El domingo 14 de julio de 1861, entre las ocho y las nueve de la mañana, el rey de Prusia caminaba sin escolta por el paseo de Lichtenthal, en Baden-Baden. Un joven se había cruzado ya con él en dos ocasiones, saludándolo en cada una de ellas. El conde Flemming, enviado de Prusia ante la corte de Baden, no tardó en unirse al soberano. Tras unos centenares de pasos, el desconocido se aproximó por la espalda y disparó a cuatro o cinco pasos de distancia con una pistola de dos cañones. Una bala erró el blanco; la otra atravesó el cuello del abrigo y rozó la corbata. Guillermo sintió una quemadura en la nuca. La herida fue leve, pero el designio había sido deliberado.
El rey se volvió. El conde inquirió quién había disparado. El joven respondió que había sido él, confirmando acto seguido que había disparado contra el rey. Había arrojado el arma y un paraguas sobre la hierba. El abogado Süpfle lo derribó, mientras el soberano ordenaba que no se le infligiera daño alguno. Fue conducido a la comisaría de policía en un carruaje de alquiler. Durante el trayecto, se presentó ante Flemming como un estudiante de Leipzig y le hizo entrega de su cartera: una fotografía del monarca y una carta exponían en ella los motivos del acto. El documento, fechado la víspera en Baden, lucía una firma que la lectura del facsímil hace parecer «Oskar Beder».
La escena apenas había durado unos instantes; la misiva ya le confería una dimensión histórica. Becker manifestaba en ella su convicción de que el rey jamás sabría consumar la unidad alemana. Confiaba en que su gesto sacudiera la conciencia de los alemanes y forzara a los príncipes a actuar. Sabía, según escribió, que su porvenir quedaría arruinado y que muchos reprobarían su elección; no obstante, juzgaba provechoso su sacrificio. Semejante explicación no constituía una confesión improvisada tras el arresto. El día anterior había consignado ya por escrito lo que denominaba el móvil del atentado.
Durante el registro corporal de Becker en prisión, se hallaron en su poder trece balas de plomo y veinte cápsulas fulminantes; un registro en su habitación de la posada Zur Blume permitió descubrir más proyectiles, una segunda pistola y pertrechos de carga. El relato del Pitaval refiere que había abandonado Leipzig dos días antes, que se había informado sobre los paseos habituales del monarca y que había adquirido una fotografía para cerciorarse de su fisonomía. Un mozo que le llevó la maleta le había confirmado la identidad del retratado; un empleado del hotel le había revelado el itinerario matutino del rey. Becker se adiestró en el tiro junto a Sparig, un dependiente de comercio que recibía lecciones de idiomas de su parte. Sparig ignoraba por completo el plan. La preparación, el acecho y, finalmente, el disparo se perfilaban así tras el temple imperturbable que el reo mostró tras su captura.
En los interrogatorios, Becker no negó de entrada su intención ni el significado que atribuía a su crimen. Juzgaba harto lenta la unificación de Alemania y reprochaba al monarca su incapacidad para consumarla. Invocaba el ejemplo de Italia y el magnicidio frustrado de Orsini, convencido de que este había servido a la causa unitaria italiana. Declaró haber pretendido matar al soberano para desatar, mediante su propio sacrificio, un terremoto político. No presentaba su proceder como una venganza personal. Su narración transfiguraba el crimen fallido en una herramienta de la Historia.
La acusación que habría de someterse al jurado fue, en verdad, más comedida: una tentativa de asesinato, y no la vasta trama de alta traición que el propio Becker ansiaba ver examinada en el estrado. Llegó a quejarse de no ser procesado por atentar contra la Confederación Germánica, delito que, a su juicio, habría revestido el hecho de la trascendencia política que le atribuía. Su pretensión fue desestimada. En una carta redactada entre rejas, reconocía aún haber apuntado contra el rey y haber asumido las consecuencias; la perspectiva de una condena a veinte años de trabajos forzados se le antojaba mucho menos gloriosa que la muerte de un mártir.
