En el valle de Uri, un guante hallado en el río Reuss guiaría a los investigadores hasta una piedra manchada de sangre. A finales de enero de 1861, Anna Maria Gamma, una costurera de treinta y cinco años, abandonó la aldea para regresar a su hogar tras haber pasado la noche con la familia Zurflüh. Jamás llegó a su destino. Pocos días después, un muchacho descubrió su cadáver en el Reuss. Las pesquisas permitirían reconstruir sobre los guijarros el itinerario de un crimen; también sacarían a la luz, a través de los interrogatorios, las marcas de una justicia que pretendía arrancar la verdad a fuerza de dolor.
Gamma vivía en la planta baja de una casa de reciente construcción, junto al camino. Tenía un hijo de siete años y daba empleo a Barbara Zurflüh, cuyo hermano Kaspar contaba veinticuatro años de edad. Las actuaciones judiciales reproducidas con posterioridad por el Nuevo Pitaval indican que Gamma se hallaba encinta de este hombre. Sus relaciones se remontaban al otoño precedente. Él le había prometido matrimonio, mas luego se había comprometido formalmente con otra joven. Al exigirle Gamma que cumpliese su palabra, remitió cartas tanto a él como a sus padres, disponiéndose asimismo a recurrir a las autoridades para exigir el reconocimiento legal de la paternidad.
El viernes 25 de enero, un agente personado para notificarle una citación del puesto de policía entregó la cédula a Barbara, al hallarse Gamma ausente. El llamamiento estaba fijado para el domingo inmediato, mas ella no compareció. Aquella misma noche de viernes, en compañía de Barbara y de Clara, hermanas de Kaspar, acudió a Meitschlingen, donde expuso sus reclamaciones ante la familia Zurflüh. Kaspar no negó la relación ni su compromiso; consintió, de manera titubeante, en desposar a la costurera. Sin embargo, sus manifestaciones previas y su actitud, según las consignó el instructor, revelaban el hondo pavor que le inspiraba dicho enlace, así como el escándalo público que una negativa acarrearía.
A la noche siguiente, a la luz de la luna, el joven acompañó a Gamma por el camino de vuelta. Varios testigos cruzaron a la pareja y repararon en que el rostro de Kaspar iba embozado con un pañuelo. El mozo se detuvo en una posada mientras Gamma aguardaba algo más lejos; reanudaron luego la marcha hacia la vivienda de la costurera. En un principio, Kaspar sostuvo que no había salido de Meitschlingen. Aquella rotunda negativa se desmoronó paulatinamente ante las deposiciones de los caminantes con quienes se cruzó y los testimonios discordantes de sus propios parientes.
En la mañana del domingo, el zagal de Gamma encontró la puerta franqueada y el cerrojo caído en el suelo. Su madre había desaparecido. Las pesquisas iniciales resultaron infructuosas. El 1 de febrero, un niño divisó en el Reuss el cuerpo inerte de una mujer, varado sobre un banco de grava. Fue identificado como el de Anna Maria. Le faltaba un guante; entre sus ropas se encontraron apenas unos céntimos, dos cartas y la llave de su morada, mas casi nada de dinero. El reconocimiento forense apreció diversas heridas en la cabeza, en las sienes y en el occipucio. Los facultativos dictaminaron que habían sido causadas por un instrumento duro y contundente; aunque ninguna de ellas era letal por sí sola, su conjunto resultaba mortal de necesidad, habiendo completado el agua la obra de la muerte.
El 4 de febrero se recuperó el guante desaparecido en un remanso del río. A partir de allí, unas huellas de sangre se prolongaban entre la gravilla hasta la orilla. Cerca de un talud cubierto de alisos, un grueso guijarro yacía removido en la tierra helada; salpicaduras y regueros de sangre señalaban la arena y la hojarasca. El atestado seguía luego el rastro de un arrastre directo hasta el agua, adonde había sido llevado el cuerpo. Aquellas diligencias fijaban con exactitud el escenario y la secuencia de la desaparición, mas no revelaban todavía el nombre del culpable.
