A principios de mayo de 1726, William Petrie, oficial municipal en Leith, tenía en su poder una letra de cambio de cincuenta y ocho libras girada contra la duquesa de Gordon. La señora Macleod se la había entregado en garantía de un préstamo de seis libras destinado a liberar a su marido encarcelado. El documento parecía llevar la firma de George Henderson, comerciante de Edimburgo, y a continuación la aceptación de la duquesa. Faltaba, no obstante, el nombre del endosatario posterior: la señora Macleod había dejado ese espacio en blanco. El papel prometía mucho más que las escasas monedas que ella había tomado prestadas, y cada uno de los nombres allí inscritos podía en adelante arrastrar a otro ante el tribunal.
Borrow titula la causa «George Henderson y Margaret Nisbet»; en las declaraciones recogidas, a la mujer se la nombra como señora Macleod. Petrie explicó que ella le había dicho haber recibido la letra de manos de Henderson, quien habría firmado el documento para saldar unas mercancías provistas por ella. También tenía una explicación para la demora: la duquesa se hallaba consagrada a sus devociones y su agente se encontraba ausente. Años antes, Petrie ya había aceptado otra letra de similar apariencia como fianza de una deuda, y en aquella ocasión la señora Macleod se la había reembolsado. Esta experiencia previa había pesado en su decisión de adelantarle las seis libras.
Al comenzar el mes, su relato ya no bastó para disipar las sospechas. Petrie prestó declaración en Edimburgo el 5 de mayo. Henderson, conducido en el mismo acto, negó tener conocimiento alguno del asunto. La señora Macleod fue arrestada dos días después. Confortada cara a cara con él, declaró bajo juramento que Henderson había redactado la letra y las demás piezas cuestionadas; él lo negó de nuevo. Ambos quedaron bajo custodia en prisión. La cuestión no estribaba únicamente en saber si la aceptación de la duquesa era apócrifa: resultaba preciso determinar quién la había fabricado y si el hombre cuyo nombre figuraba en el papel había participado efectivamente en ello.
Varios testigos situaron a Henderson junto a la señora Macleod la noche del 3 de mayo, en el Canongate. John Gibson, carpintero, relató que se había encontrado con ellos hacia las nueve y los había llevado a su casa. Allí, Henderson había firmado una obligación comprometiéndose a reintegrar el dinero a la señora Macleod. Gibson aseguraba haber leído el documento y firmado en calidad de testigo. Archibald Dempster, joven operario, afirmó asimismo haber visto al hombre escribir y firmar; en un principio se había inquietado por verse envuelto en un trámite judicial, pero Gibson le había asegurado que se trataba tan solo de un reconocimiento de deuda ordinario.
Al día siguiente, según Gibson, los tres hombres bajaron juntos de nuevo por el Canongate. La señora Macleod anunció que había informado al representante de la duquesa respecto a la letra. Henderson se golpeó el pecho y exclamó que todo estaba perdido, alejándose a renglón seguido. Catherine Gray, sirvienta de un sastre de la calle, confirmó haberlos visto juntos aquella noche; la señora Macleod le había comentado que iba a obtener una fianza por el dinero debido por Henderson. Estos encuentros otorgaban peso a la acusación, mas no probaban todavía que el rostro del hombre visto en casa de Gibson correspondiera al del comerciante.
Petrie detalló la entrega del efecto. Aseguraba haberlo recibido el 6 de febrero, con el endoso de Henderson a la señora Macleod y el endoso posterior en blanco. Antes de presentar el documento a la duquesa, había requerido una carta de Henderson que acreditara su autenticidad. La señora Macleod le había llevado la carta y, con posterioridad, una obligación firmada ante testigos. Otro compareciente afirmó que ella había pretendido hacerle decir que había visto a Henderson entregar una letra aceptada por la duquesa; él se había negado y recibido luego una misiva amenazante. La señora Macleod, por su parte, sostenía que la letra era enteramente real y que el asunto correspondía a la liquidación de sus cuentas mutuas.
