El disparo resonó cerca de Charing Cross poco antes de las cuatro de la tarde del viernes 20 de enero de 1843. Edward Drummond, secretario privado de Robert Peel, se tambaleó llevándose la mano a la espalda. A escasos pasos, Daniel M’Naughton guardaba una pistola y empuñaba una segunda. El agente de policía James Silver cruzó la calle y se abalanzó sobre él; el arma se disparó durante el forcejeo. Drummond no llegó a caer al suelo. Pudo regresar a la entidad bancaria donde trabajaba y desde allí fue conducido a su domicilio. Durante varios días se albergó la esperanza de que sobreviviera. Murió el 25 de enero.
El cuaderno procesal recoge asimismo las dilaciones previas al juicio. El 2 de febrero, el letrado de M’Naughton solicitó un aplazamiento: la defensa acababa de asumir el encargo, los documentos eran copiosos y aún debían recabarse declaraciones desde Escocia y, posiblemente, desde Francia. El fiscal general (Attorney-General) convino en que las declaraciones escocesas contenían extremos relevantes que debían exponerse ante el jurado. El tribunal aplazó la vista para el siguiente periodo de sesiones y asignó fondos para la preparación de la defensa. La crónica de marzo se abre, pues, sobre una causa ya demorada por la búsqueda de testigos.
Dos testigos presenciales describieron el manejo de las armas. Silver vio cómo guardaba la primera pistola entre sus ropas y desenvainaba la segunda. Benjamin Weston, conserje de unas oficinas, relató que el individuo dio un paso atrás, extrajo el arma y encañonó al herido antes de que Silver lograra sujetarlo. Calificó el ademán de deliberado, si bien advirtió que fue sumamente rápido. En el alojamiento de M’Naughton, la policía halló pólvora, fulminantes y proyectiles adaptados a las pistolas. El médico George Guthrie atribuyó el fallecimiento a la herida que había atravesado el cuerpo hasta lesionar el diafragma; Bransby Cooper ratificó su criterio. La bala extraída fue exhibida ante el tribunal.
La identidad del autor material apenas admitía controversia. Su intención, por el contrario, permanecía esquiva. La acusación pública sostuvo en un primer momento que M’Naughton pretendía abatir a Peel y había confundido a Drummond con él. En su alegato inicial, el procurador general aseveró que el encausado había merodeado por las inmediaciones de los ministerios con el propósito de atentar contra la vida del primer ministro. Las diligencias acreditaban presencias reiteradas en las inmediaciones de Whitehall: guardias, agentes de reclutamiento y empleados habían reparado en el escocés apostado en las escaleras de una dependencia pública o en los alrededores de Downing Street. Varios declararon que decía estar esperando a «un caballero». No obstante, estas deposiciones no bastaban por sí solas para determinar a quién creía ver en Drummond al apretar el gatillo.
M’Naughton se había criado en Glasgow y ejercido el oficio de tornero de madera. Los testigos de la acusación lo describieron como un hombre ordenado en sus negocios, puntual en el pago del arriendo y hábil en sus gestiones bancarias. Había ahorrado, estudiado en el Mechanics’ Institution y asistido a clases de anatomía. Meses antes del atentado, había adquirido pistolas en Paisley. Aquellos datos podían dotar a sus actos de la apariencia de una preparación metódica. Sus antiguos compañeros de trabajo, sin embargo, no alcanzaban idéntica conclusión: mientras unos no observaron anomalía alguna, otros recordaban a un hombre retraído, desvelado por las noches o transformado en su manera de hablar.
El propio 20 de enero, diversas personas lo vieron rondando el despacho de Peel. James Partridge afirmó haberle preguntado si aguardaba a alguien; M’Naughton habría contestado que esperaba a un caballero. Otro guardia declaró que frecuentaba el barrio de continuo. La patrona de su hospedaje, Eliza Dutton, no apreció nada insólito en la mañana del crimen. Lo juzgaba sobrio y austero, mas recordaba su aislamiento, sus respuestas evasivas y ciertas noches en que se levantaba profiriendo gemidos. Sus palabras no constituían un diagnóstico médico: yuxtaponían una vida cotidiana corriente y signos que, en su momento, no supo descifrar.
La defensa no rebatió el hecho material del disparo. Su abogado, Henry Cockburn, instó más bien al jurado a ponderar cuanto M’Naughton venía manifestando desde hacía meses. El relato de sus persecuciones emergía ya en las testificales de Glasgow: sacerdotes católicos, jesuitas, la policía y, más tarde, los tories se habrían conjurado contra él. Las facciones acusadas variaban, mas la convicción de sentirse espiado persistía. Había solicitado amparo a personalidades y autoridades locales. El parlamentario Alexander Johnston conservaba la respuesta escrita que le remitió: temía que padeciese una aberración mental y le aseguraba que, a su juicio, carecía por completo de motivos para tales temores. El Lord Provost James Campbell refirió igualmente haber recibido a M’Naughton, escuchado sus quejas y reconocido en él lo que consideró un singular delirio.