Las sospechas recayeron con prontitud sobre Kaspar. Las misivas de Gamma, el estado de gravidez y la promesa matrimonial constituían un móvil evidente; su noviazgo con otra mujer otorgaba a dicho compromiso un desenlace que él deseaba eludir a toda costa. Las ropas que vestía la noche del suceso aparecieron manchadas de sangre. Kaspar alegó que las trazas procedían de un caballo que había ayudado a desollar, mas sus familiares y diversos testigos situaron dichas prendas en ocasiones bien distintas. Asimismo, se le había visto regresar a su casa portando un cesto propiedad de Gamma. Negó primero haberla acompañado; admitió luego haberla escoltado hasta su puerta. Su versión mudó una vez más: afirmó haberse quedado con ella hasta el alba, asegurando haberla dejado viva en su estancia.
Otros indicios comprometieron gravemente su posición. Había ocultado su presencia, mentido a los parientes de la víctima e inquiritó a otra reclusa si existían medios para demostrar la identidad de un asesino. Interrogado sobre la procedencia de sus caudales, sus explicaciones fueron mudables. Al fin, reconoció haberse apoderado de trece francos y de unos pendientes hallados sobre el cadáver. Si bien tales contradicciones e indicios materiales no bastaban por sí solos para esclarecer cada hora de aquella noche, conjugados con la sangre, las ropas y los testimonios estrechaban de forma implacable el margen de sus descargos.
El informe asevera que, tras semanas de silencio y negativas, la administración penitenciaria sometió a Kaspar a un severo régimen de privación de alimento —primero tres y luego cuatro días por semana— y a castigos de azotes con varas. Tras sufrir diez golpes durante un interrogatorio, y otros quince en una sesión posterior, acabó por confesar en su decimoctava comparecencia. Describió la escena del crimen: había apartado a Gamma con el pretexto de ocultar el cesto y, aprovechando que se inclinaba, la golpeó en la cabeza con una piedra. Asestó varios golpes más, arrastró el cuerpo hasta el Reuss y lo arrojó a la corriente. Declaró asimismo haber registrado sus bolsillos y haberse llevado el dinero y los pendientes. A tenor de este relato, su único afán era deshacerse de Gamma para contraer nupcias con la otra mujer.
Los médicos constataron discrepancias entre esta confesión y la naturaleza exacta de las heridas, si bien estimaron que el relato no contradecía sus conclusiones sobre el mecanismo de la muerte. Por su parte, el juez instructor había reunido ya un sólido haz de indicios con anterioridad a la declaración. No obstante, la confesión había sido arrancada mediante un régimen de vejaciones físicas y azotes, concebido explícitamente para doblegar la resistencia del reo. El cronista del Nuevo Pitaval censura con severidad este método y sostiene que el sumario aportaba méritos bastantes sin necesidad de semejante apremio.
El texto cita los preceptos del Landbuch invocados en el fallo: el homicidio voluntario figuraba entre los delitos capitales, quedando la pena al arbitrio del juzgador en un cantón que carecía aún de un código penal articulado. La propia crónica advierte que el embarazo extramatrimonial exponía tanto a Gamma como a Zurflüh a sanciones por conducta disoluta. Así, la joven que reclamaba el reconocimiento de su preñez se hallaba ella misma bajo la amenaza de una comparecencia policial.
El tribunal penal de Uri condenó a muerte a Kaspar por los delitos de asesinato y robo el 10 de junio. El reo apeló; el tribunal cantonal confirmó el fallo dos días después. Elevó entonces solicitud de gracia ante el Landrat, que desestimó la petición por ochenta y dos votos contra cinco. El 18 de junio de 1861, a mediodía, fue conducido al cadalso en las proximidades de Altdorf y decapitado. La prensa de la época reseñó la comitiva de religiosos encapuchados que escoltaba al reo, la multitud congregada y las preces rezadas tras el suplicio. Vestían hábito negro; en el extremo de sus báculos se alzaba una pequeña calavera presidiendo la marcha. Al paso del condenado, dobló la campana mayor de la villa.
