El 23 de marzo de 1819, un estudiante de teología se presenta en el domicilio de August von Kotzebue, en Mannheim. Se hace llamar Heinrichs y afirma venir de Mitau. El visitante lleva consigo dos puñales. Ha preparado asimismo un texto destinado a explicar su acción al público. La conversación apenas dura unos instantes: Karl Ludwig Sand ataca al dramaturgo y consejero de Estado ruso, e intenta a continuación quitarse la vida. En los meses siguientes, la investigación esclarece su identidad y su culpabilidad. No llega a descubrir, sin embargo, la orden emanada de una sociedad secreta que las autoridades tanto temían.
Sand tiene veintitrés años. Nacido en Wunsiedel, estudia teología; ha frecuentado Tubinga, Erlangen y luego Jena, donde se organizó la primera Burschenschaft alemana. Aquellas asociaciones estudiantiles aunaban por entonces disciplina moral, fraternidad y la esperanza de una Alemania unida. Sand se entrega a ellas con un fervor patente en sus propios escritos. A sus ojos, la vida estudiantil ya no es una mera preparación para el ministerio eclesiástico o la docencia: debe ponerse al servicio de la transformación del país.
Kotzebue se convierte en un blanco cada vez más señalado en estos círculos. Célebre dramaturgo, ha escrito contra el movimiento estudiantil y remitido informes a la corte de Rusia sobre la vida intelectual alemana. Sand interpreta dichos informes como la prueba de que Kotzebue espía para el zar y conspira contra su propia patria. Semejante acusación expresa la convicción política de Sand; en modo alguno constituye una prueba de que Kotzebue fuese un espía. Los biógrafos posteriores recuerdan que actuaba como corresponsal de Rusia y que sus críticas hacia los estudiantes habían alimentado el odio del que fue objeto.
El plan de Sand no surge el día del ataque. En su diario, en la primavera de 1818, ya contempla la idea de que un hombre hiera de muerte a Kotzebue en nombre de la patria. El 31 de diciembre, anota con mayor franqueza que el dramaturgo debe morir para que Alemania pueda despertar. Redacta después varios escritos: una despedida para su familia, una declaración dirigida a sus amigos y un llamamiento al pueblo, titulado «Golpe mortal a August von Kotzebue». En él afirma actuar por la libertad alemana e incita a los lectores a emprender la vía de la violencia. Aquel manifiesto es la justificación del futuro asesino, no la demostración de una falta cometida por la víctima.
Sand abandona Jena el 9 de marzo de 1819, tras haber mandado forjar un largo puñal según un diseño trazado por su propia mano. Su itinerario hacia Mannheim le lleva cerca de dos semanas. Pasa por Érfurt, Fráncfort, Darmstadt y Lorsch; en varias etapas, se detiene más tiempo del que exigiría el trayecto. La crónica judicial retrospectiva interpreta estas demoras como signo de vacilación. El propio Sand declarará más tarde haber esperado que otro consumara el acto, e incluso haber rogado a Dios en ocasiones que le permitiera desistir. Sin embargo, una y otra vez, regresaba a la misma resolución: se había encadenado a su idea y debía llevarla hasta las últimas consecuencias.
En Mannheim, su primera tentativa en casa de Kotzebue resulta infructuosa. La sirvienta le responde que el señor está ausente y le ruega que regrese entre las cinco y las seis. Sand había escogido un nombre fingido creyendo que un visitante alemán sería recibido con mayor dificultad. Hace tiempo en la ciudad: el gabinete de historia natural y la iglesia de los jesuitas se hallan cerrados; pasea por los jardines del palacio, contempla el Rin y pregunta qué bosque se divisa en la otra orilla. Durante la comida común de la posada, conversa de historia y religión con dos eclesiásticos. A uno de ellos le confía que aún debe visitar a Kotzebue. El compilador del siglo XIX recoge los testimonios de quienes lo hallaron sosegado; esa serenidad aparente no permite discernir lo que bullía en su fuero interno. Hacia las cinco de la tarde, Sand regresa a la vivienda. Es admitido en la estancia donde se encuentra el dramaturgo.
A tenor de la declaración posterior de Sand, comienza fingiendo una visita de paso. Kotzebue le pregunta si viene de Mitau; Sand ratifica el nombre bajo el cual se ha presentado. De inmediato, extrae un puñal de la manga e hiere al dramaturgo en el pecho. Los testigos oyeron el alboroto y acudieron presurosos. El hijo de Kotzebue, de cuatro años, entró en la habitación durante el ataque; Sand diría más tarde que la visión de la criatura lo turbó profundamente. Los allegados trasladaron al herido a la pieza contigua. Falleció a los pocos minutos, en brazos de su hija. El examen médico recogido en el Pitaval distingue varias heridas, de las cuales solo una, profunda, seccionó un vaso mayor junto al corazón y provocó la hemorragia letal. La escena había sido breve, pero no arrojaba duda alguna sobre la identidad del agresor: Sand no se había ocultado.
