Cuando Isabella Bankes expiró, los médicos aún no habían logrado avenirse sobre la causa de sus tormentos. Uno de ellos hablaba ya de un veneno irritante; otro, a la cabecera de la enferma, había visto fracasar los remedios sin acertar a explicar su efecto; y el hombre que la asistía, el doctor Thomas Smethurst, era a un tiempo su esposo según una ceremonia irregular y el principal informador de los facultativos. En el proceso, tales papeles habrían de entremezclarse con cuestiones de fortuna, de preñez y de química. El veredicto fue la muerte. La ciencia que lo había sustentado, sin embargo, no hablaba con una sola voz.
Isabella procedía de una familia respetable y gozaba de bienes propios, así como de un usufructo vitalicio sobre una suma de mayor cuantía, según la exposición del fiscal reproducida por el Edinburgh Medical Journal. En el otoño de 1858 había conocido a Smethurst en Rifle Terrace, donde este residía con su primera esposa. La patrona juzgó desmedida la familiaridad entre ambos e Isabella se mudó a otro domicilio. El 9 de diciembre, ella y Smethurst contrajeron matrimonio en Battersea, trasladándose después a vivir juntos a Richmond. Él continuaba casado; esta segunda unión alimentaría más tarde una acusación por bigamia, mas no demostraba el asesinato. En el juicio, la defensa reconoció la ilegalidad y censuró la conducta de Smethurst, recordando no obstante que la joven conocía, a su entender, dicha circunstancia.
La convivencia transcurrió al principio sin notoriedad pública. Isabella escribió a su hermana Louisa en enero, y luego en febrero de 1859. A finales de marzo cayó enferma. Smethurst llamó al doctor Julius, quien creyó en un primer momento tratar una diarrea y una fiebre biliosa. Prescribió diversas pócimas; su socio, el doctor Bird, acudió a su vez. El estado de la paciente empeoraba. Ambos facultativos declararon más adelante que sus remedios no surtían el efecto esperado, y que sospecharon que alguna sustancia irritante pudiera contrarrestar los cuidados. No obstante, no se habían comunicado de inmediato sus recelos el uno al otro.
A esta primera discrepancia se añadió la del acceso a la enferma. Los médicos afirmaron no haberla hallado a solas con ellos; Louisa, convocada a Richmond el 19 de abril por una carta apremiante de Smethurst, encontró a su hermana en extremo postrada. Isabella le rogó no revelar nada: todo se arreglaría en cuanto sanara, añadió volviéndose hacia Smethurst, quien asintió con la cabeza. Louisa propuso hacer venir al doctor Lane, pariente suyo; Smethurst se opuso, aseverando que Isabella no lo deseaba. La hermana marchó sin haber sabido que los dos moradores de Richmond se habían desposado. Estos pormenores fueron presentados por la acusación como otros tantos obstáculos para procurarle socorro; el letrado defensor los resituó en el marco de una relación que, sostenía, Isabella había escogido con entera libertad.
El 28 de abril, el doctor Todd acudió a examinar a la paciente. Dijo haberse impresionado por la rigidez del abdomen y una expresión que describió como de espanto. Solicitó una muestra de evacuación y luego recetó, en particular, una píldora de sulfato de cobre y opio. Entre tanto, se habían recogido fluidos que fueron confiados al perito Alfred Swaine Taylor. El 1 de mayo, Taylor creyó descubrir arsénico en una muestra. La alarma cundió entre los médicos; Smethurst fue detenido al día siguiente por administración de veneno, pero quedó en libertad bajo palabra para regresar junto a Isabella. Ella pereció en el curso de la noche siguiente, y el cargo se transformó en el de asesinato.
La autopsia arrojó comprobaciones graves, mas no una certidumbre unánimemente admitida. El cirujano Barwell describió una inflamación y una destrucción extendida de la mucosa en la porción inferior del intestino. Descubrió asimismo que Isabella se hallaba encinta de unas cinco a siete semanas, circunstancia de la que los médicos no habían tenido noticia durante el tratamiento. Los facultativos citados por la Corona estimaron que los síntomas y las lesiones no se explicaban por dolencia natural alguna conocida por ellos; varios concluyeron en la acción de un irritante, y algunos evocaron arsénico o antimonio. Por el contrario, los peritos de la defensa sostuvieron que una disentería, agravada por la gravidez, podía suscitar síntomas y estragos semejantes. El embarazo no constituía un mero detalle sobrevenido: obligaba a juzgar bajo otra luz los vómitos, las deposiciones y los tratamientos administrados.
