El 17 de agosto de 1848, en los bosques del alcalde Feist, a un cuarto de hora de Furschenbach, Paul Köninger descubre a Monika Schweigle ahorcada de un pequeño árbol. Una cuerda le oprime el cuello. Sus ropas se hallan desordenadas y el cuerpo, a medio suspender, parece confirmar a primera vista el suicidio. La joven está embarazada de unos cinco meses. Cerca de ella, un peine roto desconcierta a los investigadores.
Dos días antes, la viuda Priscilla Schneider se había despertado con el llanto del hijo de Monika. En la casa halla al pequeño solo, las puertas entreabiertas y a su madre desaparecida. El niño llora y reclama a Monika. La primera batida resulta infructuosa. Se interroga a los vecinos; nadie afirma haberla visto partir. Luego se descubre el cadáver, a trescientos cincuenta pasos de la granja de los Knapp, la heredad más opulenta de la aldea.
Monika contaba veintinueve años. Trabajaba como jornalera, criaba a dos hijos habidos fuera del matrimonio y aguardaba un tercero. El padre de este último era Bernhard Knapp, de diecinueve años, hijo de Johann Knapp, propietario de Günzberg. Bernhard residía todavía en la hacienda con su hermano menor Xaver, de doce años; el primogénito, Johann, estaba casado y regentaba la posada del León en Kappelrodeck. En el relato del Nuevo Pitaval, la sima social entre la humilde jornalera y la acaudalada estirpe labriega gravita sobre cada escena. Monika proclamaba que llegaría a ser su nuera; los Knapp, por su parte, rehusaban semejante alianza.
El 9 de agosto, a su regreso del mercado, la madre de Bernhard la increpa y la golpea. En mitad de la disputa, Monika le espeta que, a pesar de todo, será su suegra. Su amante no sale en su defensa. Pocos días antes, Bernhard había promovido incluso una querella por difamación contra ella. El altercado era público; el embarazo, en cambio, ya no se podía ocultar.
Cuando el facultativo examina el cadáver, dictamina la muerte por estrangulamiento y constata que Monika esperaba un varón. Pese a la soga, la instrucción retiene en un principio el suicidio como la hipótesis más plausible. Quienes trataban a Monika se rebelan contra ello: jamás les pareció desesperada ni dispuesta a desamparar a sus hijos. Las sospechas no tardan en converger hacia Günzberg. Un joven pastor reconoce en el cuerpo un fragmento de cuerda que falta en la hacienda.
Sin embargo, la primera pesquisa encalla. Florenz Hirt, criado y compañero de aposento de Bernhard, asevera bajo juramento que su amo no abandonó la estancia durante la noche del 14 al 15 de agosto. A falta de otra prueba concluyente, la causa es sobreseída. Poco después, Hirt emigra a América. En el pueblo, las diligencias están archivadas; los corrillos, en cambio, no cesan. Persiste la convicción de que se ha perpetrado un crimen y de que la familia Knapp custodia la verdad.
Pasan los años. Johann Knapp fallece en 1852 y su viuda asume las riendas de la hacienda. Bernhard termina por hacerse cargo de la explotación y desposa a la hija de un alcalde vecino. Su hermano mayor Johann, conocido como el posadero del León, disfruta de una holgada posición. No obstante, el Pitaval lo describe como un ser sombrío y atormentado. El 5 de marzo de 1857 lo hallan ahorcado en un pajar colindante. Antes de morir, habría confesado a su esposa que no soportaba ya la carga y que debía declararlo todo.
Semejante desenlace reabre la causa de Monika. Pormenores sepultados en el olvido cobran nuevo sentido: la uña desgastada del pie izquierdo, el peine quebrado junto al cadáver y las confidencias de Cresentia Springmann, una sirvienta que había visto a Bernhard llorar a solas. Él le había dicho que había pecado, incriminando asimismo a su madre y a Monika; añadía que la muerte de la muchacha recaería sobre sus espaldas si la criatura era suya. No constituía una confesión en regla, pero sí una frase que la justicia ya no podía soslayar.
