes lo rodeaban conocían con exactitud los síntomas, los remedios y los encuentros clandestinos.
El periódico reproduce el auto de acusación y los debates del tribunal de lo penal de Vaucluse en Carpentras. Señala en el banquillo a Fortunée Béridot, viuda de Auphan, y a François Denante, hombre casado y padre de familia. Al abrirse la sesión del 1 de mayo, Denante compareció en primer lugar, custodiado por la gendarmería; Fortunée lo siguió de cerca, con el rostro oculto tras su manguito. El cronista describe los ademanes y las ropas a la vista de la concurrencia, si bien tales apariencias distan de constituir prueba. El sumario no tardará en trasladarse de aquella sala atestada a las cartas, las boticas y las declaraciones sometidas a la consideración del jurado.
A juicio de la acusación, Fortunée se había desposado con Auphan contra la voluntad de su familia; los cónyuges se habían establecido primero en Gordes y, más tarde, en la alquería de la Bastide-Neuve. La misma tesis fiscal presenta a Denante como un antiguo amigo de Auphan, afincado en la aldea vecina de Fontblanche. Sitúa el inicio de sus relaciones íntimas en el invierno precedente y da cuenta de diversos encuentros durante ferias, mercados y visitas a la hacienda. Dos testigos, refiere el sumario, los habían visto juntos en un carruaje, y un tercero los había observado en las inmediaciones de la vivienda cambiándose una seña convenida. Esta crónica de la intimidad y de sus signos pertenece al acta leída durante la vista; no es una recreación forjada por el narrador.
Las cartas incautadas proporcionan a la acusación su elemento más contundente. La Gazette reproduce amplios pasajes de estas misivas atribuidas a Fortunée, en las cuales llama a Denante «mi buen marido» y le confía su anhelo de desposarlo. La ternura del tono no eclipsa las frases en que la correspondencia alude a la dolencia de Auphan, a las tentativas fallidas y al temor de ser descubiertos. El escrito de conclusiones sostiene que ambos amantes pretendían desembarazarse de sus respectivos cónyuges para contraer matrimonio. El periódico asevera que más de una veintena de billetes, trazados a lápiz, daban cuenta puntual de los planes y de sus ensayos. Conviene discernir estos escritos, reproducidos o extractados por la prensa, de la voz del cronista, que los apostilla con severo juicio.
Según la acusación, Denante se procuraba las sustancias mientras Fortunée se encargaba de administrárselas a su esposo mezcladas con la comida y la bebida. El fósforo habría sido suministrado primeramente en infusión; la Gazette refiere asimismo que un fragmento de pasta fosforada fue incorporado a una tortilla. En otra tentativa, se vertió en la sopa un producto presentado como un remedio específico para blanquear la dentadura. Auphan habría notado un crujido extraño y se negó a probarla; a decir de la crónica, la sopa le fue arrojada al perro. Sobrevino después el opio, disuelto en solución. Las cartas, tal como las reproduce la Gazette, atestiguan las tentativas y sus sucesivos fracasos. Con todo, la salud de Auphan no dejaba de quebrantarse: dolores atroces de vientre y de garganta, vómitos incesantes y postración. Los facultativos consultados no lograban, según la reseña, determinar el origen de semejante mal.
La hacienda era tanto un lugar de curas como de disimulo. Los médicos requerían examinar las deposiciones del doliente; el periódico da cuenta de que Fortunée se apresuraba a hacerlas desaparecer. Después de que Auphan vomitara, el doctor Peyron recomendó, al parecer, preservar la materia esparcida sobre el suelo. Conforme a su testimonio resumido por la prensa, Fortunée arrojó ceniza encima. La acusación sostenía que los remedios se preparaban y suministraban a espaldas del enfermo. Varios testigos afirmaron haber visto a la propia esposa de Denante presa de vómitos tras ingerir ciertas bebidas. Este último pormenor, consignado en las actas de prensa, evidencia hasta qué punto la causa descansaba en indicios dispersos y en la interpretación que de ellos pudieran hacer peritos y jurados.
Visto que los venenos no producían el desenlace apetecido, la acusación atribuyó a los amantes la determinación de recurrir a las armas. Denante compró una escopeta en Cavaillon y desbarató, según su propia declaración en la audiencia, cascabeles de mulas para fundir los proyectiles; Fortunée le habría suministrado la pólvora tomada de la polvorera de su marido. El plan trazado para el 24 de diciembre preveía que Denante aguardaría fuera de la cancela mientras Auphan se encaminaba a la cuadra. Llegada la noche, Denante hizo una señal; Fortunée bajó al patio, se aproximó a la reja y le preguntó si estaba listo, antes de animarlo a obrar. Tal es el esquema del pliego acusatorio que el diario recoge, y no una sucesión de ademanes presenciada por un testigo ocular único.
