Bajo el entarimado de Netherwood
Cuando Charles Burton emprende el desmantelamiento de un granero en Netherwood, no busca a un hombre desaparecido veinticuatro años atrás. El carpintero trabaja para el hacendado que ocupa ahora la finca, antaño arrendada por Thomas Clewes. En una esquina, bajo el entarimado, encuentra un esqueleto vestido, una regla de carpintero y unos zapatos casi intactos. Burton reconoce la regla: había pertenecido a su cuñado, Richard Heming, a quien no se veía desde el verano de 1806. Así da comienzo la relación que el folleto de 1830 titula The murdered murderer.
El impreso fecha el descubrimiento el 21 de enero de 1830, y a renglón seguido sitúa la apertura de la pesquisa forense —el inquest— el martes 19 de enero. De ese modo, el texto sitúa la vista dos días antes del hallazgo; contradicción que permanece sin esclarecer.
El asesinato de Parker
El primer crimen se remonta a la festividad de San Juan, el 24 de junio de 1806. Hacia las cinco de la tarde, dos transeúntes escuchan un disparo y, a continuación, un grito. Acuden presurosos al lugar del suceso y divisan a un hombre inclinado sobre el reverendo Parker, rector de Oddingley. El desconocido arroja una bolsa y emprende la huida. Uno de los perseguidores está a punto de darle alcance, mas el individuo lo encañona con su arma; el testigo desiste de seguirlo.
Parker es hallado herido de bala; sus vestiduras han prendido fuego y presenta graves contusiones en la cabeza. Al día siguiente, el jurado del forense pronuncia un veredicto de «asesinato con premeditación cometido por una o varias personas desconocidas». El folleto señala a Richard Heming, carpintero y carretero de Droitwich, como el principal sospechoso de aquel entonces: se esfumó inmediatamente tras el atentado y aseguraban haberlo visto cerca del cadáver. Esta sospecha dista de ser una sentencia judicial. Los magistrados del condado ofrecen cincuenta guineas por su captura; el gobierno promete cien y el indulto real a cualquier cómplice que aporte informes que conduzcan a la condena del ejecutor. Heming jamás reaparece.
El cuaderno añade que en la comarca eran notorias las desavenencias de Parker con varios feligreses a causa de los diezmos. Recoge comentarios hostiles atribuidos a ciertos colonos y al antiguo capitán Evans, magistrado local. Sin embargo, el primer jurado forense no determinó inductor alguno: su dictamen impreso se limitaba a «persona o personas desconocidas». Las habladurías sobre reyertas, las amenazas imputadas y la fuga de Heming tejen una trama de sospechas, mas no constituyen la prueba de una conjura acreditada.
Un granero, una regla, los recuerdos
En 1830, el hallazgo desvía la atención de Parker hacia Heming. El esqueleto yace cubierto por sus ropas; junto a los huesos se descubren la regla de carpintero, jirones de paño, una navaja, una piedra de afilar y unas pocas monedas. El cirujano Pierpoint calcula para el cuerpo una estatura de cinco pies y tres pulgadas. Considera que las fracturas craneales fueron infligidas antes de la inhumación y habrían bastado para causar la muerte, pero no logra precisar ni la fecha del fallecimiento ni la edad exacta del individuo. Declara únicamente que los restos no corresponden ni a un hombre muy joven ni a uno de edad avanzada.
La identificación descansa entonces en diversos reconocimientos, expuestos todos a título testifical. Burton asevera que la regla pertenecía a Heming. Su viuda, Elizabeth Newbury, afirma haberlo visto por última vez el mismísimo día de la muerte de Parker: habría partido al alba para cumplir un «trabajo sucio» al servicio de Evans, mencionando que iba a retirar unas estacas de una charca. Reconoce asimismo el calzado y cree identificar la dentadura. A su juicio, las pertenencias y los restos son los de su difunto marido; el panfleto transcribe su convicción íntima, sin que conste una pericia forense concluyente en sede judicial.
Los testigos de 1830 son en su mayoría ancianos que evocan memorias de episodios acaecidos en 1806. Joseph Colley afirma haber oído a Heming decir que tenía una tarea ardua en Oddingley. Relata asimismo haber visto beber juntos a Heming y a Clewes, y achaca a este último una expresión rencorosa contra el «Bonaparte de Oddingley», que todos entendieron dirigida contra Parker. Susan Surman cuenta que vio a Heming merodear por un prado cercano a la rectoría con un saco que semejaba contener un fusil; asegura que esperaba apostado e inquiría si Clewes acudiría a casa de Barnett. Su relato sitúa figuras y objetos en el paraje, pero no atestigua el ataque propiamente dicho.
Otras declaraciones resultan más indirectas. Un antiguo criado de Clewes recuerda a su amo demudado tras conocerse la noticia del asesinato, ignorando qué sabía en aquel instante. John Collins afirma haber divisado a Heming y a Clewes en las inmediaciones de un bosque antes del magnicidio, mas sin escuchar su plática. Explica que aquel encuentro lo impulsó a recelar de Clewes, si bien nada declaró en 1806. Conforme avanza la pesquisa, los recuerdos se entreveran con deducciones forjadas con posterioridad.
