Cuando las mujeres regresaron a la casa, la puerta principal estaba cerrada. François Madebène, a quien aguardaban, no se encontraba allí. En el interior nadie respondía y no se advertía luz alguna. Se acomodaron en el establo, rezando y atentas a los ruidos del camino. El hombre con quien se toparon hacia las once de la noche fue Antoine Géraud-Dumontel, el amo del lugar. Les explicó que François tal vez se hubiera llevado la llave al acompañar a una visita, anunciándoles luego que él entraría por el pajar. Les pidió que fueran a dormir a casa de la familia Madebène. Al día siguiente, cuando relató que al fin había logrado penetrar en la vivienda, aseguró que le había sido imposible abrir la cocina.
La escena aparece recogida en la Gazette des tribunaux del 18 de mayo de 1873, que publica la crónica de la vista celebrada el 14 de mayo ante la Audiencia de lo Criminal de Puy-de-Dôme. El periódico da lectura en primer término al auto de acusación y reseña después los debates, deslizando a veces comentarios propios entre las declaraciones de los testigos y la palabra del procesado. Conviene, por tanto, deslindar lo que el jurado tuvo por probado de aquello que el ministerio público imputaba a Antoine, así como de lo que el cronista daba por sentado antes incluso de exponer las sesiones judiciales.
Los dos hermanos Géraud-Dumontel habían convivido cerca de treinta años en Biollet. Su morada acogía asimismo a François Madebène, hijo de un colono y criado por el mayor, François. El diario consigna que Madebène trabajaba junto a los dos hermanos y que algunas voces le atribuían una filiación no reconocida con el primogénito. El arraigo familiar y la posición de Madebène en la hacienda pesarán en el curso de los hechos: distaba de ser un mero criado de paso; era el pupilo crecido al pie del hogar y copartícipe de sus negocios cotidianos.
En octubre de 1871, François Dumontel mandó redactar su testamento. Dividía el usufructo de sus bienes inmuebles entre Antoine y Madebène, les legaba los muebles y transfería la nuda propiedad a diversos sobrinos y sobrinas. En la misma fecha, otorgó además a favor de Madebène la donación de unas fincas, presentadas bajo la forma de compraventa saldada. Este reparto no acredita por sí solo el móvil de un delito, pero provee el contexto al litigio que la acusación desgranaría más tarde. Antoine alegaba que aquel patrimonio se había forjado con caudales comunes y que debía corresponderle su mitad. De hecho, había incoado una demanda de partición ante el tribunal civil de Riom, fundamentada en una sociedad verbal que hacía remontar a 1839.
Las referencias a las amenazas provienen, asimismo, del sumario expuesto en la vista oral. Conforme al ministerio fiscal, Antoine aludía a batirse en duelo a pistola, amenazaba a Madebène esgrimiendo herramientas del campo y juraba que acabaría con él. En noviembre de 1872, Madebène había comparecido ante el tribunal correccional de Riom a raíz de una querella interpuesta por Antoine por golpes y heridas, causa en la que resultó absuelto. La Gazette añade que, tras aquel pleito, ambos hombres interrumpieron el trato verbal, hasta que a finales de febrero o principios de marzo sobrevino una aparente reconciliación. Una sirvienta, Marie Lacot, advirtió por entonces que su amo prodigaba a Madebène atenciones y miramientos insólitos.
La noche del 12 de marzo, Lacot abandonó la casa entre las seis y las siete para acudir a la velada en casa de los padres de Madebène, a un centenar de metros de distancia. Dejó a los dos hombres en la cocina: Madebène disponía unas patatas; Antoine atizaba el fuego. François no se unió a las mujeres como solía. Pasadas dos horas largas, Lacot regresó hacia la vivienda en compañía de Marie Madebène, la hermana de François con quien compartía las vigilias. La entrada estaba atrancada, la estancia a oscuras. Aguardaron a la intemperie.
A las once, Antoine asomó por el camino del molino Berthin. Sostuvo que François probablemente andaría acompañando a alguien y que carecía de llave. Adujo que entraría por una abertura del pajar, pero conminó tres veces a las mujeres a que se marcharan. Estas terminaron por guarecerse junto al padre de Marie. A la mañana siguiente, les comunicó que había logrado franquear el interior unas horas antes, sin alcanzar la cocina. Insinuó una muerte repentina o un eventual suicidio. Cuando acudió la familia Madebène, se opuso a que forzaran la entrada antes de la llegada de la autoridad. Les advirtió que aquello podría comprometerlo gravemente y les vedó trepar por la ventana, pretextando que dejarían huellas de barro incriminatorias.
No fue sino hacia las cinco de la tarde cuando el teniente de alcalde, secundado por varios convecinos, forzó la puerta abriendo un vano a la altura del cerrojo interior. Madebène yacía inerte tendido ante el fogón, con una pistola cerca del cuerpo. La herida en la cabeza, según la descripción médica recogida por el diario, presentaba orificio de entrada junto a la oreja derecha y salida por la parte superior izquierda de la frente. La trayectoria del proyectil hizo sospechar inicialmente un suicidio, conjetura que decayó con premura: los facultativos concluyeron que a Madebène le resultaba anatómicamente imposible dispararse en semejante ángulo.
