A las dos de la madrugada, un empleado del centro de clasificación postal de la Oranienburger Straße advirtió que de un paquete manaba un líquido y se desprendía un intenso olor a gasolina. Las señas indicaban a un tal coronel Krause, en el número 2 de Alexanderplatz; el destinatario, despertado en el número 5, respondió que no aguardaba envío alguno. La policía mandó trasladar el cajón al patio y lo abrió con sumo cuidado. En su interior yacía un artefacto destinado a estallar, cuyo mecanismo de relojería debía activarse a la mañana siguiente. Aquella noche de junio de 1895, un funcionario había interceptado el paquete antes de que la bomba fuese entregada a su destinatario.
Hugo Friedländer, cronista de tribunales, retoma el caso en un capítulo publicado en 1911. Describe un cajón de veinticinco libras, despachado desde Fürstenwalde y llegado a Berlín en la noche del 29 al 30 de junio. Un pasaje de la crónica señala, no obstante, el 20 de junio como la fecha de imposición en correos en Fürstenwalde, mientras que su relación del envío, la llegada nocturna y las declaraciones testimoniales sitúan esa misma fase el día 29; mantengo la secuencia reiterada advirtiendo esta discordancia. Botellas, pólvora, mechas y un pequeño reloj integraban el ingenio; un dictamen pericial citado por el periodista evaluaba la cantidad de explosivo y el líquido inflamable. Semejante montaje, tal como lo describe Friedländer, estaba dispuesto para provocar tanto un incendio como una detonación. Huelga pormenorizar cada una de sus piezas para comprender lo que alarmó a los agentes: la caja podía estallar a la hora fijada, pero también si alguien osaba levantar prematuramente la tapa.
La precisión de la dirección tornaba la intención menos transparente de lo que aparentaba. La etiqueta rezaba «Oberst Krause», en el número 2 de Alexanderplatz; el coronel de policía residía en el número 5. Un oficial de correos declaró que jamás habría podido entregar la caja en un domicilio distinto del consignado. El error bien pudo ser deliberado o denotar un conocimiento defectuoso del destinatario; en todo caso, no delataba a su autor. El coronel aseveró que acababa de enterarse de la existencia del envío, despertado por la campanilla de noche. Añadió que, de haberse abierto la caja, su hijo habría sido con toda probabilidad la víctima. Era un testimonio sobre el peligro corrido, no una respuesta a la incógnita del remitente.
La primera filiación del portador complicó las pesquisas. Los testigos de Fürstenwalde aludían a un joven barbilampiño, de porte que juzgaban afeminado y que caminaba con paso saltarín. La policía buscaba, por tanto, una silueta y no un nombre. Se pregonó una recompensa. La sospecha no tardó en recaer sobre Paul Koschemann, mecánico de veintiún años, operario en los talleres de Ludwig Löwe, a quien la policía conocía por sus frecuentaciones anarquistas. Un pariente, el bibliotecario Johannes Brede, afirmó haberle oído amenazar al coronel semanas antes: «El primero en caer será Krause». Relató asimismo que Koschemann habría adquirido un despertador durante una excursión a Königs-Wusterhausen.
Semejantes palabras revestían gravedad, pero no constituían una observación directa del paquete. Koschemann fue arrestado y posteriormente puesto en libertad por falta de indicios bastantes. Poco después, resultó condenado a nueve meses de prisión por difusión de pasquines anarquistas que incitaban a la violencia; su encarcelamiento reactivó las indagaciones sobre el atentado, sin que este nuevo fallo probase en modo alguno que hubiese fabricado la bomba. El sumario se estrechó en torno a sus vínculos con Max Westphal, obrero metalúrgico, Wilhelm Weber, Elise Westphal y Josephine Gürtler. Un nuevo registro, en julio de 1896, permitió incautar en el domicilio familiar un traje gris que la policía equiparó con el atuendo descrito por los testigos. Bösel alegó que varios periódicos habían anunciado el decomiso antes de que se practicase; esgrimió esta cronología frente a la especie, propalada también por la prensa, de que la policía habría introducido la prenda en la vivienda.
La vista oral se abrió en Berlín el 6 de abril de 1897 y se prolongó hasta el día 15. Cinco personas comparecieron bajo diversos cargos. A Koschemann y a Westphal se les acusaba de haber preparado el atentado; a Elise Westphal y a Weber, de no haber prevenido a las autoridades conociendo presuntamente el designio; a Gürtler, de haber auxiliado a Koschemann a sustraerse a la acción de la justicia y de injurias al soberano. El juicio no se limitaba a inquirir si la caja constituía un arma: debía esclarecer quién la había enviado, quién había cooperado y qué sabía cada cual antes o después de su llegada.