Hirt regresa de América, quebrantado por la enfermedad y las heridas. Sometido a nuevo interrogatorio, se derrumba. Rompe a llorar y reconoce haber perjurado. Aquella noche, Bernhard le había rogado que lo despertara a la una de la madrugada. Había salido, para regresar cerca de una hora después, desencajado, con el ademán de un fugitivo acorralado. Más tarde, Bernhard le había estrechado la mano: su vida, le aseguró, dependía de Hirt, quien bien podía perderlo o salvarlo. Hirt optó por encubrirlo y después huyó.
Puesto bajo arresto, Bernhard acusa en primera instancia a su hermano Johann. Este, sostiene, le habría confesado haber conducido a Monika al bosque con la promesa de entregarle dinero, para luego estrangularla y colgarla. El juez lo deja explayarse. Al día siguiente, le inquiere si Johann había desnudado a Monika. Bernhard se desmorona y procede a confesar.
Admite que el hijo era suyo. Su madre y su hermano lo habían apremiado a romper con Monika; lo amenazaban con desheredarlo y le repetían que era preciso hacerla desaparecer. La víspera del crimen tomó una cuerda. Aseguraba haberse debatido entre matar a Monika o quitarse la vida. A la una de la madrugada, tras hacerse despertar por Hirt, acudió al encuentro de la joven. Le prometió dinero para saldar sus desavenencias y la persuadió de que lo acompañara.
En la espesura, relata, primero se besaron y se acostaron juntos. Cuando Monika se hallaba confiada, le pasó al cuello la cuerda en la que previamente había dispuesto un lazo corredizo. Tiró con fuerza. Ella forcejeó sin lograr zafarse. Sujetó la cuerda al árbol y huyó, dejándola muerta y grávida. La crónica de 1883 atribuye asimismo la instigación a la madre y al primogénito; Bernhard los señala en su confesión. El testimonio de Hirt, las acusaciones vertidas por Bernhard contra su hermano y su madre, y sus posteriores admisiones se suceden a lo largo del sumario. El Pitaval las refiere como los hitos que hicieron bascular la instrucción antes de que el tribunal de jurados fallase sobre la responsabilidad de cada uno.
En presidio, Bernhard recibe la visita de su esposa. Ella le pregunta si en verdad cometió el crimen ocultándoselo siempre. Él responde que no podía confesárselo, pero que ahora goza de sosiego. Le encomienda educar a sus hijos en la devoción, como si semejante crianza pudiese expiar su culpa. Su hija pequeña, de cinco años, retrocede al divisarlo tras la reja y prorrumpe en gritos. Él llora. El magistrado organiza después un careo con los suyos; su madre termina también por reconocer, anegada en llanto, que lo había empujado al abismo del crimen.
La vista oral tiene lugar en Bruchsal el 1 de julio de 1857. Los jurados declaran culpables a Bernhard, a su madre y a Hirt, mas sus grados de participación y sus penas difieren. El tribunal condena a Bernhard y a su madre a trabajos forzados a perpetuidad; Hirt recibe tres años de reclusión por falso testimonio. Según el Pitaval, la sala estimó que la pena capital, abolida en el momento del homicidio, no podía restablecerse con carácter retroactivo al amparo de la ley de 1851.
Tras el archivo del primer sumario, los lugareños siguieron creyendo que Monika había sido asesinada. Al anochecer, apresuraban el paso junto a su fosa y la heredad de Günzberg; la leyenda contaba que a medianoche la silueta de una mujer con un niño se recortaba sobre el peñasco. El Pitaval consigna que, concluido el proceso de 1857, no volvió a mentarse la aparición. La crónica contempla ese mutismo como el ocaso del mito. Nueve años hubieron de transcurrir para que la justicia enmendara el rótulo del suicidio sobre la tumba de aquella madre de dos hijos.