La estancia guardaba otros pormenores que la acusación juzgó determinantes. La lumbre había sido sofocada. En una fuente con patatas, la autoridad local advirtió restos de sangre mezclados con despojos. Antoine adujo primero que no había tales restos, para sugerir después que a Madebène le habría sangrado la nariz. Quiso hacer desaparecer el plato; el teniente de alcalde ordenó custodiarlo. Durante la noche, Antoine solicitó a los guardas encargados de velar los muebles que tirasen las patatas para evitar «pringues y suciedad», según refiere el rotativo. Tal conducta fue presentada como un intento de desvanecer vestigios materiales, si bien su verdadero alcance compete a la hermenéutica forense, que el lector avisado debe distinguir de las comprobaciones de hecho.
La instrucción judicial ensayó asimismo la puerta. Los magistrados lograron hacer caer desde el exterior el pestillo interior maniobrando con tiento la hoja de madera. Esta prueba técnica volvía viable la salida sin necesidad de llave y debilitaba la coartada del visitante foráneo. Antoine imaginó entonces a un hombre oculto en la vivienda, que habría huido por la escalera del pajar. Las pesquisas, recoge el acta, no hallaron rastro de semejante desconocido. Acorralado sobre la verosimilitud de sus dichos, Antoine acabó confesando haber disparado.
En el juicio, ofreció su versión de los acontecimientos. Madebène lo habría ultrajado, llegándole a escupir en el rostro. Mientras este iba a buscar una sartén, Antoine sacó un par de pistolas cargadas de un cajón, depositó una cerca del fuego y disparó cuando Madebène se volvía hacia la lumbre. La crónica refiere que rompió en llanto al rememorar la detonación y que declaró haber actuado cegado por la cólera. Sostuvo que no existió premeditación alguna. El ministerio público, por su parte, mantuvo la tesis de un designio madurado con antelación. Ambas posturas colisionaban en un punto nodal: ¿constituía el disparo el desenlace de un plan urdido o el estallido de un lance fortuito?
El interrogatorio del presidente del tribunal derivó entonces hacia el patrimonio, el vínculo de Madebène con los hermanos, la demanda de partición y el instante exacto del tiro. Antoine negó el odio y rebatió las amenazas, si bien admitió haber retado tiempo atrás a Madebène a un lance de honor. Aclaró que el testamento no le causó contrariedad, para insistir acto seguido en que los bienes legados al finado procedían del caudal común. Dijo haberse inclinado a coger la pistola sin levantarse del asiento, aunque reconoció, tras repetidas repreguntas, que se había puesto en pie para disparar. Respecto al supuesto forastero, confesó haber fingido la intervención de un tercero para exculparse.
La crónica no transcribe el testimonio íntegro de cada deponente; indica de modo sucinto que los comparecientes ratificaron los hechos del pliego acusatorio. El fiscal solicitó un castigo ejemplar, sin oponerse empero a la concesión de atenuantes. El letrado defensor, señor Lachaud, pronunció su alegato; tras lo cual el presidente resumió las deliberaciones. Tales fueron los últimos compases que la Gazette consigna antes del fallo.
El jurado resolvió afirmativamente sobre el homicidio voluntario, negó la premeditación y concedió circunstancias atenuantes. La sentencia de la corte, custodiada en los Archivos Departamentales de Puy-de-Dôme bajo la signatura U 10303 y transcrita en un expediente público del departamento, confirma que se declaró probado el homicidio de François Madebène y que Antoine Géraud-Dumontel fue condenado a diez años de reclusión. A sus setenta y cuatro años, el reo eludía la pena de trabajos forzados que el código prescribía para el asesinato; la legislación de 1854 conmutaba dicho régimen por la reclusión menor para los penados sexagenarios. El fallo le impuso asimismo las costas procesales.
El periódico, con anterioridad al veredicto, califica al reo de codicioso, rencoroso y vengativo, presentando la premeditación como un hecho palmario. Los miembros del jurado no respaldaron este último extremo. La divergencia es sustancial: Antoine resultó culpable de dar muerte intencionada a Madebène, mas el dolo premeditado no quedó judicialmente acreditado. La puerta cerrada, la aldaba corrida y el plato de patatas apuntalaban la tesis acusatoria; el veredicto, sin embargo, trazó una divisoria nítida entre el homicidio voluntario y el asesinato consumado con alevosía y premeditación. El juicio no borra la discordia por las hijuelas ni la sombra que se cernió sobre una casona donde dos hermanos envejecieron juntos. Permite únicamente asentar la verdad formal dictada por los jueces: un homicidio voluntario, circunstancias atenuantes y diez años de reclusión.