En su declaración indagatoria, Denante admitió haber aguardado junto a la finca y haber disparado contra Auphan en el instante en que este salía provisto de su linterna. La Gazette refiere que el reo confirmó lo esencial de las circunstancias materiales y reconoció las previas maquinaciones de envenenamiento. Rechazó, no obstante, todo móvil de interés pecuniario: declaró no adeudar nada a Auphan y no haber firmado pagaré alguno a su favor. Atribuyó su deslizamiento hacia el crimen al ascendiente que Fortunée ejercía sobre él. En la noche que siguió al asesinato, los gendarmes lo habían puesto bajo estrecha vigilancia. Según sus testimonios, el reo se creyó perdido en cuanto la coartada que aguardaba del postillón se vino abajo; intentó entonces autolesionarse y terminó por confesar la autoría del disparo fatal.
La vista confrontó seguidamente las piezas de convicción y los escritos. Varios peritos calígrafos cotejaron las misivas a lápiz; el agrimensor y el perito citados por la publicación las atribuyeron a la mano de Fortunée. La judicatura había ordenado requisar el arma y los residuos de sustancias en el domicilio de Denante. El doctor Appy procedió a la autopsia del cadáver al día siguiente del suceso. El farmacéutico Colignon, venido de Apt, analizó las vísceras en busca de rastros de veneno, mas nada halló. El periódico explica que el perito atribuyó dicha ausencia a las continuas emesis de la víctima y al lapso transcurrido. Un catedrático de medicina de Montpellier y un profesor de química de la Facultad de Ciencias ratificaron, de acuerdo con la crónica, el método y sus deducciones. La prueba forense no consistía, pues, en el hallazgo de un residuo intacto, sino en un razonamiento expuesto ante el tribunal.
Los agentes del orden público detallaron la conducta de los encausados tras el homicidio. Señalaron que Denante se mostró tranquilo en un primer momento, se escudó en su coartada y concluyó por inculparse. El gendarme Grandordi declaró cuanto Denante le había revelado acerca de los propósitos anteriores de Fortunée: arrojar a Auphan al fondo de un pozo, precipitarlo a la fuente de Vaucluse, arrollarlo con un carruaje o asfixiarlo. Estas maquinaciones le fueron confiadas por el propio reo; no se presentan como hechos presenciados por la fuerza pública. Grandordi añadió que Denante le había narrado una escena previa con Fortunée: ella le habría dado un beso encareciéndole que no errara el tiro. Semejantes palabras pertenecen al testimonio judicial consignado en autos; no constituyen un diálogo novelado.
Fortunée negó con vehemencia las relaciones ilícitas y las inculpaciones que pesaban sobre ella. La crónica recuerda que se había mostrado silenciosa y retraída ante los primeros interrogatorios, y describe luego sus réplicas vivas durante la vista oral. Las cartas, su autoría y los testimonios de cargo fueron esgrimidos frente a su tenaz negativa. El juicio enfrentaba de tal suerte dos modos probatorios: de un lado, los dichos de Denante, el epistolario y las observaciones de la gendarmería; del otro, la firme impugnación de Fortunée y la prudencia de rigor que exigían los indicios materiales y médicos. El periódico, por su parte, no disimula su reproche moralizador. Para dar cuenta del proceso, es menester transparentar esa mirada de la prensa sin confundirla con el fallo de los jurados.
El número del 5 y 6 de mayo reseña que, concluidas las conclusiones del ministerio público y los informes de las defensas, el jurado respondió afirmativamente a la culpabilidad de ambos encausados, si bien les reconoció el beneficio de circunstancias atenuantes. El tribunal condenó a Fortunée Béridot y a François Denante a la pena de trabajos forzados a perpetuidad. La condena pone fin a la crónica; no convierte, sin embargo, en certidumbre científica incontrovertible cada una de las hipótesis que alimentaron el sumario. En la Bastide-Neuve, el estruendo de un fusil había desgarrado la Nochebuena. En Carpentras, tres jornadas de audiencia habían articulado en torno a esa detonación una trama de cartas, fiebres, una escopeta y confesiones. El veredicto perteneció al jurado; los vestigios que lo precedieron siguen siendo aquellos que una gaceta de la época resolvió consignar para la posteridad.