El análisis químico, llamado en apariencia a zanjar la cuestión, se transformó a su vez en campo de controversia. Taylor explicó que el arsénico que había creído identificar en la disolución de un fármaco provenía en realidad de la gasa de cobre disuelta por el clorato de potasa. Reconocía de este modo un error mayúsculo. Mas sostuvo que la muestra de evacuación contenía arsénico, y aseveró haber hallado antimonio en ciertos tejidos y vísceras. El defensor de Smethurst insistió en el primer yerro para socavar la confianza en los demás ensayos. Varios toxicólogos de la defensa recordaron que el bismuto y ciertas preparaciones oficinales podían contener trazas de arsénico o de antimonio; discutieron la relevancia de tales vestigios y la ausencia de veneno en múltiples tejidos. Otros peritos, en favor de la Corona, juzgaron fundado el análisis y más verosímil la causa tóxica. La vista puso al desnudo los experimentos, los límites de cada método y el peso del crédito otorgado a quien los ejecutaba.
El proceso ya se había malogrado en julio, a raíz de la indisposición de un jurado. Se reanudó el 15 de agosto ante el Chief Baron, en Old Bailey. A lo largo de varias jornadas, los testigos volvieron sobre las recetas, las botellas, las muestras selladas y las palabras de Smethurst. La defensa arguyó que la acusación debía probar no solo una muerte por envenenamiento, sino también su administración a manos del reo. Rebatió las deducciones extraídas de sus desvelos, de la voluntad de Isabella, de la misiva a Louisa y del testamento redactado durante la agonía. El fiscal, por su parte, expuso el matrimonio clandestino, la herencia y el aislamiento de la paciente como los resortes de un designio criminal. El tribunal no juzgaba una existencia escandalosa, advirtió el magistrado: le incumbía decidir si el asesinato quedaba demostrado.
La contradicción no se reducía a dos bandos tajantemente delimitados. Taylor admitió su equivocación acerca del medicamento; no se retractó de sus conclusiones sobre las restantes muestras. La defensa podía evidenciar que un perito había errado y que ciertos metales formaban parte de los remedios; la Corona conservaba análisis independientes y las lesiones advertidas en la autopsia. Las declaraciones relativas a la gravidez y la disentería continuaban asimismo disputadas. La fragilidad de las pesquisas no estribaba en que la ciencia hubiese guardado silencio, sino en que sus portavoces, revestidos todos de autoridad, extraían de los mismos indicios explicaciones contrarias. Al jurado, con todo, le correspondía dictar un fallo.
El viernes 19 de agosto, al término de las audiencias reanudadas el lunes 15, tras los alegatos y el riguroso sumario del juez, los jurados comparecieron con un veredicto de culpabilidad. Smethurst fue condenado a muerte. La crónica médica de 1859 no oculta la desazón subsiguiente: refiere que el fallo desató una viva polémica y que el reo fue luego dejado en suspenso a voluntad de la reina. En enero de 1860, en la Cámara de los Comunes, Edwin James recordó que la Corona le había concedido un indulto pleno. Refirió asimismo la conclusión transmitida al ministro por el médico Benjamin Brodie: las circunstancias suscitaban hondas sospechas, mas no constituían una prueba inconcusa de culpabilidad. El veredicto y la gracia son dos actos distintos; esta última no mudó en sentencia absolutoria la resolución del jurado.
El propio debate parlamentario censuraba que los informes médicos elevados al ministro no hubiesen visto la luz pública, de modo que la opinión no podía sopesar los motivos exactos de la decisión. Smethurst había sido condenado tras un juicio público; recobró la libertad por una prerrogativa ejercida sobre dictámenes que no fueron debatidos ante un nuevo jurado. El proceso no despejó, pues, la duda sobre la causa médica del óbito, ni la relativa al autor de un eventual envenenamiento; reveló más bien la incomodidad de un régimen en el que la postrera clemencia podía enmendar en la práctica los rigores de una sentencia sin pronunciar un nuevo fallo judicial.
La bigamia, con todo, no fue tan solo una insinuación en el proceso por asesinato. Tras el indulto real, una relación coetánea de las diligencias de Southwark da cuenta de que Smethurst fue procesado ante el Central Criminal Court por haberse desposado con Isabella hallándose vigente su matrimonio de 1828 con Mary Durham. Se presentaron las actas parroquiales; la hermana de Isabella reconoció la firma de esta en el asiento de Battersea. Esta reseña documenta la apertura del juicio oral, mas no el veredicto definitivo de aquella causa. Ambos procedimientos deben mantenerse deslindados: la condena capital fue seguida de un perdón, en tanto que la imputación de bigamia dio origen a otro proceso; ninguno de ellos dirime por sí solo la causa de la muerte. Así subsiste el caso Smethurst: entre las comprobaciones de un cadáver, los experimentos controvertidos de un laboratorio y una sentencia de muerte que la potestad soberana dejó sin ejecutar.
