El 25 de mayo de 1878, durante una suspensión de la audiencia en Lyon, Jean Laurent se paseó por la estancia donde los gendarmes lo custodiaban. Se tomó un instante y escribió en la pared: «LAURENT JEAN / Condenado a muerte el 25 de mayo de 1878 / inocente». Poco después, el tribunal reanudó la sesión. La Gazette des tribunaux consigna que Laurent fue condenado a muerte. La inscripción se había anticipado a la sentencia pública; no alteró en absoluto su alcance. En la crónica judicial, estas breves palabras constituyen la última defensa de un hombre frente a cuyas imputaciones el jurado acababa de responder con un «sí» a las cuatro preguntas planteadas, sin que el periódico llegara a transcribir su tenor literal.
Laurent tenía treinta y dos años, según declaró al inicio de la vista. La Gazette registra su nombre bajo la forma de Jean Laurent, si bien precisa, en el acta de acusación que reproduce, que su verdadero nombre era Pierre-Jean Laurent. Semejante discrepancia constituye ya una llamada a la prudencia: el reo comparecía tras haber vivido bajo el falso nombre de Durand, mientras que el relato de la prensa condensa versiones, pruebas y conclusiones que distan de poseer el mismo valor probatorio.
El proceso se abrió los días 24 y 25 de mayo ante el tribunal de lo criminal del Ródano, bajo la presidencia del magistrado Olivier. La rúbrica impresa anunciaba «Asesinato. — Robo». La crónica se abre con el acta de acusación. Este texto de cargo no constituye una sentencia anticipada: expone la tesis sometida a los jurados. Según dicha versión, el cadáver de Pierre Villecourt, labrador de sesenta y cuatro años, fue descubierto el 9 de diciembre en su casa de Brullioles, en el cantón de Saint-Laurent-de-Chamousset. Durante varios días, el silencio y el desamparo de la morada habían alarmado al vecindario. Al penetrar en la vivienda, hallaron al anciano en el suelo, con el cráneo destrozado, en medio de un charco de sangre. El armario se hallaba abierto y forzado; sobre un estante descansaba un hacha ensangrentada.
El acta situaba el crimen en la noche del 6 de diciembre. Villecourt había regresado de la feria con unos zuecos nuevos, una cesta y una blusa empapada por la lluvia. Había dejado los zuecos y la cesta a la entrada de la cocina; la blusa se secaba frente al fogón. Una olla de patatas indicaba, a juicio de la acusación, que se disponía a cenar cuando fue asaltado. Su vivienda, aislada en una ladera boscosa, había permanecido cerrada. El periódico lo describe como un hombre soltero, ahorrador y servicial, sin enemigos conocidos. Sus ahorros y los luises de oro que la voz pública le atribuía podían, según la fiscalía, explicar el móvil del robo.
Un forastero recién llegado a la comarca había despertado sospechas. Se hacía llamar Durand, se presentaba como viajante de una casa de vinos de Béziers y cortejaba a Adrienne Séverac, a quien había conocido en Lyon. Afirmaba querer desposarla. La familia Séverac residía cerca de la casa de Villecourt; este conocía a los suyos y, según la crónica, había manifestado interés por Fanny, la hermana de Adrienne. Durand conocía, por tanto, las inmediaciones y la probable existencia de caudales en poder del campesino. El acta de acusación aseguraba que esta información había hecho germinar en él la idea del crimen.
El contraste entre la posición que aparentaba y sus medios efectivos constituyó el núcleo de la acusación. El 1 de diciembre, ante un notario de Bessenay, se otorgaron las capitulaciones matrimoniales: Durand prometía una dote de cinco mil francos y un ajuar valorado en seiscientos. Sin embargo, cuando hubo de liquidar veinte francos de aranceles, no pudo desembolsarlos; ofreció cinco francos y tomó prestado uno al padre Séverac. Al día siguiente, explicó que solo le restaban cuarenta y dos sueldos, apenas lo necesario para su billete de ferrocarril. Días más tarde, instado a saldar la cuenta con el notario, anunció que acudiría a pagar el 6 de diciembre.
Aquel día, según el acta, abandonó la compañía del padre Séverac hacia las diez de la mañana y permaneció ilocalizable toda la jornada. Regresó hacia las ocho de la tarde por un sendero campo a través, sofocado. Los pantalones estaban empapados por encima de la rodilla y presentaban indicios de haber sido lavados. A pesar de que se le creía sin blanca, entregó entonces veinte francos a Adrienne para el notario. Afirmaba haber pasado el día en la feria y haber almorzado allí; ningún posadero lo reconoció en el ferial. Declaró también haber comprado un paquete de tabaco y haberlo extraviado después. La policía halló en la casa de Villecourt un paquete idéntico, que varios testigos consideraron incompatible con los hábitos del difunto. Cada uno de estos detalles fue presentado por el ministerio fiscal como una pieza de convicción; ninguno, considerado de forma aislada, bastaba para relatar lo acontecido en el interior de la casa.
