«Es mi libro», dijo Elizabeth Cellier al comprador. Unos instantes más tarde, puntualizó que no había afirmado haberlo escrito. En la sala del Old Bailey, el juicio de septiembre de 1680 se ciñe a esta diferencia: ¿a quién pertenece un texto, quién lo mandó imprimir y quién responde de las frases que contiene? El panfleto Malice Defeated lleva su nombre, los ejemplares pasan por sus manos, pero la acusada sostiene que los testigos no han probado cada una de las etapas de su confección.
La controversia no surge en una ciudad donde la palabra escrita fuese un asunto pacífico. Desde hacía varios años, circulaban entre la corte, las prisiones y los talleres de imprenta relatos de conspiraciones contra Carlos II. Las acusaciones de traición se entrelazaban con disputas religiosas. Cellier, partera católica, había visitado a prisioneros y asumido públicamente la defensa de algunos de ellos. Su libro relata esta actividad, su encierro y los sucesos que la autora presenta como prueba de una persecución. Su título promete desvelar el «misterio del Meal-Tub»: una fórmula que remite a las intrigas políticas en las que se vio envuelta.
En junio ya había comparecido acusada de alta traición. La relación impresa data la vista el 11 de junio de 1680, ante el Tribunal del Banco del Rey. La pieza angular de la acusación era entonces Thomas Dangerfield, testigo de la Corona en las causas de la supuesta conspiración. Durante la audiencia se examinó su indulto real. Cellier y sus defensores sostuvieron que la gracia no cubría ciertos antecedentes criminales. El juez dictaminó que la fórmula del perdón no amparaba la proscripción por felonía que constaba en los documentos presentados. La declaración de Dangerfield fue desestimada.
La acusación de traición se desmoronó. El jurado declaró a Cellier no culpable. Sin embargo, el presidente del tribunal ordenó que Dangerfield fuera conducido de nuevo ante los jueces; al no comparecer de inmediato, se ordenó su encarcelamiento. Este desenlace no disipó los discursos que habían precedido a la vista; antes bien, brindó a Cellier una razón añadida para exponer su versión y recusar públicamente a aquellos cuyo testimonio había sustentado la acusación.
En Malice Defeated expone, en particular, el trato que afirmó haber oído referir a Francis Corral, un cochero sospechoso de haber participado en la ocultación del cadáver de sir Edmund Berry Godfrey. Cellier refiere que Corral le había hablado de grilletes, privaciones y violencias, y que le había descrito ofrecimientos de dinero a cambio de formular una inculpación. Relata asimismo sus propias observaciones y las palabras oídas en Newgate respecto a Miles Prance, otro testigo del complot. Son las aseveraciones del libro, no hechos que el veredicto de junio hubiese dado por probados.
Un impresor llamado William Downing recibe las galeradas. Su testimonio sitúa la operación en torno al 22 o 23 de agosto: un emisario acude a llamarle y, a continuación, Cellier le manifiesta que desea imprimir su caso. Downing refiere que ella le aseguró que el texto contenía exclusivamente la verdad y se comprometió a librarle de cualquier perjuicio. Convinieron un precio por resma. Downing compone los primeros veintidós pliegos; después se le retira una parte del material y la impresión prosigue en otro taller. Afirma que Cellier corregía las pruebas. Otro impresor, Robert Stevens, declara que ella se refirió al libro como propio y que dictaba a un amanuense encargado de escribirlo.
El testimonio del comprador William Penny es más conciso. Se presentó en el domicilio de Cellier solicitando un ejemplar. Ella le vendió uno por dos chelines. Al preguntarle si el libro era en verdad suyo, ella asintió y añadió, según él, que habría podido incluir aún más cosas. El fiscal interpretó en esta respuesta un reconocimiento de autoría y de labor editorial. Cellier descompone el argumento: un objeto puede pertenecerle a uno sin haber sido compuesto por sus manos. Sostiene además que Penny jamás le preguntó si era la autora.
Esta distinción no basta para desestimar el cargo. El juez expone al jurado diversas vías de imputación: escribir el libro, mandarlo imprimir o publicarlo. La venta de un ejemplar, razona, puede constituir publicación, aun cuando el jurado no juzgue probado que Cellier redactara cada línea. La defensa se ve así circunscrita a la conducta material que los testigos afirman haber presenciado. El panfleto fue vendido, los impresores fueron contratados, las pruebas fueron corregidas; la controversia radica en el sentido de tales actos y en el grado de responsabilidad penal que de ellos se deriva.
