El 25 de enero de 1752, en el Châtelet de París, una sentencia otorgó a dos diputados ingleses la satisfacción que reclamaban contra el hombre que los había acusado de haberlo expoliado. El fallo ordenó a James Roberts, a quien las actuaciones designaban asimismo bajo el nombre de Abraham Payba, reconocer públicamente el honor de ambos caballeros, abonarles diez mil libras a cada uno y sufragar las costas del litigio. Sin embargo, el texto mismo que consigna este veredicto custodia, antes de su resolución, una historia bien distinta: la de un viajero que sostenía haber sido embriagado, empujado al juego y, por último, amenazado y desvalijado. La sentencia clausura una acusación judicial; no nos convierte en testigos presenciales de la partida.
El impreso inglés traduce una sentencia dictada por el teniente criminal de París. Desgrana las querellas, pedimentos y decretos incorporados a la causa antes de enunciar el fallo del 25 de enero. No constituye un acta fidedigna ni completa de las audiencias, ni tampoco una relación desinteresada: es preciso deslindar lo que Roberts argüía, lo que sus adversarios exigían y lo que el magistrado mandó ejecutar. La querella de Roberts se interpuso el 25 de octubre de 1751; la relación impresa sitúa los principales lances denunciados en el mes de septiembre y prosigue el curso procesal hasta el juicio de enero.
Según la denuncia atribuida a Roberts, este había abandonado Inglaterra en el mes de mayo en compañía de una dama a quien el texto nombra como Eleanor Rose, provisto de letras de cambio libradas contra banqueros londinenses. Al llegar a París, tomó en arriendo un aposento amueblado en la calle de Touraine, en el hôtel d’Entragues; luego marchó a Poissy, donde residió cerca de dos meses, antes de regresar a la capital para hospedarse en el hôtel d’Orléans, en la calle de los Petits-Augustins. Este itinerario, las señas y el caudal de que afirmaba disponer integran la primera parte de una narración que no tardaría en trasladarse de las posadas a las escribanías.
Un súbdito inglés llamado Edward Wortley Montagu se presentó en su morada, asegura la querella, el lunes 20 de septiembre de 1751. Roberts declaró no conocerle y haberse extrañado de semejante visita. Al día siguiente partió al campo; a su regreso, el jueves 23 de septiembre, halló una esquela que lo convidaba a cenar la jornada siguiente en casa de Montagu, en el hôtel de Saxe de la calle del Colombier. Aceptó, según expone, por corresponder a la urbanidad de su anfitrión.
A la mesa se sentó un nutrido grupo de caballeros ingleses. Roberts sostuvo que Montagu le dio a beber diversos vinos y licores hasta sumirlo en la embriaguez. Terminada la cena, hacia las seis de la tarde, los comensales subieron a tomar café; al dispersarse la concurrencia, quedaron únicamente Montagu, Theobald Taaffe, Lord Southwell y Roberts. Taaffe, prosigue el sumario de la demanda, sacó unos dados y propuso jugar. Roberts rehusó en un principio: solo llevaba encima dos coronas y debía partir de inmediato rumbo a Italia. Se le respondió, según su versión, que podía jugar bajo palabra de honor. Afirma haber cedido cuando ya no se hallaba en estado de calibrar sus actos.
En menos de una hora, pretendía, perdió ochocientos setenta luises de oro, tasados en veinte mil ochocientas ochenta libras. La querella desglosa la suma con escrupulosa exactitud: cuatrocientos luises a Taaffe, ciento veinte a Montagu y trescientos cincuenta a Southwell. Esta aritmética prestaba a la incriminación visos de cuenta saldada; no acreditaba, por sí sola, ni el modo en que se desarrolló la partida ni la sospecha de dados cargados que Roberts adujo abrigar.
Al día siguiente, sábado 25 de septiembre, Taaffe le habría enviado un billete invitándolo a cenar; Roberts excusó su asistencia alegando enfermedad. El domingo 26, siempre según su queja, recibió una misiva en la que se le reclamaban los cuatrocientos luises devengados por Taaffe. Prometió visitarlo; mas, en la noche del lunes 27 de septiembre, Montagu, Taaffe y Southwell habrían acudido a golpear su puerta. Les imputó graves conminaciones: de negarse a suscribir una libranza para cada uno, sería conducido a la Bastilla; se afirmó asimismo que lo amenazaron con acuchillarle el rostro. Manifestó desconocer las leyes y costumbres francesas y temer por su vida. Así fue como, en su versión, libró tres pagarés sobre Waters, un banquero de París que, según puntualizó, no custodiaba fondo alguno de su pertenencia.
Roberts emprendió viaje hacia Lyon el martes 28 de septiembre, a tenor del documento impreso. Aseveró que, a su marcha, los tres hombres regresaron aquella misma mañana a su alojamiento, donde solo hallaron a Rose y a la hermana de esta. Taaffe habría persuadido a ambas mujeres de abandonarlo, prometiendo a Rose reintegrarla en breve a Inglaterra. La querella le reprochaba asimismo haber registrado arcones, baúles y gavetas, cuyas llaves habrían quedado puestas en las cerraduras, para apoderarse de una cuantiosa suma en oro y moneda menuda, alhajas compradas en París, diamantes, encajes, sortijas y tabaqueras. El relato enumera minuciosamente hasta los enseres olvidados por el querellante; semejante profusión mide la magnitud del expolio alegado, no el valor probatorio de cada pieza.
