El 14 de diciembre de 1885, hacia las diez de la mañana, Charles Roy abandonó la casa del matrimonio Magnien en Branges. Había entrado en ella escasos instantes antes, en un edificio situado a unos doscientos metros de su propio domicilio, en la aldea de Barbette. Acababa de producirse una discusión. Roy regresó a casa de su padrastro, empuñó un hacha de mango corto y volvió a la vivienda donde se encontraban Marie-Claudine Moreau, esposa de Magnien, y su hija Clotilde. La crónica de la Audiencia Provincial, publicada meses más tarde, presenta esta secuencia tal como figuraba en el acta de acusación.
El señor Magnien se había marchado al mercado de Louhans. Su esposa, de cuarenta y un años de edad, y Clotilde, de dieciséis, se hallaban solas. Según el ministerio público, Roy sorprendió a ambas mujeres en una alcoba. Descargó el primer golpe sobre la madre y luego se revolvió contra la muchacha cuando esta intentó huir. Regresó después junto a la señora Magnien, que aún respiraba, para asestarle un golpe definitivo. El escrito no describía un forcejeo prolongado: la acometida habría sido tan fulgurante que las víctimas ni siquiera pudieron proferir un grito.
Roy trancó la puerta por dentro, corrió la cortina de una ventana que daba a la calle y escapó por otra abertura, situada al fondo de la alcoba, que comunicaba con los campos. Dejó en la estancia el hacha ensangrentada y una navaja abierta que llevaba consigo. Hacia las cuatro de la tarde, a su regreso del mercado, el señor Magnien halló a su esposa y a su hija ya yertas en la rigidez de la muerte. En el relato acusatorio, la puerta cerrada, la cortina corrida y los objetos abandonados marcaban el rastro inequívoco del paso de Roy.
El joven había sido acogido tiempo atrás por los Magnien. El auto de acusación sostenía que se había valido de semejante cercanía para entablar, a espaldas de los progenitores, relaciones íntimas con Clotilde. El 11 de junio precedente, durante la fiesta patronal de Châteaurenaud, le habría impedido volver a su hogar, pasando la noche con ella bajo un cobertizo perteneciente a su propio padrastro. Al enterarse los padres de tales tratos, le cerraron las puertas de la casa. La fiscalía vinculaba a esta ruptura los ultrajes y amenazas subsiguientes; ya en el estrado, Roy impugnaría varias de las palabras que el presidente del tribunal le echó en cara.
En el mes de julio, según el acta, Roy se había jactado de poseer una escopeta oculta y de querer dar muerte a los Magnien. Luego se dirigió de noche hacia las viviendas de Claude Bouveret, Caillet y Clerc, donde ocultaba el arma entre un haz de leña menuda. Se le atribuía haber proclamado su intención de «matar a todos en la casa», llegando a merodear a su alrededor, aunque las contraventanas permanecían atrancadas. En septiembre, en el baile de Branges, Clotilde se negó a bailar con él. El padre de la joven lo hizo citar ante el juez de paz de Louhans, celebrándose la audiencia el 5 de octubre. A la salida, Roy habría manifestado que se lavaría las manos en la sangre de Clotilde. El presidente interrogaría al procesado sobre esta cadena de declaraciones para comprobar su veracidad; este respondió no acordarse o las negó en redondo. El acta fecha el baile el 21 de septiembre; el interrogatorio judicial habla del 19. Dicha discrepancia subsiste en la reseña procesal.
Charles Roy comparecía a sus diecinueve años. La prensa lo describía con la indumentaria propia de los campesinos de la Bresse, revestido de una actitud humilde que parecía traslucir cierto arrepentimiento. Esta impresión de la sala, empero, no zanjaba ninguna cuestión de derecho. Incumbía a los miembros del jurado deslindar las amenazas pretéritas, la intención homicida en el momento de los golpes y la versión que el propio Roy ofrecía de su llegada a casa de los Magnien. El escrito sitúa su entrada hacia las diez; en sus respuestas, Roy la ubica sobre las nueve. La crónica no resuelve la disparidad horaria.
Antes de reproducir dicho interrogatorio, el diario afirma que Roy había prestado «confesión íntegra» desde el instante de su detención. Las negativas y desmemorias posteriores contrastan abiertamente con tal aseveración inicial; la crónica no concilia ambos extremos.
Sometido al interrogatorio, confirmó haberse criado junto a su madre durante los inviernos y haber servido como peón durante los estíos. Había vivido dos años con su padrastro, quien, según recordó el presidente, siempre se había portado bien con él. Ambas familias eran vecinas y mantenían un trato cordial. Roy admitió haber abrigado la esperanza de desposar a Clotilde y reconoció haber mantenido relaciones íntimas con ella, las cuales situó en agosto de 1884. Respecto a la noche transcurrida bajo el cobertizo, confirmó haber estado en su compañía, pero negó haberle impedido regresar con sus padres y aseguró que ella misma le había entregado el relicario que guardaba consigo.
