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Justicia y escándalos · Francia

El luto de una mujer viva

Una madre reconoce a su hijo en un oficial de paso. Dos matrimonios y el regreso de un soldado pondrán a prueba ese reconocimiento.

Había llevado el luto por su primera esposa. Había exhibido una carta que anunciaba su muerte, adoptado los ademanes convenientes de la aflicción y desposado después a Anne Allard. Cuando aquella primera mujer reapareció, no venía solo a reclamar a un marido. Su presencia desgarraba la última apariencia de una vida en la que casi cada título había sido tomado en préstamo.

En el origen, sin embargo, Michel Feydy no había solicitado convertirse en Claude de Verré. La familia casi le había hecho el ofrecimiento. En este singular asunto, la mentira halló su asiento antes incluso de que el mentiroso hubiese decidido ocuparlo.

El verdadero Claude se había apartado de los suyos en 1638. Tenía catorce años y partía para servir como alférez en un regimiento. Su padre, Guy de Verré, señor de Chauvigny en Poitou, murió después. Su madre, Marie Petit, quedó con Jacques, su segundo hijo, sin noticias del primogénito. Los años transformaban la ausencia en una incógnita que ninguna misiva venía a disipar.

Durante las turbulencias de la Fronda, un oficial del regimiento de Harcourt se presentó en Chauvigny. Jacques creyó advertir en él un parecido asombroso con su hermano. Condujo al forastero ante su madre, comunicándole su impresión. Marie Petit reconoció al hijo que aguardaba. La crónica le atribuye una emoción desbordante, a la cual el oficial opuso primero una débil negativa y luego una petición de plazo.

Regresó al día siguiente y aceptó el nombre. Para justificar su reserva de la víspera, invocó el temor a no ser reconocido tras tan prolongada ausencia y el perdón que debía solicitar. La madre lo presentó a la familia, a los vecinos, a los amigos. Una fiesta celebró el regreso. Quien otrora estuviera ausente poseía en adelante lo que el viajero del día anterior no tenía: un hogar, un parentesco y una historia acogidos como propios.

Un hombre se negó a secundar el movimiento. Piedfélon, hermano de Marie Petit, sostuvo que aquel recién llegado no era su sobrino. Se atribuyó su resistencia a su carácter. Frente a la dicha común, la objeción de uno solo parecía casi una descortesía. El oficial conservó su posición de hijo primogénito.

El servicio lo reclamó pronto en Normandía. Partió con Jacques, el mismo que había propiciado su reconocimiento. En su nueva guarnición, pidió en matrimonio a la hija del señor de Dauplé. El enlace se celebró tras la publicación de las primeras amonestaciones y la dispensa de las dos restantes. Para allanar sus gestiones, refiere Champagnac, hizo pasar a su madre por muerta. Aquella madre cuyo reconocimiento acababa de conferirle un nombre desaparecía, pues, en cuanto entorpecía la celeridad de un contrato.

Una cláusula del contrato preveía una suma importante pagadera a la joven en caso de separación. La unión no tardó en padecer las ausencias del marido. El regimiento partió hacia Flandes; al término de la campaña, el oficial regresó a Chauvigny con Jacques, sin volver junto a su esposa. La primera casa lo acogió de nuevo con alborozo.

En Saumur conoció a Anne Allard. Era rica y pertenecía a una familia respetada. Sus amores hicieron urgente el matrimonio, según el relato. Restaba sortear una dificultad de no escaso bulto: una esposa viva. Pronto circuló un rumor por Saumur que llegó hasta Chauvigny. El oficial había estado casado, pero su mujer acababa de fallecer.

Confirmó la noticia valiéndose de una carta. El luto hizo el resto. Tras admitir ante Marie Petit aquel primer matrimonio hasta entonces oculto, obtuvo su consentimiento para el segundo. El 16 de marzo de 1653 desposó a Anne Allard. Marie Petit y Jacques firmaron el contrato. Su presencia otorgaba al hombre algo más que una bendición doméstica: atestiguaba públicamente el rango que le habían conferido.

La nueva esposa se estableció junto a ellos. Nacieron dos hijos. La crónica describe un hogar bien avenido, un patrimonio administrado con esmero, haciendas mejoradas y un castillo embellecido. El falso hijo cumplía con celo las obligaciones que la familia aguardaba de un legítimo heredero. Tal arraigo tornaría el desmentido aún más despiadado. No solo se trataría de expulsar a un extraño; habría que desmantelar una vida cotidiana y confesar que se había colaborado en levantarla.

Un soldado de la guardia reapareció entonces por la comarca. Afirmó que Claude de Verré era él.

Su narración carecía de la gallardía de un retorno triunfal. Explicó que sus andanzas y su conducta habían frustrado sus ascensos, reduciéndolo a servir como simple soldado. Decía haber estado prisionero en el sitio de Valenciennes en 1656 y haber temido durante largo tiempo los reproches familiares. La noticia de un hombre establecido bajo su nombre lo había decidido por fin a regresar.

