El 15 de abril de 1847, Cécile Combettes, una obrera de catorce años y medio, acompaña al encuadernador Conte a un establecimiento de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, en Toulouse. Se entregan allí dos cestas de libros; Marion regresa al taller, mientras Cécile aguarda en el locutorio con el encargo de devolver los canastos vacíos. Media hora más tarde, Conte ya no la encuentra. Cree que la muchacha ha regresado a casa. La jornada transcurre antes de que tal conjetura se disipe para dar paso a la inquietud.
El folleto publicado tras las exequias arranca precisamente con esta inicial ausencia de certezas, en la que cualquiera habría reconocido un retraso ordinario: un maestro de taller supone a su joven aprendiz junto a él, unos padres creen a su hija en compañía de su camarada de faena, y el portero del convento no acierta a precisar si la vio cruzar el umbral hacia la calle. Cécile no se encuentra en el taller de Conte ni en el hogar paterno. Al caer la noche, las pesquisas resultan vanas. En la mañana del 16 de abril, se descubre un cadáver al pie del muro que separa el cementerio de Saint-Aubin del jardín del colegio religioso. La crónica de la época pasa entonces del silencio del recinto a la conmoción pública.
Conviene detenerse en la naturaleza de dicho folleto. Titulado Affaire Cécile. Viol et assassinat d’une jeune fille de quatorze ans et demi, vio la luz en 1847, al día siguiente del sepelio, y advertía de forma expresa que solo podía exponer «los hechos conocidos hasta la fecha». No se trata de una sentencia, sino de un alegato de circunstancias, redactado en el preciso instante en que la instrucción judicial apenas comienza. El impreso señala a la joven como víctima de un atentado, recoge conclusiones forenses todavía provisionales y exhorta a la población a aguardar la acción de la justicia; no nombra a Léotade ni está en condiciones de dilucidar la identidad del homicida. El título, las hipótesis y las descripciones deben valorarse bajo este prisma, sin transformar la temprana indignación popular en elemento de prueba.
Las primeras indagaciones no avanzan al compás del clamor callejero. El folleto refiere que Marion es detenida el mismo 16 de abril, y Conte al día siguiente, a su regreso de Auch. Los magistrados practican asimismo registros en el internado, sin recabar de inmediato, a tenor de la crónica, ningún resultado concluyente. Los allegados de Cécile aguardan; la ciudad entera exige una respuesta. El cortejo fúnebre reúne a las compañeras de la muchacha, ataviadas de blanco, y a una muchedumbre que escolta el féretro hasta el camposanto. El impreso plasma estas solemnes manifestaciones de duelo, pero las envuelve en la retórica piadosa de su tiempo: las palmas fúnebres mudan en reliquias y la difunta en una «virgen y mártir». Semejante estampa revela el modo en que el suceso fue difundido; empero, no suple a la pesquisa judicial ni devuelve la voz a Cécile, extinguida ya para siempre en las prensas de la época.
Tras las exequias, el mismo texto solo puede ofrecer informaciones fragmentarias. Señala que dos frailes de la institución, aludidos por sus cargos de procurador y de proveedor, se hallan bajo arresto e incomunicados. Esta fórmula no basta para individualizar con rigor a entrambos religiosos. Describe, más bien, la densa tensión que sobrecoge a la urbe: mientras la magistratura instruye la causa, las hojas volanderas erigen cada pormenor en acontecimiento. El libelo reclama que «la verdad entera» salga a la luz, una verdad de la que su propio autor carecía por entonces.
Cuando la Audiencia de lo Criminal del Alto Garona abre sus sesiones el 7 de febrero de 1848, el procedimiento adquiere una forma plenamente pública y contradictoria. Louis Bonafous, en religión el hermano Léotade, se sienta en el banquillo de los acusados. El ministerio público sostiene que Cécile no abandonó voluntariamente el convento y que fue conducida desde el vestíbulo hacia el jardín, y de allí a las caballerizas; apoya su tesis en la topografía del lugar, en el paso del muro medianero hacia el cementerio y en las piezas de convicción acopiadas durante la instrucción. Los debates versan asimismo sobre una camisa hallada en la lencería y sobre unas semillas de higo ingeridas que, a juicio de la acusación, concordaban con los restos hallados en el cuerpo de la occisa. Tales indicios, con todo, distan de hablar por sí solos: su fuerza convictiva dependía por entero de la interpretación pericial y de los testimonios orales.
La defensa impugna con vehemencia el itinerario trazado por la acusación. Aduce que la muchacha bien pudo franquear la salida sin ser vista en una jornada de feria, y que el cuerpo pudo ser introducido desde otro ángulo del cementerio, donde el muro presentaba una brecha. En cuanto a las semillas, señala que un postre común entre gentes de condición humilde no prueba la pertenencia de una camisa ni señala inequívocamente a su portador. Estas consideraciones pertenecen a la estrategia forense de la defensa y no constituyen una demostración retrospectiva de la inocencia de Bonafous. Sin embargo, ponen de relieve el núcleo del debate: dilucidar si una cadena de vestigios circunscritos a un recinto cerrado explicaba la desaparición mejor que las posibles vías de fuga y acceso que los letrados oponían mediante sus propias reconstrucciones.
