Ante el tribunal, Cécile Blanchard responde que lleva dos nombres de pila: Cécile y Léda. No responde con la misma soltura a la pregunta decisiva. ¿Por qué se presentó bajo el nombre de princesa de Polignac? Porque se creía casada, afirma, merced a una ceremonia religiosa oficiada en secreto en Valenciennes en 1856. El ministerio fiscal solicita al tribunal que juzgue el título del cual se apropió; su abogado relata una vida en común con Camille de Polignac, hijos, cartas remitidas desde América y una travesía para reunirse con él. El matrimonio, no obstante, jamás quedará probado mediante un acta exhibida en la audiencia.
El proceso da comienzo el 27 de mayo de 1873 ante la décima sala correccional de París. Blanchard cuenta cuarenta y un años de edad. El presidente le recuerda que se halla procesada por haberse atribuido, con el fin de procurarse una distinción honorífica, el nombre y el título de princesa de Polignac. La causa no se funda en la querella por estafa que dio origen al caso. Aquella denuncia provenía de una tienda de novedades donde se había contraído una deuda de 2200 francos; tras su liquidación, se decretó el sobreseimiento. El presidente puntualiza que el tribunal solo debe juzgar aquí la asunción indebida del nombre y del título.
Blanchard sostiene que le asistía el derecho. Sitúa su matrimonio canónico el 26 de julio de 1856, a las ocho de la tarde, en la casa rectoral de la catedral de Valenciennes. Asegura que el abad Foucard habría extendido el acta, si bien ella no vio lo consignado en el registro; ni ella ni el príncipe la habrían firmado. Afirma que no hubo testigos en la ceremonia y que el presbítero informó con posterioridad a su hermana y a su sobrino. Este testimonio es preciso en hora y lugar, pero no viene respaldado por ningún documento aportado al juicio.
Las pesquisas procuraron dar con el sacerdote. El comisario central de Valenciennes replica que jamás ejerció como párroco de la catedral ni residió en su presbiterio. Según los informes remitidos al juez, habría sido un sacerdote adscrito a Notre-Dame hacia 1852, tras haber abandonado una parroquia en el distrito de Avesnes. Esta respuesta desvirtúa la tesis de una ceremonia oficiada por un cura párroco de la catedral en 1856. Sin embargo, no se torna por ello en prueba directa de que Blanchard hubiera fabulado toda relación con Polignac: este punto se convierte en el centro de un choque de pareceres durante la vista.
El presidente advierte que la acusada lleva quince años ostentando dicho nombre, aunque la imputación atañe a un período reciente de menos de tres años. El empleado Dumour, único testigo compareciente, declara conocer a Blanchard desde hace dos años en calidad de clienta del establecimiento La Capitale bajo el nombre de princesa de Polignac. Esta declaración confirma el uso reciente del título en un ámbito comercial; no atestigua la alegada ceremonia ni el motivo por el cual ella llegó a considerarse facultada para hacerlo.
El representante del ministerio público mantiene que el título no le corresponde y que continuó empleándolo tras la ruptura de sus relaciones con Camille de Polignac. Cita un recibo suscrito como «princesa de Polignac» pocas semanas antes de la audiencia, así como otro librado a nombre de Madame de Polignac. Evoca asimismo los apuros pecuniarios de Blanchard y plantea si el título no le permitía preservar una posición social más ventajosa. Este móvil constituye una hipótesis de la acusación. El tribunal no tiene que pronunciarse sobre la deuda ya satisfecha, ni dilucidar si semejante estrechez explica cada uso del nombre; debe ponderar la infracción objeto del proceso.
Lachaud, letrado de Blanchard, no pretende que el título le pertenezca en derecho. Asegura que su mandante se abstendrá en lo sucesivo de llevarlo. Rebate más bien la idea de una impostura premeditada y afirma que ella se juzgaba legítimamente casada. Para dar verosimilitud a esta convicción, se remonta a 1855, cuando habría conocido a Camille, por entonces amigo de su hermano. Conforme al alegato de la defensa, sobrevino un idilio amoroso y, más tarde, una vida compartida cerca de Le Mans. Dos vástagos nacen en 1857 y 1858. El letrado subraya que entre sus nombres de pila figuran Armand y Marie, y después Marie, Camille y Olivier, como indicios elocuentes de cercanía con los nombres propios del príncipe.
