Cuando el jurado regresó, no había empleado ni un cuarto de hora en deliberar. Walter Raleigh acababa de defenderse durante horas contra una conspiración cuyo relato mutaba al compás de las declaraciones. El veredicto, en cambio, se redujo a una sola palabra: culpable. No preguntó por qué los jurados habían llegado a semejante conclusión. Tan solo les recordó que su decisión arrojaba a su esposa y a su joven hijo a mendigar por las calles, para luego volverse hacia los lores y protestar contra los atropellos que consideraba haber padecido desde su arresto.
El proceso se había celebrado en Winchester el 17 de noviembre de 1603. Borrow encabeza su capítulo con un año erróneo, 1602, si bien el acta que reproduce consigna con exactitud dicha fecha. Raleigh, maltrecho y sin fuerzas, solicitó permanecer sentado. No había perdido del todo su aplomo: saludó a varios conocidos, rehusó recusar a los jurados y reclamó el derecho a responder punto por punto. A su alrededor, los comisarios, jueces y consejeros del rey ya habían escuchado la extensa acusación.
El sumario entrelazaba diversas intrigas. Se reprochaba a Raleigh y a lord Cobham haber pretendido destronar a Jacobo I en beneficio de Arabella Stuart, prima del monarca, con el auxilio de España y del archiduque de Austria. La suma prometida —seiscientas mil coronas— habría servido para sumar descontentos a la causa. Otra empresa, bautizada en el proceso como «la del Bye», habría tenido por mira apoderarse de la corte y someter al rey. Raleigh era procesado por la primera, pero la acusación retornaba sin cesar a la segunda, más vasta y temible, en la que se hablaba de apresar al soberano y a sus hijos.
El fiscal general, Edward Coke, blandía una oratoria despiadada. Acusó a Raleigh de ser el cerebro del complot y colmó a su adversario de improperios. Raleigh le replicó que una invectiva no constituía una prueba. Reiteró aquello que jamás dejó de sostener: jamás había hablado de Arabella, jamás había alentado la recaudación de fondos españoles ni había empujado a Cobham a traicionar al rey. No pretendía negar sus encuentros ni todo trato con el lord; impugnaba el sentido que se les atribuía. Conversaban, decía, de asuntos privados, de rentas, de libros y de una paz que juzgaba preferible a una guerra contra España.
En el centro del proceso gravitaba un ausente: Cobham. Tras su detención, este había acusado a Raleigh, para luego rectificar o alterar pasajes enteros de su relato. Con todo, el jurado no podía escucharlo de viva voz. Raleigh suplicó que lo hicieran comparecer, que se le permitiera formularle una sola pregunta y confrontarlo con sus versiones contradictorias. Se le respondió que la ley no lo exigía y que Cobham bien podría retractarse para salvar a su antiguo amigo. El acusado hubo de defenderse contra las palabras de un hombre vivo, presente en el mismo edificio, pero mantenido al margen de la sala.
Los jueces no despacharon la objeción como una simple nimiedad. Debatieron sobre la regla de los dos testigos, las declaraciones por escrito y la validez de la incriminación de Cobham. Raleigh invocó las garantías procesales y los textos sagrados; se le opusieron las normas de la prueba en materia de traición y el peligro de un concierto clandestino entre prisioneros. No le era posible borrar el hecho de que Cobham hubiera hablado primero contra él. Tan solo pedía que aquella palabra fuese sometida a examen en su presencia. La petición fue denegada.
La tensión alcanzó su punto álgido cuando la acusación dio lectura a una carta de Cobham. En ella se presentaba a Raleigh como a un hombre a sueldo de España para favorecer sus designios. Raleigh extrajo entonces otra misiva, de puño y letra de Cobham, que lo exculpaba y juraba que el lord jamás había conspirado a instancias suyas. A la primera, los lores le otorgaron crédito; la segunda fue calificada de burda maniobra calculada. El mismo individuo parecía así condenar y luego absolver a su camarada, sin que Raleigh pudiera preguntarle el motivo.
