El 27 de septiembre de 1857, tras diez jornadas de pesquisas, los vecinos de Engi descubrieron el cadáver de Elisabeth Baumgarten en una hondonada de los pastos de Laueli, entre bloques de piedra. Había salido a recolectar raíces la mañana del día 17 y no había regresado. Su esposo, Fridolin Luchsinger, había participado en persona en las batidas de búsqueda. Según la crónica, ningún indicio apuntaba a que el cuerpo hubiese sido arrastrado hasta allí: el saco, la pequeña azada y el pañuelo de la desaparecida reposaban junto a sus pies. La muerte, oculta en un pliegue de la montaña, se expondría ante el tribunal ceñida a un interrogante más estricto: ¿qué había hecho el marido y en qué instante resolvió ejecutarlo?
La relación de Der neue Pitaval, publicada en Leipzig en 1859, sitúa los hechos en el cantón suizo de Glaris y fecha el crimen el 17 de septiembre de 1857. Esta crónica retrospectiva compendia interrogatorios y alegatos; no constituye el acta oficial del proceso. En ella se contrapone la figura de un hombre reputado pacífico, confeso del homicidio, al marco de un matrimonio cuyos cónyuges se habían distanciado desde hacía años.
Fridolin Luchsinger, nacido en 1822, había contraído matrimonio en 1840 con Elisabeth Baumgarten, nacida en 1816. El cronista refiere que ella se hallaba encinta antes del enlace y que los allegados del joven lo instaron a desposarla; pormenor que procede del texto y no de una verificación documental independiente. Los desposados no regresaron juntos: Elisabeth volvió a casa de sus padres. Más tarde convivieron por temporadas bajo el mismo techo. Nacieron cuatro vástagos, mas los dos mayores fallecieron; los dos varones menores continuaban con vida al instruirse el sumario.
El hogar había adoptado la forma de una separación intermitente. Elisabeth regresaba junto a su madre durante días, semanas o meses. Cuando Fridolin volvía del trabajo sin hallar comida ni esposa, era capaz, según el Pitaval, de guardar silencio durante semanas enteras. La crónica los retrata como dos seres incapaces de comprenderse y subraya su buena reputación: él, operario aplicado y componedor; ella, mujer hacendosa y buena madre, si bien tachada de obstinada. Tales semblanzas no esclarecen móvil alguno.
En el verano de 1856, tras dos años de separación, Fridolin requirió a su mujer que regresara o consintiera en el divorcio. Ella prometió volver, pero marchó seis semanas después al caer enferma su madre. El 16 de noviembre, los cónyuges comparecieron de nuevo ante la autoridad. Él demandaba la separación; ella se oponía. En febrero de 1857, el tribunal matrimonial desestimó la demanda por considerar que no mediaba abandono malicioso en el sentido legal del término. Elisabeth declaró no haber padecido amenazas, brutalidades ni malos tratos. Ninguna tentativa de reconciliación sobrevino después, a tenor de la crónica; Fridolin faenaba como de costumbre y Elisabeth acudía a desenterrar raíces a las alturas alpinas.
El jueves 17 de septiembre, hacia las cinco de la madrugada, emprendió el camino de Laueli con un pequeño saco al brazo y una azada al hombro. En la pasarela de Engi saludó a un conocido, le explicó que iba con retraso y apretó el paso. Fue su última aparición documentada. Ni ella ni sus aperos volvieron a verse. Sus hermanos y otros parientes la buscaron sin éxito; Fridolin se sumó asimismo a las cuadrillas. Durante diez días no se halló rastro alguno de la mujer, ni del saco, ni de la azada.
El hallazgo se produjo el domingo 27, entre las dos y las tres de la tarde. El Pitaval describe un hueco oculto por peñascos, casi invisible desde el exterior. Elisabeth yacía de espaldas, con la cabeza junto a un pedrusco, ladeada hacia la izquierda; sus extremidades estaban dobladas o extendidas contra las piedras. El saco contenía raíces de genciana; la azada y el pañuelo se encontraban igualmente a sus pies, en aparente orden. El cronista destaca la ausencia de huellas de arrastre y deduce que la muerte ocurrió en aquel mismo paraje. Tal inferencia no puede ser verificada aquí de forma independiente.
Al día siguiente, los facultativos procedieron al reconocimiento forense y a la autopsia. El informe menciona equimosis en el cuello, el rostro y el antebrazo, así como una contusión en el bajo vientre. Los pulmones y ciertos vasos sanguíneos presentaban congestión; los médicos advirtieron sangre y líquido entre las meninges. Su dictamen concluía que la asfixia había sobrevenido a causa de una violencia externa. Las marcas les parecieron compatibles con la presión de los dedos sobre la garganta. La reconstrucción del forcejeo, con el agresor arrodillado sobre la víctima, constituía una deducción pericial a partir de las lesiones, no un testimonio directo.
La investigación exploró en primer término dos pesquisas. Un pretendiente al arriendo de un pastizal habría amenazado a Elisabeth a causa de la recogida de raíces, perjudicial para la hierba; su interrogatorio no aportó elemento incriminatorio alguno. El otro sospechoso era Fridolin: el día de la desaparición había apacentado las cabras en el mismo prado alpino y su matrimonio era desdichado. La jornada posterior al hallazgo partió, no obstante, con el rebaño sin acercarse al cadáver ni solicitar diligencia alguna. El cronista apunta que se defendió antes de ser acusado y presentó a su joven ayudante como testigo.