El pliego de cargos cita pasajes textuales. No se reprocha a Cellier simplemente haber narrado su reclusión. El fiscal presenta la obra como un libelo infamatorio contra la Corona, la religión establecida y la justicia pública. Destaca las acusaciones de tortura dirigidas contra las autoridades de Newgate y las insinuaciones de que ciertos testigos habrían percibido dinero o mercedes a cambio de prestar falso testimonio. El texto censura asimismo la conducta de Thomas Dangerfield. En los límites de este proceso, la causa se reduce a la de un escrito reputado difamatorio y a la responsabilidad de su publicación; la veracidad general de todas las escenas narradas no es objeto de un veredicto independiente.
El debate se detiene, sin embargo, en las personas señaladas por el libro. Prance niega haber sido torturado y manifiesta haber recibido un trato correcto en prisión. Fowler explica por qué figura el nombre de Corral en la controversia: refiere que un cochero le había hablado, tras la muerte de Godfrey, del traslado de un cadáver. Asegura no haber acudido jamás a Newgate en compañía de un duque o de un lord, que no se desenvainó espada alguna y que no se ofreció suma alguna de quinientas libras. Corral no comparece en persona en la vista de septiembre. Ciertas declaraciones incorporadas como apéndice al panfleto, tomadas ante el Lord Mayor el 6 de septiembre, le atribuyen una negativa aún más rotunda respecto a los malos tratos y las promesas. Pertenecen al apéndice impreso, no a la deliberación oral del juicio.
La esposa de Corral aporta un testimonio más acotado. Declara haber visto a su marido con grilletes y haber advertido marcas en sus piernas, pero no corrobora los tormentos relatados por Cellier. Tampoco recuerda todas las conversaciones de las que su esposo habría dado cuenta ulteriormente. Esta declaración no convierte la imputación del libro en un hecho probado; impide, no obstante, reducir la causa a una simple oposición entre un relato y su reverso. Las voces de los testigos, las ausencias y las flaquezas de la memoria persisten de modo desigual.
Cellier solicita que se escuche a sus propios testigos. Menciona a personas que afirma haber mandado buscar, para reconocer de inmediato que algunas no se hallan presentes. El juez le pregunta qué extremos podrían probar. Ella responde que favorecerían su defensa y que no dispuso de tiempo suficiente para prepararla como hubiera deseado. Su letrado no formula un alegato extenso. El presidente recuerda entonces a los jurados que el interrogante sometido a su examen es estricto: ¿se han demostrado los hechos del libelo acusatorio, a saber, haber escrito, impreso o publicado el libro?
La sesión sufre incluso un incidente procesal. Los miembros del jurado declaran no haber oído una parte del juicio. El juez averigua qué testimonios llegaron a percibir; contestan haber escuchado a los tres primeros comparecientes, los que deponen sobre la venta y la impresión. Por lo demás, el acta refleja ante todo el cotejo entre los pasajes de Malice Defeated y los transcritos en la acusación. Los jurados se retiran brevemente. A su regreso, se pronuncia el fallo: culpable. El folleto consigna que un gran clamor se alzó en la sala.
Cellier solicita la palabra. Alega haber actuado por ignorancia, suplica que no se haga padecer a otros en su lugar e invoca la lealtad de sus padres y de su linaje. La sentencia no se dicta aquel día. El lunes 13 de septiembre, el Recorder fija la condena: una multa de mil libras, prisión hasta su abono, tres comparecencias en la picota en tres lugares públicos distintos, la obligación de prestar fianza de buena conducta por el resto de sus días y la quema de varios ejemplares del libro a manos del verdugo durante cada exposición. El acta judicial da fe de la condena impuesta; no permite, por sí sola, concluir que todas estas penas fuesen ejecutadas en su totalidad.
Los dos juicios siguieron, pues, derroteros dispares. En junio, la traición no quedó acreditada tras descartarse al testigo principal. En septiembre, el jurado falló sobre la publicación del libelo. El segundo veredicto no zanja si los tormentos aducidos en Newgate tuvieron lugar, ni si cada acusación vertida por Cellier contra los testigos se ajustaba a la verdad. Resuelve otra cuestión: la responsabilidad legal de un texto puesto en circulación bajo su nombre.
El libro ostentaba una autora proclamada en la portada, una imprenta para sus pliegos, compradores, testimonios que desmentían sus relatos y magistrados que juzgaban sus términos como difamatorios. Cellier había pretendido hacer oír su versión; el tribunal convirtió la venta y la impresión en prueba suficiente para condenarla. Subsiste, entre la voz que ella reivindicaba y la que la sala de justicia le asignó, el dilema de determinar a quién pertenece un libro cuando este se transmuta en cuerpo del delito.
