El 27 de septiembre de 1861, la baronesa Luise von Baumbach entró en la sala de la audiencia provincial de Bruchsal apoyada en el brazo de su hija. Había permanecido detenida durante siete semanas antes de ser puesta en libertad bajo una fianza que su propio esposo se encargó de depositar. Ante los miembros del jurado, debía responder por una presunta tentativa de envenenamiento contra dicho cónyuge; sin embargo, allegados, conocidos y criados describían el matrimonio como un modelo de concordia. Al día siguiente, el jurado la declararía no culpable en apenas cuatro minutos. Entre ambos instantes mediaron meses de sospechas, una sustancia de origen incierto cuyo itinerario nadie lograba reconstruir con certeza y una instrucción judicial que, según la crónica del Pitaval, se orientó muy pronto contra los muros de una única mansión.
Los primeros hechos invocados se remontaban a las noches del 19 y el 20 de mayo, momentos en que se preparaba cerveza caliente para el señor de la casa. Babette Heiß, la cocinera, y Amalie Leist, la doncella, aseguraron haber descubierto en el fondo del recipiente fragmentos de una pasta con olor a fósforo. Respecto a la primera velada, reconocieron haber arrojado lo que afirmaban haber hallado, sin someterlo a análisis alguno. A la noche siguiente, se entregó un fragmento a Johann Fritsche, el lacayo, quien lo llevó al boticario Röder; desde allí, según las declaraciones recogidas, pasó a manos del médico de la familia, el doctor Buchegger, antes de ser remitido al juez instructor.
Nada en estos relatos demostraba que alguna de las mujeres hubiese visto a Luise verter producto alguno en la bebida. En un principio, ni Heiß ni Leist describieron ademán sospechoso alguno. Se limitaron a admitir que su señora había entrado en la cocina, retirado del fuego una sartén a punto de desbordarse y, a la noche siguiente, comprobado el azúcar antes de echarlo ella misma en la cerveza. Aquel ademán no tardó en erigirse en pieza de convicción para la acusación; sin embargo, presenciado por dos testigos directos, jamás se vio acompañado de objeto visible alguno en las manos de la dama.
La materia puesta a disposición judicial fue clasificada como pasta fosforada, similar a ciertos venenos raticidas. El boticario señaló que la mezcla contenía harina de mostaza, a semejanza de los preparados expedidos en su botica. De ello no se deducía necesariamente que fuese la misma sustancia que había despachado a la casa de los von Baumbach, ni que la muestra procediese a ciencia cierta del fondo de la bebida. El primer fragmento no se había conservado; en cuanto al segundo, los testimonios discrepaban sobre quién lo había recogido, sobre su aspecto y sobre su custodia intermedia. El marido había consumido cerveza en ambas ocasiones sin padecer quebranto alguno de salud. En lo relativo a si el fósforo podía disolverse en dicho líquido o desprender un olor inconfundible, los peritos fueron incapaces de alcanzar un consenso.
Las pesquisas no se limitaron a aquellas dos noches. El 26 de mayo, Leist refirió que, al tomar azúcar de un bote, este se le había caído en un tazón de leche agria, deteniéndose ante un hedor sospechoso. El juez ordenó examinar el azúcar, la alfombra del comedor y otros vestigios pastosos. Por su parte, Fritsche había recibido veneno para ratas unas semanas antes, hecho sobre el cual ofreció versiones inconciliables: afirmó haber agotado el producto, quebrado el tarro y arrojado luego el envase al jardín. Empero, Leist relató que el lunes de Pentecostés el sirviente le había mostrado un frasco que aún contenía veneno. Ante el tribunal, la criada titubeó sobre la fecha y la consistencia de la materia; Fritsche también varió sus dichos. El compilador del Pitaval vislumbra en tales contradicciones indicios contra el lacayo y llega a formular la hipótesis de una intriga urdida por este. Semejante conjetura no compromete más que a su autor: ninguna sentencia judicial condenó jamás a Fritsche ni determinó quién depositó los restos hallados.
El rumor público, por su parte, ya había dictado sentencia. En los círculos de Karlsruhe se hablaba de una esposa devorada por los celos, de un marido de salud quebrantada y de reiteradas tentativas de homicidio. Röder afirmó haber oído rumores de que Luise albergaba celos de una dama a quien el cronista decide llamar señora von Zandt; se presumía una relación cercana entre esta y el marido, sin que las pesquisas lograsen constatar aventura alguna. Otro suceso cobró mayor peso al provenir del médico Buchegger: Luise le había confiado que su esposo, durante un arrebato de ira, le había apuntado en una ocasión con una pistola. La baronesa explicó haberlo relatado para ilustrar el desequilibrio nervioso de su consorte, no a modo de queja. El fiscal pretendió ver en ello un síntoma inequívoco de discordia conyugal; la defensa rebatió señalando que un episodio aislado no demostraba odio alguno ni constituía móvil delictivo.