Ante Marie Petit, invocó sus recuerdos de infancia, su voz, sus modales. Le mostró la cicatriz de una quemadura en la frente. Ella se negó a reconocerlo. Tenía dos hijos y los creía a entrambos a su lado. El marido de Anne Allard sumó sus amenazas a esta repulsa: el soldado sería perseguido como impostor. El puesto ocupado procuraba así a quien lo detentaba un arma contra quien lo reclamaba.

El soldado presentó querella ante el teniente criminal de Saumur. Los interrogatorios y los careos no despejaron la dificultad de inmediato. El magistrado supo entonces de la antigua resistencia de Piedfélon. Aquel tío, que jamás había aceptado al primer retornado, permitía someter a prueba un reconocimiento no enturbiado por el entusiasmo inicial.

El encuentro entre el soldado y Piedfélon fue decisivo en la relación de Champagnac. Aún no se habían vuelto a ver; el tío acogió al nuevo pretendiente como a su sobrino. Los parientes se alinearon luego a su lado. Mas la pesquisa no se detuvo en esta segunda escena familiar. Ciertos oficiales del regimiento de Harcourt revelaron la otra identidad del marido de Anne Allard: Michel Feydy, señor de la Lerauderie. Otros testigos declararon haber conocido al soldado bajo el nombre de Verré.

El 21 de mayo de 1657, el teniente criminal reconoció al soldado como Claude de Verré y lo restituyó en sus bienes. Michel Feydy fue condenado a la horca por impostura y suplantación de estado. Burló la ejecución mediante la huida. Anne Allard lo secundó, mientras lo oía sostener todavía que él era el verdadero Claude. Le confirió un poder, tomó ciertos efectos y se esfumó.

Anne no permaneció inerte. Apeló en nombre de su marido y demandó en lo personal a Marie Petit y a Jacques. Quienes habían reconocido al oficial habían rubricado asimismo su contrato matrimonial. Su error había comprometido la suerte de otra mujer y la de dos criaturas. La cuestión ya no podía reducirse a reintegrar a un heredero en su señorío.

Fue entonces cuando la señorita Dauplé reapareció. Aquella cuya muerte se había proclamado solicitó personarse en el proceso. Apeló también de la condena capital y exigió a Marie Petit y a Jacques una pensión de quinientas libras, con los réditos atrasados desde su abandono. Dos mujeres reclamaban en adelante justicia en torno a un mismo hombre ausente.

El 21 de junio de 1659, el parlamento confirmó a Claude de Verré en su nombre y sus derechos. Los hijos de Anne fueron declarados legítimos en atención a la buena fe de su madre. Marie Petit fue condenada al pago de daños y perjuicios en favor de Anne Allard. El parlamento no se pronunció sobre la sentencia capital dictada contra el prófugo, que no comparecía. No consta retorno alguno de Feydy. Había abandonado la casa; sus dos matrimonios, sus dos hijos y las firmas obtenidas en Chauvigny dejaban allí obligaciones que su desaparición no podía borrar.

De este caso podría nacer un libro

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Acaba de leer el relato completo de este caso histórico. Nos inspira tres proyectos de ficción aún por escribir. ¿Cuál le gustaría ver publicado? Su voto guiará a AB Éditions.

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La carta del luto

Una novela corta de ficción seguiría a la costurera encargada de confeccionar las prendas de duelo para un joven oficial. Reconoce en la carta que anuncia el deceso una fórmula redactada tiempo atrás para una clienta viva. En el plazo de tres días debe dar con esa clienta antes de las nuevas nupcias, sin saber si salvará a una esposa o destruirá a una familia. Ninguno de estos personajes se presentaría como histórico. ¿Le gustaría leer esta breve pesquisa, conducida por una artesana cuyo oficio estriba en vestir las apariencias y que descubre el alto precio que cuesta deshacerlas?

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Tres novelas de ficción seguirían las consecuencias de una identidad usurpada en una familia de provincias. La primera relataría el asentamiento de un oficial al que todos desean reconocer. La segunda arrancaría con el regreso de una esposa dada por muerta y convertiría el litigio en un conflicto de lealtades encontradas. La tercera seguiría a una hija declarada legítima que, ya adulta, debe fundar su propia casa bajo un nombre disputado. Cada volumen contaría con su propia trama y desenlace. ¿Desearía esta serie sobre la filiación, la buena fe y los patrimonios que se aceptan, con personajes inéditos libres de correr una suerte distinta a la de los autos?

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

Capítulo II22 consultado íntegramente, sin reproducciones fotográficas ni autos originales. Año de referencia: sentencia del parlamento de 21 de junio de 1659. Fuente discordante en lo cronológico: partida en 1638, dieciocho años de ausencia proclamados, segundas nupcias en 1653, cinco años de ventura y posterior fallo en 1657. Se prescinde de los cómputos contradictorios; se conservan únicamente las fechas expresas. No se reproduce diálogo alguno de la crónica. Sentencia de 21 de mayo de 1657 capital dictada en rebeldía, fuga y sin ejecución documentada. El parlamento deja dicha sentencia sin revisar al no mediar comparecencia; no debe presentarse como confirmación de la pena capital ni como indulto. Se admitieron la buena fe de Anne y la legitimidad de sus vástagos. La muerte civil referida en el repertorio no fija fecha de defunción. Nombre de pila de Dauplé ignorado.

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