Laurent partió hacia Lyon el 7 de diciembre junto a Adrienne y la madre de esta. La crónica sostiene que allí gastó no menos de veinticinco francos, pese a su reciente penuria económica. Cuando los agentes se personaron para detenerlo en su hotel de Villefranche, el sospechoso se habría ocultado, descalzo y desnudo, en las letrinas. En el lugar intervinieron tres pagarés a la orden a nombre de Villecourt, una carta firmada con dicho nombre, un telegrama expedido bajo la identidad de Durand y un resguardo de una cartilla de la caja de ahorros perteneciente a la víctima. Una vez más, estos elementos figuran en la prensa primero en el seno del acta y, posteriormente, durante el interrogatorio de la vista oral.
El acta de acusación presentaba a Laurent como un sujeto reincidente, condenado en varias ocasiones por robo, en quebrantamiento de condena, reclamado por otros tribunales y perseguido como desertor. Estos antecedentes empañaban gravemente la imagen del reo, mas no bastaban por sí solos para probar el homicidio. Respecto a los títulos de Villecourt, Laurent habría incurrido en contradicciones: sostuvo en primer término haber comprado la cartilla a un desconocido; más adelante afirmó que los pagarés le habían sido entregados por Adrienne. La fiscalía replicaba que la muchacha jamás los había tenido en su poder y que Laurent había intentado inducirla a secundar su versión. No obstante, la Gazette no recoge, en este extremo, una declaración detallada de Adrienne en estrados.
La crónica reseña a continuación algunas de las respuestas de Laurent. El reo no brindó una explicación convincente acerca de sus condenas previas. Reconoció haber adoptado el nombre de Durand y haber prometido a Adrienne dote y ajuar sin contar con los medios para cumplir su palabra. No supo justificar los pagarés y la libreta que llevaban el nombre de Villecourt. En cuanto a las manchas de sangre advertidas en su camisa, las atribuyó a una jornada de caza de ardillas; respecto a la cartilla, insistió en haberla adquirido de un transeúnte en la plaza Bellecour. Su interrogatorio, según resume el periódico, consistió primordialmente en una negativa generalizada de los cargos.
La distancia entre las distintas voces merece ser preservada. El acta refiere la turbación de Laurent al enterarse de la noticia del asesinato en un café y tilda dicha inquietud de confesión tácita; un testigo, Grimaud, habría comentado a su vecino que creía culpable a Laurent. La crónica, en cambio, no cita confesión alguna. Presenta el episodio como un mero indicio interpretado por la acusación, junto a los valores incautados, las marcas en la vestimenta, la coartada horaria inexplicable y las contradicciones relatadas. El fiscal general Debaune sostuvo la acusación pública; el letrado Arcis defendió a Laurent. La Gazette no resume los informes de las partes con el detalle suficiente para reconstruir sus razonamientos, y ofrece aquí únicamente un compendio sumario del interrogatorio y del desenlace.
Tras el resumen del presidente, el jurado se retiró a deliberar. El diario indica que se le plantearon cuatro preguntas y que los jurados respondieron «sí» a todas ellas. No reproduce el enunciado exacto de las cuestiones. Por tanto, resulta imposible atribuirles aquí formulaciones precisas o desglosar de qué modo se articuló la culpabilidad entre el homicidio, el robo o las eventuales circunstancias agravantes. La Gazette refiere que Laurent permaneció impasible cuando el secretario leyó las respuestas. El ministerio fiscal interesó la imposición de la pena; el tribunal se retiró a su vez a deliberar. Fue entonces, durante la espera, cuando Laurent trazó en el muro su condena y su inocencia, una al lado de la otra.
A la una y veinticinco, se reanudó la audiencia. La Gazette anota con sobriedad: «Laurent (Jean) es condenado a muerte». Esta fuente acredita, por consiguiente, el veredicto y la pena pronunciados el 25 de mayo de 1878. No consigna si la sentencia fue ejecutada, conmutada o sometida a ulterior recurso. La crónica histórica concluye en este hito documental: una condena capital, una frase grabada en la pared y una reseña que expone con aplomo los cargos de la acusación, pero que priva al lector de las preguntas del jurado y del destino final de Laurent. Deslindar la acusación, los indicios referidos, los testimonios de la vista y el fallo constituye la única vía rigurosa de narrar este caso sin equiparar la crónica periodística a un sumario judicial completo.