Aquel mozo de dieciocho años declaró que había acompañado a Fridolin a Laueli y que se habían separado hacia el mediodía. Él descendió hacia la vertiente de Kräuel; el cabrero tomó, según sus palabras, el rumbo de Siwellen. Volvieron a encontrarse más tarde y regresaron a Engi hacia las seis. El muchacho aseguró no haber divisado a una tercera persona y, en particular, no haber visto a Elisabeth. Fridolin, por el contrario, situó su propio itinerario en las proximidades de los manantiales llamados Brunnentöpfe y sostuvo no haberse cruzado con su mujer. La contradicción no probaba el homicidio, pero forzó a los pesquisidores a cotejar minuciosamente los horarios y trayectos de aquella jornada.
Fridolin fue arrestado. En un principio aseveró no haber visto a Elisabeth, aun hallándose en el mismo pastizal; luego dejó de conducir el ganado a aquellas cumbres e instó al mozo a testimoniar en favor de su inocencia. El 7 de octubre solicitó ser interrogado. Confesó haber dejado a su ayudante para trepar hacia los riscos. En esta primera versión, Elisabeth le habría dado alcance para provocarlo con una pulla relativa a sus devaneos con otras mujeres. Aseguró haberla estrangulado «un poco», sin intención de matarla, percatándose después de que ya no respondía.
Semejante testimonio no concordaba con la posición del cuerpo ni con los hallazgos médico-legales. Los instructores le objetaron que las circunstancias evidenciaban un encuentro en el hueco rocoso y una víctima tendida boca arriba. Fridolin modificó ciertos detalles, insistiendo siempre en que tan solo había querido castigarla o escarmentarla. Los interrogatorios se sucedieron el 21 y el 29 de octubre, y más tarde el 16 y el 19 de noviembre. En cada ocasión, la frontera que él trazaba entre un arrebato de violencia pasajero y la resolución homicida era confrontada con el escenario, las heridas y las notorias contradicciones de su relato.
El 20 de noviembre solicitó declarar una vez más. Admitió haber avistado a su esposa antes de penetrar con ella en el abrigo de peñas. El Pitaval refiere que tomaron asiento y que la disputa se reanudó. Fridolin reconoció haberla atenazado por la garganta, derribado y sujetado contra el suelo con la rodilla. Esa misma noche dio un paso más: declaró haber resuelto matarla tras el encuentro, en la inmediata prosecución de su intimidad. Afirmó que con anterioridad no albergaba designio alguno. La crónica no proporciona las actas literales ni los pormenores de las condiciones en que se desarrolló cada audiencia.
Consumada la muerte, guardó silencio. Confesó haber acompañado a los allegados en las búsquedas, manteniéndose no obstante apartado del cadáver. Reveló haber planeado regresar al amparo de la noche para envolver a la difunta en una sábana, bajarla hasta el puente de Engi y permitir así que recibiera sepultura; las batidas culminaron antes de que pudiera actuar. El cronista menciona sus sollozos e invoca al «mal demonio» para explicar el crimen. Semejante exégesis psicológica le pertenece en exclusiva: las lágrimas descritas no prueban el móvil, de igual modo que la confesión dista de tornar diáfanas todas las fases de su resolución íntima.
El 1 de diciembre de 1857, el tribunal penal declaró concluso el sumario; el informe definitivo se elevó a la comisión de Estado el día 3. El 15 de diciembre, Fridolin compareció ante el tribunal, escoltado por sus hermanos y familiares. La acusación tipificó los hechos como conyugicidio con circunstancias atenuantes y solicitó veinticinco años de condena a la cadena. La defensa suplicó la calificación de homicidio simple sin premeditación, invocando la intachable reputación del reo, su confesión y su arrepentimiento. El relato no ofrece una transcripción exhaustiva de las sesiones, mas compendia los alegatos que arrojan luz sobre el fallo.
Tras dos horas y media de deliberación, el tribunal declaró a Fridolin culpable del asesinato de su esposa. Estimó como atenuantes que, según las pruebas sometidas a los jueces, la ideación criminal no había brotado sino en el instante del encuentro, que hasta entonces había gozado de buena fama y que perpetró el acto bajo un estado de arrebato emocional. Fue sentenciado a reclusión perpetua sujeto a cadenas, que debía cumplir en la casa de corrección de Zúrich, por carecer el cantón de Glaris de centro penitenciario idóneo. El cotejo con un proyecto de código penal que habría prescrito la pena de muerte dimana de la pluma del cronista.
Fridolin renunció a la apelación y fue trasladado a Zúrich. La crónica concluye detallando las disposiciones adoptadas en favor de los dos muchachos: costas procesales condonadas, acreedores que rebajaron sus pretensiones en una cuarta parte, cerca de 250 francos reservados a los menores y la vivienda familiar conservada por si el padre retornaba al cabo de quince años, de mediar un indulto. Una carta de su hermana, fechada el 7 de marzo de 1858, le participaba estas providencias. El Pitaval clausura de este modo su relación con una muestra de solidaridad que ni revoca el veredicto ni devuelve la vida a Elisabeth. El tribunal resolvió sobre el dolo que cabía imputarle en el instante preciso en que la violencia se tornó letal.