El magistrado presidente evocó a renglón seguido las manifestaciones por las cuales la acusación atribuía a Roy codicia por el patrimonio de los Magnien y la voluntad de impedir que Clotilde contrajera matrimonio con otro pretendiente. Roy negó haber intentado deshonrarla por tal motivo. Rebatió asimismo las amenazas referidas por los testigos. Interpelado acerca de la escopeta hallada en las inmediaciones de la casa de los Bouveret, admitió haberla recogido, si bien afirmó haber regresado junto a sus camaradas. No reconoció la frase en la que aseguraba desear la muerte de los Magnien. A propósito del incidente en el baile, confirmó la negativa de Clotilde a danzar con él y guardó silencio ante la pregunta relativa a los insultos. Sobre la amenaza proferida a las puertas del juzgado de paz, alegó no tener memoria alguna.
El interrogatorio se concentró finalmente en la mañana del crimen. Roy relató que se había presentado en la morada de los Magnien creyendo ausentes a los padres. Al toparse con la señora Magnien, se habría visto sorprendido; según su versión, la mujer lo atacó con un atizador. Afirmó haber perdido entonces el juicio y haber corrido en busca de un hacha. En esa misma declaración, negó haber resultado herido por la madre y rechazó haber abrigado intención alguna de matar a las dos mujeres. Cuando el presidente le inquirió por qué se había armado, contestó que no sabía lo que hacía.
Las preguntas de la presidencia repasaron seguidamente la sucesión de los golpes y la huida a través de la ventana. Se inquirió a Roy si había sustraído un reloj de oro del aposento de Clotilde, luego una leontina de similor y si se había apoderado del franco con cincuenta céntimos que contenía el portamonedas. Roy negó este último extremo. El cómputo de los golpes asestados dista de ser uniforme: el sumario y el interrogatorio no arrojan la misma cifra, y la crónica se abstiene de sumarlos. Frente a diversos actos que se le atribuían, Roy reiteró no guardar recuerdo. El pliego acusatorio había descrito, por su parte, una fuga tras echar el cerrojo por dentro, abandonando en la estancia el hacha y la navaja. Durante el juicio, ambas versiones coexistieron sin fundirse: de un lado, los hechos imputados por la acusación pública; del otro, las evasivas y lagunas de memoria alegadas por el reo.
La reseña periodística señalaba que, tras saltar por la ventana, Roy se había lavado las manos en una charca cercana antes de encaminarse a su domicilio. Habría confesado a su hermana que acababa de hacer una atrocidad y que vacilaba entre arrojarse al agua o entregarse a la justicia. Se acostó acto seguido en el pajar; su hermana advirtió manchas de sangre en los puños de su camisa. Más entrada la noche, habría admitido el crimen ante ella. Los gendarmes lo detuvieron en aquel mismo pajar. Conducido ante los cadáveres, proseguía el diario, no dio muestra alguna de pesar. De tal modo, el hallazgo de las víctimas, la fuga y el arresto se articulaban en los debates no como tres episodios aislados, sino como los hitos sobre los que el ministerio público cimentaba la continuidad delictiva.
El señor Wencker sostuvo la acusación pública. El letrado Giboulot articuló un relato bien distinto sobre el arrebato y la premeditación. A juicio de la defensa, Roy había franqueado el umbral desarmado en el seno de una familia que antaño le dispensara acogida; la madre, tachada de imprudente por el letrado, habría alentado los amores entre ambos jóvenes. La posterior prohibición de ver a Clotilde había trocado esa familiaridad en despecho y pasión herida. Sus compañeros de fatigas se mofaban de Roy, arguyó la defensa, y las amenazas que se le imputaban no habrían sido sino bravatas dictadas por el enojo.
La defensa impugnaba ante todo que el doble homicidio respondiera a un plan preconcebido. Roy habría llegado desarmado y solo empuñó la hachuela después de que la señora Magnien lo golpease y amenazase con un hierro del fuego. Habría regresado a la carrera, cegado por una cólera incontenible. El letrado Giboulot conminó al jurado a apreciar en su retorno al hogar, en sus palabras tras el crimen y en su absoluta falta de precauciones el sello de un acto desprovisto de premeditación. Reclamó la concesión de circunstancias atenuantes apelando a la juventud del reo. El informe defensivo llegó al extremo de atribuir a Clotilde una postrera súplica de clemencia en favor del muchacho; la gaceta, no obstante, no consigna testimonio alguno de la víctima en tal sentido. Esta defensa letrada no suprimía las amenazas previas reseñadas en el auto ni las contradicciones de Roy: proponía a los jurados interpretarlas bajo otra luz.
Fueron sometidas seis preguntas a la deliberación del jurado. A las siete y cuarto de la tarde, este emitió un veredicto afirmativo en todas ellas, atenuado por el reconocimiento expreso de circunstancias atenuantes. Charles Roy fue condenado a la pena de trabajos forzados a perpetuidad. La crónica concluye con la imposición del castigo. Las dos muertes violentas, la tesis sostenida por la defensa, las amenazas esgrimidas por la fiscalía y los desmentidos del acusado preceden al fallo sin llegar a conciliarse jamás en una sola voz.
