En junio de 1860, en la aldea de Quellendorf, una joven regresó a su casa a la hora en que las luces de las estancias comienzan a extinguirse. Se había despedido de su hermana aduciendo que aún debía ver al doctor Jahn. Cuando Emilie la interrogó, Luise Berger le confió que se creía encinta, atribuyó la supuesta gravidez al médico y explicó que este le había prometido un remedio. Pocas horas más tarde, yacía agonizante en el lecho común. La causa judicial que sobrevino no radicó únicamente en el hallazgo de un veneno: enfrentó dos explicaciones, ambas de ardua comprobación, en torno a una difunta que ya no podía hablar.
Las hermanas vivían juntas desde que la enfermedad se cobrara la vida de sus padres y de casi toda la familia. Emilie, de treinta años, y Luise, de veintinueve, habían sobrellevado los lutos sosteniéndose mutuamente, si bien las relaciones con su hermano Wilhelm se habían enrarecido. Luise había dado a luz a una niña el año anterior. A finales de junio, se mostraba desmejorada y taciturna; no obstante, negaba ante su hermana que un nuevo varón hubiese entrado en su vida o que aguardase un hijo.
El 22 de junio, la jornada transcurrió entre las labores cotidianas y el vaivén de la aldea. Al caer la tarde, Luise comunicó a Emilie que debía salir de nuevo. Más tarde, llamó a la ventana de la vivienda para anunciarle que el encuentro convenido con el doctor, junto a un campo de trigo, había vuelto a frustrarse. Por tanto, iría a buscarlo a su propio domicilio. Emilie le aconsejó esperar otra ocasión; su hermana, sin embargo, se marchó. Cuando el reloj, que adelantaba una hora, dio la medianoche, Luise regresó por fin.
Fue entonces cuando aseveró que se creía embarazada e imputó a Jahn la supuesta paternidad. Según refirió a su hermana, el médico ya le había entregado dinero y prometido sumas mayores; asimismo, le habría hablado de un procedimiento para interrumpir la preñez. Le habría indicado que mandara llamarlo si sobrevenían hemorragias, y que acudiría él mismo provisto de instrumental en caso de que el primer remedio fracasase. Tales son las manifestaciones que el texto atribuye a Luise, transmitidas por Emilie tras el fallecimiento; no constituyen en modo alguno una confesión de Jahn ni una prueba independiente de lo que en verdad se dijo.
Emilie apremió a su hermana para que se acostase. Luise se tendió con dificultad, aún vestida, y se lamentó del porvenir que la aguardaba, sola y con dos criaturas que mantener. Al poco tiempo, su respiración se aceleró. Pidió agua, adujo tener náuseas y se desplomó. Emilie salió presurosa en busca de socorro. Cuando estuvo de vuelta, Luise había expirado.
Al día siguiente, se requirió al médico de la familia para certificar el deceso. Jahn declaró ante varios testigos que Luise se hallaba encinta de cuatro o cinco meses y que un medicamento abortivo podía haberle causado la muerte. Sin embargo, la disección judicial, practicada el 23 de junio, determinó que no existía embarazo alguno. La crónica refiere que Jahn presenció el examen cadavérico y manifestó su asombro ante semejante revelación. Aquella contradicción no tardó en hacer que sus explicaciones iniciales resultasen insostenibles.
El examen preliminar no bastó para dilucidar la causa del fallecimiento. Los facultativos preservaron el estómago y los intestinos a fin de someterlos a análisis periciales. Los químicos buscaron en un principio diversos venenos minerales y pasaron luego a examinar las sustancias orgánicas. El 28 de junio, los peritos anunciaron haber detectado cicutina —alcaloide tóxico extraído de la cicuta— en los despojos digestivos. El resultado fue sometido después a una contraprueba más rigurosa por parte del profesor Lehmann, químico de Jena. Pese a la exigua cantidad conservada, sus ensayos corroboraron la identificación. La presencia del tóxico quedó así establecida por vía pericial; la dosis absorbida y la mano que la administró continuaban siendo cuestiones no resueltas.
Jahn ejercía la medicina y administraba en Wörlitz una pequeña botica vinculada a la farmacia de Oranienbaum. Tenía libre acceso a sustancias peligrosas, mas dicho acceso, por sí solo, no revelaba quién había asido el frasco ni con qué designio. Los instructores reunieron las declaraciones de cuantos habían oído hablar de las citas, los adelantos de dinero y los remedios prometidos. A medida que avanzaba el sumario, el doctor fue modificando sus explicaciones. Terminó por admitir que pudo haber entregado a Luise una medicina con cicutina, si bien sostuvo que había confundido el frasco con otro preparado: un bálsamo de Hoffmann mezclado con opio.