Un nombre, no obstante, reaparecía de continuo sin dejarse aprehender. Múltiples deposiciones evocaban a David Household, antiguo criado de la señora Macleod, un mozo de unos diecisiete años. El capitán Macleod reconoció la caligrafía de su antiguo sirviente en la obligación, aun sosteniendo que Household solía llevar el cabello negro al natural y que era de estatura muy inferior a la de Henderson. Un testigo refirió que Household había reconocido haberse puesto el capote del señor Macleod, haberse hecho pasar por Henderson ante dos testigos y haber firmado un escrito en el Canongate. Pero Household se había esfumado. Sin él, las declaraciones no eran sino relatos transmitidos por terceros, al tiempo que Gibson y Dempster insistían en haber visto a Henderson estampar su firma.
En esta instancia, el Lord Advocate solicitó sin embargo al tribunal que declarara culpable a Henderson y lo remitiera a la corte de lo criminal, donde se exponía a la pena capital. La defensa replicó que los testigos incurrían en un error de persona y recordó que el acusado, interrogado en la cárcel, había sostenido con firmeza su inocencia. El letrado solicitó tiempo: hallándose una vida en juego, esperar a una vista ulterior no constituía falta alguna. Los magistrados aplazaron la causa para el período de sesiones venidero. Henderson no fue excarcelado, pero esta suspensión del procedimiento inauguró un lapso en el que la ausencia del joven carpintero se tornaría el hecho decisivo.
Durante el receso judicial, el Lord Advocate se trasladó a la residencia del señor Rose de Kilravock, en el norte. Este le refirió que un carpintero había abandonado su puesto de trabajo tras enterarse de que el Advocate se desplazaba a la región. Al parecer, el joven había dicho que necesitaba llegar a Aberdeen para embarcarse rumbo a Londres. Al ser interrogado sobre su nombre, el capataz respondió: David Household. El Lord Advocate despachó de inmediato un emisario a Aberdeen. Household fue aprehendido y conducido de vuelta a Edimburgo.
Ante el tribunal, Household reconoció haber redactado la letra a petición de la señora Macleod, quien le dictaba las palabras. Ella le había hecho vestir el capote de su marido y una peluca negra recogida, conduciéndolo después a una casa del Canongate para que se hiciera pasar por Henderson. En una segunda vivienda, él había redactado la continuación de la obligación, a la vista de Gibson y de Dempster. Declaró igualmente haber escrito la carta dirigida a Petrie. Su testimonio no hacía de él el signatario de la aceptación en nombre de la duquesa: su declaración atañía a los documentos y firmas que aseguraba haber ejecutado bajo instrucciones.
Dempster fue convocado nuevamente y careado con Household y Henderson. Al observar a los dos individuos, admitió creer que el hombre visto en casa de Gibson era Household, y no Henderson. El Advocate retiró entonces el cargo contra el comerciante y admitió que la señora Macleod había orquestado el fraude. Henderson fue absuelto y puesto en libertad. Las mismas pesquisas que a punto habían estado de conducirlo al patíbulo habían vuelto las testificaciones contra la mujer que había entregado la letra a Petrie.
La señora Macleod fue procesada acto seguido por haber falsificado o hecho uso de los documentos. Su defensa sostuvo que la ley escocesa no convertía automáticamente la falsificación en un delito capital; que ella había pretendido conseguir un modesto anticipo que pensaba restituir; y que la resolución recaída en el primer pleito no bastaba, por sí sola, para acreditar su culpabilidad penal. Tales argumentos no convencieron a la sala. El jurado la declaró culpable de los delitos imputados y el tribunal decretó que fuera ejecutada en la horca el 8 de marzo. Borrow no precisa aquí el año de dicha ejecución.
El cronista refiere que marchó al cadalso vestida con un vestido y una basquiña negras sobre un amplio guardainfante, con un abanico blanco en la mano y una cofia clara. Una vez arriba, se despojó de los ornamentos de su tocado, dispuso un pañuelo sobre su pecho y se ajustó ella misma la soga al cuello. Hasta el último instante continuó proclamando su inocencia.