La controversia de los diezmos reaparece en varias deposiciones. Thomas Barber afirma haber escuchado a Clewes ofrecer cincuenta libras a quien disparase contra Parker. Joseph Perkins refiere que Evans habría sentenciado que no había mayor pecado en abatir al rector que en liquidar a un perro rabioso. La viuda de Parker testifica que su esposo le confiaba las amenazas que recibía. En contrapartida, los inculpados niegan o minimizan tales palabras; no pocos testigos admiten no haber presenciado de primera mano las escenas que relatan. El opúsculo yuxtapone así testimonios de muy desigual valor, sin que cada imputación halle correlato probatorio.
La confesión de Clewes
Tras varias jornadas de interrogatorios, el jurado del forense asiste a deposiciones que señalan a Thomas Clewes como posible sabedor de las circunstancias que rodearon la muerte de Heming. El presidente del jurado, William Bass, declara por separado ante un magistrado que sospecha que Clewes conoce la verdad del homicidio y que convendría a la justicia proceder a su arresto para interrogarlo. Conducido ante el forense, Clewes niega haber tenido parte en la muerte de Heming y aduce que nada tiene que temer. No obstante, es remitido a prisión para ulteriores pesquisas. Tal diligencia de instrucción no equivale a una condena.
El impreso transcribe acto seguido una prolija declaración que Clewes habría entregado al forense. Sostiene que, al día siguiente de la muerte de Parker, George Banks acudió a revelarle que Heming se ocultaba en los prados. Al anochecer, Evans lo habría mandado llamar al granero. Clewes dice haber encontrado allí a Evans, a Joseph Taylor y a quien cree haber reconocido como George Banks; Heming yacía oculto bajo la paja. Según esta versión, Taylor golpeó a Heming en la cabeza, y entre Evans y Taylor colocaron el cadáver en una fosa cavada en el propio granero. Clewes recalca que no llegó a pisar el suelo de tierra y jura no ser el autor material.
Clewes añade que Banks y John Barnett le habrían entregado veintiséis o veintisiete libras con destino a la fuga de Heming, mientras que Evans le habría prometido cinco libras a cambio de su silencio. Alude igualmente a una yegua vendida sin que se le exigiese el pago y a un préstamo de Barnett. Trátase de meras alegaciones suyas, desprovistas de cotejo independiente o de sanción judicial alguna.
Las restantes testificaciones aportan concordancias parciales y palmarias contradicciones. Elizabeth Jones, que sirvió en casa de Evans, indica que Heming compareció en el domicilio de su patrón la mañana del asesinato de Parker. Relata haber descubierto una escopeta dentro de un saco oculto en un pajar; Heming habría regresado a reclamarla una semana después, pretextando haberla escondido a causa de la lluvia. Jones le devolvió el arma y no volvió a verlo. Niega, no obstante, varios extremos de la confesión de Clewes: sostiene que Heming no pernoctó en la hacienda de Evans la noche del crimen de Parker y afirma no haber visto transportar víveres a escondite alguno.
Los Barnett, por su parte, rebaten asimismo pasajes de dicha declaración. William Barnett niega ciertas expresiones y asegura no recordar la presencia de su hermano en la feria de Pershore, donde Clewes asevera haber percibido el dinero. Al comparecer ante el forense, inquirido sobre lo que sabía de la confesión, responde que no se le habían revelado ciertos pormenores; el acta resalta sus vacilaciones y negativas. Por su parte, George Banks es detenido después de que una confesión de Clewes llegase a oídos del reverendo Clifton, según rezan los párrafos de cierre. El folleto no da cuenta del desenlace de ningún proceso penal contra Banks o contra los Barnett.
Lo que el inquest esclarece… y lo que no
En la última jornada, fechada el 5 de febrero según el encabezamiento, el jurado del forense emite un veredicto de asesinato intencionado contra Thomas Clewes y George Banks, y señala a John Barnett como cómplice antes del hecho. El texto advierte que una parte del resumen y de la deliberación del jurado tuvo lugar el jueves precedente, lo que introduce un nuevo escollo cronológico en torno a las sesiones del 4 y el 5 de febrero. El impreso no da noticia alguna de sentencia posterior emanada de un tribunal penal, ni de juicio formal, ni de pena que fuese aplicada a los tres encausados.
En 1806, el inquest sobre el reverendo Parker concluyó con la fórmula de asesinato a manos de desconocidos; en 1830, la pesquisa sobre el esqueleto incrimina a Clewes, a Banks y a Barnett en la presunta muerte de Heming. La confesión de Clewes propone una versión, no una verdad judicialmente juzgada. La identificación del esqueleto descansa en enseres y recuerdos fragmentarios; el facultativo no pudo fechar con precisión el deceso.
El panfleto prometía en portada al «asesino asesinado» y una confesión «completa». Sus páginas ofrecen, en cambio, grados de certidumbre desiguales: un cadáver exhumado bajo el piso de un granero, unas prendas reconocidas, decires pretéritos desempolvados, una delación acusatoria y el dictamen de un jurado forense. El entarimado de Netherwood clausura las averiguaciones sobre Heming con una inculpación oficial de instrucción, mas no con una vista oral de cuyo desenlace tengamos constancia. Y el asesinato de Parker permanece, en estas páginas, bajo la rúbrica estampada en 1806: la de un crimen cuyo autor material jamás conoció condena.