Esta historia de familia es expuesta por la defensa, mas no está certificada por sentencia alguna de filiación. El ministerio fiscal opone en particular la declaración de Blanchard, recogida en el atestado del comisario, según la cual había tenido una primera hija antes de sus relaciones con Camille. Aquella criatura, declaró, había sido criada por un matrimonio y随后 ignoraba qué había sido de ella. La fiscalía ve en ello motivos para recelar de la interpretación brindada por el letrado. El acta judicial no permite dilucidar el parentesco biológico de los hijos; consigna los argumentos aducidos por ambas partes en el debate sobre la buena fe.
La defensa prosigue su relato a través del exilio de Camille. Este habría abandonado el ejército francés para servir en las tropas confederadas, en los Estados Unidos, y habría hecho comparecer a su lado a Blanchard y a los niños. Lachaud da lectura a misivas fechadas en Dublín y Nueva York en junio de 1861. En la primera, Camille se dirige a Léda y le encarece que vele por los hijos. En la segunda, le propone reunirse con él allende los mares junto a ellos, bajo un nombre fingido. Las cartas acreditan una intimidad y un plan de reencuentro ultramarino en los términos expuestos por la defensa. No equivalen al acta matrimonial alegada, y el tribunal no las admite como prueba de que el rito de Valenciennes fuera válidamente celebrado.
El abogado añade que, a su regreso de América, Blanchard habría percibido pensiones libradas por damas de la estirpe de Polignac. Lee asimismo una misiva de Camille, fechada en enero de 1864, que alude a un hijo, a su porvenir y al socorro otorgado por una cuñada. A su juicio, tales intercambios son inconciliables con la hipótesis de una advenediza que hubiera forjado de la nada un lazo de sangre. El ministerio público responde que un vínculo real no confiere un título legítimo y que el relato del matrimonio no ha sido corroborado. En el centro de la audiencia coexisten, pues, dos proposiciones dispares: el estrecho trato de Blanchard con Camille, firmemente respaldado por las cartas leídas por Lachaud, y la validez del casamiento que invoca, desprovisto de acta o testimonio alguno.
El fiscal sustituto replica sin negar que la defensa ha expuesto su causa con mesura. Recuerda que el clérigo señalado no era el párroco que Blanchard aseguraba, y se interroga sobre por qué no procuró hacer reconocer el enlace conyugal si tanta fe le otorgaba. Vuelve en su contra la manifestación relativa a la primera hija y arguye que la conmoción del relato no satisface el rigor de la cuestión de derecho. La crónica judicial reproduce varias de sus acometidas, algunas de las cuales inciden en la intimidad y la moralidad de la encausada. Corresponden al estilo propio del foro; no constituyen una determinación fehaciente sobre el vínculo con Camille.
El tribunal condena a Blanchard al pago de cien francos de multa. La publicación periódica no refiere que se convalidara su matrimonio ni que se resolviera la paternidad de la prole. Dicta sentencia sobre la usurpación del nombre y del título comprendidos en la acusación. De este modo, la sede judicial dirime la conducta incriminada sin dilucidar los enigmas biográficos que las cartas y las versiones encontradas sacaron a la luz. El testimonio de la causa deja frente a frente una relación constatada por el epistolario leído en el estrado y un matrimonio reivindicado cuya prueba formal jamás compareció.
A ojos del ministerio fiscal, el apellido de Polignac había servido para apuntalar una posición social; devino ulteriormente en el objeto primordial del litigio. Entre el registro inexistente, el clérigo de investidura cuestionada, las cartas enviadas a Léda y la multa impuesta, el tribunal trazó un límite sin pretender escribir el curso entero de una vida. Sancionó la apropiación del título; no convalidó retrospectivamente la ceremonia secreta que Blanchard siempre tuvo por su verdadero matrimonio.
Nota documental: crónica contemporánea de la audiencia del 27 de mayo de 1873, Gazette des tribunaux del 28 de mayo, páginas impresas 504–505. La querella motivada por la deuda del comercio fue sobreseída tras verificarse el pago; la acción judicial aquí examinada atañe al nombre y al título. La versión del rito conyugal corresponde a Blanchard, en tanto que la historia del idilio, la descendencia y las cartas fue formulada por su letrado. El fallo impone una multa de cien francos y no permite tener por acreditados el alegado matrimonio ni la filiación de los hijos.