Los testimonios de sus allegados distaban de ser uniformes. Su padre, antiguo maestro artesano, describió a un hijo que se creía acosado y reclamaba la intervención de los magistrados. Un compañero de habitación recordaba sus despertares nocturnos y sus frases inconexas; otro lo recordaba pacífico, estudioso e inofensivo. Jane Drummond Patterson, casera en Glasgow, declaró que él le había hablado de espías que le seguían el rastro por las calles y hasta en el extranjero. No eran episodios refrendados por un observador ajeno: eran las palabras que un testigo recordaba haber oído, evocadas en el estrado para que cada una de las partes las interpretase a su conveniencia.
M’Naughton no fue llamado a declarar. En la vista, el doctor E. T. Monro dio cuenta del examen que varios facultativos le practicaron en prisión el 18 de febrero. A su decir, M’Naughton afirmaba que una «tropa» lo perseguía desde Glasgow hasta Boulogne y que, dondequiera que fuese, señas y miradas confirmaban aquel hostigamiento. Monro añadió que el reo había tomado a Drummond por uno de los miembros de esa partida y que creyó hallar la paz dándole muerte. Eran las manifestaciones del enfermo reproducidas por el médico semanas después, no una deposición directa del acusado. Por separado, el secretario judicial leyó ante el jurado una declaración escrita y firmada tras la detención: en ella se decía que los tories de su ciudad natal lo habían forzado a actuar y no le daban tregua. La causa ofrecía así dos testimonios indirectos de su propia voz, sin dirimir la realidad fáctica de tales imputaciones.
El punto más espinoso radicaba en el nexo entre dicho delirio y el disparo. El inspector John Massey Tierney refirió una conversación mantenida en el calabozo: tras ser advertido de que sus palabras podrían utilizarse en su contra, M’Naughton le habría confesado ser víctima de la persecución tory. Al día siguiente, Tierney le preguntó si conocía la identidad del hombre al que había disparado. Según el policía, el reo respondió en primer término: «Es sir Robert Peel, ¿verdad?», para luego, tras la rectificación del agente, explicar que había tomado a Drummond por uno de sus perseguidores. Cockburn impugnó la validez de este diálogo y la actuación de Tierney; otros informes médicos no coincidían punto por punto sobre los vocablos exactos pronunciados entre rejas. El proceso, por ende, no esclarece con una versión unívoca e incontestable la verdadera identidad del blanco previsto.
El sábado 4 de marzo, la atención recayó de lleno en los peritos médicos. Edward Monro, médico del hospital de Bethlem, había examinado a M’Naughton junto con otros colegas, entre ellos varios facultativos comisionados por el gobierno. Afirmó haber constatado una arraigada idea delirante de persecución y dictaminó que la patología era auténtica. Alexander Morrison, William M’Clure, William Hutcheson y Patrick Crawford manifestaron opiniones coincidentes: sostenían que una ilusión podía dominar por completo un ámbito específico mientras el sujeto conservaba el raciocinio para los demás asuntos; a su juicio, dicho delirio había arrebatado a M’Naughton el control sobre sus propios actos. El cirujano de Newgate Gilbert Macmurdo, que lo observaba a diario, ratificó este criterio. Forbes Winslow y el cirujano Aston Key, presentes en la sala sin haber sido citados previamente por ninguna de las partes, concluyeron asimismo que mediaba alienación mental en el momento de los hechos.
La acusación, sin embargo, había dibujado un cuadro muy distinto. Sus testigos habían acreditado los ahorros, la correspondencia mercantil, los viajes y la adquisición de las armas; el procurador general había esgrimido que una conducta premeditada y la elección de un paraje concurrido denotaban plena responsabilidad criminal. Con todo, no aportó ningún facultativo que rebatiera los informes periciales de la defensa. El presidente del tribunal, el juez Tindal, hizo notar que la prueba médica se inclinaba unánimemente hacia una de las partes e interrogó al procurador general sobre si disponía de dictámenes en sentido contrario. Este contestó negativamente y admitió que no podía solicitar al jurado un veredicto de culpabilidad. Esta retirada de la acusación no constituía aún la sentencia: la resolución seguía compitiendo de manera exclusiva al jurado.
Tindal sometió entonces a su consideración una pregunta precisa: si M’Naughton poseía o no, al ejecutar el acto, la capacidad de discernir que cometía una acción reprobable y contraria a la ley. El jurado inquirió si era menester oír más pruebas; el magistrado respondió que no lo juzgaba necesario, indicándoles que, de optar por la absolución, debían hacer constar que obedecía a causa de enajenación, a fin de que pudieran dictarse las providencias de custodia pertinentes. El portavoz del jurado declaró a M’Naughton «no culpable, por causa de enajenación mental». Se trató de un veredicto especial de absolución, formalmente diferenciado de una simple declaración de no culpabilidad sin fundamentación.
El tribunal ordenó al alcaide retener al reo en lugar seguro hasta que se manifestara la regia voluntad. La memoria impresa concluye señalando que, el miércoles 15 de marzo, fue trasladado de Newgate al hospital de Bethlem por orden de James Graham, secretario de Estado para Asuntos de Interior. La crónica se detiene en ese instante. Refiere el disparo, las versiones encontradas sobre la premeditación y las manías persecutorias, la deliberación del jurado y la medida de aseguramiento; nada relata sobre el destino posterior de M’Naughton. En este escenario, la justicia no designó a un homicida a quien castigar: constató el hecho, calibró el estado mental en disputa y confió la custodia del hombre a la potestad del Estado.
