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Justicia y escándalos · Inglaterra

El niño de Newgate

John Stanley renuncia a un despacho de la Compañía Africana para permanecer en Londres junto a la señora Maycock. Una disputa entre ambos culmina con la muerte de ella. Diversos testimonios dan cuenta luego de su conducta en prisión y de sus mudanzas de ánimo antes de ser ejecutado en Tyburn, en 1722.

En la prisión de Newgate, el hijo pequeño de la señora Maycock permanecía junto a John Stanley y, según refiere la crónica, se quedaba dormido de continuo entre sus brazos. La madre del infante había perecido a manos de Stanley; la condena a muerte estaba a punto de separar al niño de su padre. Semejante cuadro clausura la trayectoria de un antiguo oficial que, tras haber desatendido diversos empleos, dio muerte a la mujer con quien había engendrado a aquella criatura.

John era hijo de un oficial del ejército. Su madre era hermana del señor Palmer, de Duce Hill, en el condado de Essex. Asegura el cronista que el padre, cuando el muchacho contaba apenas cinco años, le obligaba a parar y tirar estocadas con la espada, pinchándole él mismo e instando a otros oficiales a ejercitarse del mismo modo con él, a fin de que jamás temiese la punta de las armas. La relación censura semejante método, reconociendo en él el germen de sus futuras desventuras.

El joven Stanley sirvió más adelante en el ejército junto a su progenitor en España y Portugal. Refiere la crónica que soportó no pocas privaciones y que, al término de los combates, se complacía en hollar con los pies los cadáveres abandonados en los campos de batalla. Vincula así la temprana práctica de la espada con una existencia militar en la que la violencia impregnaba incluso las secuelas de las refriegas. El padre regresó con él a Inglaterra. Tiempo después, fue encarcelado en Newgate tras haber herido de una estocada a un pariente cercano de lord Newbury, según relata la crónica.

Puesto luego en libertad y destinado a Irlanda, el oficial llevó consigo a su hijo y le granjeó un despacho de alférez en un regimiento. El joven trabó trato allí con compañeros dados a la disipación, entre los que figuraban, según el autor, personajes de encumbrada alcurnia. Algunos de ellos continuaron visitándole y socorriéndole cuando cayó él mismo prisionero en Newgate. Las onerosas expensas a las que le arrastraba semejante trato le impulsaron, con todo, a vender su despacho militar por dinero contante, lo cual causó en su padre hondo pesar y zozobra. La relación describe a un hijo capaz de obtener colocación gracias a los afanes familiares, pero que desiste de tal camino para salvaguardar el tren de vida al que se había habituado.

De vuelta en Londres, rechazó el auxilio que su padre le instaba a solicitar al general Stanhope, antiguo valedor de la familia. Prefería sustentarse de las mercedes de sus amistades, de los juegos de azar y de los favores femeninos. Sirvió de guía a un joven terrateniente de Yorkshire por Flandes y Holanda, plazas donde dio muestras de entender de fortificaciones; en París, se adiestró con destreza en el arte de la esgrima. La crónica asocia dicha pericia a su presteza para trabar pendencias, si bien este nexo causal corresponde a la interpretación del narrador de la época.

De entre las mujeres que frecuentaba, se prendó de la señora Maycock, cuyo difunto marido había sido un notable comerciante de Ludgate Hill. Con ella tuvo varios vástagos, y la crónica puntualiza que profesaba particular apego hacia uno de ellos, un varón de corta edad. Sostiene el cronista que Stanley convivió algún tiempo con ella como si fuese su legítima esposa, e incluso logró que su propia madre la visitase bajo tal condición. Más adelante, juzgó como una traición las relaciones de Maycock con otros hombres, aun cuando él mismo sostenía otros devaneos. Semejante juicio revela ante todo la disparidad de conducta que la crónica le echa en cara: reclamaba para su persona una libertad que toleraba mal en la mujer a quien decía amar.

Un honroso empleo al servicio de la Compañía Africana debió haberle brindado una nueva oportunidad. Su padre se lo había procurado; Stanley había recibido una suma considerable para sufragar la travesía y daba muestras de satisfacción, infundiendo en su linaje mejores esperanzas. La señora Maycock se presentó en Portsmouth con el hijo común cuando él estaba presto a embarcar. Según la relación, ella logró hacerse con la mitad de los fondos provistos por la compañía. Stanley regresó a Londres con el remanente, mas evitó comparecer en el hogar paterno. Al saber el anciano que su hijo había desistido de la expedición, quedó deshecho por la pesadumbre y falleció poco después. El texto imputa aquel deceso a la pena moral, sin aportar certificación médica alguna. Añade que, al conocer la noticia, Stanley fue presa del dolor y la cólera; allegados suyos estimaron que este suceso alteró su juicio de manera duradera.

