Hannah Brinsden no volvió a pronunciar palabra tras la puñalada. Su marido había declarado ante la justicia que la herida era accidental y que ella se había arrojado contra la hoja; su hija primogénita relató una escena por completo distinta. Aseguró que él había cerrado el paso hacia la puerta a su madre, la había derribado y la había herido con el cuchillo que empuñaba para cortar el pan. El jurado concedió crédito al testimonio de la muchacha y declaró culpable a Matthias Brinsden. En prisión, antes de su ejecución, el padre rogó a esa misma hija que le perdonase haber dado muerte a su madre.
Los Brinsden tenían varios hijos y vivían en una situación que el cronista juzgaba razonable. No obstante, el matrimonio se hallaba instalado desde hacía largo tiempo en constantes riñas. A Hannah le agradaba la compañía y bebía, afirma la relación. Su esposo consideraba que malgastaba su dinero mientras él debía mantener a una familia numerosa. El vecindario oía a menudo sus disputas, que en ocasiones degeneraban en altercados físicos. El autor los describe como dos caracteres coléricos, mas este juicio moral no iguala sus responsabilidades: da cuenta asimismo de los reiterados actos de violencia que Matthias había perpetrado contra su esposa.
En una querella anterior, le había quemado los brazos con un hierro candente. Alrededor de una semana antes de la muerte de ella, le había clavado unas grandes tijeras en la cabeza. Hannah sangró en abundancia y cuantos la vieron creyeron en un primer momento que perecería. Tras recibir cuidados, recobró el conocimiento y se restableció. Entretanto, Matthias se había dado a la fuga; solo repetidas garantías de que ella se hallaba fuera de peligro consiguieron hacerle regresar. Habría prometido entonces no permitir jamás que la ira volviese a moverle a lastimarla. La crónica sitúa esta promesa junto al golpe fatal que le siguió poco después.
El último desacuerdo se inició después de que Hannah hubiera estado bebiendo con unos visitantes en su domicilio. Una vez marcharon estos, preguntó a su marido qué cenarían aquella noche. Él respondió que habría pan y queso. Ella le recordó que ya había tomado eso al mediodía y se negó a comerlo otra vez. Matthias replicó que no recibiría nada mejor que el resto de la familia, a excepción de su hija mayor, para quien había reservado una tarta. Afirmaba favorecer a la joven porque cuidaba de sus hermanos y de la casa; ciertas gentes maliciosas sostenían, según la fuente, que su afecto obedecía a otra causa.
Hannah anunció que iría a cenar con sus amigos en el comercio donde acababan de reunirse. Matthias se interpuso entre ella y la puerta, con el cuchillo de la mesa todavía en la mano. Cuando ella pugnaba con fuerza por salir, él la derribó con una mano y la apuñaló con la otra, conforme a la deposición prestada por su hija en el juicio. Brinsden impugnaba esta secuencia: afirmaba que solo había caído tras el golpe y que él la había depositado con delicadeza sobre el lecho. Sostenía también que la herida se produjo por mero accidente, al abalanzarse ella contra él. Hannah no volvió a hablar tras haber sido alcanzada.
En mitad de la confusión, Matthias envió a buscar ungüento basilicón y azúcar para curar la herida, con la esperanza, según refiere la crónica, de que su mujer sobreviviese y pudiera declarar que no había mediado malicia entre ellos. Aprovechó acto seguido el alboroto para huir a casa del señor Kegg, en Shadwell Dock. Allí permaneció oculto durante algún tiempo. El autor consigna que el temor a ser capturado le pesaba con mayor crudeza que las privaciones que conoció después. Finalmente fue detenido y puesto a disposición de la justicia.
Durante el proceso, Brinsden hizo gala de aplomo. Confiaba en que el clamor público no predispusiera a los miembros del jurado en su contra e insistía en la ausencia, según él, de todo designio previo de matar. El cirujano que había reconocido a Hannah dictaminó que la llaga alcanzaba seis pulgadas de profundidad. Brinsden rebatió dicha apreciación haciendo notar que el cuchillo exhibido ante el tribunal era más corto. Invocó asimismo la condición intratable de su esposa y declaró que esta solo obedecía a fuerza de golpes. El testimonio directo de su propia hija, unido a los demás indicios, tuvo un peso superior. Tras una breve deliberación, el jurado lo declaró culpable.
Bajo sentencia de muerte, Matthias apenas se mezcló con los otros reos. Comía, dormitaba en su camastro y se mantenía apartado de los ladrones y malhechores encerrados con él, cual si arrodillarse a orar a su lado constituyese una humillación. La hija que había atestiguado en su contra acudió a la capilla a suplicarle perdón por haber dicho la verdad. El primer día, él apartó el rostro con indignación. Al siguiente, tras los ruegos de amigos comunes para convencerlo, acabó por concederle un perdón que pronunció casi en un susurro.
Regresó ella por tercera vez y le pidió un abrazo. Él se negó en un principio, mas luego se volvió hacia la joven y rompió a llorar. La estrechó entre sus brazos y, según la crónica, le pidió que le perdonase haberla privado de su madre. La exhortó a no hurtar jamás, a refrenar la cólera y a respetar a la patrona que a partir de entonces la educaría como un padre y una madre. Le rogó asimismo que orase por él y conservase el mejor recuerdo posible de su progenitor. La misma hija cuyo testimonio había allanado su condena se hallaba así encargada de recoger sus postreras advertencias.
El 16 de julio de 1722, en Tyburn, Brinsden permaneció absorto en sus pensamientos mientras los demás reos arrojaban devocionarios y pañuelos a sus allegados. Al comenzar las oraciones, se alzó y las siguió con suma devoción. Pidió a continuación al capellán de Newgate que repitiera un alegato que dictaba palabra por palabra. En esta declaración, exponía haber nacido de padres honrados y haber servido de aprendiz con un maestro tundidor y zurcidor de paños. Reconocía que Hannah y él habían reñido y peleado a menudo, pero aseguraba no haber albergado inquina alguna contra ella ni haber concebido quitarle la vida dos minutos antes de asestar el golpe. Tan solo pretendía, afirmó, forzarla a obedecer. Semejante alegación procedía del reo ya condenado, tras la deposición acusatoria de su hija.
Brinsden salió al paso asimismo de un rumor que imputaba a la relación con su primogénita un delito carnal y el nacimiento de una criatura. En su discurso postrero, negó solemnemente dicha calumnia. Recordó que a menudo había tomado a la muchacha en su regazo y que a veces le entregaba una torta o una tarta cuando desempeñaba más faenas que los demás hijos. Su alegato no convierte el rumor en una certidumbre probada; muestra, en cambio, cómo la sospecha persiguió a la familia hasta el pie del cadalso. Admitió por fin que sus pecados eran numerosos, aceptó el castigo y declaró confiar más en la infinita piedad divina que en sus propios méritos.
La crónica concluye que fue ajusticiado inmediatamente después de esta declaración. En sus postreras horas, Brinsden demandó el perdón de su hija y le encomendó refrenar la cólera que él mismo jamás supo dominar. Pretendía no haber deseado la muerte de Hannah y haber buscado tan solo someter su voluntad; su hija, empero, había relatado una escena en la que el padre la arrojaba contra el suelo y la hería de muerte con el cuchillo. El jurado dio crédito al testimonio de la muchacha y pronunció su culpabilidad. Hannah había sucumbido a consecuencia de la herida.
