Thomas Hunter era el preceptor de los dos hijos del señor Gordon, comerciante y bailío de Edimburgo. Antes de la cena, acostumbraba a llevarlos a caminar por los campos; su hermana solía acompañarlos. El capítulo de Camden Pelham relata cómo una jornada ordinaria de esa índole degeneró en un doble asesinato. Esta crónica retrospectiva vincula el crimen a una venganza fraguada en el propio hogar donde Hunter tenía encomendada la instrucción de los niños.
El preceptor era, según la obra, hijo de un hacendado acomodado del condado de Fife. Había cursado estudios en la Universidad de Saint Andrews, obtenido el grado de maestro en artes y estudiado posteriormente teología. Al término de su formación, entró al servicio de Gordon en calidad de capellán; se le confió la educación de los dos varones, de ocho y diez años. Se alojaba con la familia, compuesta por los padres, los tres hijos, una doncella y la servidumbre. Su cargo le otorgaba acceso diario a ambos discípulos; asimismo, le correspondía conducirlos fuera de la casa. Pelham recalca el contraste entre este oficio de capellán, consagrado a la instrucción religiosa, y el crimen que conduciría a Hunter a la horca. Desde las primeras líneas, erige al preceptor condenado en ejemplo de degradación moral; el caso queda así expuesto a la vez como un homicidio y como una flagrante contradicción entre profesión y conducta.
Pelham atribuye el origen del rencor de Hunter al descubrimiento de una aventura con la doncella. Cierto día, ambos se habían retirado a la estancia del preceptor sin echar la llave. Los niños entraron y presenciaron lo suficiente como para asombrarse; a la mesa, sus comentarios persuadieron a los padres. La joven fue despedida. Hunter, a quien Pelham describe hasta entonces como afable y mesurado, conservó su puesto tras ofrecer disculpas y reparar la falta en la medida de sus posibilidades. Fue después de semejante indulgencia, sostiene el autor, cuando concibió su venganza contra los menores. Pelham no da voz a los niños: es él quien entrelaza el hallazgo de la intriga con el designio criminal.
Llegado el día elegido, los padres recibieron una invitación para cenar en Edimburgo. La señora Gordon deseaba llevarse a todos los hijos; su esposo se opuso, y la niña partió a solas con ellos. Los dos muchachos permanecieron en la finca, próxima a la ciudad, bajo la custodia de Hunter. En aquella ocasión, el paseo de rigor no contó con la compañía habitual de todo el grupo. El propósito de acabar también con la vida de la muchacha se vio frustrado; Pelham anota que Hunter perseveró en su plan contra los dos hijos varones de su benefactor.
Caminaron por la campiña y se sentaron luego a descansar. Los niños se alejaron para atrapar mariposas y recoger las flores silvestres que brotaban a su alrededor. Hunter preparaba entretanto una navaja de bolsillo. Al llamarlos de vuelta, les reprochó haber revelado a sus padres lo que habían sorprendido y les declaró que los mataría. Presas del espanto, huyeron; él los persiguió hasta alcanzarlos. Pelham relata que derribó a uno de los pequeños y posó la rodilla sobre su pecho. Asesinó primero al hermano del infante así inmovilizado, degollándolo con el arma; después ultimó al que ya tenía sometido. El autor no pormenoriza este último ademán.
El suceso aconteció a plena luz del día, a menos de media milla de Edimburgo. Un caballero que paseaba por Castle Hill vio lo que sucedía y corrió hacia los niños, dando la voz de alarma para que el homicida fuese aprehendido. Hunter se encaminó de inmediato hacia el río con la intención de ahogarse, según Pelham. Le fue impedido, y tras ser reducido quedó bajo custodia; la noticia fue comunicada a los progenitores. De este modo se quebró la rutina que había permitido al preceptor quedarse a solas con los niños: un transeúnte había presenciado el ataque y su alerta frustró el intento de Hunter de desaparecer bajo las aguas.
El capítulo transita con rapidez del arresto al enjuiciamiento. Pelham cita una antigua norma escocesa según la cual el homicida hallado con la sangre de su víctima en las ropas debía comparecer ante el tribunal del sheriff y ser ejecutado en el plazo de tres días. Escribe que se constituyó un jurado y que Hunter se declaró culpable. A dicha confesión asocia unas palabras sobre la hermana: el encausado habría lamentado que la señorita Gordon escapara a su escarmiento. En la lógica de Pelham, estas declaraciones corroboran el designio primitivo de suprimir a los tres infantes. El juicio, con todo, queda compendiado en escasas líneas: no se reproduce deposición ni alegato judicial alguno.
El sheriff pronunció la pena capital. Pelham detalla sus términos: la mano derecha debía ser cercenada, el reo izado a la horca mediante una soga y su cadáver expuesto en cadenas entre Edimburgo y Leith; el arma debía atravesar la mano, fijada por encima de la cabeza en el patíbulo. Añade que la sentencia se ejecutó íntegramente el 22 de agosto de 1700, cerca del lugar del crimen. Consigna asimismo que, en el instante de subir al cadalso, Hunter habría desafiado a Dios: «There is no God—or if there be, I hold him in defiance». La frase remata el retrato moral del biógrafo, quien contrapone la figura del hombre que antaño instruía en el Evangelio a la del ajusticiado a quien describe como ateo.
El cuerpo permaneció expuesto algún tiempo conforme a los mandatos de la sentencia. A petición del señor Gordon, fue retirado con posterioridad y conducido a los arrabales de la aldea de Broughton, en las cercanías de Edimburgo. La crónica se abría con la tutela encomendada a Hunter y el crédito concedido por su principal; concluye con las repercusiones públicas de su condena. Entremedias, el paseo de los dos niños, la mirada de un viandante y la declaración atribuida por Pelham urden la trama del texto. La condena y su fecha constan con precisión; el móvil y los pormenores procesales son, en cambio, aseveraciones de un autor tardío que ofrece una estampa moral antes que las piezas de un expediente judicial.
Nota documental: Camden Pelham, The Chronicles of Crime; or, The New Newgate Calendar, vol. I, Londres, T. Miles & Co., 1887, capítulo «The Rev. Thomas Hunter. Executed for the Murder of His Pupils»; prefacio fechado el 1 de julio de 1840. Transcripción circunscrita al capítulo, desde el título hasta el traslado del cuerpo a Broughton. Relato secundario y retrospectivo: el móvil, el juicio, la norma consuetudinaria escocesa citada y las últimas palabras en el cadalso proceden del relato de Pelham; ningún proceso verbal de la época se reproduce en este pasaje.