Sand sale de la casa empuñando el hierro ensangrentado. La huida se torna pronto imposible: los criados dan la alarma en la calle y los transeúntes se arremolinan. Entrega su manifiesto a un sirviente de Kotzebue y se asesta una puñalada en el pecho con su segundo cuchillo. La herida no resulta mortal. Los primeros testigos que lo ven tendido se afanan en socorrer a la víctima; cuando la multitud comprende lo acaecido, permanece al principio inmóvil, sobrecogida por el cuadro. Sand es prendido y trasladado al hospital, donde los facultativos lo atienden antes de su ingreso en prisión. Las autoridades imponen silencio a carceleros, médicos y eclesiásticos: durante meses, la ciudad ignora con certeza si el homicida sigue con vida. Los rumores colman ese vacío. Reconoce haber dado muerte a Kotzebue y sostiene haberlo hecho por Alemania. Jamás se retractará de esta convicción durante el proceso.
La primera acusación queda así respaldada por elementos concordantes: el cadáver, las apreciaciones forenses, el testimonio de los presentes y las confesiones de Sand. La dificultad judicial se desplaza con presteza. Las autoridades pretenden averiguar si el magnicidio fue instigado por los estudiantes radicales conocidos como los «incondicionales», o si responde a una iniciativa puramente individual. El viaje, las cartas dejadas en Jena y el manifiesto avivan las sospechas. Los interrogatorios escudriñan los vínculos de Sand con sus amistades; algunos de ellos son arrestados o sometidos a examen. Con todo, la instrucción no demuestra que grupo alguno ordenase el crimen ni que cómplice alguno participase en su preparación. Las conclusiones a este respecto deben guardar mesura: la ausencia de pruebas sobre un mandato colectivo no desmiente la existencia de redes estudiantiles, pero tampoco autoriza a transformar sus ideas en complicidad delictiva.
Las pesquisas revelan asimismo las contradicciones de Sand en lo tocante al dinero y a sus relaciones. En ocasiones intenta proteger a sus compañeros orientando a los magistrados hacia una versión mendaz sobre la suma que llevaba consigo. Confrontado con los hechos, termina admitiendo que un amigo le prestó el dinero. Semejante falsedad no invalida su confesión del crimen; demuestra que el reo separa su propia responsabilidad de los perjuicios que pudiera acarrear a su entorno. Los investigadores no hallan, pese a todo, prueba alguna de que sus amigos conocieran su propósito antes de consumarlo.
Sand es juzgado en Mannheim. La crónica del Pitaval reproduce los términos del fallo dictado el 5 de mayo de 1820 por el Oberhofgericht: Sand es declarado culpable y condenado a morir decapitado. La sentencia es refrendada por el gran duque de Baden y se le notifica de forma oficial el 17 de mayo. La causa no concluye, por tanto, con una absolución de cariz político ni con medida alguna de gracia. El tribunal juzga la muerte como un delito acreedor a la pena capital, aun cuando el acusado presenta su proceder como un deber inexcusable para con la nación.
El 20 de mayo, Sand es conducido ante una muchedumbre en un prado cercano a la puerta de Heidelberg. La noticia de la ejecución atrae a vecinos y estudiantes de los contornos; muchos llegan demasiado tarde, pues la hora se ha adelantado con el fin de contener la afluencia. Cerca de mil doscientos soldados de infantería forman un cuadro en torno al patíbulo, mientras la caballería custodia al prisionero. La ciudad no presencia el mero traslado de un ajusticiado: desde el atentado, la administración teme que el acto público degenere en motín político. Las crónicas difieren acerca de las palabras que habría pronunciado antes de morir: las actas oficiales y los relatos de sus adeptos no coinciden en la estampa final. Lo que no admite controversia es la sentencia y su ejecución por la espada. Sand muere; sus restos reciben sepultura en Mannheim. Kotzebue y él descansan en el mismo camposanto.
Sand había confiado en que su muerte despertaría un movimiento nacional. No desató la insurrección que aguardaba. Proporcionó, en cambio, a las autoridades alemanas un pretexto formidable para reprimir con severidad a las asociaciones estudiantiles y a la prensa. Los decretos de Karlsbad, promulgados en septiembre de 1819, suceden al magnicidio y sirven para aplastar las corrientes nacionales y liberales. El crimen no explica por sí solo tales disposiciones, pero se convirtió en su justificación inmediata. He aquí la postrera paradoja entre el designio de Sand y sus efectos: quitó la vida a un hombre a quien juzgaba enemigo de la libertad, y su propia acción coadyuvó a cercenar las libertades que pretendía defender.