Una denuncia de tal gravedad no se detuvo en el umbral de una hostería. Se facultó al comisario Lévis para instruir la sumaria; las declaraciones y testimonios fueron puestos en conocimiento del procurador del rey. Montagu y Taaffe prestaron declaración el 2 de noviembre, y un auto del día 4 dispuso el reexamen de los testigos, su careo con los reos de ser menester y la reanudación del interrogatorio de estos últimos. El día 6, se concedió a Roberts un breve plazo para instar las ratificaciones y poner la causa en estado de sentencia. En este trámite, el mandato de careo figura como una providencia reglada, no como constancia de que todas las versiones quedasen finalmente concertadas.
Las actuaciones se cruzaron. Roberts solicitó la aposición de sellos sobre los bienes de Montagu y Taaffe; ambos litigantes impetraron su excarcelación. Tras estos trámites, una sentencia interlocutoria ordenó su puesta en libertad bajo fianza, a la espera de más completas diligencias y de las oportunas citaciones; los dos acusados prestaron caución y señalaron domicilio en París. Otra ordenanza prevenía el alzamiento de sellos y el inventario de los papeles o efectos útiles para la sustanciación de la causa. El expediente no documenta ningún hallazgo deslumbrante: refleja más bien el pausado curso de mandamientos, notificaciones y pedimentos elevados ante el mismo magistrado.
A estas medidas sucedió una contraofensiva judicial. Montagu y Taaffe entablaron sendas querellas contra Roberts, acusándolo a su vez de haberlos calumniado valiéndose de un nombre supuesto; demandaron pública reparación y el pago de daños y perjuicios. Solicitaron asimismo que se incoara procedimiento penal a resultas de sus propias denuncias. El fallo compendia estas diligencias y las pesquisas practicadas a su zaga, mas no traslada las deposiciones de modo íntegro. No nos es dado, por tanto, restituir ni la totalidad de los testigos examinados ni los interrogatorios a modo de diálogo continuado.
Roberts, por su parte, argüía que se le había arrancado la firma de los pagarés bajo coacción, que no alcanzaba la mayoría de edad con sus veintiún años con arreglo a las normas que invocaba, y que el dinero perdido no se había ganado en lid leal. Impugnaba asimismo la validez ejecutiva de tales letras. Estos extremos forman parte de su pretensión y de sus alegatos, tal como el impreso los sintetiza. Los diputados replicaban que había urdido una acusación falaz y calumniosa, que ocultaba su verdadera filiación tras un nombre fingido y que el mérito de los autos justificaba su castigo. En este trance, las inculpaciones se contradecían mutuamente sin que nuestra sola lectura baste para transmutar los alegatos de parte en hechos fehacientemente comprobados.
El 25 de enero, oídas las conclusiones del procurador del rey y tras un nuevo examen de Montagu y Taaffe en presencia de sus letrados, el teniente criminal dirimió esta primera causa. Los declaró libres de los cargos formulados por Roberts y mandó borrar sus nombres de los libros de entradas de la prisión. Roberts fue condenado a prestar satisfacción de honor ante doce personas designadas por ambos caballeros: debía declarar que su acusación había sido falsa y maliciosamente forjada, reconocer la probidad de los agraviados y hacer extender testimonio notarial de dicha manifestación. A cada uno de ellos debía abonar diez mil libras por concepto de daños y perjuicios; quedaba asimismo obligado al pago de las costas, incluidas las de la escritura de desagravio y la impresión del fallo.
El juez mandó entregar a Montagu y Taaffe los dos pagarés consignados en la escribanía, dejando a salvo su derecho para ejercitar cuantas acciones civiles estimasen convenientes. Los términos injuriosos vertidos en el libelo de Roberts debían ser testados. Por el contrario, la sentencia no resolvía la situación de Southwell, de Rose ni de la hermana de esta: el procedimiento de rebeldía incoado contra ellos debía seguir su curso ordinario conforme a las ordenanzas. Montagu y Taaffe resultaron exonerados de las imputaciones deducidas en su contra; el destino procesal de todos los mencionados no se agota en este único pronunciamiento.
De este modo, un lance de juego, deudas y alhajas desemboca en el documento impreso en una condena por calumnia y una reparación de honor. La sentencia castiga a Roberts en los términos que ella misma estipula; no pone ante nuestros ojos los ademanes de la cena, los lances de los dados ni el contenido real de los arcones. Otra resolución, fechada el 14 de junio de 1752 en los títulos de memoriales posteriores, atañe a un proceso distinto: su desenlace no consta acreditado aquí ni concierne al presente relato. El lector queda situado ante dos planos que la controversia pretendió confundir: lo que un hombre afirmó haber padecido y lo que un magistrado resolvió tras examinar su acusación.