Los testigos no alcanzaron una identificación unánime. En la sala de audiencias, se obligó a Koschemann a vestir una chaqueta confeccionada con arreglo a la descripción del portador y a pasearse portando el cajón. Ciertos testigos hallaron una semejanza; ninguno, a tenor de la crónica, pudo afirmar con certidumbre haber reconocido al individuo de Fürstenwalde. Dos muchachos que habían indicado el camino de la estafeta al portador no lo señalaron con seguridad. El relojero de Königs-Wusterhausen confirmó la venta de un despertador, pero no recordaba al comprador; el libro de contabilidad de la tienda exhibía una fecha enmendada. El objeto que habría podido vincular al reo con el mecanismo no brindaba, pues, un reconocimiento terminante.
Brede, por contra, mantuvo bajo juramento su relato de la conversación y del reloj envuelto en un pañuelo encarnado. Admitió que Koschemann había desmentido sus palabras. El tribunal lo interrogó también sobre unos libros que había prestado sin autorización, pormenor que podía mellar su crédito sin invalidar de plano su deposición. El barbero Breuer y su mancebo situaron a Koschemann y a Westphal en su establecimiento en la tarde del 29 de junio; sus apreciaciones horarias diferían. Una multitud de testigos afirmó haber visto a Koschemann en una fiesta fabril en Weißensee, unos hacia las seis de la tarde, otros más tarde. La cuestión no residía en si había acudido allí, sino en qué instante pudo haber abandonado el barrio para alcanzar la oficina postal de Fürstenwalde.
El fiscal Kanzow articuló estos retazos en un haz de indicios: la silueta, el reloj, la frase revelada por Brede, las relaciones anarquistas, el traje y las explicaciones de Koschemann sobre un mecanismo de relojería que decía querer idear para accionar la campanilla de un médico. A juicio del ministerio público, las contradicciones de la coartada no obedecían al azar. La defensa arguyó que ningún testigo había visto al acusado franquear el paquete, que las filiaciones seguían siendo dudosas y que su estancia en la fiesta desmentía el itinerario propuesto. Cuestionó asimismo que el artefacto fuese forzosamente obra de un mecánico, toda vez que un perito lo juzgaba toscamente construido.
Un segundo debate, más turbio, versó sobre provocadores e informadores. Koschemann sugirió que la caja respondía a una maquinación policial urdida para justificar la represión. El comisario Bösel negó bajo juramento haber ordenado el atentado o haber hallado indicio alguno de tal hipótesis. Gustav Landauer, escritor anarquista comparecido como testigo, relató que un relojero llamado Henkmann había ofrecido un dispositivo de ignición y proferido amenazas contra Krause; creía que dicho sujeto había actuado como agente provocador. Landauer añadió que Henkmann se había suicidado con su esposa antes del juicio. Bösel replicó que jamás lo había empleado como confidente. Semejante relato abría una vía de indagación, pero no demostraba que Henkmann hubiese dispuesto el cajón ni que lo hubiese expedido.
El propio alegato de la acusación se mostró menos rotundo de lo que suele deparar un informe fiscal ordinario. Tras calificar el sumario de aplastante, Bösel tuvo que admitir que había empleado la expresión arrastrado por la emoción. Kanzow manifestó a su vez que, a esas alturas, no juzgaba irrebatibles las pruebas contra los cinco procesados. En sus conclusiones definitivas, defendió no obstante la culpabilidad de Koschemann en concepto de autor, o cuando menos de cómplice, y de Westphal como cooperador. Interesó la absolución de Elise Westphal y de Weber por carecer de pruebas de que conocieran el proyecto; en cambio, consideró a Gürtler convicta de haber auxiliado a Koschemann, eximiéndola del delito de lesa majestad. La defensa solicitó a los jurados que deslindasen la certidumbre del delito —la caja encerraba un peligro real— de la incertidumbre en torno a quienes la habían preparado.
Tras dos horas de deliberación, los jurados respondieron a las preguntas de modo diferenciado. Apreciaron contra Koschemann la complicidad en una tentativa de homicidio y en una infracción de la ley de explosivos, si bien el veredicto no lo declaró remitente material del cajón. Declararon a Westphal culpable de haber prestado auxilio a Koschemann con posterioridad a los hechos para sustraerlo a la justicia. Las cuestiones relativas a Elise Westphal, Weber y Gürtler fueron desestimadas. Koschemann fue condenado a diez años y un mes de trabajos forzados; Westphal, a un año de prisión. Ambos interpusieron recurso, desestimado por el Reichsgericht.
Refiere Friedländer que Koschemann abandonó el presidio en el verano de 1907, extenuado, y que habría continuado proclamando su inocencia. Dicho desenlace no despeja el enigma del cajón. La sentencia consagró la complicidad de Koschemann a ojos de los jurados y el encubrimiento posterior atribuido a Westphal; no designa con certeza al artífice ni al portador. En la crónica del periodista, el paquete interceptado por un funcionario postal permanece así descrito con mayor nitidez que la mano que lo remitió. ¿Cómo fundamentar la culpabilidad por complicidad sin individualizar con certidumbre a quien despachó el cajón? El veredicto zanjó la responsabilidad criminal; la crónica procesal, por su parte, deja abierta la incógnita del autor material.