Cierta deposición refería incluso que un portugués, en Lisboa, habría augurado que el rey no sería coronado porque «Don Raleigh y Don Cobham» le cortarían el cuello. Raleigh inquirió qué podía probar contra él un rumor propagado por un marinero. La respuesta del fiscal fue que la traición tenía alas. El juicio se deslizaba entre cartas, conversaciones de oídas e interpretaciones de silencios; cada pieza se presentaba como el fragmento de un designio cuya existencia Raleigh negaba haber conocido.
En el instante de dictar sentencia, el lord juez superior le reprochó su ambición y su codicia, proclamando su fe en Cobham. Raleigh se acogió a la clemencia real y encomendó a su familia. El castigo reservado a la alta traición era atroz: ser arrastrado sobre un zarzo, ahorcado, eviscerado y descuartizado. El rey suspendió entonces el suplicio; Raleigh permaneció recluido en la Torre de Londres, sujeto a una condena que se reactivaría tras su regreso de la Guayana. Allí escribió y concluyó, según refiere Borrow, gran parte de su Historia del mundo. Cuenta Borrow que, al enterarse de la ruina de su impresor, Raleigh arrojó a las llamas la continuación manuscrita e inédita de la obra. La escena plasma el doloroso conflicto entre el empeño del autor y la supervivencia material de quien lo había dado a la estampa.
La libertad le fue restituida por etapas, sin que quedara borrada su condena. Había obtenido ya permiso para salir de la Torre bajo la custodia de un guardia cuando la orden real del 30 de enero de 1617 decretó su completa excarcelación, según consta en la ficha del documento conservado en la Biblioteca Folger. La expedición a la Guayana, en pos de un yacimiento aurífero, zarpó aquel mismo año. La Corona ansiaba una empresa provechosa; Raleigh prometía un viaje fecundo. Suscribió una declaración detallando el destino y los pertrechos de la flota. Refiere Borrow que el original de aquel pliego fue a parar a manos del gobernador español de Santo Tomé antes de la llegada de los ingleses, coligiendo de ello que la información había sido entregada por los propios ministros del rey. Tal imputación pertenece a la crónica de Borrow y no se halla acreditada aquí por documento independiente alguno.
La escuadra de doce navíos alcanzó la Guayana tras una navegación extenuante. En Santo Tomé, miembros de la expedición trabaron combate y la plaza fue reducida a cenizas. Entretanto, Raleigh aguardaba mar adentro. Supo allí que su primogénito había sucumbido y que la hueste no había dado con la mina. El regreso resultaba ya ineludible. Sus oficiales le instaron a poner proa a otro destino; mas Raleigh, a tenor de su propio alegato reproducido por Borrow, prefirió honrar su palabra de retornar a Inglaterra, aun sabiendo que sus enemigos lo aguardaban a pie firme.
A su vuelta, no se le sometió a juicio por el gobierno de la expedición. El monarca se limitó a reactivar la sentencia de 1603. Antes del cadalso, Raleigh intentó huir y fingió hallarse enfermo con la esperanza de ganar tiempo. Su custodio y pariente, Lewis Stukely, lo traicionó. De camino al patíbulo, Raleigh tomó la palabra para responder a las sospechas de connivencia con Francia y de deslealtad hacia el rey Jacobo. Confesó haber disimulado su conato de fuga; negó la existencia de despacho alguno de la corte francesa y sostuvo que su único anhelo había sido descubrir oro para la Corona. Evocó asimismo la promesa empeñada al conde de Arundel de volver de la Guayana.
El 29 de octubre de 1618, subió al cadalso en Westminster. Pidió examinar el hacha, palpó su filo y bromeó sobre su agudeza. Tras orar y despedirse de los presentes, acomodó la cabeza en el tajo. Narra Borrow que expiró sin estremecerse tras recibir dos golpes. Otorga así a la última escena la misma templanza que Raleigh había procurado preservar ante el tribunal: no el poder de torcer el veredicto ni de salvar la vida, sino el de elegir con qué señorío afrontar el trance. Entre la acusación de 1603, la contradictoria epístola de Cobham y el retorno forzoso de América, toda su peripecia judicial quedó prendida de un interrogante que el proceso no logró acallar: ¿qué valor probatorio cabe otorgar a una palabra cuya confrontación se niega al acusado?