El curso de la instrucción avivó aún más las sospechas. Al principio, los sirvientes prestaron declaración bajo juramento en calidad de testigos, al igual que la señora de la casa. Con posterioridad, los tres criados fueron también arrestados bajo la acusación de haber tomado parte en el envenenamiento que ellos mismos habían denunciado, siendo puestos en libertad el 28 de junio. El fiscal en jefe, que había asumido el sumario en sus inicios, solicitó el sobreseimiento de la causa respecto a Luise, según consigna la crónica; la sala de acusación resolvió, no obstante, remitirla en solitario a juicio ante la audiencia provincial. Luise permaneció en libertad provisional tras el pago de una fianza de cinco mil florines. El sumario había alcanzado ya los doce volúmenes y las mil cuatrocientas páginas. Lejos de disipar las contradicciones, semejante mole documental las trasladó intactas hasta el juicio oral, mientras la prensa y las tertulias de salón transformaban meras conjeturas en una certeza incontrovertible para la opinión pública.
Un lance del juicio puso de relieve la fragilidad de los testimonios. Por la mañana, Leist declaró que Fritsche le había mostrado el veneno en el jardín el lunes de Pentecostés, tras la primera alarma; Fritsche replicó que dicho encuentro se remontaba a dos semanas antes. Durante el receso de la sesión, ambos conversaron a solas. Al reanudarse la vista, Leist se mostró incapaz de precisar la fecha y reconoció haber hablado con el lacayo. La crónica del Pitaval concede crédito a su versión inicial, si bien el lector perspicaz advertirá en ello tanto las flaquezas de la prueba material como el modo en que los declarantes acomodaban sus respuestas sobre la marcha.
Durante la vista, el fiscal Junghanns, en sustitución del titular, sostuvo que la pasta había sido introducida premeditadamente en la cerveza los días 19 y 20 de mayo, y que Luise, única persona ajena a la servidumbre presente en el momento crítico, debía de ser la autora material. Fundamentó su tesis en la presencia de la dama en la cocina, en el azúcar y en el tardío testimonio de Leist concerniente a un supuesto olor a fósforo en las ropas de su ama. Se vio obligado, no obstante, a desechar varias conjeturas insostenibles: una supuesta llave secreta del secreter, un rastro en una botella de agua, cerillas en el pan y orificios anómalos en un asado. El móvil permanecía en la penumbra; la fiscalía recurrió a la amenaza con la pistola y a la hipótesis de que ciertas pasiones clandestinas escaparan a la vista de los testigos.
El abogado defensor, el letrado Kusel, imploró a los jurados que no juzgasen la reputación, sino la concatenación de las pruebas. El primer fragmento se había extraviado; respecto al segundo, los relatos no coincidían. En sus declaraciones iniciales, los criados habían negado haber visto a su señora verter sustancia alguna, y Fritsche había incurrido en contradicciones palmarias sobre el veneno que custodiaba. El marido no presentaba síntoma alguno de intoxicación; los facultativos no pudieron confirmar que sus indisposiciones pretéritas se debieran al fósforo. La pasta descubierta el 26 de mayo tampoco esclarecía lo acaecido en las dos veladas anteriores. En cambio, arguyó la defensa, una maraña de declaraciones reiteradas y disonantes había ido encasillando a la acusada en un papel inculpatorio, sin que la instrucción judicial hubiese explorado las demás hipótesis con semejante empeño.
El magistrado presidente sometió tres cuestiones al veredicto del jurado: ¿Había intentado Luise administrar secretamente fósforo a su marido en repetidas ocasiones? En caso afirmativo, ¿obró con la intención de causarle la muerte o de menoscabar su salud? Los miembros del jurado se retiraron a deliberar. Cuatro minutos después, su portavoz proclamó el veredicto: «no culpable». La baronesa abandonó el tribunal pronunciando estas palabras: «¡Por fin se hace justicia!». No recayó condena ni pena alguna. Su esposo solicitó ulteriormente el retiro de su cargo al servicio del gran duque, petición que, según la crónica, le fue concedida. La absolución restituyó jurídicamente el honor de Luise, pero no pudo devolverle las semanas pasadas en presidio ni borrar los meses en que una acusación huérfana de pruebas concluyentes se había disfrazado ante el mundo con los ropajes de la verdad.
Esta relación se basa en la crónica retrospectiva del Neue Pitaval, publicada en 1862; no procede del cotejo directo de las actas originales del proceso.