Aquella línea de defensa proyectaba los mismos hechos bajo una luz distinta. Para la acusación, los tratos con Luise, el temor al escándalo y el fácil acceso del médico al veneno perfilaban con nitidez el móvil y la premeditación; sus versiones mudables y ciertas palabras referidas tras la muerte afianzaban la sospecha. Para la defensa, tales indicios no demostraban intención criminal alguna. Jahn pudo haberse equivocado al preparar un brebaje destinado a calmar a Luise, o bien esta pudo haberse procurado la cicutina por sus propios medios. Según varios testigos, la joven había aludido al suicidio y señalado el veneno como un modo rápido de perecer. Pero nadie pudo acreditar que hubiese ingerido la sustancia a solas. Semejante posibilidad quedó en mera hipótesis absolutoria, no en un hecho probado.
La vista oral se abrió en Dessau el 27 de mayo de 1861; los debates principales tuvieron lugar el 3 y el 4 de junio. Los médicos desgranaron los informes de las autopsias y los químicos sostuvieron sus conclusiones. Los testigos refirieron las palabras de Luise y las reacciones de Jahn. Los jurados hubieron de deslindar la muerte por cicutina —acreditada por la pericia forense— de las aseveraciones controvertidas sobre la relación entre la víctima y el médico, para encarar después la cuestión dirimente: ¿había administrado el doctor el veneno con premeditación, por imprudencia, o no lo había suministrado en absoluto?
La ciencia no alcanzaba a despejar todas las incógnitas. Los experimentos practicados en animales permitían estimar la letalidad del tóxico, pero no revelaban la dosis recibida por Luise ni el acto concreto que la había introducido en su organismo. Los peritos explicaron que la cicutina ingerida podía desvanecerse del contenido gástrico; lo hallado en el estómago no medía, por ende, lo que en verdad había tomado. La causa contaba con una sustancia identificada y una víctima, pero carecía de testigos de la ingesta misma. Fue en esa brecha entre la certidumbre química y la incertidumbre humana donde el procedimiento judicial hubo de buscar su veredicto.
El ministerio fiscal sostuvo que Jahn había obrado para silenciar a Luise, cuyas confidencias amenazaban con destapar la relación. Interpretó sus silencios, sus asertos sobre el embarazo y su templanza durante parte de la disección como otros tantos indicios de un plan preconcebido. La defensa replicó que los testimonios sobre las intenciones de la joven resultaban dudosos, que sus dichos variaban y que en verdad había considerado quitarse la vida. Recordó asimismo que ningún rastro material acreditaba la entrega del veneno por parte de Jahn. La crónica reproduce estos alegatos con prolijidad, pero su comentario final se inclina con claridad hacia la culpabilidad; es preciso deslindar esa convicción subjetiva de las dudas que gravitaron sobre todo el debate.
El 4 de junio, los jurados se retiraron a deliberar. La cuestión planteada atañía a un asesinato cometido con alevosía y premeditación; se requerían ocho votos de doce para obtener una respuesta afirmativa. El veredicto se alcanzó por el margen más estrecho: ocho jurados declararon a Jahn culpable y cuatro votaron por su no culpabilidad. La mayoría bastó para dictar condena, mas no borró la honda división reflejada en el resultado. Habiendo sido abolida la pena capital en el ducado de Anhalt, el tribunal impuso la pena de trabajos forzados a perpetuidad.
A la mañana siguiente, antes de que el tribunal reanudara sus sesiones, Jahn fue hallado ahorcado en su celda. El presidente recordó a los jurados que no les incumbía juzgar aquel desenlace y los exhortó a proseguir su cometido con imparcialidad. El compilador de la causa, por su parte, presenta el suicidio como la disipación de las últimas dudas; semejante juicio no formaba parte del veredicto ni convertía los cuatro votos disidentes en adhesiones a la culpabilidad. Luise había muerto por cicutina, Jahn había sido condenado por ocho votos y luego se había quitado la vida en prisión antes de cualquier otra apelación. Es sobre estos hechos, y sobre los enigmas que dejan abiertos, donde se clausura el caso.