Fue entonces cuando mudó de versión. El 8 de septiembre, tras el rechazo de su queja, expuso a su letrado, Ree, que tan solo había planeado un «atentado simulado». Alegó haber disparado con un arma que creía descargada, no con el propósito de matar, sino de provocar una sacudida moral. Sostuvo que, en un principio, había confesado un designio homicida real únicamente para infundir mayor dramatismo al hecho y asegurarse el martirio. Las cartas recibidas de su familia —aducía ahora— lo habían resuelto a desvelar la verdad para no infligirles más pesadumbre.
Semejante giro hubo de confrontarse con la prueba pericial de la pistola. Becker sostenía haber escogido un cañón que creía vacío, sin haber advertido la carga previa. Ahora bien, también aseguraba haber introducido pólvora en el ánima y haber comprobado con la baqueta que no se hallaba cebada. Los maestros armeros llamados a declarar en la vista demostraron que un tirador, aun inexperto, difícilmente podía rellenar un cañón ya cargado sin percatarse de ello. El rey y los testigos presenciales habían escuchado la detonación; ambos cañones habían sido percutidos. El pormenor que Becker esgrimía para dotar de verosimilitud a su farsa no hizo sino arruinar su nueva coartada.
La segunda lid jurídica versó sobre su imputabilidad. Su defensa esgrimió una idea fija: desde la infancia, sostuvo el letrado, Becker habría vivido obsesionado con la política, los grandes hombres y el tiranicidio; se creía llamado a perpetrar una hazaña que los demás eran incapaces de comprender. Su padre, deshecho en lágrimas, suplicó asimismo que se viera en él a un enajenado antes que a un criminal común. Aludió a antecedentes de desequilibrio en la estirpe familiar y describió en su hijo una exaltación crónica. La defensa no pretendía la absolución; aspiraba al reconocimiento de una responsabilidad atenuada.
El perito médico, el doctor Fueßlin, rebatió de plano esta tesis. Dictaminó que Becker comprendía la trascendencia penal de sus actos y conservaba plenamente el libre albedrío para ejecutarlos. Los preparativos, la compra de las armas, las prácticas de tiro, la elección del día y su templanza en el instante del arresto evidenciaban, a su entender, un designio madurado y consecuente. La «demencia» invocada por el letrado y la convicción política esgrimida por el procesado no conducían, pues, al mismo veredicto. La una exigía del jurado apreciar una voluntad abolida; la otra había erigido durante semanas esa misma voluntad en la causa primordial de los hechos.
El proceso dio comienzo en Bruchsal el 23 de septiembre. La sala de vistas estaba atestada; habían acudido corresponsales de diversas naciones. El fiscal denunció un ataque alevoso contra el rey y sostuvo que el relato del falso atentado resultaba insostenible frente a los vestigios materiales. El defensor replicó que la opinión pública ya había dictado sentencia y que el tribunal debía escudriñar el ánimo de su patrocinado. Becker hizo uso de la palabra extensamente. Reiteró su anhelo de morir por la unidad alemana, mas admitió que la patraña del atentado simulado lo sumía ahora en el ridículo. Los jurados se retiraron a deliberar durante una hora.
Respondieron afirmativamente a la cuestión de la tentativa de asesinato y negaron toda atenuación de responsabilidad. El tribunal condenó a Becker a veinte años de reclusión en una casa de corrección y al destierro perpetuo del territorio. Escuchó el fallo sin rebelarse y consoló luego a su hermano, que se abalanzó sobre él entre sollozos. Al día siguiente, renunció a recurrir y partió hacia el presidio. En la crónica del Pitaval, el condenado conserva aún su aplomo; la historia que había pretendido rubricar con sangre concluía bajo la forma, harto menos gloriosa, de una condena de larga duración.
Esta relación se atiene al capítulo retrospectivo «Das Attentat auf Se. Majestät den König Wilhelm I. von Preußen in Baden-Baden. (1861.)», publicado en el Neue Pitaval en 1862. La identidad consignada es Oskar Wilhelm Becker, conforme al expediente de instrucción custodiado por el Landesarchiv Baden-Württemberg. El facsímil del Pitaval parece leer «Beder» en la identificación y en la firma de la carta; el sistema OCR alterna ambas grafías. Consideramos este extremo como una incertidumbre de lectura paleográfica y no como un alias histórico probado. El texto no constituye una transcripción literal de las actas procesales.