El proceso se ve sacudido a renglón seguido por la crisis política de febrero de 1848, que interrumpe la vista de la causa. En Toulouse, el litigio se desarrolla en una atmósfera donde las escuelas de los Hermanos son ya blanco de encendidas diatribas y donde la instrucción confesional se erige en controversia política. El tribunal reanuda sus sesiones en el mes de marzo; la prensa de la época da cuenta diaria de una sala abarrotada, de la masa congregada en torno al palacio de justicia y de los contingentes armados dispuestos para contener cualquier desmán. Semejante expectación no zanja la cuestión de fondo, pero explica con elocuencia por qué cada testimonio, cada dictamen pericial y cada desmentido trascendían al instante las paredes del estrado.
El 4 de abril, el presidente concluye el resumen de los debates y somete a la deliberación del jurado dos series de cuestiones. La primera interroga si Bonafous cometió violación, si Cécile tenía menos de quince años, si la privó voluntariamente de la vida y si el homicidio tuvo por objeto procurar la impunidad del crimen precedente. Las respuestas son negativas. La segunda serie reproduce las mismas interrogantes sustituyendo el delito consumado por el de tentativa de violación. La reseña judicial de la Gazette des Tribunaux puntualiza que los dictámenes periciales y las apreciaciones surgidas durante las sesiones llevaron al tribunal a escindir ambas hipótesis; esta distinción técnica no constituye un mero matiz verbal, sino que delimita con exactitud lo que el jurado dio por probado y aquello que descartó.
Frente a esta segunda batería de preguntas, el jurado declara a Bonafous culpable de tentativa de violación, de homicidio voluntario y de la conexidad dirigida a asegurar su impunidad; reconoce asimismo que la víctima no alcanzaba los quince años y le otorga el beneficio de circunstancias atenuantes. La sala lo condena a la pena de trabajos forzados a perpetuidad y a la exposición pública. He aquí el desenlace formal recogido por la Gazette y por los repertorios bibliográficos universitarios. Conviene consignarlo sin ambigüedad: Bonafous resulta condenado por homicidio y tentativa de violación, al tiempo que el veredicto lo absuelve de toda violación consumada.
La crónica judicial conserva un último pasaje, evocado con menor frecuencia que el propio fallo penal. La acusación particular reclama cincuenta mil francos en concepto de indemnización por daños y perjuicios, exigiendo que los superiores del instituto religioso sean declarados civilmente responsables. Los letrados defensores solicitan que esta pretensión civil sea desgajada de la causa principal y aplazada. El tribunal accede a dicha escisión; el presidente anuncia que los magistrados resolverán por sí solos sobre este extremo. Aquel día, por consiguiente, solo se proclamó la condena corporal; el artículo periodístico no da cuenta del desenlace definitivo de la demanda pecuniaria. A las cuatro de la tarde, mientras el público desaloja con lentitud las bancadas, la multitud en el exterior permanece agitada.
Bonafous interpone recurso de casación; el estudio retrospectivo conservado en Tolosana consigna que el recurso fue desestimado. Falleció en el presidio de Tolón el 27 de enero de 1850, proclamando su inocencia hasta el último aliento. Jean Cazeneuve, abogado presente durante la vista oral, publicó diversos memoriales en favor de su rehabilitación; la virulencia de sus censuras contra la magistratura le acarreó, según la misma fuente, una condena por difamación. Sus alegatos resultan indispensables para comprender por qué el veredicto suscitó tan tenaz controversia, pero conservan la naturaleza de escritos de parte. La reseña de Tolosana hace constar que jamás fue rehabilitado; este dato señala el límite documental de los archivos disponibles, no la prueba irrefutable de que cualquier otra vía procesal hubiese quedado agotada. La culpabilidad formal y la duda histórica ni se confunden ni se anulan entre sí.
El expediente judicial se cierra, pues, en dos compases desiguales. El tribunal de justicia zanjó las cuestiones de derecho y castigó a Bonafous; la posteridad, en cambio, ha continuado debatiendo la firmeza de los escenarios, las declaraciones de los testigos y los informes forenses. En cuanto a Cécile, su figura permanece aprisionada en textos ajenos: un alegato de urgencia, las reseñas de prensa, los memoriales de la defensa y las síntesis retrospectivas de los archiveros. La cautela crítica no exige revocar el veredicto, mas sí abstenerse de atribuirle un alcance distinto del que le otorgó el jurado de la época, rehusando al propio tiempo que la muchedumbre inquieta de aquel 16 de abril, o los libelistas que escribieron después, puedan erigirse en testimonio de cargo inapelable.