En el juicio, varios testigos evocaron sus arrebatos de furia, seguidos de ruegos de perdón, así como un episodio en el que, en casa de Underhill, habría intentado atentar contra su propia vida tras lamentar las oportunidades perdidas de haber aprendido latín. La fuente no precisa de qué modo ponderó el jurado tales deposiciones.

La crónica describe a continuación a un individuo falto de recursos que se convidaba a almorzar y era propenso a suscitar disputas a la mesa, llegando a desenvainar el acero. Cuando la señora Maycock comenzó a frecuentar una casa en el Old Bailey, hubo quienes conjeturaron que allí recibía a otros varones; el propio autor señala que así se sospechó, tal vez con fundamento, mas semejante fórmula dista de constituir una certeza. Cierta noche, Stanley la avistó en Fleet Street en compañía de un hombre y de una mujer. Se acercó; ella le reconoció y caminaron juntos hasta el aposento de esta en el Old Bailey. La fuente recoge una altercación a propósito de los infortunios que mutuamente se habían acarreado: ella le reprochaba haberla seducido y arrastrado a una penosa existencia; él le echaba en cara haber frustrado su partida hacia las costas de África y haber derrochado gruesas sumas, recordándole al propio tiempo su trato con otros galanes.

Stanley adujo que, en el fragor de la contienda, Maycock le había arrojado una jarra de cerveza. Mediando mutuos denuestos, desenvainó la espada y la atravesó en el pecho, asestándole una herida profunda; acto seguido, apretó un pañuelo contra la llaga. Fue reducido con presteza y conducido a prisión. Dice la crónica que dio entonces escasas muestras de contrición, chanceándose y aparentando entero sosiego, antes de ser trasladado a Newgate.

En presidio departía con frecuencia sobre sus lances amorosos y las atenciones que afirmaba haber recibido de damas de alcurnia. La crónica sospecha que fingía una demencia mayor de la real para influir en las resultas de su causa, mas no lo prueba. Durante la audiencia, observó una compostura que el autor califica de extravagante; al escuchar su condena a muerte, tomó tabaco y adoptó ademanes que indignaron a los presentes. Pronunciada la sentencia, apostó a que no sería ahorcado e insinuó otros desenlaces al suplicio. Cuando la esperanza de sustraerse al patíbulo se desvaneció, la crónica da cuenta de una honda mudanza en su ánimo.

Sus allegados se ofrecieron a reunir una suma de consideración y a empeñar sus influencias, pero acabaron por declararle que nada podría salvarle. El niño continuaba a su lado; cuando Stanley tuvo noticia de la muerte del hermano de Maycock, consta que manifestó su aflicción proclamándose el más desdichado de los hombres. Pocos días antes de la ejecución, confió a un amigo que consideraba ya vana bravuconería el huir de la pena de la ley quitándose la vida. Decía arrepentirse de sus palabras precedentes y hallar sosiego en la resolución de no rehuir la sentencia.

Tras un sermón, el domingo anterior al suplicio, lamentó no haber prendido fuego a la casa donde Maycock había expirado. Amonestado por tales palabras, las reconoció como indignas y las achacó a los transportes de la fantasía que a veces le enajenaban.

Hacia Tyburn fue conducido en un carruaje de luto. Mudó de color, se quejó de indisposición y rogó que le sostuviesen. Solicitó que le desataran para orar de hinojos; merced que le fue concedida con dificultad, afirma la crónica. Rezó con fervor y, al cubrírsele los ojos con el capillo, pareció verter copiosas lágrimas. Antes de expirar, suplicó que no se negara el cadáver a sus deudos para que pudiesen darle cristiana sepultura. El 23 de diciembre de 1722 fue ajusticiado en su vigésimo quinto año de edad, según reza la fórmula del acta. El niño que dejaba tras de sí había perdido primero a su madre y luego a su padre. La crónica concluye anatematizando las pasiones de Stanley y deplorando las prendas que bien pudo haber empleado con mejor provecho.

De este caso podría nacer un libro

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Acaba de leer el relato completo de este caso histórico. Nos inspira tres proyectos de ficción aún por escribir. ¿Cuál le gustaría ver publicado? Su voto guiará a AB Éditions.

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

Nota de la crónica penal inglesa leída íntegramente. Fija el nacimiento en 1698 y la ejecución en Tyburn el 23 de diciembre de 1722, en el vigésimo quinto año de Stanley; el relato preserva la fórmula textual de la fuente. La semblanza moral y las conjeturas relativas a su crianza, la locura, las intenciones o el trato de la señora Maycock permanecen atribuidas al cronista. Los testimonios sobre sus accesos de cólera y sus tentativas de autolesión no se transforman en diagnóstico médico. Las manifestaciones vertidas por Stanley se ofrecen como palabras referidas en el testimonio histórico, sin convalidación independiente. No consta absolución, apelación ni rehabilitación alguna. Cotejo final de la fuente original y fijación del texto; título modificado para no presumir una espada materialmente traída de París, toda vez que únicamente se acredita allí su instrucción en el esgrima.

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